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(La radio informa de la agenda del día. El Generalísimo, bajo palio, asistirá a la ofrenda a la Virgen, en la basílica).
Titorííííírorí, Agatángelo pasea sus labios por el silbato de apenas seis notas, titorííííírorí, anunciando su llegada. De pueblo en pueblo, de calle en calle, titorííííírorí, se gana la vida con la piedra de agua, devolviendo brillo y filo a cuchillos, cinceles y tijeras que los lugareños le llevan. Titorííííírorí.
Esta mañana sacó lustre a la navaja de su vecino Horacio.
—No sabía que usabas faca —le dijo el afilador—, nunca te la había visto.
—La tenía guardada desde hace tiempo, creo que hoy me va a ser de utilidad —contestó aquél.
(A las doce del mediodía, campanarios y emisoras recuerdan que es la hora del Ángelus).
Al volver a casa, le cuentan el intento de asesinato. Horacio fue reducido por dos guardias civiles y un clérigo; entonces, Agatángelo se arrepiente por no haberle cobrado el servicio. No es mezquindad, los seis reales del trabajo apenas llegarían para una cuarta de vino, pero barrunta que alguien pensará en lo de la colaboración necesaria.
(A las diez de la noche, el parte de Radio Nacional nada dice del suceso).
Volvía exhausta del campo pero caminaba deprisa. Quería llegar a tiempo. Dejó la azada en el sobrado. En la cocina recalentó el café en el puchero. Se sentó en el escaño al calor de la lumbre y encendió el transistor. El programa acababa de empezar. Escuchó con añoranza las canciones y los mensajes con los ojos acuosos. Levantada desde las cinco de la mañana luchaba contra el sopor. Cabeceaba y contrariada volvía en sí con cada nueva canción. Pero el cansancio podía con ella. Cerró los ojos y, cuando la criatura en su vientre dejó de patalear, se abandonó a un sueño profundo. En la radio se sucedían las dedicatorias, los mensajes tiernos, alegres, tristes; las promesas. Hacia el final de la emisión la presentadora leyó la frase que le estaba dedicada. Que la quería, que sentía morriña pero que este año el dinero no le alcanzaba y que no iba a poder ir por las Navidades. Cuando se despertó, la locutora se despedía, sonaba la sintonía del final. Le dio rabia habérselo perdido. Lloró. Después se incorporó y pensó que no era grave porque por Nochebuena él tenía previsto volver al pueblo.
A las ocho en punto estaba clavada ante las puertas del estudio repitiendo por enésima vez Paca poco coco compra. Pulsé el timbre y esperé practicando con Manolo Medina mima el minino, Manolo… ¿Sí, a quién tengo el honor?, se oyó por el portero. Soy yo. ¿Y quién eres tú, mi niña? Olivia, venía por la locución, ¿recuerda? Sí, sí…, esta cabeza mía. Oye… ¿no habrás traído un gato? Nooo, que vaaa, me apresuré a responder. Miré atrás por si venía alguno, subí al ascensor y pensé en erre, cigarro, barril y ruedas de ferrocarril, perro prreferrí dejarrlo ahí. Toc, toc, hola, venía por… ¡qué mona!, pasa, estás contratada, ¿estoy contratada? Sí, guapa, por setecientos euros, habíamos dicho ochocientos, pues ochocientos, corazón, faltaba más… Bueno, vale jefa, pero… ¿Pero qué, cielo? ¿Empiezo ya? Claro, estás tardando. Mira, aquí tienes el micro, allá está el reloj y el guion… ¿dónde puse el guion…? ¿Será este, jefa?, ese mismo es. Ah, Olivia, lo del gato… es que soy… ¿alérgica, jefa? , sí, alérgica. Eres un sol, Olivia, y llámame Olga, seremos amigas. Lo estoy deseando, Olga, acepté de buen agrado. Bueno, basta de cháchara y a trabajar, que estás en las ondas.
Hace tres meses que su padre murió, y recién ahora ha conseguido reunir fuerzas para volver a la que por casi treinta años también fuera su casa. Tras abrir de par en par las ventanas del living y del comedor, se queda de pie en el umbral de la cocina. Sobre la mesa parece aguardarlo la vetusta radio de su padre. Al arrimarse a ella, le crece el recuerdo de su viejo tomando mate y canturreando los tangos que, todas las mañanas, escuchaba religiosamente por Radio Splendid; mientras él, apenas un purrete, lo acompañaba tomando la leche. Entonces enciende la radio. Y los acordes de «La cumparsita», el tango preferido de su padre, colman, como ayer, cada rincón de la cocina. Poco importa que el cable de la radio esté desconectado.
Las radios digitales son aparatos sin alma, como todo el mundo sabe. Es difícil sustraerse a la tentación de su limpieza de sonido, de su ausencia de interferencias, de su precisión en la sintonía automática. Pero yo aún resisto, dándole vueltas y vueltas, en un sentido y en otro, a la rueda de la frecuencia analógica de mi transistor. Allí, en esa imprecisa frontera entre la nostalgia y los clásicos, los espíritus me hablan. En esa tierra de nadie ocupada por ruidos indeseables, he escuchado a Reed reclamar a Bowie entre los suyos, a Joplin prevenir a Winehouse cuando cumplió los veintisiete, a Elvis comunicar sus cambios de paradero. Y todo lo he escrito con mi letra apretada en este cuadernillo, que los demonios blancos buscan en balde mientras me paseo por el jardín con mi radio encendida. Ellos se han empeñado en cambiármela por otra, digital. No tienen alma.
Su afición por el vino lo había convertido en un indigente. Solo conservaba un viejo violín con el que cada día tocaba su sonata número uno —Martina— que había compuesto años atrás.
Se despertaba cada mañana con Radio Clásica para escuchar el programa «Sinfonía de la mañana», en el que contaban la vida y anécdotas de compositores de todos los tiempos.
Un día notó que el presentador, en vez de hablar en tercera persona, se dirigía a él de forma imperiosa: “Llevas años tocando tu sonata, ya es hora de que se conozca, te espero en media hora en la emisora”.
No lo dudó, se levantó, se vistió y salió corriendo, mientras sus compañeros del albergue se reían de él y escondían el casete en que habían grabado el mensaje.
Al llegar a la emisora, fue tal su insistencia que consiguió entrar y que le permitieran interpretar su sonata. El director le programa quedó tan impresionado que le prometió que, de forma excepcional, la utilizaría como sintonía del próximo programa.
Al día siguiente, a las ocho en punto, mientras sus amigos del albergue escuchaban la radio asombrados, él dormía con una sonrisa y un lento movimiento de su mano derecha.
“Seguidamente, el Adagio de Albinoni, interpretado por…”
– ¡Ernestito, quita eso! Ya sabes lo que le pasó al yayo.
Los ojos de la abuela se cierran ante el nostálgico encanto de la música, ensuciado de golpe por el rugido de la batidora. Con inusitada habilidad, Ernestito sube el volumen y sintoniza las noticias:
“Las autoridades advierten que el entramado eléctrico se está viendo afectado por emisiones de baja frecuencia…”
Ante el chillido de mamá, el nene decide llevarse su juguete al salón. Allí papá está viendo Jurassic Park, pero él opta por la radionovela:
“Ese viejo no romperá nuestro amor, Diana María, ojalá fuera devorado por un monstruo…”
El despiadado T-Rex se dispone a salir de la pantalla. Ernesto sabe que no hay que asustarse de las televisiones 3-d, pero prefiere no ver sufrir a su padre, así que regresa a la habitación.
Tumbado sobre su colcha de Mickey, posa la radio sobre su pecho y acaricia lentamente la rueda del dial. Es una sensación placentera, casi adictiva, percibir como las ondas hertzianas van sincronizándose con sus propios latidos. Y sonríe. Al lado yace el cadáver de su hermana.
La casa ha quedado en silencio.
Ellos no comprendían nada.
A la misma hora, el mismo lugar: El momento de la radionovela mirando tras mi ventana hacia la suya.
Yo la adoraba como la arena de la playa venera el final de la olas que la acarician o como el horizonte espera el crepúsculo para recuperar al sol, pero lo único que tenía era observar sus manos, que se me antojaban como pájaros revoloteando, radiando para su madre.
La imitaba mientras oía en mi transistor lo mismo que ella, y así aprendí el lenguaje que nos entrelazaba.
Al tiempo, supe que abandonaba el pueblo y que le dolería, entre otras cosas, dejar a la señora Julia sin sus momentos. Así que me ofrecí para ocupar su lugar como quién aparece desde una sombra iluminada. Su sonrisa y el roce en mi mejilla fueron un regalo al que el tiempo acabaría por dar su valor.
Ella marchó y yo comencé mi tarea hasta que esos cansados guionistas me parecieron insufribles y opté por sustituirlos inventándome día a día la historia que hubiera querido tener con su hija, sin enchufar ni siquiera la radio.
Siempre temí que le comentara algo, pero nunca lo supe. Y luego nació aquel asqueroso día.
Esa misma tarde volviste a pedirme matrimonio, mis padres estaban en el cine. Me besaste largamente en el portal. Los acordes de una canción surgían del corredor. No dejaba de preguntarme si estaba preparada, y qué vestido ponerme: corto o de novia clásica.
Te fuiste. Me senté en el butacón a escuchar música buscando estrellas por la ventana con los ojos cerrados. Cuando los abrí quedé patidifusa, sin saber que decir. Los instrumentos de la orquesta salían de la radio interpretando deliciosas baladas. Trompetas, saxos, acordeones y violines flotaban alrededor de los techos, junto a sus notas, las rosas que me regalaste, y yo. Las lámparas encendidas a nuestro paso ofrecían una gran fiesta.
Entre tanto el apartamento se inundaba de muebles modernos, los nuestros los evacuaba un rayo de luna. Los marcos dorados de nuestras fotos de graduación se inclinaron hasta derramarnos suavemente en el suelo. Comenzamos a danzar y yo a soñar.
-¿Aventuraran una relación luminosa? Te pregunté desbordada. Callaste. Necesité sentarme. No sé si fue mareo, tu forma de bailar, tu colonia, o asomarme a tu realidad.
Después decidí llamarte y no llorar cuando anulé nuestro compromiso. Era un gran día y puse de nuevo la radio.
Cierro los ojos y puedo oír la empalagosa sintonía que anunciaba tu consultorio. Eras mi cita ineludible, jamás tuviste una oyente tan fiel como yo. Fuiste mi amiga y mi confidente; pero, también, mi juez, mi censora y mi represora.
Siguiendo tus consejos maternales; permanecí virgen durante mi noviazgo.
Una vez casada, de tu voz aprendí lo que es la resignación. Si mi marido “se ponía nervioso” y me pegaba; todo lo más, me marchaba a casa de mi madre, descartado denunciarle. Si bebía, paciencia. Si me ponía los cuernos, hacer la vista gorda. Si me contagiaba una enfermedad venérea, perdonarlo. Había que sacrificarse por los hijos, esperar que cambiase. Debía anularme en la soledad de la casa, sepultarme en tareas domésticas, brindarme en holocausto en el altar de la abnegación.
Dios, con la ayuda de la cirrosis, se llevó a mi esposo. Un viaje a Benidorm con el INSERSO me enseñó, demasiado tarde, todo lo que me había perdido de vivir.
Entre canciones dedicadas, recetas de cocina, consejos de belleza y cartas desgarradoras; tu programa radiofónico fue una escuela de sumisión. Mi generación fue víctima de tu lavado de cerebro.
Querida Elena Francis: ¡Yo te maldigo!
A mamá le gusta escuchar la radio. A mí también. Ella siempre elige programas en los que la gente habla y discute, y yo, sin que ella se dé cuenta, doy vueltas a la ruedita y busco alguna cadena de música. Y entonces ella dice: «Esta radio debe de estar estropeada… tendré que llevarla a arreglar», mientras sonríe, creyendo que yo no le miro.
Hoy, cuando he cambiado a la emisora de canciones, mamá no ha sonreído, ha cogido la radio y la ha llevado al técnico. ¡Qué raro! Si cuando yo estaba vivo nunca la llevó a arreglar…
Doña Claudia Miraflores había puesto cara y cuerpo a las voces que solía escuchar en la radio. Se despertaba con el vozarrón de Jorge Tebastez; un presentador cordial y bonachón al que imaginaba entrado en carnes, rechoncho, con una crencha central que dividía su despoblado cabello y una papada tan exagerada como su barriga. Su programa –«Onda viva»– era adictivo y conseguía que doña Claudia dejara atrás el tiempo de duelo. Mientras los contertulios habituales daban inicio al coloquio matinal, ella desayunaba y seguía fantaseando con ellos. En su mente, veía a Fulgencio Pescla –el doctor en historia y antropólogo– como a un señor desangelado, repleto de surcos faciales por el acné de juventud y anegado en un mar de patas de gallo. A Mamen Salliz –la experta en economía–como a una lechuguina con aires de grandeza, vestida con un pulóver de cuello alto y una faldilla que dejaba ver sus rodillas. Y al director del periódico «Ojo de papel» –Ernesto Reicer– lo representaba más guapo, de tez morena, corpulento y con un hoyuelo en la barbilla. Eran toda su familia, nos decía; le llenaban la casa, y también a ella.
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