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Han quedado a las cinco detrás de las higueras, junto al cauce terroso del agua que nunca llegó. Se acomodan en las piedras calientes del secarral, entre restos de plástico, botellas rotas y latas con herrumbre. Inmunes al sol, comentan lo que han hecho con sus cuerpos recién estrenados. Cuándo. Dónde. Cómo. Le preguntan por Javi. “Sí, el domingo”. “Contra la tapia del desguace”. “Solo lengua”. Se abisma en el recuerdo, que le sacude un latigazo de hormigas vientre abajo, y no lo ve venir. La tiran al suelo. Con un tumulto de piernas y brazos la inmovilizan entre una polvareda. Luz se le sienta encima. Con el metal oxidado de una tapa le va abriendo surcos paralelos en los labios, al siseo de “Javi es mío, zorra de mierda”. Cuando termina, aún a horcajadas sobre el bulto que aúlla, mira al objetivo del móvil, se aparta la melena y se recoloca el colgante de Hello Kitty. “¿Lo has grabado bien?”. Risas excitadas. Se pierden entre las higueras mientras lanzan la dentellada definitiva a la pieza con el primer whatsapp.
La señora Matilde ya no vive sola. Hace unos días se compró una mascota. Desde entonces se pasea por el barrio con ella en brazos, la muestra orgullosa a todas las vecinas que salen a su encuentro. Me parece repipi que la lleve con lacito, incluso que la vista con traje a juego. El animal parece sentirse a gusto, pues ni se queja ni se espanta de las amigas que la acarician la melena peinada de peluquería. En la carnicería cuentan que hasta le compra carne de la mejor que llega para su fino paladar.
A mi, en cambio, me parece un monstruo de cuatro patas y un hocico. Yo prefiero a mi Bergamasco, él sí que es un perro de los de verdad.
Caminábamos por el bosque. Donde terminaba nuestra ruta surgieron vocecillas y risas infantiles. Pensé escéptico -La compañía ideal para nuestra excursión del colegio-. Sin dejarme ver, conté veintitantas extrañas criaturas. Cantaban canciones sobre llantos de niños enfadados.
Entretenían la fiesta: avecillas, duendes, conejitos blancos, cervatos pequeños en brazos de sus mamás, ocho gnomos diminutos como niños de meses, siete hadas preciosas como princesas vestidas de rosa, verde esmeralda, blanco y dorado: con varita, corona y zapatos de tacón, median centímetros.
– ¡Es un cumpleaños!, dijo Juan, mi alumno más aplicado, mirar junto a la seta gigante. Hay coronas doradas y regalos-. Efectivamente. Descubrimos la mesa principal adornada de platitos plateados con formas de estrellas y luna. Desgranaban poemas con voz melodiosa. Vivíamos ese momento mágico en silencio cuando se encendieron cientos de luciérnagas. Fuimos afortunados al ser descubiertos, nos invitaron.
El Duende de mayor edad, y barba más larga y blanca gritó a carcajadas:
-En cada fiesta llegáis visitantes con nuevos relatos. Os enseñaremos leyendas sobre hadas y duendes.-
Seguidamente las ninfas movieron sus baritas y cantaron. -“A dormir, a dormir lirón, a dormir chin pon”.- Vi como adormecían a todos los niños.
Señoría, la verdad, no recuerdo nada más.
La historia de Sven Hodeløs, y de su cabeza, conservada en formol en el Museo de Curiosidades de Soderling, al norte de Noruega, resulta extraordinaria. Acusado de violar a su vecina, la justicia decretó que le cortasen la cabeza y que su cuerpo fuese quemado. Pero nada más cumplirse la sentencia, el verdadero culpable confesó, arrepentido, y fue decapitado de inmediato.
Para evitar esta injusticia, el físico real, a instancias de los magistrados, cosió la cabeza del inocente al cuerpo del convicto. La operación, técnicamente perfecta, resultó un fracaso a pesar de todo. El cuerpo se impuso a su cerebro en un hecho inaudito y volvió a violar a la vecina. Las autoridades así lo reconocieron al ordenar, sin que sirviese de precedente, «decapitar el cuerpo», y al físico, que conservase la cabeza de Sven hasta que pudiese ser unida a otro más idóneo para ella.
Sin embargo, cuando fue posible, la conmoción causada por hachazos y suturas hizo perder el juicio a un impresionable Sven, que con plena conciencia de cuerpo y mente violó de nuevo a su vecina. Y es que, como sentenció el verdugo al decapitarlo por tercera vez, los hilos del destino nunca tejen promesas incumplidas.
Desde hacía varias semanas le estaba rondando, cuando iba a buscar las cosas nunca estaban en su sitio, era como si jugara con ella al escondite.
Aquel monstruo le había robado la memoria, y desde entonces , todos le preguntaban si sabía como se llamaba, si conocía a aquel hombre que siempre estaba a su lado, y si aquellos niños tan escandalosos que venían a verla sabía quienes eran.
Ella siempre sonreía, y les decía que tenían que matarlo, pues era el causante de todo.
Los ardores de hiel que aquel guiso le dejó habrían sido motivo en otra época para insultar a su devota esposa, pero, como sus fuerzas, el tiempo se le escapaba sin aprovechar las ocasiones que los suyos le brindaban para dejar escapar un pequeño gesto de agradecimiento, una palabra amable. Para él, sus hijos eran una jauría, una manada de monstruos en pos de su fortuna. Por suerte fueron muriendo uno a uno, y solo se quedó la vieja, que no era mejor que los demás, pero sí más útil y sumisa.
—Bébete esto, te hará bien.
Ni una mirada, ni un gesto, solo silencio y desconfianza. Pero su esposa, fiel y piadosa, aceptaba aquello como un mandato. Al verlo adormecerse aliviado por la infusión, de pronto la vieja le susurró al oído unas palabras.
—No me lo agradezcas, pero yo te libré de tus hijos y de su codicia. También yo reforcé tu hacienda y mantuve juntas las tierras, unas tierras que heredará la diócesis. Ya puedes morir tranquilo. Eso que bebiste no era bicarbonato.
Clarita nació una noche fría de enero. Llegó para iluminar un hogar hasta entonces sin brillo. Sus padres habían perdido la ilusión a la espera de ese vástago que no acababa de llegar. Sus cuerpos empezaban a encorvarse y su pelo, ya encanecido, había perdido el lustre de la juventud. Cuando casi no les quedaba esperanza, se presentó la primera falta. Puntual, nueve meses después, su llanto llenaba de luz cada rincón de una habitación en sombras. Comía y dormía a sus horas, y no lloraba más que para reclamar la atención de unos padres que, casi nunca, dejaban de prestársela. Creció deprisa y sana, y se multiplicaron las visitas de tíos, primos, abuelos y otros parientes que se acercaban para conocer a tan deliciosa criatura. Unos y otros ensayaban cucamonas para arrancar su arrebatadora sonrisa. A menudo se generaban debates acerca de si se parecía a papá o a mamá, o si el color de su pelo era rubio o castaño. Pronto, llegado de nuevo el invierno, todos coincidieron en afirmar que la pequeña estaba para comérsela. Luego los primeros pasos y su primer cumpleaños. Por fin podrían agasajar a los suyos y ofrecerles el festín tanto tiempo esperado.
Monstruo. Que eres un monstruo. Qué digo un monstruo, eres un titán, un tigre.
En el tamaño no impresionas, incluso diría que la tienes pequeña, la mía forma un paquete más vistoso, pero por lo que cuentan eres Sandokan, una fiera sexual que salta desde el armario y deja la zarpa del placer marcada en la piel de las señoras. Se dice por el barrio que el misterio está en tu semen que inocula no sé qué larva transmisora de una inagotable necesidad sexual. ¿Pero qué les das, hombretón?
Míralo, quién lo diría, tan flacucho, porque no eres nada del otro mundo y más ahora, desnudo, maniatado a la silla y sangrando como un cerdo. Por cierto, me permitirás que guarde tu pene en este frasco para mostrarlo como trofeo en el bar. Hoy no hay partido y vas a ser la comidilla de la parroquia.
Te equivocaste de barrio guaperas. Aquí se respeta a las mujeres de los demás.
Te equivocaste de chica Casanova. La que ves frente a ti con el cuello cortado y los pezones arrancados, era mi mujer.
Y sobre todo, machote, te equivocaste de hora. Mi trabajo de torturador me deja mucho tiempo libre.
La primera vez que me miré, vi un cuerpo cosido a trozos. Piernas torcidas, brazos apenas y un botón negro de único ojo, aunque nunca me importó porque me decía “mi bebé” cuando me acunaba. Mi niña estaba sucia como el sótano en el que vivíamos y era tan fea como yo, pero me hablaba mucho. Una noche conocí, en una nana apenas susurrada, cómo rompió la vieja sábana y fue sacando guata del colchón para rellenarme, cómo se arrancó el botón de su camisola para ponérmelo en la frente. Otro día muy triste, me explicó que nació distinta y que durante algún tiempo vivió con sus padres en la parte de arriba. Pero a veces, ni siquiera yo la consolaba y entonces se golpeaba contra la pared —bum, bum, bum—y lloraba gritando; su cabeza estaba siempre llena de chichones.
Ella me escondía al sentir el sonido de la llave girar, pero aquella tarde me asomé a mirar. “Bastante con un monstruo”, fue lo último que oí antes del crepitar de la tela.
Cuando despertó los monstruos seguían allí, ocupando ministerios, ayuntamientos, direcciones generales, parlamentos, senados, ducados y hasta reinados. Creyó que se habían ido. O mejor dicho, que con su empuje y el de muchos otros los habían echado, pero el mundo seguía como siempre: los Orcos seguían gobernándolo todo. Entonces comprendió que solo había sido un bello sueño en una calurosa noche de verano.
Fátima embaló con sumo cuidado la última de las piezas que partirían esa misma mañana rumbo al norte, a un lugar alejado de conflictos y miserias, donde las personas conviven como hormigas laboriosas, sin molestarse, siguiendo su rumbo, sin reparar en lo que hace la vecina, porque saben que todas trabajan por igual, todas deben cumplir su misión, de la misma manera que su aburrida existencia garantiza el futuro para toda la comunidad, independientemente de su raza, sexo, religión o color de antenas.
Observó con horror la destrucción del museo de Nínive, pero luego siguió durmiendo, porque le pillaba muy lejos; lamentó con angustia la masacre del museo del Bardo, en Túnez, pero esa noche nada le quitó el sueño; recibió con estupefacción la noticia de la toma de Palmira, aunque decidió que –cambiando de canal de televisión– caería antes en brazos de Morfeo.
Con lágrimas de rabia y desesperación, cerró las puertas del museo. El burka la ayudó a ocultar su desconsuelo y a recibir la nueva era sumida en un anonimato salvador.
Todas las viviendas deberían tener una morgue. Igual que disponen de cuarto de baño en el que asearse, cocina donde transformar los productos en alimentos, comedor para reunirse y dormitorios en los cuales descansar, tendrían que tener habilitada una estancia en la que depositar todas las desavenencias profesionales, familiares y personales, todos aquellos monstruos que nos amargan la vida. Al regresar del trabajo entrar directo en ella y dejar allí las voces del jefe, los insultos a los empleados, el cabreo con los políticos, el aliento alcohólico, las infidelidades. Al salir de casa arrinconar los sofocos con las facturas y las calificaciones de los hijos, los desamores, las mentiras, las declaraciones de la renta. Un aposento que nos haría la vida más feliz. Se lo propuse a mi familia, en plan experimental coloqué una urna en el vestíbulo y al entrar o salir tirábamos los problemas, los disgustos, las discusiones. Por la noche, cuando bajaba la basura, también la vaciaba. Entre los restos aparecían la botella, el mal humor, los gritos, mis puñetazos. Una noche fueron mi mujer y mis hijos los encargados de esta labor, me sorprendió verme dentro de la urna y que no la retornaran a casa.
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