Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

57. Palabras

Las interferencias rasgan la oscuridad que los envuelve. Una tenue luz esboza rostros y miradas cansadas. Historias que anhelan encontrar esperanzas.

Sueños.

Deseos.

(Afuera la noche oculta las vidas perdidas durante el día. Las lágrimas vertidas y las sonrisas de los asesinos que antes fueron vecinos, amigos o familiares).

Los convierten en seres invisibles que no conocen lo que les deparará el amanecer.

“Buenas noches Sarajevo, hermano…”

La frase de la esperanza. Las palabras de la vida más allá de estas paredes. La voz que trae la calma. Las historias que necesitan escuchar. El retorno a la  normalidad durante un par de horas. La oración constante que les recuerda que siguen vivos en el infierno.

Su infierno.

Nuestro infierno.

(Afuera sólo el frío mueve ramas y hojas. Provoca silbidos entre  huecos de paredes y coches  que ya no lo son. Se confunde con el humo de los cigarrillos de los nuevos centinelas del Averno).

Escuchan, etéreos, al locutor de la utopía, de que todo puede cambiar. De historias que valen la pena escuchar, sentir, vivir. Que suenan a verdad.

“Buenas noches Sarajevo…”

La luz se apaga. El transistor duerme. Ellos descansan sin saber qué ocurrirá.

Qué pasará.

Mañana.

 

56. El sueño de Blanca

Blanca se duerme siempre escuchando testimonios por la radio, confesiones de los oyentes. Hoy está a punto de zambullirse en el sueño, cuando una voz la sacude, la saca a flote y le abre los ojos en medio de lo oscuro. Es la suya. Es su voz. Es ella la que está hablando por antena. Cuenta que va a morir, que ya no quiere seguir viviendo. La locutora le pide tiempo, que no corte, que le hable. Su voz dice lo siento. Y es ella, aún aturdida, tras encender la lamparilla, la que ahora ruega que no cuelgue, que por favor no cuelgue y escuche. Pero tras un “gracias por todo” llega la desconexión. A Blanca le da tiempo de oír a la presentadora tranquilizando a la audiencia: han localizado la llamada y una ambulancia está llegando a la vivienda.
Cuando entran en el piso, hallan el cuerpo inmóvil sobre la cama y la radio todavía encendida. Justo al tomarle el pulso, Blanca abre los ojos, grita y se repliega en una esquina de la cama. Aterrada pregunta que cómo puede ser, que quién les ha abierto la puerta, que cómo han logrado traspasar el sueño.

55. La Radio de Papá

Papa me contó que desde niño le encantaba la radio. Su padre tenía una de galena que por la noche, cuando los aviones habían pasado de largo, camino del frente, conectaba al somier de su cama y la acercaba al oído para poder escucharla. Todas las noches su inquebrantable compañera espantaba la soledad que, cuando uno está lejos de los suyos, es la más difícil de sobrellevar.

Desde que recuerdo, los domingos por la mañana, mi padre me llevaba al parque mientras él, sentado en un banco, se aislaba de todo con el auricular conectado al transistor. No llegué a saber qué escuchaba, qué esperaba oír, ni cual sería esa noticia por la que nunca abandonó aquella vieja radio, a la que jamás vi cambiar las pilas. Quizás, simplemente quizás, había perdido la esperanza y sólo le quedaba la costumbre.

Hoy, que ya no puedo llevarle de paseo con su mano cogida a mi brazo, contemplo como la lluvia esponja la húmeda tierra del altar de fresnos donde sus cenizas reposan a la espera de esa noticia que nunca llegó, mientras me pongo el auricular de su radio para recordar su voz llamándome como cuando corría por el parque.

54. El Secreto

Cuando se entera del caso de alguna mujer muerta por violencia de género, el pasado se le viene encima a Margarita. Se ve a sí misma, veinte años atrás, con su pequeña a la espalda yendo al lavadero del pueblo y cuando no atendiendo el huerto. Por las tardes, cuando su marido gastaba el sueldo en la tasca tomando chiquitos, encontraba consuelo escuchando en la radio el serial “Un tren llamado esperanza”. Su imaginación volaba y mientras que con sus manos zurcía pantalones con su mente hilvanaba sueños con hilos de colores. Se imaginaba en la ciudad comprando bonitos vestidos y paseando con su hija al borde del mar. Pero todo acabó el día en que su marido escondió el aparato porque decía que gastaba mucha luz.
Siempre había soportado estoicamente sus golpes; pero una noche, que regresó más borracho de lo habitual, cuando colocó las manos en su cuello cogió la arandela de hierro y la estrelló en su cabeza. Nadie puso en duda su muerte por una mala caída.
Ahora, cuando ve a su hija feliz estudiando en la Universidad, no tiene remordimientos y su secreto lo guardará para siempre en los pliegues de su memoria.

53. EL HUEVO DE COLÓN

  • Es el Cola-Cao desayuno y merienda, es el…

Sobre el pedrusco de granito que estaba delante del cerezo, quedaban abandonados la cuerda de saltar a la comba, los billetes de cartón de tren de jugar a las chapas y los huesos de taba coloreados.

Eran las seis de la tarde, radiaban los cuentos del Cola-Cao. Al grito de mi madre desde la ventana, como cabras montesas subíamos a la cocina de casa y nos sentábamos en las sillas con la mirada puesta en aquella radio Telefunken de baquelita marrón que mi padre regaló a mi madre el mismo día que yo nací.

  • …Y si es el boxeador…

Ahora tocaba decir pun, pun;  levantábamos medio culo de la silla y soltábamos una pedorreta hecha con la boca o un sonoro cuesco el afortunado que lo había podido reservar para el momento. Y rompíamos a reír. Y con media sonrisa mi madre nos llamaba cochinos.

¿Qué darán hoy? ¿El mono titiritero que perdía el corazón en las ramas de un árbol? ¿La ratita presumida? ¿Cara sucia? ¿Garbancito?  O mi favorito: La gallina Marcelina.

  • Clo-Clo-Clo, cantemos hijos míos; no le temáis al frío… pues era de mi abuela el huevo de Colón chin-pon.

52. Variaciones (Cristina Requejo)

 

Observo la cama. Las lágrimas acumuladas en el colchón, las noches de insomnio calculando cómo llegar a fin de mes y la soledad endulzada con algún polvo desafortunado, no deben acompañarnos. Sí, la cama se queda. En la radio, las Variaciones Goldberg versionadas por Glenn Gould, anudan mi garganta.

Intento no llorar al respirar el aroma que dejamos las familias. Salgo de la habitación con la radio en mis manos,  apretando el nudo hasta la asfixia. Cierro la puerta del cuarto, cerrando así, como en un juego ilusorio, una parte de mi vida.

Abajo, sentados en el rellano de la escalera, los niños me esperan rodeados de cajas y maletas. Al verme salir, sonríen. El juez no tardará en llegar con la orden de desahucio, así que me apresuro a meterlo todo en la furgoneta de alquiler. Nos vamos.

Conduzco en silencio en dirección a casa de mi madre, mientras pienso que existen días extraños, sin verbo, sin acción. Los niños duermen en el asiento trasero, y me pregunto con qué estarán soñando.

“Los sueños son mentira» –me digo-, y presiento, entonces, que pasaré unas cuantas noches sin dormir, en un balcón con luna, buscando a Venus en el cielo.

51. Buscando refugio (María Rojas)

Mi tío Luis tenía una radio transoceánica. Cerrada, parecía un maletín de viajante siempre a punto de emprender el camino. Abierta, era el universo. La había canjeado por un libro de Dostoievski a un capitán que, de tanto oír el rugir del mar y el trepidar de las calderas, había ensordecido y mimaba su alma leyendo.

En la parte superior de la radio se aplanaba la tierra en azul y plata.  Abajo, solitaria, abría los pétalos triangulados la rosa de los vientos que, desde Plinio el Viejo, está empeñada en señalar los rumbos que rompen el horizonte.

Mas cuando verdaderamente caíamos en el hechizo de la transoceánica era los sábados, día en que nos permitían quedarnos hasta tarde oyendo salir de su caparazón metálico voces y músicas babélicas, entrecortadas por ventiscas furiosas.

Nos reíamos alborotando. El tío pedía silencio y, con las pestañas humedecidas de melancolía, huía, rastreando en lejanías las coordenadas de su fracaso.

 

50. El video mató a la estrella de radio

Mi madre y yo vivíamos en una casa en cuyas paredes rebotaba el sonido constante de una radio y la ausencia de padre.
A ella le gustaban las telenovelas y por eso, y por estar juntos, todas las tardes oíamos alguna, ella con la costura en las manos y yo jugando con algo.
Después, al poco de empezar la emisión, llegaban a mis oídos sus suspiros, sus susurros y hasta las lágrimas, mientras las agujas y los hilos descansaban inertes en su regazo; sonidos que se mezclaban con el ruido del viento, de la lluvia, de un caballo, de un beso o de un disparo que yo oía en un segundo plano, que daban a la insufrible telenovela realismo y magia, y con los que soñaba poder ganarme la vida en cuanto pasasen algunos años.
Después, y en este orden, llegó su muerte, Vietnam, el hospital de campaña, la televisión y esos vídeos musicales que no puedo oír, que miro sin parar y contra los que peleo con suspiros, susurros y lágrimas, como mi madre hacía, mientras la vida continúa varada y muda en mi regazo.

48. Recuerdos que no viran a sepia…

7:00 A.M., la radio, como cada día, encendida dando las noticias, como susurrándolas diría yo, y el mercado desperezándose. Era tenue todavía la luz del alba pero ya todo estaba en marcha. Sólo otro ruido, el de las persianas aún por abrir, cortaban estruendosas el silencio como un desagradable pero rutinario despertador.

Uno de ellos el de mi viejo frutero, iniciaba así su liturgia matutina, primero encender su polvorienta radio, después descargar la fruta fresca para colocarla en los mostradores. Aquello era un ritual como digo, cargado de monotonía pero de una belleza sublime, como una acuarela lo recuerdo, con aquellos colores y olores.

Y poco después, el bullicio se abría camino, se hacia cada vez más audible. Comenzaba como leve zumbido a lo lejos, para ir subiendo poco a poco, hasta llegar a ser un mar de sonidos diluidos los unos en los otros.

Agazapado, casi imperceptible, allí seguía ese primario susurro, el de aquel aparatucho que seguía acompañando, incansable. Nadie le echaba cuentas ya, o si, quien sabe, pero allí siempre estaba. Y perdurará entre tantos otros ruidos, los cotidianos, los nuevos y los que vendrán seguro, pero siempre la radio encendida, latiendo, con vida.

47. RADIO LONDRES (Ginette Gilart)

Pon pon pon ponnnn, en código morse tres puntos y una raya representan la V de victoria. También son las primeras notas de la sinfonía nº5 de Beethoven y con ellas empezaba el programa de la BBC. Aquel mes de junio de 1940 los cinco amigos nos reunimos en mi casa para escuchar la emisora prohibida, sobre las 20: 00 horas el propio general de Gaulle, desde el exilio en Londres, incitaría a la rebelión: “la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará”. A partir de ese día y durante años la radio sería nuestra compañera, amiga y apoyo moral dándonos noticias del exterior y estimulándonos a seguir luchando.
A través de ella nos enteramos del desembarco de los aliados en Normandía. Luego prepararíamos la liberación de París. Pero no todos conseguimos llegar a desfilar por los Campos Elíseos celebrando la victoria, de los cinco amigos sólo quedamos Fernando, el español, y yo.
Con el tiempo Fernando regresaría a España. Yo seguí viviendo en la misma casa, con la misma radio que escucho a diario haciendo especial hincapié en el programa de las 20:00 horas.

46. Radio Ga-Ga

En casa de mis padres lo más parecido a una mascota que tuvimos mis hermanos y yo fue la radio. Encendida desde la primera hora del día en que abría los ojos, mis tímpanos sintonizaban esa música de fondo eterna en casa. No importaba si había gente para escucharla o no, siempre estaba puesta. Recuerdo que antes de ir al colegio oía aquella saga entrañable tan nuestra “La Saga de los Porretas”. Y aquellas tardes contadas por mi madre con Elena Francis.
Ahora los programas han cambiado pero mi madre sigue fiel a las frecuencias que le dan noticias, alegrías, tristezas, los fines de semana deportivos, los lunes de los “grandes relatos” como dice ella. Yo a veces intento “Ser” entre todos ellos pero de momento no he tenido suerte; la única vez que mi voz ha salido en las ondas fue para pedir una marquesina de autobús porque estaba hasta el moño de mojarme en la parada cuando iba al trabajo. Que aparato tan hermoso que te deja soñar poniendo caras guapas a esas voces tan bonitas. La televisión siempre tuvo la virtud de tirar por tierra aquellas ensoñaciones.

45. Sin despedida (Blanca Oteiza)

Cuando era niña, un hombre llamó a la puerta casi a la hora de la cena. Mi madre regresó a la cocina con llanto en el rostro y encendió la radio. Yo no quise preguntar nada. Aquella noche se enfrió la sopa en el puchero y nos acostamos pronto, aunque escuché sus sollozos hasta quedarme dormida.
A la mañana siguiente, la radio nos acompañó de nuevo mientras el vaso de leche se vaciaba, como los ojos de mi madre que seguía enmudecida.
Unos días más tarde llegó mi tía del pueblo con la maleta hecha para una larga temporada. Una noche desde mi cuarto, aunque habían sintonizado la radio para mitigar sus voces, pude escucharlas que mi padre ya no iba a volver, ni siquiera para poder despedirlo entre flores y tierra húmeda.

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