Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

95. TRAICIÓN

Su recuerdo solo ya hubiera bastado para dilatar la herida. Pero no. También los discos. También esa piel tuvo que dañársela. Nina Simone, Abbey Lincoln: el dolor no titubea, reconoce bien una guadaña de nombres que asoma desde los estantes.

Cuando ella sólo pretende descansar, al fin. Pero la voz: esa caricia, por última vez, de una música de terciopelo. El vacío que él le dejó casi acierta a encoger bajo el disfraz de Frank Sinatra.

La aguja va recorriendo el vinilo: más recuerdos, la brecha cuántos milímetros más grande. Come fly with me, sí, volaron juntos. A la luna, cierto. Cada vez que trepaba al cielo de sus ojos.

Y ahora esta caída. Va a cerrarla cuanto antes. No será la forma más digna de encajar los golpes. Pero si no soporta seguir. De qué otra manera.

Y Sinatra se aleja. Igual que la ventana; la aguja salta del vinilo a su decisión: no es capaz de hacerlo. Esto tampoco.

Pone de nuevo el disco. Llora en silencio, grita en silencio y su desesperación de rodillas, pero al menos, un día más, la voz. Ésa tendrá que ser su manera. Soñar que resiste entre la piel de esas notas.

94. ELLA

Así era ella, a su manera, en su cabeza se albergaban pelos blancos que trataba de ocultar con un poco de betún y aunque sus mejillas habían perdido frescura ella trataba de reanimarlas dándose pequeños pellizcos hasta que conseguía colorearlas.

Lo más complicado era dar vitalidad a sus ojos que alojados comodamente entre un nido de arrugas habían mermado de tal forma que le era difícil encontrar para derramar algo de color sobre sus párpados .

La sonrisa era su mejor arma, y por eso se detenía de forma meticulosa en la boca dando rojo pasión a sus labios cerrando de esta forma su peculiar acicale.

Completaba todo esto con el vestido gris de franela para cobijar el frío y la rebeca negra roída de tanto usarla pero llena de recuerdos .Con su abrigo negro y sus zapatos de corto tacón salía todas las tardes a buscarlo por el parque, allí fuera su ultima cita, y le había prometido amor eterno.

93. Todas las vidas de Marcus Temple

“Piensa en tu futuro, Marcus –me había sugerido mi padre–: ¿qué quieres ser: un escritor pobre o un médico pudiente?”. Entonces yo andaba por tercero y tenía que elegir entre ciencias y letras, con todo lo que aquella decisión significaba. De repente, comencé a encontrármelo en la biblioteca o en los pasillos del instituto con un manual de medicina en las manos y los dos nos mirábamos sorprendidos, pero no comprendí lo que había sucedido hasta mucho después, cuando Laura iba a convertirse en la Sra. Temple y Claudia se cruzaba en una de mis vidas. ¿Se puede amar a dos mujeres a la vez? Una parte de mí quería huir con ella; la otra, quedarse, comprar una casa, tener hijos, un perro. ¿Que qué sucedió? Imagínenselo. A partir de ese momento me he enfrentado a numerosas decisiones importantes y en cada una de ellas otro Marcus Temple me ha tendido la mano deseándome suerte para comenzar otra vida. Me pregunto dónde estarán, qué habrá sido de ellos, del joven Doctor Temple, del Marcus que se casó con Laura, de todos los demás. Los quise, aún los quiero. Solo espero que, a su manera, ellos también hayan sido felices.

92. El papel de Sara

Sara espera su turno. Al final de su brazo derecho un papel le ancla con su peso a la realidad. Sobre su corazón descansa un libro repleto de historias. Sara apenas es un par más en el largo ciempiés que forma la cola, una observadora ajena a la ola de emoción que recorre la fila y que rompe al llegar a ella. Sara dirige su mirada hacia el cartel que corona la ventanilla de admisiones, que anuncia «MATRICULACIONES» con letra chillona y amenazadora. Sara cierra sus ojos y ante ella vuelve a asomarse la interminable sonrisa burlona en blanco y negro de su piano, las caídas repetidas una y otra vez frente al espejo del salón de baile, las tardes encerrada en la inmensidad de un patio con otras prisioneras, vigiladas por un balón arisco y, ahora… Sara es la decimotercera en la fila, la decimotercera con un impreso en la mano, doce manos por delante de la suya han rubricado ya su elección. Su mano derecha se libera y echa por tierra unas ilusiones ajenas a ella. Sara sonríe y abraza con ambas manos su libro. Solicita otro impreso, otro papel para que Sara escriba su nueva historia.

91. LA ÚLTIMA COPA

Llegamos por fin a aquel local y los músicos se arrancaron con una melodía que me sonaba familiar. Era un salón de baile, de esos con orquesta en vivo, y el vocalista –me salió la palabra sin pensar– era un hombre de mediana edad, con smoking y una voz como de terciopelo. Tú sonreías feliz mientras bailábamos, con una pericia que a mí mismo me dejaba estupefacto. Estabas estupenda, con un vestido negro ceñido que me provocaba sensaciones casi ya olvidadas. El ambiente me resultaba decadente, con un aire a aquella escena final de El último tango en París, pero al mismo tiempo me proporcionaba una rara felicidad. En un momento dado me dijiste: “gracias por traerme”, y supe que ese era decididamente el primer día del resto de mi vida. Una vida que discurriría por derroteros bien distintos a la que acababa de dejar atrás cuando empujé la puerta giratoria de la entrada.

90. Fin de la propiedad conmutativa

Era la fiesta de la espuma en la discoteca del puerto. Me tomé siete tequilas. Perdí una sandalia. Encontré un mocasín. Perdí la cabeza. Encontré un hombre. Quizá no en ese orden, pero no altera el producto. Cuando acabó la fiesta me fui a casa. Con un pie en un mocasín (ajeno) y el otro en una sandalia (mía). Con una mano (ajena) en la cintura (mía). Con una lengua (que no parecía mía) en la boca de un hombre (entonces ajeno).

Al día siguiente volví a la discoteca. Encontré la sandalia. Dejé el mocasín. No encontré la cabeza. No dejé al hombre. Hasta dos años después. Tras mil novecientas trece copas, ochocientas mentiras, cuatro pares de cuernos y veinticinco decepciones. Quizá no en ese orden, pero no altera el producto.

Ahora la discoteca es un salón recreativo. Hoy lo he recorrido entero. Me han preguntado si quería cambio. He dicho que ya tenía. Al salir me he sentado en un noray. El viento partía las olas contra el cantil. La espuma me ha salpicado la cabeza recién recuperada aún en equilibrio sobre los hombros. Voy a dejar de beber. Voy a estabilizarla. Voy a ser yo. En ese orden.

89. UNO MÁS

Otro trago. Solo uno más. Es la humedad, siempre me afecta la garganta. Pronto salgo. Cuando suene por segunda vez el timbre. Quisiera que se fundiera. Y las voces. “Ve preparándote, sólo faltan cinco minutos. “Y más cuidado, ya sabes a que me refiero”. “La última vez casi te caes.”

No sabe una mierda. Fue la luz, que estaba baja, y el suelo, que resbala, de puro gastado.

Uno más, esta vez solo medio vaso.

Ya vuelve a sonar, el run run que a veces me aturde los oídos. Será el calor. Y otra vez la sequedad, que me impide tragar,  pero ¡ ánimo ¡,  solo tengo que entrar con estilo. Calarme con elegancia el sombrero, y saludar como si esto fuera el   Madison Square Garden . No importa, que hoy haya tantas butacas vacías. Será la maldita crisis. Yo soy una estrella. Soy un artista . Nadie me va a volver a decir que no se me oye, que entré a destiempo, que desafiné en  el estribillo. Voy a seguir siendo el mismo y lo voy a hacer como siempre, sin que me tiemblen las manos, como antes, a mi manera.

Pero antes, otro sorbo, el último.

88. Aprensiones poéticas

Siempre está temiendo que le suceda alguna desgracia. Teme que el coche le deje tirado en la carretera o que haya una fuga de agua en el cuarto de baño. Teme que le avisen que su padre está en el hospital o que han entrado ladrones en su piso. Teme que el jefe le anuncie que le va a bajar el sueldo o que le va a despedir. No puede evitar sentir estas aprensiones. De hecho, piensa que los temores le sirven para obstruir las amenazas, para impedirlas. Necesita estas aprensiones. También las siente cuando escribe. Teme que no logrará terminar a tiempo el poema que está escribiendo, que a nadie le gustará, que no ganará el premio al que lo ha presentado. Curiosamente, sus temores literarios no se disuelven sino que se acaban cumpliendo. Siempre.

87. Eligiendo la herencia

A su manera. Él siempre hacía las cosas a su manera.
-Hijo, en esta vida están los que deciden y los que no tienen fuerza y se adaptan a los demás. Tienes que ser de los primeros, como yo -me decía.

Se supone que un hijo debe aprender de su padre. Pero la mirada y los silencios de mamá gritaban más fuerte que la voz de papá.

Crecí y encontré una chica preciosa como una flor. Será por eso que aparecieron mariposas en mi estómago. Un día dije en casa que íbamos a pasar las vacaciones en la nieve. Mi padre me miró contrariado:
-Nunca te gustó ir a la montaña. ¿Cómo dejas que te manipule de este modo? Si va a ser tu mujer tienes que imponerte desde el principio. Para algo eres el hombre.
-Pues no, papá. Yo no quiero imponer mis gustos ni mi manera de hacer las cosas. Quiero compartir la vida con ella, sumando sus propuestas a las mías, adaptándonos el uno al otro tanto como sea posible.

Creo que mi padre ha acabado entendiendo que es mejor así, pues a pesar de los años transcurridos, sigue viendo el brillo de nuestros ojos al mirarnos.

86. «Manos a la Obra»

A menudo me sorprendo a mí misma deseando ser bailarina de ballet clásico, astronauta de viajes interestelares en los confines del Universo, sirena de cuento, maestra de desterrados, poeta y contadora de cuentos para niños, anacoreta, vanguardista de prensa, caminanta de caminos sin final y bucanera desenterradora de todos los tesoros ocultos.
Luego, frente al espejo, veo mi reflejo e intento atravesar su mirada hasta alcanzar mi propio infinito. Me digo que tengo una vida, una vida para hacer con ella ¡lo que yo quiera!. ¡Qué gran poder!
¿Por dónde empiezo? Me he apuntado a clases de ballet, ya me siento sirena de cuento, soy maestra de desterrados como yo, escribo cuentos para niños y ¿qué es un anacoreta?…
Da igual, puedo ser lo que yo quiera, así que manos a la obra, ¡a crear!

85. Cuentos para dormir (Anna López /Relatos de Arena)

Enciendo la luz, otra noche de insomnio llama a mi puerta. Descorro el cerrojo, giro la llave y la dejo entrar: este tipo de noches son muy obstinadas y, si se te ocurre hacer como que no estás en casa, son capaces de aporrear la puerta hasta despertar a todo el vecindario. Nos saludamos cordialmente ­—somos viejos conocidos —, y se acomoda en el sofá, frente a la estufa, tarareando una melodía de Sinatra.

Yo me siento frente al teclado. Cada vez que noche en vela me visita, habla y habla, desgranando historias durante horas. No soy un gran escritor, carezco de imaginación, pero escucho muy bien. Ella habla y yo escucho;  acaricio letras, beso tildes y el calor de su voz aterciopelada se abraza mis ingles. Otras veces, noche de insomnio habla con voz áspera y fría mientras yo  golpeo sílabas y escupo puntos y comas hasta que, al amanecer, el cuchillo ensangrentado resbala de mis manos.

Con el punto final, noche en blanco me arrulla, me promete no volver jamás y dejarme descansar por fin. Pero yo la retengo, le imploro un cuento para dormir. Un último beso, un cuento más, antes de morir.

84. Reiniciar sistema

Va a ser un niño. No te salgas de la rayita. ¡Coge el lápiz con la derecha! Venga, la tabla del quince. Hijo, tu deber es ayudarme y después heredarás la empresa…

Su padre era de hacer números, y su madre una mujer práctica, pero a él le picaba un no sé qué. Accedió a casi todo a regañadientes: Licenciado en Ciencias Inexactas, Forense en el Mar Muerto, Perito de Conferencia, Cirujano Plástico Reciclado, y Doctor en Filosofía Macrobiótica, Posología Cuántica y Obstetricia Robótica por la Universidad de Magaluz.

Ésta misma tarde ha leído un responso para la misa del funeral de su padre y, ya en la cama, el sueño le abordará con una sonrisa. Todos los asistentes le han felicitado, han llorado, reído, se han emocionado y sus almas han volado lejos tras oír el discurso que él mismo ha escrito. Ahora abre un instante los ojos, se cuestiona si debía estar así de alegre en un día como ese, y de un respingo se levanta a sacar del armario todos sus viejos cuadernos. En ellos aguardan millones de historias por empezar.

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