Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

IMAGINACIÓN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA IMAGINACIÓN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA IMAGINACIÓN en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 de JUNIO

Relatos

31. CARRERA DE MESA. (LUIS JESÚS GORÓSTEGUI UBIERNA)

Los participantes se sitúan en la línea de salida; suena la campana y se inicia la carrera. El número 3 toma la delantera aunque el 5 consigue igualarle, mientras el resto les persiguen con inusitado esfuerzo. Sin embargo, a media carrera, el número 4 esprinta de forma desconcertante y toma la delantera en dura riña con el número 1 que le empuja de forma descarada; el público abuchea. En el último tramo los cinco corredores se disputan heroicamente el triunfo. Finalmente el número 2 vence por medio cuerpo de ventaja; el público lo festeja.
– ¡Cuidado, que viene! –avisa de repente un anciano de la primera fila del público.
– ¡Rápido, recogedlos, que no los vea! –recomienda una mujer desde la segunda fila.
En eso una enfermera con aspecto de sargento de artillería se acerca con paso decidido.
– ¡Otra vez!… ¡no les tengo dicho que están prohibidas las carreras clandestinas!… ¡y cuántas veces les he dicho que no se juega con la comida! –les regaña la enfermera de la residencia geriátrica mientras recoge a los cinco caracoles–; ¡denme el resto, son para la cena de esta noche!… y limpien la mesa de las babas de los corredores, ¿quieren?

30. Invencibles (Juan Antonio Vázquez)

Cada cuatro años Can Cerbero abre las puertas del Infierno y un tumulto desesperado invade el atrio entre empujones y gritos de dolor; de las cuencas vacías de los ojos de la turba brotan oscuras lágrimas de rabia. Corren, luchan, algunos parece que pedalean, incluso nadan, y otros saltan. Mientras, el Diablo se abotona una camisa de cuadros, se ajusta la corbata y con un elegante maletín de Prada lleno de medallas bajo su brazo parte a eso que los vivos llaman Olimpiadas: hacia esos últimos instantes de los partidos, o ese postrero tiro a canasta que desempata; hacia esos momentos de concentración y nervios en los que el arquero deja ir la flecha, o hacia el aliento final que antecede a la última zancada. El día de la clausura  vuelve a casa y azuza al perro para que reconduza a aquel rebaño de infames. Se acabó el recreo, ordena. El chucho lo mira de mala gana sabedor de que más trabajo cansa. Lo observa, se queja, le ladra. En la cartera, en lugar de medallas, creyendo haber tocado la gloria rugen, eufóricas, un nuevo puñado de almas.

 

 

29. EL SUEÑO OLÍMPICO (Belén Sáenz)

Benavides con el brazo de Pau Gasol rodeándole la cabeza. Benavides recibiendo el beso húmedo de Mireia Belmonte. Benavides en el palco con altos representantes del Comité Olímpico. En el bar del barrio se cruzaban apuestas. —La postura de los brazos con los puños a la altura de los riñones —decía el boticario, que presumía de fisonomista. —Y esos pies, siempre marcando las dos menos diez —ratificaba el Ajoporro, que había cambiado con él decenas de cromos de Ases del Deporte. Aquel esmirriado apenas conseguía atraer miradas, salvo cuando bailaba por George Michael en la disco. Pero eso ya pertenecía al siglo pasado así que, cuando mencionó en un susurro su participación en las Olimpiadas, las chanzas ardieron como estopa.

Mientras cerraba la colchonería para verlo en el Telediario saludando a Sus Majestades, su madre revivía otros recuerdos. La maravillosa facilidad que tenía desde bien chico para escabullirse de sus brazos y quedarse dormido entre planchas de gomaespuma. El juego de aguantar la respiración bajo las guedejas de lana puestas a orear. Ella sabía que su hijo rozaría la gloria algún día, y se conformaba con que fuera luciendo con gallardía el disfraz de mascota oficial de los Juegos.

28. UN MOMENTO MÁGICO

Contemplas embelesado   el  momento mágico previo al amanecer cuando  el  sol del alba comienza a  despuntar tímidamente  sobre el mar. Mientras pedaleas,  notas el aire fresco  rozando tu cara,  y tus sentidos se agudizan.

Huele a hierbabuena, pino  y  azahar.

Te sientes libre, vivo, por ser la primera persona  que recorre esos caminos mientras todos los demás todavía  duermen. La vida transcurre a tu alrededor y tú eres parte de ella.

A tu paso, las aves emprenden su vuelo,  y  las liebres huyen veloces a esconderse. Escuchas  un ruido seco sobre tu cabeza y distingues una ardilla saltando de árbol en árbol.

Sólo ha sido un momento de distracción,  pero  tú también vuelas.  Apenas  tienes tiempo de pesar,  cuando tu nuca golpea contra el suelo  apagando el interruptor de tus pensamientos.

El sol te quema los ojos al abrirlos de nuevo, para entrever  dos pájaros que vuelan en círculo sobre ti.  Quisieras levantarte,  pero  a decir verdad no puedes mover ni un músculo.

Notas el suelo mojado, pegado tu espalda y, aunque te niegas a reconocer la razón, el olor nauseabundo  que lo inunda todo no deja lugar a dudas.

¿Cuánto tardarán los buitres en decidirse? , No lo sabes

26. La curva. El Moli

Fue aquel día, en que sólo, distanciado del pelotón que lo perseguía con sus ansias de triunfo que eran inmensas,  creyó que cumpliría su sueño.

Había trabajado mucho para llegar a ese momento, representaba tanto para él, lucir los colores de su país.

Participó en las eliminatorias durante todo el año, ganando su lugar en la nómina. Maravillado entró en la villa olímpica, mezclándose con sus ídolos.

El aliento de la gente daba bríos al joven ciclista para continuar ascendiendo la montaña como puntero de la carrera, no le importaba el dolor, era su momento. Tras coronar la cima como una ventaja importante comenzó el descenso.

Había soñado descender raudo a esa velocidad, todo a su lado pasaba demasiado rápido sin darle tiempo a pensar, hasta que llegó a esa curva…

Junto al casco y las zapatillas, ese cuadro en la pared es el reconocimiento que le dieron por su esfuerzo. Lo observa en su eterno lecho, mientras añora en su rostro,  el viento que ya nunca volvió sentir.

25. Como el avestruz (Gabriel Pérez)

Tengo que llegar a la final de los 100 metros como sea. No acepto un nuevo fracaso después de los duros entrenamientos a los que me he sometido durante el último año.

He practicado todas las distancias -las largas se me dan regular-. He mejorado en las cortas como nunca pensé que lo haría… Y él seguro que la correrá… Será uno de los ocho elegidos: su marca es la mejor de la temporada con una ventaja de medio segundo respecto a la siguiente. Normal que sea el favorito de la prensa internacional, de los aficionados de cualquier país del mundo… y de mi mujer. Tanto que lleva viéndose con él desde hace quince meses (lo sé; los demás, no; ellos creen que yo tampoco).

No conseguir jugármela contra él sería una derrota algo más que dolorosa -¡cruel, insoportable, inhumana…!-; un mazazo para mis aspiraciones de superación, para mis deseos de revancha. No pienso volver a hacer como el avestruz. Por eso debo ser yo -¡sí…! ¡YO!- quien dé el pistoletazo de salida.

24. JESSE

Jesse se hallaba en los vestuarios a punto de salir a competir en aquella olimpiada boicoteada por algunos, maldita para muchos. Él era tan sólo un hombre negro abriéndose paso en la vida.  Por mucho que detestara la discriminación racial, había preferido el fatalismo a la lucha por cambiar su condición. Y así había sido siempre, hasta ese momento.

El presidente del comité olímpico americano le acababa decir: “Hijo, América te contempla”. América, ¿qué América? Jesse miró la bandera bordada en su camiseta y pensó en los jóvenes negros linchados por silbar a una blanca y, también, en las cafeterías en las que no le servían, en la obligación de sentarse en la parte trasera de los autobuses y en mil injusticias más. Cien metros, si ganaba no sólo ganaba él, todos los negros de su país triunfaban.

Banderas con esvásticas ondeando y un bosque de brazos haciendo el saludo fascista le recibieron.

Jesse Owens, nieto de esclavos, corrió durante aquellos diez segundos de gloria como jamás nadie lo hizo, sintió que su cuerpo no pesaba, que le habían brotado alas.  Adolf Hitler, airado, abandonó el palco. Un hombre negro había desmentido la superioridad de la raza blanca.

23. Amor incapaz (La Marca Amarilla)

Cuando sonó el pistoletazo de salida, ya tuvo problemas: nació con una discapacidad en un mundo de altivos capaces.
Sin embargo, prosiguió con mucha fuerza su vital carrera de obstáculos.
Sus padres consiguieron, pasándose continuamente el testigo, correr a su lado en todo momento.
Pero, poco a poco, abandonaron la lucha y quedaron rezagados, agotados, separados.
Ella consiguió sobreponerse y corrió con más ímpetu si cabe, apoyándose en el deporte y consiguiendo participar en unos juegos paralímpicos; aquel fue su primer paso por meta.
Superó con disciplina todas las dificultades con las que se iba encontrando: duros entrenamientos, lesiones, estudios universitarios, jefes recelosos, barreras arquitectónicas, prejuicios…
Era una atleta infatigable. Capaz de todo.
Por eso nadie entendió lo del suicidio.
Sonó un segundo pistoletazo en su vida, fatal.
Absurdo.
Final.
¿Por él?

22. 100 metros (Salvador Esteve)

Mientras la hemorragia vaciaba su vida y la entregaba a la muerte sus entrañas se rebelaban; Luz nació.  No hubo llanto.  Sus ojos se abrieron, pero nada vieron. Sus oídos, yermos.

“Madre, si hablarte nunca podré, ni tu voz escucharé, si tu rostro jamás veré, ¡maldigo mis sentidos! ¿Para qué los quiero?”.

 

Su padre y familiares enterraron la responsabilidad amputando sus conciencias. Abandonada, encarcelada en su cuerpo y con su cordura a la deriva sombras de soledad navegan por su mente.

Pero incluso en tierra árida brotan ángeles, y con su ayuda, poco a poco, Luz aprendió a ver a través de sus manos, de su olfato, de su intuición; a reconocer olores, formas, texturas, el calor, el frío, el dolor.  Y el día que se le acercó Ulises y le lamió la mano el mundo se le hizo más fácil; sintió la fuerza, la confianza, la amistad.

 

Una mañana, mientras miles de gargantas jaleaban los 10,75 segundos de Shelly Ann Fraser en los Juegos Olímpicos, Luz se aferró al trocito de valentía que guardaba como un tesoro, y con Ulises a su izquierda y el bastón, sus guías, batía por primera vez su propio record; cien metros hasta el parque.

20. LAURELES DE DERROTA (M. Belén Mateos)

Cada cuatro años reinaba la calma entre el cielo y la tierra. Los dioses se adornaban con dorsales azulados y para los mortales un tono arena. A doscientos pasos entre ambos mundos se creaba una pista multifuncional para las competiciones: carreras de cuadrigas a base de fusta y riendas para ambas manos; salto de longitud, medida en la huella de un pie desnudo; lanzamiento de disco impulsado por el bíceps del pensamiento y jabalina con destino hacia el espacio de nadie.

Destreza y fuerza ante un coso entregado a la sangre del que no pudo ser derrotado en el campo de batalla. Complejas treguas camufladas entre eliminaciones olímpicas; severos jueces castigando el incumplimiento de las normas con el destierro y perennidad; en contraposición a la gloria y eternidad del que triunfa.

Apenas el eco del bramido del primer disparo oteaba el horizonte, cuando un haz de luz incandescente a la par que sombría, barrió todo ser del planeta y del Olimpo. Unas pocas coronas de laurel reposan en la alfombra a modo de tumba mientras, procedente del inframundo, una risa crepitante se declaraba vencedora indiscutible más allá de los tiempos.

19. Ολυμπιακοί Αγώνες, 776 π.X.

          Llegó apresurado y lo soltó sobre una sucia repisa. No había tiempo que perder, llegarían pronto. Se aseó en el pilón, atizó el horno preparado al alba e introdujo en él un viejo cuenco de barro con agua. Sobre maderos roídos había panecillos, y sobre ellos finas y desgastadas gasas blancas. Ya  fermentados esperaban ser greñados suave y hábilmente, como solía hacer.

        A veces miraba de reojo aquel estante polvoriento, un rayo de luz se empeñaba en reposar allí. Parecía que brillara al contacto con aquella furtiva y débil lucecita, oro parece, pensaba sonriendo. Hacia los mejores panecillos de éste y del otro lado del Egeo, «capricho de dioses» los llamaban burlonamente en la región.

          Fue Heracles quien lo convenció para que dejara Élide, su ciudad natal, y se instalara en Olimpia por “citius, altius, fortius”; lo puso al servicio del mismísimo Zeus. Honor éste al que respondía no solo con sus condiciones atléticas sino con la excelencia en lo personal. Y es que Corebo pasaría a la historia sin saberlo. Él era como aquel insulso brote de olivo ganado, que en efecto no era de oro, solo ilusión óptica, pero que sí los valores y la gloria que atesoraba.

18. CONTRA RELOJ (Margarita del Brezo)

El sonido del cucú marca el pistoletazo de salida. Desde su posición privilegiada, el reloj de la torre controla la carrera y los espectadores aplauden entusiasmados con sus manecillas.

En la segunda vuelta, el carrillón es amonestado por golpear con su péndulo oscilante al joven reloj de pared que trata de rebasarlo. Minutos después, suena la alarma: el reloj de arena tiene que abandonar por fuertes dolores intestinales; el exceso de sudor le ha provocado una grave oclusión y es trasladado de urgencia al taller.

Los corredores entran en la recta final muy igualados. El analógico parece tener cuerda para rato mientras que el digital hace números para controlar el esfuerzo. El de sol comienza a retrasarse cuando una nube traviesa se cuela en el cielo. Al fondo se puede ver ya al cronómetro esperando y en las gradas estalla un auténtico clamor de tic tac, timbres y campanadas con el esprint final. Gana por la mínima un desaliñado reloj de bolsillo.

Y pensar que su dueño lo había desechado porque adelanta…

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