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El señor Raimundo se ha quedado sin esposa.
La señora Abril apagó ya su candelita.
Cuando Raimundo vuelve a casa después de un largo día, el aroma de flores se mezcla con el de la cena recién servida y el silencio es modelado por las teclas de marfil.
La señora Abril es divertida; llena su vida con un montón de ideas que se quedan flotando en la atmósfera que crea para los dos.
El señor Raimundo disfruta cuando, pizpireta, le cuenta sus sueños diarios.
El de hoy es el más atrevido de cuantos ha tenido: ¡Abril se ha enamorado de una bicicleta de pareja!
Al señor Raimundo no se le quita de la cabeza hasta que decide pasar por la tienda de Don Bernardo.
La alegría de Abril y el guiso de primavera reciben a Raimundo como cada día, sin embargo la señora Abril se ha quedado muda, como su piano. Todos sus sueños de hoy se han volatilizado ante la materialización de su idea más loca.
Van a pasar el resto de sus vidas recorriendo los caminos trazados en los mapas, donde señalarán sus lugares preferidos hasta que, viejecitos, no consigan mantener el equilibrio sobre su bonito tándem.
Cansado de monotonías, de sinsentidos, de pelmas y especies similares, decidió poner en perfecto estado de revista a su vieja BH de montaña. Era de cabalgadura un tanto pesada y pasada de moda, pero no hay mejor útil que el que a cada cual le resulta el mejor útil.
No había fijado fecha, pero en un prometedor amanecer, decidió dejar atrás todo y huir hacia adelante. Comenzó a pedalear sin rumbo fijo, subió montes, visitó aldeas, bajó valles, atravesó fronteras, cruzó pueblos y ciudades alternando veredas, carreteras, sendas y caminos.
Oyó otros idiomas, se enamoró de paisajes, de mujeres y hasta de bicicletas.
Escuchó su silencio, soportó pendientes, sufrió desdenes femeninos y maldijo las averías de su cabalgadura.
Exhausto pero gozoso, se detuvo ante unos monumentales arcos de piedra vetusta. ¡Era el Coliseo!
Y recordó que… todos los caminos llegan…
IsidroMoreno
He tenido una vida larga y fructífera. Crecí con todo lo que se puede desear al alcance de mi mano, y la mayoría de las veces ni siquiera tuve necesidad de pedirlo.
Mi belleza ha sido la protagonista de las más ardientes fantasías. Me han vestido de perlas, me han escrito bellos poemas de amor y reconocidos artistas han erigido soberbias estatuas en mi honor.
Surcar los océanos, tocar las estrellas o dormir arrullada por el canto de las caracolas son sólo ejemplos de las aventuras fabulosas que he vivido en primera persona y que muchos ni siquiera se han atrevido a soñar.
Sin embargo, y a pesar de mi legendaria existencia, siempre me ha costado aceptar que las sirenas no podamos montar en bicicleta.
El día en que aprendimos a volar, mi padre nos compró en el mercado un hombrecillo tenor, con su traje negro, camisa, sombrero y hasta pajarita.
–¡Qué preciosidad!– trinó mi hermana al verlo.
Le preparamos una jaula estupenda con escaleras, columpio y hasta una bicicleta estática para que se mantuviese en forma y lo instalamos en una esquina del nido, junto al ventanuco. Cada mañana, mi madre le llenaba una escudilla de alpiste y otras dos con miel y claras de huevo. Pero el hombrecillo tenor se pasaba las horas sentado tristemente en el columpio, mirando a través de los barrotes.
–¿Por qué estará así? –pregunté decepcionado al cabo de cuatro días–. ¿Por qué no hace nada?
–No lo entiendo –gruñó mi padre rascándose el ala con su pico–. Me dijeron que cuando están en libertad estos bichos cantan de maravilla.
A Miguel le decían ma-ri-cón, con las tres sílabas bien separaditas y marcando el acento de palabra aguda. Su delito: no jugar al balón y pasar el recreo con las chicas. Él les ignoraba pero pronto llegaron zancadillas, empujones y zarandeos. Con la primera aguadilla en los lavabos hasta los Reyes Magos se asustaron y le trajeron una bici.
Aprendió a saltar mochilas rellenas de clavos, a zigzaguear esquivando pedradas y a derrapar en cualquier terreno, todos cuesta arriba aunque fuesen llanos, como aquella cantinela de “soplapollas” que le cantaban cada vez que le aflojaban el pitorro y se le desinflaban ruedas y autoestima.
Cuando le robaron el sillín y al estribillo de “córrete unos centímetros” perfeccionó eso de pedalear de pie y escalar lágrimas. Al final del instituto ya dominaba toda la orografía y esprintó dejándolos atrás.
Ahora todos se jactan de conocer al campeón y cuentan que eran compañeros del colegio. Si alguna vez se han sentido hipócritas o sobre-estúpidos nunca lo dirán. Desconocen que en la intimidad él se hace llamar simple y llanamente Míguel, con acento en la í.
Al final de la calle se agrupaba un puñado de personas. Giraban alrededor de un punto, entraban y salían, llevándose las manos a la cabeza. Entonces, uno de ellos, el de más aplomo, salió del corro y llamó por teléfono. Mientras lo hacía, los curiosos llegamos a ese centro, ocupado por el cuerpo inmóvil del tío Paco.
El viejo estaba tumbado de lado, en posición fetal, y su barriga desproporcionada caía sobre la acera, como aceite recién derramado, en una postura de lo más extraña. La suya habitual, la que recordábamos, era sentado, con el cigarrillo en la comisura de los labios, una bici entre las piernas y el ceño fruncido de apretar tuercas. Una pose enérgica, bien diferente a la que exhibía en ese momento.
Del tío Paco hacía demasiado tiempo que no sabíamos nada. Parecía que se lo hubiera tragado la propia tienda de bicicletas, al bajar la persiana por última vez. Por eso verlo allí, tendido sin fuerzas, sin la estela de humo saliendo de su boca, era como ver un profeta en trance, anunciando una catástrofe: el final de una época en que los niños volábamos libres sobre dos ruedas, el epitafio de nuestra infancia.
Un día te empeñaste en comprar un tándem.
«Sí, sí, un tándem… ¿Acaso ya no me quieres?… Cariño, llevamos una vida demasiado sedentaria… No, nada de bicicletas separadas… Eso no es para nosotros, que siempre hemos estado en gananciales… Ya me conozco yo la historia… Luego, que si camas separadas… capitulaciones… y nada, que acabamos como acaban todos, como el Rosario de la Aurora…».
En fin, ¡que compramos un tándem! Tú delante, dirigiendo el manillar como siempre, y yo detrás, también como siempre. Te pusiste un culotte ceñido y transparente y a mí me colocaste unas orejeras de burro para no distraerme. Así fue como sumergí la cabeza en tu trasero hace treinta y dos años y solo me quedó el horizonte de tu espalda.
«Hacemos un buen equipo, ¿verdad, cariño?… Pues en la Vuelta a España deberían correr en tándem, que es mucho más cómodo… ¿No crees que habremos ya perdido un par de kilos?… ¿Te gusta mi culotte?… Hay que ver, lo poco que hablas, hijo…».
Yo no tenía resuello para contestar. Tampoco para recordarte que tú también tenías pedales. Pero un día, con las piernas ya entumecidas e insensibles, mi corazón decidió pararse.
El día en que le quitaron las dos ruedecitas a la bicicleta azul, Carlos sonrió de una forma extraña a sus papás, que le animaban a circular “solito” por el patio mientras le impulsaban -apoyando disimuladamente sus manos en el sillín- y se miraban complacidos. Pero su emoción fue excesiva. Un repentino viento del norte y la ligera pendiente del tiempo, propicia al despegue o al skateboard, hicieron el resto.
Desde que perdieron de vista la silueta de su hijo adolescente, pedaleando allá arriba contra un fondo de nubes de color violeta, no hacen más que preguntarse -leyendo y releyendo las páginas del manual de autoayuda para padres primerizos- en qué puñetera instrucción lo habían perdido.
Mi primera bicicleta era una BH roja que pesaba una tonelada. Me la regaló la abuela, después de haberme llevado al médico, preocupada por mis kilos y mi molicie. “Deporte” –recomendó el facultativo. Conocedora de mis escasas habilidades sociales, la abuela obvió el fútbol, el baloncesto o el balonmano y se decantó por un ejercicio individual.
La BH causó furor en el barrio, así que su parrilla portabultos trasera estuvo muy demandada. Por ella pasaron Paloma, Carmen y las gemelas. Los kilos fueron cayendo y mis brazos y piernas se robustecieron hasta límites inimaginables. Y llegó el día en que el portabultos acogió las divinas posaderas de la mismísima Paula: entonces pedaleé como solo Luis Ocaña era capaz de hacerlo. Después vino la bici con cambio, idónea para acompañar mis altibajos adolescentes; las de cuadro de acero o de aluminio, cuya ligereza acompañó mi falta de compromiso juvenil; la BMX para las acrobacias con que me pavoneaba ante mi primera novia; el remolque que me ató a unos hijos incansables; y la de montaña para perderme por senderos y carriles.
Ahora, en la bicicleta estática del gimnasio, pedaleo sin esperanza, en la seguridad de que la muerte ha de alcanzarme.
Tenía 16 años cuando juró que si su abuela sobrevivía, no volvería a masturbarse. Candela cumplió su promesa con vocación durante todo el mes de febrero. Un largo paseo en bici y revivir las palabras de la Madre Antonia conseguían solazar su mente.
Así prosiguió hasta que yo, el más popular del instituto según sus allegadas, comencé a interesarme por ella. Sus periplos a dos ruedas se prolongaron y decidió llevar siempre una foto de la religiosa en el bolsillo trasero de sus pantalones. Una gélida segunda epidermis que buscaba únicamente disuadirme. Pero ninguna templaza fue suficiente cuando se trataba de mitigar el latigazo del bajo vientre y aquel pálpito continuo que erizaba nuestra piel. Jamás pudo perdonarse que la noche que finalmente sucumbió al deseo, el corazón de su abuela se detuviera.
«¿Duermes?». Ahora soy su marido y buceo entre sus muslos semiapretados para poseerla. Candela intenta zafarse aleteando pestañas somnolientas de negra apatía. Sé que sus pupilas procuran evocar algún recuerdo que desempolve el deseo de entonces. Yace rígida. “¡Ay, Candela! Pobrecito Drako, cada día más enfermo”. Enveneno su oído. Y ella musita un juramento inaudible contra la almohada que poco a poco ha de tornarse en gemido.
Aparqué el Nissan de mi hermano y saqué del maletero la bici de montaña. Hacía frío. Durante unos instantes me quedé contemplando el paisaje. Desde allí arriba se veía media provincia. Me coloqué el casco y me subí a la bicicleta. Inicié el descenso. Tardé unos minutos en llegar a la parte asfaltada. Seguí descendiendo. Dejé la carretera comarcal y entré en la N-323. Apenas era media mañana y me sentía descansado. Seguí descendiendo. Llegué a la circunvalación de la capital. Durante unos instantes dudé si dar la vuelta. Calculé que el todoterreno estaba aparcado a unos treinta y cinco kilómetros. Decidí seguir descendiendo. Era medio día cuando la carretera comenzó a serpentear junto a la costa. Cogí un camino de tierra que me llevó a la playa. Detuve la bici en la orilla. El agua mojó la rueda delantera. Di una pedalada y me adentré en el mar. Seguí descendiendo.
Ya nadie recuerda que se llama Encarnación Troitiño. Es lo que tienen los pueblos donde todos se conocen, que te ponen un apodo ocurrente y con mala leche y es como un nuevo bautismo que borrara tu anterior identidad.
Sobre Encarna hay división de opiniones. Unos creen que padece de furor («picor» dicen algunos) uterino, mientras que otros piensan que es ninfómana; dicho así, como si se tratara de una profesión. Cuando se les hace ver que no cobra por lo que hace, ni tiene que cumplir un horario o conseguir objetivos, ya se quedan dudando.
Ningún mozo del pueblo le ha durado más de una semana, y eso que se les atribuyen las virtudes grabadas en el blasón de la villa: «muy leal, constante y resistente».
El caso es que su enfermedad, adicción, querencia o lo que fuere, la ejerce democráticamente, esto es, sin discriminación alguna por cuestión de raza, credo, edad, orden religiosa o nivel económico; ni siquiera de sexo cuando las oportunidades escasean. No se mencionan otras especies porque los animales, por discreción, no suelen comentar.
Y fue por eso, porque casi todos ya la habían montado, por lo que algún cabrón empezó a llamarla «la bicicleta».
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