Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

65. De siestas, demarrajes y bicicletas

Está científicamente demostrado o, al menos, mayoritariamente aceptado por la sabiduría popular, que la combinación entre una retransmisión de ciclismo y la sobremesa mesetaria da como resultado irremediable una fantástica siesta.

Lo comprobaba Federico, un niño de once años, quedándose dormido en cada etapa a treinta kilómetros de la llegada hasta un instante después de que el ganador cruzara la meta y el énfasis del comentarista alterara el volumen del televisor. Entonces despertaba. Pero no le importaba habérselo perdido, ya que en sus sueños formaba parte del pelotón, aprovechaba el rebufo de las estrellas y, en ocasiones, hasta ganaba la etapa.

Años después, siendo Federico ya un joven ciclista, en la etapa reina de una gran vuelta, se encontró coronando el último puerto en el grupo perseguidor a sólo un minuto del líder escapado. Aunque nadie hubiera apostado por él, demarró en el descenso y, con actitud temeraria, empezó a recortar diferencias, haciendo de curvas rectas, volando sobre la bicicleta, asombrando al mundo. Alcanzó al fugado, y siguió dando pedaladas, dejándolo atrás, hasta cruzar la meta sin levantar los brazos.

No publicaron su foto en el diario porque, curiosamente, en todas las que le hicieron, salía con los ojos cerrados.

64. SOÑADOR

No sé por qué, pero aquella noche soñé con Juana de Arco, que descendía embalada el Tourmalet. Al día siguiente se repitió el mismo sueño, pero esta vez se subía por la cara más dura y era don Quijote quien había saltado del pelotón. El tercer día no fui a andar en bici, como acostumbro, y me puse una vieja peli, Ladrón de bicicletas. Ya saben, la primera bici es como el primer amor, nunca se olvida. Subí al desván mientras pensaba en el sueño que me esperaba. Tal vez vengas tú y hagamos juntos esa contrarreloj por equipos me dije, pensando en Laurita, una niña odiosa de primaria. Pero esa noche soñé que estaba frente a un pelotón de fusilamiento y que la vieja bicicleta del desván yacía a mi lado, como un animal muerto. Tal vez monte en bici porque me gusta soñar casi tanto como leer. Ya ven, hoy el deseo se ha cumplido: después de un sueño de escapada, me he encontrado en mi cama convertido en una máquina último módelo con el mejor simano que puedan imaginar.

63. TE ESPERO, MAÑANA

Ella ya no es la misma, y piensa que lo mejor está por venir. Los sueños sin cumplir no ocupan su tiempo. ¿Podría importar eso ahora? Después de esta lucha la victoria es otra.

Entre sus manos, excesivamente pálidas, sostiene un papel doblado que acerca a su pecho mientras cierra los ojos. Viéndola así, sentada sobre la hierba, apoyada su frágil espalda sobre un grueso tronco, parece dormida. Pero su mente está viajando lejos, recordando a sus dos hijos en ese mismo lugar, con sus pequeñas bicicletas blancas. Incluso puede oír sus carcajadas infantiles y oler su aroma a fresca inocencia.

Una bici de mayor tamaño irrumpe en el jardín y en sus pensamientos. Sus ojos se abren al presente, a la sonrisa de su marido…, su pelo ha encanecido en los últimos meses.

Aquellos niños, ahora adultos, recorren el césped con platos de comida en sus manos. Hoy es un día de fiesta. Y aunque en los ojos de la familia se aprecia una alegría contagiosa, nada es comparable a la luz que ella desprende.

Se levanta para unirse a las risas dejando caer el papel sobre la hierba. Todos brindan por su recuperación. Ella brinda por su mañana.

 

62. Desaire (Carlos J. Díaz)

La primera fue Anjana, que olía a Chispas. Nos tumbábamos junto a la ermita, entre dientes de león, o la acompañaba al río a cazar zapateros.

Maribí la siguió. Sus muslos olían a crema hidratante por la mañana y a sudor por la tarde. Adoraba su tacto blando, su piel morena, el atisbo de vello púbico sobre mi sillín. Me cabalgaba durante horas. Yo no quería frenar nunca.

Julio me apartó de ella por treinta euros. Acabé en una barbería de baldosas blancas y negras, en el Gótico. Algunos se reían al verme pasar. Bicicleta de niña, decían. Cuando me arrancaron la cesta, mis articulaciones chirriaron como las tijeras de Julio.

Me robó un yonki de extrarradio que se picaba las venas bajo un puente. Con la primeras bufandas de otoño, me pinché. Acabé abandonado como un perro en una playa, o un anciano en una gasolinera.

Mi piel rosa está desportillada. Agonizo entre ortigas y recuerdos, junto a la vía del tren. El traqueteo del Cercanías marca el ritmo de mi muerte, como un marcapasos de hierro. Como un corazón que se aleja.

61. LÁGRIMAS (María Jesús Briones Arreba)

Desciende la niebla al imaginario. Pantalla sin texto y memoria caliente.
Los ojos vidriosos almacenan humor salado, hoy gris ceniza, color de la desolacion y la nada.

Resbala los lentes por la pista de una nariz apinochada. Se abraza a si mismo. Surge la imagen de un joven ceniciento.
Así se lo hicieron saber los compañeros de aquel centro de élite, donde le había colocado su sangre noble.
No consiguió deslizar una montaña ni encajar una bola en el hoyo. Entonces sus lágrimas fueron granates, como el fracaso de la sangre espesa.

Fantaseaba con Germana, una muñeca de dulce que todos pretendían lamer.
Formó bloque con el descapotable rojo, resonando motores a modo de enjambre de moscardones. Ella parecía ciega y sorda, hasta que el timbre de una bicileta la invitó a forman tándem. Lágrimas amarillentas de bilis y calabaza regaron su tez recien afeitada.

El gato ronronea su pienso y él piensa y piensa… Una primera linea evocadora sobre el folio blanco, abre el grifo de gotas cenicientas que emborronan la página convirtiéndola en una pelota para el felino.

60. Deseo incumplido

Año tras año la bicicleta encabezaba mi lista de peticiones a los Reyes Magos, al igual que la de mis cuatro hermanos.
Pero no sé si era porque mi caligrafía no era lo suficiente clara, si sería porque las existencias del ansiado vehículo de dos ruedas se habrían agotado o es que sus Majestades no lo veían como un regalo adecuado, pero el caso es es que jamás aparecía al lado del árbol.
Su lugar lo solían ocupar cuadernos, lápices de colores, los libros exigidos por la escuela e incluso una vez, unos hermosos patines de cuatro ruedas.
Los cinco hermanos tuvimos que esperar 18 años para observar como como una preciosa bicicleta roja, ocupaba el lugar privilegiado al lado del Belen para alegrar la mañana de Reyes a la benjamina de la casa.

59. ¡Ay, qué fatiguita!

Cuando, a los veintiséis, después de toda una vida de pedir, suplicar, exigir y finalmente dar por imposible que me regalaran una, conseguí mi propia y ansiada bicicleta, mi mountain bike llegó envuelta en un gigantesco lazo rosa que destacaba sobre su color rojo pasión de velocípedo amante de la montaña, de la libertad, de los espacios abiertos y de los descensos a velocidad vertiginosa.

Habría sido el mejor regalo de mi vida sin aquel “es que estás echando culo” con el que, con una sonrisa de oreja a oreja, más feliz que una perdiz, la acompañó mi ex-novio para celebrar nuestro primer aniversario que, por esas cosas de la vida, coincidía con el Día de la Mujer Trabajadora.

57. La lucha

Era la primera vez que me desnudaba delante de un público.

Sólo escuchaba mis latidos entre tanto griterío. Me ardían los músculos y apenas tenía fuerzas para sujetar mi bici y la de Clara.

Nunca entendí el origen de tanto pudor. Nadie en mi familia tenía reparos en pasearse desnudo por la casa. Sin embargo yo siempre echaba el pestillo y si estaba en un vestuario público, ponía en marcha mis habilidades circenses para cambiarme de ropa como si de un truco de magia se tratara.

Pero estaba decidida. Las cosas tenían que cambiar. Así que le di las bicis a Clara, respiré profundo y me enfrenté, con éxito, a mi personal etapa reina.

Sin más ropa ya que el protector solar, la vuelta continuó con una etapa llana, en la que cientos de ciclistas defendiendo nuestros ideales coreábamos “¡en bici y en bolas, Madrid sí que mola!” La gente miraba pero, gracias al movimiento, no veía. Íbamos todos perfectamente vestidos con traje de emperador.

Al terminar la marcha, una niña clavó sus ojos en mí. Estaba a punto de cubrirme con las manos cuando se acercó y me dijo “me encanta tu bicicleta, ¿la puedo tocar?”

56. El último viaje

La veo.

Sé que ella también.

Y

recuerdo los sueños que compartimos. Las ilusiones que imaginé cumplir alguna vez: Volar por encima de los árboles, escondiendo en su cesta un ser de otro planeta, ganar un Tour, pedalear por carreteras y calle que nos llevaran a nuestra incierta adolescencia, coronar un puerto de montaña animado por un manantial de voces desconocidas, buscar una aventura sobre los raíles de una vía muerta.

Me mira a través del escaparate.

Sé que me mira.

Pero

he de desprenderme de ella. He de hacerlo si quiero seguir viviendo. Si quiero seguir soñando. No debo dejarme arrastrar por las facturas impagadas y por el alejado futuro de un trabajo cercano. Debo cambiar mi presente con el dinero del que se compone mi pasado. Debo ser lo que nunca he sido: práctico.

Adiós, bicicleta de sueños anaranjados.

Adiós.

Y

me voy sin mirar atrás. Sin querer ni poder mirar atrás. Sé que ella tampoco puede hacerlo. Sé que sólo observa mi marcha y no puede repasar las caídas, las marcas e historias que surgieron y los recuerdos que ahora invaden mis lagrimales.

Y que me impiden volver atrás y recuperarla.

Ella quiere.

Yo no debo.

55. Luna azul (Yashira)

Lola, montada en bicicleta, disfrutaba cada día la aventura de recorrer decenas de kilómetros hasta el mar, ese mar en el que su amado navegaba y desde cuya orilla veía mecerse las olas mientras le esperaba.

El 31 de julio la muchacha admiraba desde la playa la segunda luna del mes y, cautivada por esa redondez, no se percató de su inmovilidad hasta que sintió dolor al respirar, trató de gritar, agitarse, ningún movimiento le era posible. En ese instante otro acontecimiento marcó la vida de la aldea: Escasamente a un kilómetro de la costa naufragó La Berta, pequeña embarcación en la que pescaba Miguel todos los días hasta el amanecer.

Los aldeanos ajenos a la desgracia creyeron ver al astro sonreír.

En la dorada arena una escultura de autor desconocido quedó para siempre oteando el horizonte. El cuerpo de Miguel nunca apareció y corre el rumor de que, aproximadamente cada tres años, del rostro de la estatua brotan lágrimas y si te fijas bien, en la faz de la luna puede verse la figura de un marinero faenando entre blanca espuma.

54. Sueños retorcidos (Esperanza Tirado Jiménez)

– ¿Y yo? ¿Por qué no puedo ir con vosotros?

– Cuando tengas bici y llegues al manillar, enano.

Todos los veranos la misma excusa. Y no había discusión. Se tenía que quedar en casa, pasando calor, aburrido como una ostra, escuchando historietas de viejos. Mientras, sus hermanos y primos mayores subidos a sus bicis recorrían kilómetros por caminos perdidos, rumbo a, lo que él suponía, miles de aventuras, peligros y toda clase de emociones.

Cada año por esas fechas su frustración por no alcanzar sus sueños crecía a mayor ritmo que su menudo cuerpo, retorcido por una absurda enfermedad de complicado nombre. Que sus padres no le sabían, o no le querían, explicar.

– Cuando seas grande te curarás y tendrás la mejor bici de toda la zona.

Esas palabras de consuelo siempre se desvanecían en el aire ante la realidad de sus torcidas piernas que, a pesar de los años, no conseguía ver enderezadas, enfundadas en incómodos y pesados hierros.

 

Ahora que ya es adulto sus piernas siguen igual de retorcidas que antes. Y su ansiada bicicleta nunca llegó.

Pero con su moderna silla eléctrica rueda por todas partes, soñando con encontrar sus propias aventuras.

53. Una tarde como cualquier otra, como ninguna

Para un niño de ocho años dos meses son una eternidad. Y no saber andar en bicicleta más que una falta de habilidad es una afrenta, especialmente cuando ya nadie quiere jugar con soldaditos por la novedad de las carreras de niños contra niñas. Pero para mi fortuna (y quizá mi honor), mi madre se compadeció de mí. Faltando 54 días para mi cumpleaños me llevó la vagabundo azul que ya me había cansado de ver tras el aparador.

Salí disparado a buscar a Vladimir, mi vecino de enfrente. Lo había hecho prometer, casi jurar, que en cuanto tuviera la bici me enseñaría a andar en ella.
—Tráela—me dijo. Y la llevé.

No recuerdo haber puesto tanto empeño en ninguna otra cosa en mi vida. Mientras repetía mentalmente por enésima vez: “tuerce a la derecha si vas a la izquierda; a la izquierda si vas a la derecha” y seguro de que mi amigo sujetaba el asiento para equilibrarme, ocurrió el milagro. Solo cuando estuve a varios metros de él y escuché sus gritos de emoción, comprendí que avanzaba sin su ayuda. Esa tarde dejé atrás casas, autos; dejé atrás, un poco también sin yo saberlo, mi niñez.

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