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Él añoraba navegar y un sueño azul encontró en los ojos de ella. Le propuso surcar juntos océanos de futuro en un barco inventado que para ella nunca llegó a ser más que un modesto piso de cuarenta metros cuadrados sin ascensor. Quizás se creyó la promesa de un horizonte infinito, pero acabó atrapada en un gris paisaje de tejados y azoteas donde tendía sábanas que él tomaba por velas al viento. Sus realidades paralelas resultaron tan irreconciliables que ella decidió abandonar aquel viaje sin rumbo y él, sin más rosa de los vientos que la flor que ella se ponía en el pelo, se convirtió en un náufrago de las dos lágrimas que le dejó por despedida. Y hoy, solo en esa isla que es el mundo sin ella, hay un corazón solitario que late en medio de un océano que añora el azul que ella guardaba en los ojos.
Un instinto antiguo se apoderó de él, se puso su parche en el ojo y zarpó en la balandra, llevando consigo la brújula, el mapa y esa voz rota que le despertaba cada noche…
“Si un bucanero sueña con la sirena Esmeralda y adivina el misterio que oculta la isla Carmesí, localizará el tesoro escondido”.
Tardó 80 días y 80 noches en divisar en el horizonte la tierra de la isla soñada.
Higinio siguió las pistas hasta encontrar una caracola escondida en el tronco grueso de un árbol, destino final del mapa.
Como hechizado sopló con todas sus fuerzas mientras el viento se arremolinaba a sus pies y el mar se llenaba de burbujas.
Avanzando hacia él, ligera, dueña y señora de las aguas, una sirena iba transformando su cola en preciosas y humanas piernas.
Un pirata nunca deja de ser pirata.
Una sirena nunca deja de ser sirena.
Higinio en su barco.
Esmeralda en la Mar.
Cuenta la leyenda que la caracola escondida en el tronco era un auténtico tesoro para aquel que amara a la sirena porque, cuando se hace sonar muy fuerte, con la fuerza que da el amor verdadero, Esmeralda sirena se convierte en mujer.
FIN
Ella era la primera que se atrevía a navegar en solitario por aquel océano. Siempre había sido una aventurera. No le gustaba oir que había cosas que no podía hacer por ser quien era, así que muchas veces se saltaba las convenciones establecidas por su entorno y se marcaba metas que otros veían inalcanzables.
Decidida como estaba, partió. Todo parecía ir bien, su nave se mantenía estable y seguía el rumbo fijado. Ella permanecía alerta, atenta a cualquier cambio. Con cierta preocupación detectó unas oscilaciones en la superficie del agua. De golpe se desató una terrible tormenta que casi hizo volcar su embarcación. Se aferró con todas sus fuerzas a ella y aguantó como pudo.
Finalmente el niño dejó de chapotear en el gigantesco charco que cubría el gran patio trasero de la casa. Entonces, la intrépida hormiga sobre su hoja consiguió llegar sana y salva al otro extremo junto a la valla, dejando atónitas a sus compañeras de hormiguero al explicarlo a su vuelta días después cuando, una vez salió el sol, se secó el improvisado oceáno.
La brasa de la última calada enrojeció fugazmente la cubierta del Prestige II. El capitán lanzó la colilla a aquel océano sin luna y una fuerza sobrehumana lo arrojó después a él por la borda. Solo previó el fastidio de una mojadura.
Horas después le espabiló la quemazón de la sal en los ojos, el tacto del corcho muerto. No había rastro del barco, pero divisó tierra. Un bidón flotaba a la deriva y se aferró a él confiado. Pronto estaría contándolo ante una cerveza rubia en el bar del puerto. Y se le rendirían los ojos como puñales de la Lola.
Braceó hacia aquella extraña isla plana, extensa, adentrándose en una sopa cada vez más espesa e insondable. Había bolsas de plástico. Millones de ellas. Con sus vivos colores tiznados de chapapote. Preservativos anudados que le rozaban los labios. Y una marea inquieta de filtros de cigarrillo. Halló también restos del naufragio del submarino amarillo, la camiseta colchonera de Neptuno, la delicada calavera del Comandante Cousteau con gorrito de punto rojo. “Tereftalato de poliestireno”, fue el último destello de su cerebro humano. Luego se le abrieron las branquias y planeó sumergirse; aún pensaba que era un tipo con suerte.
Lo aplazas de nuevo. Para primavera –prometes- que el clima se suaviza. Guardo el catálogo entre tu libro de recetas y mi desilusión. Tu libro de recetas… Se te veía tan feliz mezclando gramos de azúcar con cucharas de entusiasmo. No como ahora, que aunque no te digo nada, las comidas te quedan sosas, las salsas aguadas. Los postres como de hospital.
Echo la vista atrás. Te veo corriendo por la playa con el pelo suelto, los pies descalzos y la libertad prendida en la areola de los pezones desnudos. Remoloneabas antes de cubrir tu piel de neopreno. Después nos sumergíamos juntos y enredada entre algas y corales te escondías donde podía encontrarte.
Tocas mi hombro. Rehuyes mi mirada. Que vas a acostarte un poco, me dices. El reloj marca las doce de la mañana. La voz del terapeuta martilla mi cerebro: “quizá un viaje, o una actividad que ame en especial”. Y me sumerjo en la esperanza de la página diez del catálogo de vacaciones: submarinismo.
Le arranca el anzuelo de la boca de un solo envite, y el mar contesta con un quejido sordo que estremece la quilla del minúsculo bote. Sacha levanta la cabeza. Algunas luciérnagas salpican la franja de tierra perdida en el horizonte y el sol extiende sobre el agua su atardecer de sangre. Mira los ojos redondos del pez en la cubierta… y tiembla. No hay nada más despiadado que un espejo, porque un espejo almacena todos los recuerdos, y aquellos ojos de plata, fríos, burlones, vengativos, sacuden la quilla de su memoria. Sacha devuelve entonces al agua todas sus culpas y aparejos y rema apresuradamente hacia la costa. Las luces se han multiplicado. Encalla el bote, salta a la arena, y se sienta para llorar durante cuarenta días y cuarenta noches. El mar sería incapaz de contener tantas lágrimas, saltaría el malecón y le devolvería, en su crecida, el cuerpo de su hijo Fakid. Pero, ¿quién era Fakid sino una gota insignificante perdida en el océano? ¿Acaso no sabe Sacha que el mar no tiene sentimientos? ¿Que es un alcabalero insaciable, acostumbrado a demasiados cayucos, batallas, cadáveres y lágrimas? ¿Un monstruo que no conoce el perdón ni acepta jamás intercambios?
Vuelven mis dedos a hacer piruetas sobre el teclado del ordenador para escribir este relato, despues de tanto tiempo en el que mis pensamientos han permanecido en un mar de sombras y mis emociones hundidas en un océano de recuerdos.
Viajo a través de la pantalla como si lo hiciera por las aguas con un velero, las olas se van llevando las pequeñas cosas que han quedado encalladas en mi alma, la cual ha cambiado muchas veces de casa, y algún sueño que escapó volando de debajo de mi almohada.
Ahora deseo la calma de sus aguas, la brisa del viento que revuelva mis cabellos y despeine mis sentimientos, el olor a salitre que se pegue en mi rostro y me renueve por dentro y el vaiven del velero que me lleve hacia delante lentamente.
Y en mi travesía, te veo, a lo lejos, con los ojos risueños y sin vendas, la sonrisa clara y sin riendas, tus palabras sinceras y abiertas, tu rostro surcado de gotas bañadas en sal y que quisiera besar hasta tragarme el sabor a mar.
Y así comienzo a escribir en un instante en que siento que mi vida va levantando el vuelo.
Noche calurosa que ofrece una invitación al poco aire que sopla, para que entre por las ventanas. Están todas abiertas. Desde la calle me sorprende ver el movimiento de los peces en sus peceras. Un padre revolotea con su niño en brazos, bailan con las algas de la salita. Un hombre circunspecto, sobrio y acalorado se zambulle en la pantalla de su ordenador, no se sabe por donde bucea. Dos amigos se asoman a la cubierta de su terraza y la calle testifica su charla. En otra ventana una mujer parece buscar las llaves que están en el fondo del mar, matarile rile ron. Una televisión protagoniza una escena de salón, con una pareja anciana, que se asemeja a un arrecife de coral, están hipnotizados por las medusas. Un tiburón se asoma por otro de los ojos de buey del edificio, lleva sólo un bañador, humea, mientras observa a los pececillos de la calle, a los que le gustaría devorar. De una ventana semiabierta salen burbujas de sonido, el glub glub de un pez de roca o sea un pez rockero. Aparto mi mirada del edificio y sigo mi paseo por este acuario de ciudad.
El baúl abarrotado. Para padre los puros. Aún lo veía liar con la picadura y no podía menos que sonreír. Disfrutaría con los habanos. Mirar cómo la cara llena de surcos se le alegraba y que, ufano, se regodeara detrás del humo del tabaco, frente a los hombres del bar. A madre, botellas de perfume de litro, con olor a limpio de lavanda. Y los mangos que ya con las semanas de la travesía maduraban más de la cuenta. Se la imaginaba con la fruta en la mano buscándole las vueltas y apartándola, por no saber qué hacer con ella. Pargo y cherna, secados al sol. Café y azúcar de caña. Dinero para arreglar el hórreo. A medida que pasaban los días, el mar se tornaba infinito, la espera insoportable. Tantos años, ninguna carta. Avistó por fin la costa, enredado en elucubraciones. Arribó el barco. Los demás pasajeros fundidos en abrazos con los que iban a recibirlos y él, solo, porque nadie sabía de su vuelta. Más allá de la ría enfiló por el camino de abajo y ganó la aldea, envuelta en la niebla de la mañana. Las casuchas caídas, vacías de gente, llenas de nada.
Podrá encontrar trabajo, incluso de camarero. Tener varias novias hasta el día en que aparezca esa chica que con una sonrisa, le llenará el estómago de colibríes y los ojos de deseo. Alquilar una habitación, pequeña y barata, muy barata. Cada día está más convencido de que dentro de esas palabras extrañas, que le cuesta tanto aprender y pronunciar, está esperándole una nueva vida al otro lado del azul del Mediterráneo. Y la moto. Y un móvil nuevo, mejor que el que se ha comprado su amigo Ahmed. Un coche de ¿cuarta? mano, cuando se saque el carné de conducir, y una tienda de campaña de segunda, para poder ir a ver la nieve. Una nieve tan blanca como la espuma de las olas que morirán a sus pies, descalzos, negros, e inertes, tres meses y medio de lecciones más tarde.
La tempestad había sido de esas que los viejos marineros gustan de contar a media voz y con ojos espantados en las tabernas del puerto. Como resultado, el navío había quedado destrozado y con los mástiles apuntando hacia el fondo. Su viejo casco aún mojado relucía bajo los primeros rayos del sol rodeado de toda suerte de enseres y muchos de los cuerpos sin vida de la tripulación. No había tierra a la vista ni nadie que hubiese podido divisarla. El único superviviente permanecía en la bodega aturdido, y diríase que marinado y casi ahogado en su propio vómito y excrementos, después de dos semanas de travesía y de que el barril donde se escondía diese mil vueltas. Una vez quietas las aguas había retirado el tapón de cera de la tapa, para renovar el aire, y enseguida lo había devuelto a su sitio. De ser descubierto, la mejor suerte que podía esperarle era la de ser alimento de tiburones, previo paseo por el tablón, y no estaba dispuesto a correr ese riesgo. Afortunadamente lo peor ya había pasado, se decía. El temporal había sido terrible y había retrasado el viaje, pero según sus cálculos pronto arribarían a destino.
Una vez, tuve un sueño que me llenaba el corazón .
Se parecía mucho al océano. Cuando estaba en calma, era cálido, transparente, si lo mirabas de cerca te hipnotizaba… era como mirar en el interior de una esmeralda. Cuando se encendía se llenaba de vida, era impredecible, vibrante… devolvía la luz todavía más hermosa.
Lo cuidé y alimenté, para que no se marchitara. Todos los días lo observaba, lo mimaba, y le daba forma . Era perfecto.
Algunos sueños se pierden, otros son olvidados y desaparecen,sin embargo otros …
Un buen día, el mío cobró vida. Ahora tú estás aquí. Te enseñaré a cuidar los sueños para que no se te olviden.
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