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María tiene que contárselo.
— Eduardo…
— ¿Qué?
— ¿Estás despierto?
— Pues digo yo que si te respondo…
— Es que ha pasado algo malo.
— ¿Qué has hecho?
— La he roto.
— ¿Cómo que la has roto?
— La radio.
— ¿La radio?
Eduardo enciende la luz y se incorpora.
— ¿Sabes lo que eso significa? Vivimos aquí por esa maldita radio. Mira si presumes tú de edificio histórico y buena zona. Sabes que mi abuela lo puso como condición en el testamento. Sabíamos a lo que nos ateníamos. Lo expuso claramente. No es algo que se elija, si optábamos por venir aquí, teníamos que tragar con ello. ¡Sabe Dios lo que nos pasará ahora!
— No podía soportarlo más. Fernandito lleva meses con pesadillas. Es inhumano. Todas las noches, a la misma hora… esas voces. El mismo programa. Es imposible dormir.
Dos campanadas interrumpen la acalorada discusión y un silencio tenso se adueña del dormitorio.
“Bienvenidos a la madrugada de este dos de noviembre de 1937 que nos ha dejado una mala noticia…”
Reconocen la voz, es la misma de siempre, pero proviene de la habitación de Fernandito.
María llora.
Hubo otro tipo de inviernos, los del ayer, de pies fríos y colores sepia.
Yo era una modistilla de poca monta que llegaba a fin de mes a duras penas a base de subir bajos, volver abrigos y reconvertir prendas.
Pero todos tenemos un sueño, el mío era una radio. Bueno no, no una radio, si no aquella radio que admiraba cada tarde con la nariz pegada al escaparate.
En ella podría oír seriales, noticias, incluso… bailar. No volvería a sentirme sóla porque formaría parte de un gran club, el de los “oyentes”.
En nochebuena ya había conseguido reunir el dinero para comprarla, pero ni un real más ¡Qué difícil decisión! Podía comprarme la tan ansiada radio o el billete de autobús para ir al pueblo y pasar las navidades con los míos.
Cené sola, escuchando la programación navideña y dejando que unos gruesos lagrimones cayeran sobre los huevos fritos.
¡Eran otros tiempos!
La lluvia caía obstinada desde hacía más de seis meses. La gente empezaba a perder la paciencia y miraba al cielo indignada y maldiciendo. Los meteorólogos, confusos, buscaban explicaciones plausibles en sus oxidados apuntes universitarios y trataban de explicar lo que ya se conocía como la anomalía climática del siglo: “Lo único que sabemos hasta ahora es que una masa de aire caliente se ha acoplado con un frente frío que la eleva hasta alturas estratosféricas e incrementa su nivel de humedad; la temperatura sube gradualmente produciendo un cambio de ritmo en la velocidad del viento que…”.
Apagó la radio asustada. Saltó de la cama y cubrió su desnudez con una delicada bata de flores. Todavía jadeante, la primavera le dijo al invierno que su relación tenía que acabar.
Cuando la sintonía anunciaba las noticias, ya estaban Carmen y Manuela en la mesa camilla del salón. Mientras aspiraba el olor del café, Carmen, la mayor, fingía oír con considerable atención, pero era Manuela quien, con grandes gestos y como si de una obra de teatro se tratara, le repetía más tarde cuanto salía por las ondas.
Una tarde, la voz de la radio se hizo eco de la inminente inauguración de una residencia municipal a muy bajos precios, pero con plazas limitadas. Manuela, que desde hacía meses andaba preocupada por la mala salud de su hermana, deteriorada día a día, y las continuas amenazas de desahucio por parte de la casera al pagar una renta antigua, simuló dolor de cabeza para retirarse a su habitación.
Al día siguiente, y sin dar explicaciones, se situó muy temprano en la cola de las oficinas del consistorio. Varias horas de espera más tarde, regresó a casa con una única plaza en el bolsillo y una determinación en el corazón. En el parte de las tres.
Interrumpimos nuestra emisión de Alma de Copla para ofrecerles un boletín urgente.
Un silencio hertziano paralizó la rutina de domingo en el entresuelo izquierda del número quince de Recoletos. Papá y yo abandonamos la reparación de la cometa. Mamá se asomó desde la cocina con una fuente de croquetas.
Autoridades militares confirman que decenas de platillos voladores están aterrizando en el Puerto de Navacerrada. Permanezcan atentos.
El inesperado timbrazo nos hizo dar un respingo. Sin escapatoria, papá se encontró entre sus brazos a una aterrorizada Doña Angustias que rezaba avemarías encadenadas. Con aquella bata guateada y los rulos no cabía imaginar un aspecto más marciano. Surcando las ondas, la Marcha de Granaderos preludiaba la conexión.
Les habla Fortunato García, corresponsal in situ. Un caos apocalíptico se ha apoderado de este idílico paraje. De las extrañas naves surge un ejército hostil de hombrecillos verdes. Nuestras gloriosas fuerzas armadas…
La aguafiestas se desplomó aferrada al transistor, que agonizaba en un crepitar de válvulas y bobinas. Fin de la diversión y una larga semana de espera hasta la siguiente entrega de La Derrota de Marte, nuestro serial favorito.
—Y no abriremos la puerta a nadie —dijo mamá.
Papá, riendo, me alborotó el pelo.
Hay una música que escucho de manera permanente en mi interior, es una vibración bella compuesta de varias notas que forman una pieza singular. Me gusta pensar que es como la radio que enciende mi madre al levantarse y crea la atmósfera sobre la que todo ocurre en casa.
Cuando regreso todo sigue igual; mi madre en sus labores y su radio con ella.
¡Qué magnífica compañera durante el día!
¡Qué agradable y manso compañero de sus noches en vela!
Yo alguna vez la imité, pero no soy mujer fiel y cambio a menudo de afición, como de compañero.
Me gusta contemplarla así, serena y sabia, cuando cose, pinta, cocina, limpia, teje, lee, duerme, … junto a su radio.
Mi madre es Mujer Árbol, de raíces robustas arraigadas a su tierra, con ramas grandes y poderosas para sujetar y proteger a sus vástagos y con una copa frondosa bajo la que guarecerse del frío, viento, lluvia y nieve.
No hay mujer más fiel.
La cenicienta del mundo real es una chica de origen humilde. Trabaja sirviendo en casa de una familia acomodada. Un día, el matrimonio y sus dos hijas salen hacia la capital para asistir a un cóctel, mientras ella recibe el encargo de vaciar el desván. Allí arriba una espesa capa de polvo cubre los incontables objetos que le aguardan. Está agrupándolos para sacarlos, cuando uno le llama la atención. ¿Qué es aquel aparato? ¡Una radio antigua!
Con sumo cuidado empieza a limpiarla. Inesperadamente se enciende la luz del arco del dial y se escuchan zumbidos por el altavoz. Entrecortada por interferencias, como viniendo de muy lejos, se oye una voz:
-Gracias por rescatarme del olvido. Como premio te concederé tres deseos.
La muchacha duda un instante, pero piensa que nada pierde si contesta.
-Me gustaría poder volar -dice, por probar.
En un rincón un destello de luz ilumina un curioso paraguas mientras en la radio suena «Supercalifragilisticoespialidoso».
-También ser más alta.
Al momento ve relucir un frasco con una etiqueta “Bébeme” y escucha «Feliz, feliz no cumpleaños…».
-Y un buen chico para mí.
La radio esparce las notas de «Bésame, bésame mucho…» y oye un sonido a sus pies: croac.
«¡Hola! Bienvenido a ‘Voces de cronopios’, tu rincón literario aquí, en Radio Onda. Hoy tenemos un programa cargado de sorpresas, y, con vuestro permiso —oyentes, compañeros también, dirección…—, la primera de ellas será de carácter personal. Unas palabras para alguien especial, único para mí. Alguien que eres tú, sin espacio o tiempo; te pienso y eres tú y no precisas nombre para suceder en mí y colmarme. Sé que me escuchas, porque sólo una verdad puede ser canal de otra, de tanto que me fluye y en cambio un dique y otro dique, por eso hoy me aferro a la voz y la distancia para decirte todo lo que no puedo con la piel ni con los ojos. Y tal vez este micrófono y tu imagen detrás sea lo único de ti que conozcan mis labios, pero así como hay palabras que quedan registradas en las ondas y no mueren, en el registro de mí misma también pervivirá algo de ti aun cuando me marche. Porque desde que te miré por dentro, desde aquel instante en que te escuché y supe que existías, ya sólo habré sabido llevarte siempre.»
«¿Laura? Perdona que te interrumpa; un minuto y vamos al aire.»
El equipo de salvamento calculó que el aparato de radio llevaba dos días roto. Sin embargo, aquella información no encajaba con lo que el único superviviente que encontraron a bordo les había dicho, apenas sin aliento, al verlos traspasar la carlinga del avión siniestrado. Según afirmaba aquel joven de algo más de veinte años, había estado escuchando música solo unos minutos antes, mientras esperaba su llegada.
–Una melodía preciosa, como las que solía escuchar en la radio de casa justo antes de dormir… Y la voz de la locutora susurrándome entre canción y canción que no me preocupara… Me he librado por muy poco…
Freddy se desmayó de agotamiento. No había comido ni bebido en 48 horas. Cuando recuperase fuerzas, tal vez pudiera contarles más cosas sobre aquel misterioso programa de radio que había estado escuchando sin receptor en alguna parte de su ser.
La lancha de salvamento se alejó del costado del avión accidentado, chapoteando estruendosamente. Mientras aquel amasijo de hierros iba hundiéndose poco a poco, se dejó oír en su interior una melodía de suaves cadencias. En la emisora de radio del puerto, los padres de Freddy Bonham recibían absortos las dulces palabras de ánimo de una locutora.
Mi rostro lo decía todo, estaba compungido, contrariado y ofuscado. No era el único, mis amigos salieron a las calles, la plaza principal se llenó de gente y cada quien reflejaba a su manera la molestia que lo invadía. Nadie encontraba forma de llenar el vacío, era domingo y todos habían cumplido con sus quehaceres y obligaciones. Algunos leyeron los diarios más de una vez y, hasta el prefecto, un hombre de pocas palabras, se detuvo en una esquina y no paraba de quejarse. Experimentamos en carne propia la magnitud de un fenómeno de la época.
A punto de convertirme en nonagenario tuve recuerdos funestos de aquel episodio de mi juventud. Me afectó tanto, que aún sufro sobresaltos cuando viene a mi mente. Ese día ocurrió una tragedia real para mis paisanos y para mí: la única emisora de radio de nuestro pequeño y apartado pueblo estuvo fuera del aire por varias horas, las mismas en las que se efectuaba el tan esperado derbi.
La navaja sobre las venas malva. Cartones de vino peleón agotados, bajo sus pies en el asfalto.
Como una catarata, la niebla envuelve los neones cegando la ciudad.
Resbala en filo por su piel. Fortunato Se detiene.
Surge «La voz del solitario».
– Mis queridos corazones despoblados…
El locutor pone especial énfasis, modulando cada palabra, por encima del «Nocturno» Chopiniano.
– Me llega vuestro silencio como un grito de socorro.
El cuchillo en sincronía con el piano inicia una danza loca por el escenario de la carne temblante.
– Aunque hayais sentido el abrazo traicionero en vuestros trabajos, hogares y de los que creíais amigos…
Brota la primera lágrima, lágrima de sangre que Fortunato dedica al mundo.
– Un teléfono os espera, para vuestra desesperanza. Si vuestro movil es…
El hombre, haciendo uso del exiguo saldo, lanza un último mensaje.
La niebla, cada vez más densa se cierne sobre la ambulancia, hasta la tercera vuelta de campana.
Los acordes musicales póstumos continúan surgiendo desde el humilde transistor.
En control, Paco con ágiles dedos sube la regleta. La sintonía suena como un centenar de caballos desbocados que corren sin aliento durante veinticinco segundos exactos para frenar de golpe ante un acantilado sin fondo, un abismo gigante, negro y silencioso. Ángel lo observa un instante y salta al vacío. Con el cuerpo tenso y sus músculos respondiendo a cada precisa solicitud dibuja una figura perfecta en el espacio para luego sumergirse en la honda obscuridad.
Y entonces habla.
Con los nervios encadenados al alma articula cada fonema, cada palabra, recreándola con una dicción estudiada. La entonación es precisa, la respiración acompasada. Las oraciones se suceden y las noticias son construidas con vertiginosa celeridad. Las verdades casi asépticas, empaquetadas con esmero, fluyen y se pierden para siempre en el éter.
Es el trabajo de un profesional meticuloso, curtido, sin rostro.
Al otro lado del aparato el oyente vive desamparado el estupor y la incredulidad; el dolor anónimo de quien entiende incomprensibles las razones de tanto sufrimiento, tanta hambre, tanta destrucción y tanta muerte.
El diablo hace sonar las trompetas que anuncian el horror. Ahora toca vivir en directo el fin del mundo y descubrir que Dios no escucha la radio.
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