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No le gustaba para nada su vida, así que se la quitó. Se quitó esa, la de escafandra y sumisión, la que pesaba como traje de buzo, y en el rubor de su recuperada desnudez se enfundó otra más liviana, acorde con sus ganas de elevarse.
Tras rebuscar en el armario se puso el vestido verde que tanto le gustaba (por empezar tarde y acabar pronto) y se sumió en el vértigo de unos zapatos de tacón de aguja. Por pendientes dos mariposas, perfectas para iniciar el vuelo, pues mismo pareciesen, en su relieve, tener las alas henchidas de helio. Decidió —también— soltarse la melena, ya sin miedo a que se le enredase en los rosales mustios del jardín.
Antes de irse echó un último vistazo al que nunca consideró su hogar. Demasiada soledad, demasiado silencio amortecido. Se acercó a la cocina y encendió la radio: una tal Celia aseguraba, con exacerbado optimismo, que la vida era un carnaval. No pudo evitar sonreír. Ni siquiera cuando, al salir de allí y en un acto de comedida rebeldía, sopesó la posibilidad de no cerrar la puerta. Ya no tenía necesidad de hacerlo.
Son las tres de la mañana y se ha desvelado una vez más. Ya no sabe si se despierta para poder escuchar la voz del locutor recitando esos poemas que le recitó tantas veces su chico grande, o si es este el que le toca la mano como parece percibir día tras día, desde que ya no está a su lado. Se incorpora, enciende la radio y vuelve a llenar su alma de poesía; como hiciera cuando se quedaron solos y los hijos se fueron a vivir cada uno su vida. Nunca creyó que su jubilación la dedicara a leerle poemas y al terminar, besarle la frente con aquella dulzura que la dejaba siempre sin palabra. Él, que su vida la dedicó a poner un ladrillo sobre otro, al final construyó cenefas de letras, tabiques de versos con rima y hasta se atrevió con algún que otro soneto. Hoy sólo le quedan las ondas y la voz de alguien que no conoce, pero que la llena de vida.
Hay en el cielo una isla de nube a la que llegan todas las ondas radiofónicas que no son escuchadas por nadie. Como las olas del mar que traen la arena, las ondas van dejando las conversaciones, la música e incluso las interferencias en su litoral de agua. Casi todas las tardes bajan a la playa de gotas unos angelitos a jugar con las palabras, las notas musicales y los ruidos. Los querubines construyen castillos de letras, con enes como almenas, oes de troneras, aes de puertas y eles de puentes levadizos. También escarban pequeños hoyos en la niebla, se cubren con oraciones y al levantarse dejan huecos por los que se filtra la luz divina que llega a los hombres. A los serafines les gusta recolectar notas para componer y cantar las alabanzas, recogen semifusas que se colocan como peines entre los rizos, se acercan claves de sol al oído y escuchan el sonido de los humanos. Algunos tronos que iban para diablillos cogen los ruidos y los hacen chocar entre sí, suenan como truenos en días despejados y los hombres alzan la vista hacia el cielo.
Solo cuando llegan llamadas de socorro les avergüenza bajar a jugar.
—Busco una radio de baño antideslizante a prueba de salpicaduras —dijo Valeria al dependiente.
—Tenemos un modelo con forma de grifo que incluye ventosa para adherir a los azulejos —señaló el joven—. Por supuesto totalmente impermeable. Ofrece una calidad de sonido inmejorable, incluso con la cabeza bajo el agua.
Valeria echó a la bañera una generosa cantidad de gel. Encendió radio grifo y sintonizó el programa nocturno. Esperó a que la espuma le vistiera los hombros. Esperó mientras el agua se desbordaba por el suelo. Esperó pacientemente a que la primera llamada fuera atendida por el locutor. Tras escuchar el saludo de rigor, Desahógate conmigo, estimado oyente, se sumergió en las ondas. Y toda ella se hizo agua.
Un hombre, mapeado de cicatrices, aguarda a que la voluntaria le sirva café con un terrón de azúcar moreno. Detesta esas bolsas donde lo guardan blanco y desmenuzado. Aunque le ponen cuatro galletas, solo comerá tres. Una rosa corona el ojal de su gabán. La olisquea, balbuceando palabras confusas, mientras se arrulla al cobijo de una sintonía radiofónica que suena de fondo. Conserva un retrato en sepia de una muchacha. En el revés reza “para Adrián”. Por eso decidieron llamarle así. Dicen que lo encontraron una tarde en la estación, ovillado bajo una herrumbre de niebla que nadie supo desenmarañar. Pero de eso hace ya varios lustros.
A tía Antoñina le gusta madrugar. Cada mañana, antes de que toquen las ocho en el reloj parroquial, se toma un café con su terroncito de azúcar moreno y tres pastas de la tahona. Los paisanos dicen que sonroja sus labios y sombrea sus ojos de bruma; que abre el balcón, coloca allí su mecedora, una rosa fresca y enciende su radio. Dicen en el pueblo que sigue esperando el regreso de su esposo y que la melodía viajera del viejo aparato será el hilo invisible que le ayude a encontrar el camino.
El crepitar de la radio le despertó anunciándole la finalización de la emisión y como cada noche desde hacia tres meses se levantó del sofá y encamino sus pesados pasos hacia su habitación donde las pesadillas le consumirían hasta la llegada del amanecer.
La llegada de la tarde y el fin del horario de oficina le anunciaban de nuevo el inicio de su tormento, al traspasar el umbral de su casa los fantasmas le acuciaban, el vacío y el silencio de las estancias se le hacia insoportable.
Había retirado todas las fotografías de «ella» de la casa y por las calles evitaba los carteles de «se busca» porque no soportaba enfrentarse a su mirada, en los noticieros aún se hacían eco de la desaparición y la policía seguía sus pesquisas.
Sólo él y su cómplice la radio sabían la verdad: el volumen del aparato al máximo acalló las peleas a voz en grito, los continuos reproches de ella que hicieron que la odiará tanto, hasta aquella funesta noche en que decidió acallarla para siempre pensando encontrar sosiego y sin embargo lo único que consiguió fue vivir ahora en un infierno de silencios y secretos…
Del salón en el ángulo oscuro veíase… La Radio. Disculpe, Sr. Bécquer, por apropiarme de su famoso verso. En efecto, el enorme aparato me observa desde su privilegiada posición, hierático y majestuoso. Sin embargo, está ya cansado, avejentado.
Siendo niña, me devanaba los sesos intentando comprender cómo podían salir voces y música de ese mágico trasto. “Los Porreta” marcaban el final de mi desayuno; “el Ángelus” anunciaba que eran las 12 en punto. Llegadas las dos de la tarde, el silencio se hacía para escuchar las Noticias –para mi padre: “el Parte”-. Esperaba la llegada de la noche, ansiosa, pues el capítulo de la novela me hacía vivir sensaciones maravillosas, aunque, al finalizar, no me dejasen saber nunca quién era el asesino…
Ahora, Mi Querida Amiga, duermes la noche de los tiempos. No quiero perturbar tu sueño, pero no puedo evitar preguntarte: ¿sigues guardando mis recuerdos y vivencias de juventud dentro de ti, como me habías prometido que harías, antes de enmudecer para siempre?
Durante más cuarenta años pone la voz al programa nocturno con mayor audiencia de la radio. No entiende de páginas web, redes sociales ni webcams. Por eso ignora que en los últimos cinco se le puede ver delante del micrófono en pijama.
Apenas un día antes de su cita clandestina, entró en el minúsculo apartamento, encendió la radio para no sentirse tan solo y sobre un folio blanco, con el alma angustiada, vomitó en nota manuscrita sus sentimientos, pues sería incapaz de expresar ante ella, que el amor de antaño, ahora languidecía y pronto sería una rutina y una ruina para ambos.
Sobre la mesa, quedó depositada la triste carta de despedida, abandonó raudo y sin mirar atrás, aquel apartamento que tantos recuerdos y desatadas pasiones le hacía evocar.
Horas antes de la cita, ella, en la puerta del apartamento, se detuvo al oír música proveniente de una radio. No era capaz de entrar, pero pudo introducir bajo la puerta, una nota manuscrita en la que expresaba su sentimiento de desamor y la imposibilidad de seguir manteniendo una relación de ficticio cariño.
Al día siguiente, una emigrante marroquí empleada de limpieza, al entrar al apartamento, apaga la radio, abre ventanas, recoge y tira a la bolsa de basura dos papeles abigarrados de una escritura completamente desconocida para ella, así como los sentimientos allí vertidos.
Había que dejar el apartamento impoluto para la siguiente ocasión.
Echó un vistazo a través del espejo retrovisor. No veía su rostro, pero por el pequeño equipaje de mano y el suave olor a lavanda supo que era ella. Un día más aquella desconocida tomaba su taxi y, una vez más, su corazón galopaba a un ritmo enloquecido. Ella le indicó su destino y él asintió en tanto Los Sirex cantaban en la radio su último éxito:
«Muchacha bonita…bonita muchacha…divina muñeca.»
«¡Qué bien traído!», pensó sonriente al girar la llave en el contacto. Pero, cuando se disponía a salir, un hombre se interpuso en su camino. Tenía la boca apretada en un gesto afilado y se inclinaba sobre el capó del taxi mirando con fiereza hacia el interior en un ángulo que permitía ver la funda habitada de una pistola.
Luis parpadeó sorprendido y observó el asiento trasero donde, agarrada a la bolsa de lona, la desconocida trataba a duras penas de mantener las apariencias. No necesitó más motivo que sus pupilas asustadas para pisar a fondo el acelerador. Mientras, la radio, ponía nombre a su destino:
«Si es eso el amor…si es eso el amor…te juro mi bien que te amo ya».
Como todas las tardes se sentó en la mesa camilla y se visitó para la ocasión, quería estar radiante para él.
El día anterior, le había prometido llevarla a cenar y luego a bailar, pero ella era una mujer decente y sabía bien lo que tenía que hacer para frenar su ímpetu
Cuando escuchó su voz le temblaron las piernas.
¡Que voz tan varonil !
La conversación continuó largo rato y ella atentamente afirmaba todo lo que él le proponía.
—Claro que iré contigo, ¿ me vendrás a buscar ?
La respuesta se hizo esperar y ella impaciente volvió a preguntar:
¿ Me vendrás a buscar?
—Claro que iré mujer, no te preocupes, todo está arreglado. Saldré en breve.
Ella nerviosa se levantó y fue al espejo para arreglarse el pelo recogiéndolo en un coqueto moño al que acompañó con un toque de laca, no quería que con la brisa se le alborotase el pelo. Aprovechó para ponerse los zapatos de tacón y cogió el bolso.
Cuando regresó a la salita para apagar la radio pudo escuchar:
—¿Irá Gabriel Fernando a buscar a Daniela , la llevará a cenar y luego a bailar?; no se pierdan el siguiente capítulo de…
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