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Los remordimientos le aguijoneaban. Difícilmente pudo contener la vergüenza cuando llamó a la puerta de la sacristía. Creyó apreciar un gesto de contrariedad en don Prudencio al comunicarle su intención de confesarse. Probablemente interrumpido en medio de alguna ocupación, él le pidió que aguardase en el confesonario. Con la boca pegada al enrejado de celosía la mujer describió la visita del técnico calefactor, cuan atractivo le pareció enfundado en aquel mono de trabajo, la tentación y ella tan sola, con su Antonio siempre de viaje en ese absorbente trabajo suyo.
Una vez expuesto el pecado esperó alguna recriminación, pero el religioso permanecía extrañamente callado, quizá la impresión fue demasiado fuerte, a fin de cuentas la conocía desde niña. Se vio obligada a golpear el panel de madera que les separaba hasta que el sacerdote reaccionó.
Tras una rápida absolución obtuvo tres avemarías como penitencia. Don Prudencio, que parecía algo ajeno, aparte de tener prisa, fue muy explícito al rogarle que rezase en casa. La arrepentida salió aliviada, no menos que el párroco, que con unos auriculares en los oídos conectados a un transistor regresó velozmente a la sacristía. Cómodamente sentado en su butaca, terminó de escuchar el partido.
―Papá, papaaá… ¿Falta mucho? ―repite aburrido Álex mientras golpea con un muñeco articulado la cabeza de su hermana, que no para de gimotear y quejarse a su madre. Pero esta no le hace el menor caso porque va parloteando de esto y aquello sin dejar de mover el dial de la radio hasta detenerlo en una emisora donde esa mañana, vaya por Dios, dedican el programa a repasar los éxitos musicales del cantante Joselito, El pequeño ruiseñor.
Al intentar aplastar una mosca, la mujer da un manotazo al mando del limpiaparabrisas que se pone a girar frenéticamente de un lado para otro embadurnando con cagadas de paloma y barro la luna delantera justo en el preciso momento en que están adelantando a dos ciclistas.
Veinte interminables minutos después, el GPS anuncia el final del trayecto. Con las piernas temblorosas y la camisa empapada en sudor, Ramón se apea del coche. El examinador abre una de las puertas traseras y se baja también.
—Enhorabuena, Ramón ―le felicita dándole unas palmaditas en la espalda―, ha aprobado usted el carné de conducir. Algunos días nadie consigue superar la prueba práctica. Por curiosidad, dígame, ¿tiene usted hijos?
—Señor abogado defensor, por más que alegue histeria colectiva, no ha lugar su argumento. El daño causado es irreparable, se considera un hecho gravísimo en contra de la sociedad, la ciudad de Nueva York se vio convulsionada a punto tal que se perdieron vidas y eso merece castigo.
—Pero debe comprender su señoría que el dramatismo de la obra fue malinterpretado…
—Señor, el acusado utilizó la radioemisora como un arma letal, las causa y efectos fueron devastadores, acaso ¿no puede entenderlo?
—Su señoría mi cliente es un artista y sepa usted que el futuro nos dará la razón.
—Lamentablemente estamos en 1938 y en Nueva Jersey la justicia no tiene un antecedente para acusar de hecho a su defendido; pero si por mí fuera condenaría a los directivos de la CBS y a su defendido el señor Orson Wells a la máxima pena. Lo ocurrido este octubre 30 ha sido inaudito…
De hecho que sentará un precedente y no se perderá en los anales del tiempo…
Estaba atrapada entre el encaje de lianas y la encía azul del mar en el horizonte. Bajaba de las montañas a dar clases en la escuelita del pueblo y, en compañía de su esposo, a recoger el salario anual. Iban a comprar los insumos agrícolas para la finca y, a la farmacia, por la insulina y la provisión de jeringas. Por eso él miraba con odio la nueva radio.
─Tu padre bien pudo enviar dinero como regalo navideño.
Abstraída, sintonizaba el contoneo de su cuerpo con la antena en la búsqueda del Concierto de Año Nuevo. Hasta que un manotazo hizo caer la radio entre el carraspeo de los transistores rotos.
─Perdón, no volverá a suceder.
─ ¡Te juro que así será!
Y, sin embargo, por su culpa, al siguiente año, tuvo que servir café y biscocho a las visitas en lugar de escuchar el concierto. Entre un nudo de abrazos la acercaron para el beso final. Le habló a la punzada junto al oído:
─Se suponía que te ibas a estar quieto y callado por dos días. Luego podías morirte si era tu gusto, Azuquitar. ¡Pero vas a cumplir! ─Y el féretro salió al compás de la Marcha Radetzky.
Al bajar las escaleras de Radio Nacional, Aurora descubrió una carrera en la media de su único par decente. Fuera la esperaba el aire de febrero para acompañarla a casa.
Encontró a su madre cosiendo, como siempre.
– Hija, vienes helada. Ven, arrímate al brasero que ahora te caliento café. Qué bien habéis estado hoy, aunque tú casi no has actuado. Hay que ver cuánto sufre el pobre Armando.
–Mamá, es solo una novela. En realidad…
–No me cuentes nada, ya sé que todo es mentira pero, ¿qué distracción le queda a una mujer como yo que no sean las historias que dan en la radio?
Aurora calló que “Armando” se había librado de la cárcel por ser de la “cáscara amarga” gracias a sus contactos, que “el duque” era un sobón, que…
–Mamá, esas historias no le llegan ni a la suela de los zapatos a la nuestra.
–Tienes razón, hija. Los horrores de la guerra y luego tu padre…a saber en dónde estará enterrado el pobrecillo, un maestro que nunca hizo mal a nadie. Es un dolor que llevo aquí dentro…
–Anda no llores, vamos a tomar ese café. ¿Quieres que le añadamos unas gotas de coñac?
La tez morena y la dureza de sus manos delatan que fue hombre de campo: lo sé bien; allí pasamos incontables mañanas junto a su inseparable transistor, él dando rastrillo, yo arrinconándolo con mil preguntas que no le dejaban escuchar el radioteatro: «…la noche se lo tragó mientras el Montecristo le recortaba brazas para darles caza. Seis toneladas de hierro y plomo les pisaban la derrota desde Tórtola, y a merced de lo que divisaban de proa, mañana yacerían bajo las aguas…». Ese día, recuerdo, quise saber qué era la muerte: un lobo de mar insaciable –dijo mi padre apagando el receptor–, un pertinaz cazador que siempre encuentra tu barco y toma tu alma por tesoro. Lo escuché maldecir por años desconocer el final de aquella historia. Hoy, a su lado en el hospital, no se me ocurre mejor adiós que susurrarle al acariciar su pelo ralo: «…pero el capitán les arenga a abandonar sus puestos: a reír y a cantar. A burlarse del destino; a presumir del salitre y ahuyentar su temor. Al amanecer, el navío perseguidor no da crédito. Perdido el rastro de su miedo nunca darán con ellos». Y sonríe. Y cantamos los dos.
Mi hermana está en su cuarto follando con el hijo del vecino. Han entrado en casa muy solemnes, han hablado con mi padre y ahora bufan como potrancos. Mi padre ha trasladado al salón todas las existencias de alcohol de la casa. Tiene una cacerola repleta de hielos, se ha puesto los auriculares y ha encendido el DVD para ver la última temporada de su serie favorita. La acción está ambientada en la Guerra de Iraq pero él se descojona de la risa.
Mi madre no ha regresado; todos nos imaginamos dónde está. Que lo disfrute.
El abuelo no para de llorar. Estamos los dos en la cocina. Han dejado de funcionar las líneas telefónicas, y apenas logramos sintonizar la única emisora de radio que nos mantiene informados. En las últimas horas la temperatura ha ascendido 10 grados en todo el país, y acaban de confirmar que las Islas Británicas ya han desaparecido. El calor se hace insoportable.
He pensado en grabar una despedida con el movil, o romper el cristal de la tienda de enfrente y darme un atracón de helado. Querría hacer algo interesante, o distinto, o emocionante, pero no logro superar el jadeo hipnótico y lascivo de mi hermana.
Ahora, en este preciso instante, lo tengo desnudo frente a mis ojos. Siempre me impresiona la presentación y me siento tan insegura como la primera vez. Pero me reconozco una viciosa del género: tan limpio, tan pulido. No muy grande, es verdad, pero de extraordinaria potencia. Vigoroso. Épico. Ascendiendo en palpitante tensión hasta descubrir al final su sorpresa redonda y brillante…
Me entretengo en repasarlo con mis labios varias veces, despacito, deleitándome en su tono firme. Con la práctica, mi lengua se ha vuelto precisa y sin necesitar más prefacio me voy directa al tema. Lo estoy clavando, sin digresiones: más de la mitad ya es mía. Su introducción me produce un íntimo placer que procuro dominar. Conozco los recursos. Como avezada valkiria, bribona en el montaje, apuro y aminoro la acción a mi antojo, administrando sabiamente las pausas. Pero no puedo dilatarme más. Se acerca el clímax. Debo acelerar el ritmo. Más rápido, más rápido, más… Mmmmmmm… Sí… Así…Qué gusto… ¡Ya! ¡Ya! ¡Por fin he acabado este micro!
Soy informática solitaria. Ni compañeros, ni conversaciones casuales sobre penaltis o precios decisivos rebajados. Viajo solo en avión. Me evado de la rutina viendo cine erótico de terror en el portátil. Sin ser adicta, cuando quiera lo dejo, gozo desde mi sillón de los culos más despampanantes.
El otro día disfrutaba relajada y a gusto una de estas historias amorosas, y de pronto se chafó el final; no esperaba romanticismos pero me gusta ver como acaban. Unos virus se colaron por el escote de una rubia, la bragueta a un tío que andaba por allí, y la enorme garganta del Macho Alfa.
Tomando forma de monstruos eróticos, rojos, y parpadeantes, no solo tapaban las imágenes calientes, pasearon de un lado a otro la pantalla haciendo gestos obscenos.
Accedí rápidamente al programa principal. Actualicé antivirus, no habían caducado, probé accesos a defensas más potentes, y en un pis pas, a través de contraseñas, reinstalé y formatee el disco duro recuperando la peli, unos minutos. Porque ladró mi perro como él sabe, jugó y enredó los cables del ordenador, montó al monitor con pasión, desenchufó el equipo con la boca, se tragó mi cena de Navidad, y se metió en mi cama.
¿Que por qué hago esto? Me preguntas. Pues porque te quiero, mi amor. Porque es tu cumpleaños y es mi manera de darte una sorpresa. ¿Que por qué te tapo los ojos? Ya sabes que siempre me gustó jugar y no hablo del sexo, que también, pero creo que a ti te atrae más el riesgo. ¿Verdad, amor? No digas nada, deja que la apriete mejor, no vaya a caerse y se rompa la magia. Sé que te pone cachondo que sea una guasona y una incansable bromista, así me conociste y después de tantos años sólo quiero superarme a mí misma. Ve despacio, así, no vayas a tropezar y te lastimes; por nada del mundo deberíamos hacernos daño.
Atento, estamos en el pasillo, se estrecha, no tropieces con las maletas de la chica, la he echado a patadas esta mañana. ¿Que por qué? ¿Tú qué crees?
Con cuidado, vamos a salir a la calle y vas descalzo. Te pincharás con las piedras del jardín, pero no te preocupes, también te he metido las zapatillas de cuadros que tanto te gustan en las cajas. Lo tienes todo bien organizado. Llegó el momento, ya puedes quitarte la venda.
Corría el mes de otubre cuando conoció a aquel vagamundo. Hablaba sin parar, como si se hubiera tragado un cederrón. Aún asín, le invitó a comer a casa. Le indicó el lavabo, y que en el toballero encontraría una toballa limpia. Cuando sentado a la mesa apareció su comida favorita, unas almóndigas con moniatos, no pudo reprimir su entusiasmo. Ella, al ver cómo en su plato nadaba la bayonesa, tampoco. De postre le pidió una madalena, y un güisquito, cortito. Cuando la confianza aterrizó entre los dos, se arremangó sus bluyíns y le mostró en su culamen, pedazo cicatriz de una mordida de crocodilo. También le contó lo muncho que disfrutaba todos los setiembres en la oscuridad de las cuevas viendo volar a los murciégalos. Le gustaba este tipo, y de repente, asín, sin pensárselo le espetó… “¿Te gustaría vivir aquí, en esta casa, conmigo?”. Se emocionó munchísimo y con ojos lacrimosos le reveló que jamás había vivido en una. Tiernamente se abrazaron cuando ella le confesó, que nunca había tenido un agüelo.
No he tenido que tomar la decisión, ha llegado sola, cierto es que era de esperar. Durante los días en los que hemos vivido juntos me has maltratado; tal vez no sea justo decir eso, en algunos me hiciste feliz, pero los menos. Esta misma noche voy a tener el valor de decirte adiós. De dejar atrás tu furia, tus engaños que destrozaron mis pocas esperanzas en ti. Lo llevo pensando toda la semana, sí, puedes decir que lo hago con alevosía, es mi manera de decirte que no te quiero, que tú has matado mis últimos tiempos y que no lo soporto más.
Llegarás cansado. Sin ganas de dar nada, ni malo ni bueno, comprendiendo que en la comisura de mis labios hay una sonrisa y no es por ti, es por otro. No me importa confesártelo ya, me voy con él. Sé que no lo conozco, pero tengo plena seguridad de que será mejor que tú.
Así que esta noche voy a salir al balcón en el que he llorado tantas veces mientras tú te regocijabas con ello y en un solo grito que se escuchará por toda la ciudad, te abandonaré para siempre. Adiós 2015.
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