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Era uno de esos anocheceres mágicos del verano en los que, mientras la luz se diluye en violetas y naranjas, el calor por fin agoniza. La banda sonora, a cargo de la familia Gryllidae, acompañaba el impactante vuelo de decenas de Lucanus cervus entre los Quercus robur ; las siluetas de silenciosos quirópteros y Caprimulgus , daban vida al resplandor de la luna.
Resultaba sorprendente la naturalidad con la que brotaban aquellos latinajos de mi cerebro, dado que ni siquiera recordaba mi propio nombre, ni sabía por qué me encontraba a esas horas en un bosque. No era menos intrigante el hecho de que mis manos sostuvieran una caja chorreando sangre y una pala.
Levanté la tapa y vi un hermoso persa azul degollado… ¿Sería mío? ¿Sería de un vecino? ¿Sería la víctima de algún sacrificio?
Lo que parecía indudable era mi propósito de deshacerme del cadáver. Así que, bajo una Castanea sativa centenaria, enterré al gato, arranqué una hoja de un cuaderno de campo que llevaba y, tratando de dignificar su tumba, escribí: “Al Felis silvestris catus desconocido”.
Después busqué otras pistas en los bolsillos que esclarecieran si mi verdadera identidad, presuntamente naturalista, se había entregado al satanismo. O viceversa.
En aquellos años, donde ponía el ojo, ponía la piedra del tirachinas y en eso pensaba, mientras miraba el culo de la Monse, que caminaba delante de mí hacia el camposanto, a por hierbas para sus conejos.
La noche estaba oscura, grandes nubes ocultaban la luna llena y entre las tumbas jugamos a pillarnos, era escurridiza y se deslizaba en silencio, sólo sus risas hacían eco y reverberaban en las piedras, sin adivinar de dónde provenían. Me tenía a reventar y para evitar una rapidez que no deseaba, me alivié agarrado a un nicho, que recordé era el de la pajillera del pueblo y mientras terminaba, creí oírla como reía cuando decía, si la tienes grande, una perra gorda y si es pequeña, dos perras chicas, con una boca que parecía un pueblo bombardeado.
Cuando quiso, la cogí, nos sentamos en una lápida caliente, que nos transmitió su fuerza, nos magreamos y ya como un verraco la tumbé, mientras me rodeaba con sus piernas, me derretí con ella, su aullido como si una loba fuera, hizo que la luna nos iluminara y pude leer el epitafio que estaba a su espalda.
ADIÓS
EPÍFISIS
2015
OS DIJE QUE NO ESTABA BIEN
Me había citado con Lucía para llevar unas flores a la tumba de la tía. Llegué pronto y me dispuse a dar un paseo por aquella particular ciudad de eternas avenidas. Mientras paseaba entre altos bloques de nichos me entretuve en reconstruir episodios de las vidas de los que allí descansaban interpretando epitafios y fechas señaladas. Llegué a un rincón desamparado donde llamó mi atención una lápida de mármol blanco parca en datos. María, figuraba en la linea superior. El año 1938 en un segundo renglón, y “murió a los 4 años de edad” en el inferior. Me sorprendió la limpieza especial de la piedra cincuenta años más tarde. Me acerqué atraído por el caso y pude distinguir algún objeto sobre la repisa. Un jarroncito de cerámica con el nombre de María impreso en el barro que presumía de contener una rosa roja, natural y fresca. Al lado sobresalía el borde de una pieza oscura. Alcé la mano y tenté la repisa hasta agarrarla, se trataba de la cintura y los pies en bronce de un Cristo crucificado. Tenté el resto de la repisa, pero el fragmento que faltaba no estaba. Ninguna de las sepulturas de alrededor mostraba flor alguna.
La inamovilidad de las palabras, cosidas como reos al papel en el que viajan impresas, le proporcionaba largas horas de inútiles reflexiones. Para él los cuentos se convertían en galeras. Una novela en un penal atestado de reclusos. Veía en cada estrofa una prisión. En cada verso una lata de sardinas. Leer significaba una tortura, y la gramática el azote de sus ansias redentoras. Enfrascado en sus enfermizas cavilaciones no vio la bicicleta hasta que la tuvo encima. Entonces se ralentizó el tiempo, se hizo el silencio y, como el mismo Neo en Matrix, pudo verse girar en el espacio, rodar por el suelo a la chica que lo atropelló, y cómo, de los libros que él llevaba en la mano y ella en la cesta de la bici, escapaban letras, palabras, frases que se intercambiaban al caer, descolocadas y libres, en páginas equivocadas. Así, expresadas las debidas disculpas por ambas partes, pudieron, camino a casa, gozar con la lectura de El héroe de la señorita Cora, Instrucciones para una muñeca rusa o Casa celeste. Solo cuando estaba a punto de llegar notó que había perdido las llaves. Nunca le abrieron, a pesar de reconocer en él un aire familiar.
En el tercer intento Pablo se tambalea ligeramente al compás de sus dudas; aunque después de apenas tres pedaladas mira al frente y poco a poco consigue avanzar por sí mismo.
Su hijo enjuga una lágrima en su mejilla antes de que su padre de la vuelta al final de la calle, esbozando una sonrisa al verle regresar sobre la bicicleta que tantas veces usó.
Dicen que montar en bici no se olvida nunca; el resto de recuerdos, que esa maldita enfermedad le niega, serán más difíciles de rescatar.
Según ganaba altura, pedalada a pedalada notaba como el ambiente era más puro y las vistas más grandiosas. Sentía la tensión en las piernas y su cuerpo le reclamaba un descanso. Su mente por el contrario la incitaba a seguir un poco más, le decía que la cima estaba muy cerca que pronto la alcanzaría y conseguiría descansar. Avanzaba bajo un cielo limpísimo sin pájaros ni insectos, en una soledad que tenía algo de ruta lunar, envuelta en un silencio que no alteraba ni el susurro de la bicicleta ni su agitada respiración. En los últimos metros el corazón le pataleó dentro del pecho, avisándola, pero decidió no parar. No tenía ganas de volver a la residencia, aquel moridero sin esperanzas donde se aventaba el suspiro definitivo. Se sentía en buena forma y el aire le entraba con holgura en los pulmones. Cuando coronó la montaña sintió un pinchazo paralizante en el torso, pero la que soltó los pedales fue una niña, feliz de jugar entre el algodón de las nubes. Si eso era el más allá, en el geriátrico podían esperarla sentados, hoy no se presentaría a desayunar.
-¿Y desde cuándo le pasa?
-Siempre me había dado un poco de reparo, pero desde hace un par de semanas me da pánico, es pensar que tengo que volar y me pongo a sudar y me bloqueo, soy incapaz de hacerlo.
-Y vuela a menudo.
-Sí, constantemente… por mi trabajo, a cualquier hora del día, me llaman y tengo que ir volando.
-¿A qué se dedica?
-Soy… fotógrafo… para un periódico.
-Bueno, pues tampoco veo la necesidad, que le cambien de sección, a local, por ejemplo.
-Eh… No es tan fácil, ahora con la crisis, tampoco se puede pedir mucho.
-Pues eso, o cambie de medio de transporte.
-¡Socorro!
-¿Qué es eso? ¿El correcaminos? ¿El tren bala?
-No, es, es… ¿Supermán en bici?
¡Era ridículo! ¡Era una burla a su trabajo! En el Departamento de Sistemas se llevaban las manos a la cabeza. Pero el resto apostamos y ese día estuvimos todos expectantes. Incluso el director estaba en el ajo.
Apareció Alberto en recepción. Alto y delgado con su maillot verde y una nariz como la proa de un barco. Llevaba su bicicleta de carreras sin pintura y una gran bandolera de lona. Ana le entregó el paquete y firmó el albarán. Mientras salía por la puerta se envió un correo electrónico.
Y así comenzó la carrera.
El ciclista tenía que atravesar la ciudad y cruzar la avenida de la Castellana cerrada ese día al tráfico. Una línea de comunicación por webcam serviría de árbitro.
Pasaron los minutos.
La tensión era máxima. El mensajero apareció en su destino. Entregó el documento y en ese instante sonó el tono que anunciaba la llegada del email. Fue un segundo. Suficiente.
El gabinete estalló en aplausos y risas. El desconcierto de los técnicos era patente. Al rato, en los monitores de Análisis Audiovisual se veían las imágenes de la llegada de la vuelta ciclista, y en la línea de meta estaba Alberto jaleando a los corredores.
Se mostraba taciturno, antipático, había engordado mucho. Se pasaba el día en casa, nunca salía porque le avergonzaba su físico. Comía fatal y bebía alcohol a diario. Se apuntó a un gimnasio que no tardó en dejar porque sudaba como un cerdo, afirmaba, y se agobiaba allí dentro.
Una tarde, su móvil en su mesilla y su hueco en el sofá activaron entre nosotros, sus amigos y compañeros de piso, la señal de alarma. Nos reprochamos mutuamente ignorar la causa de la desastrosa transformación de Pepe. Entonces recordamos que había mencionado una playa solitaria no demasiado lejana como “la solución definitiva” y nos temimos lo peor. Cogimos el coche y fuimos en su busca bastante atemorizados. ¿Qué había sido de aquel chico alegre que siempre encontraba una solución práctica a sus problemas?, comentábamos, ¿no quedaba ya nada de él?, ¿cuándo le habíamos perdido?
Al llegar a la orilla, encontramos una bicicleta plantada en la arena y Pepe, en cueros, ejercía de sirenita a la luz de la luna.
—¡Hola chicos, menuda sorpresa! ¿habéis visto mi bici nueva? Pienso venir cada día hasta aquí pedaleando, así hago deporte y luego me premio con un bañito refrescante. ¿A que mola?
Desde que a mi hermano le enseñaron a montar en bicicleta, fue capaz de hacer cualquier cosa sobre ella. Disfrutaba además de una inusual atracción por el riesgo, y empezó a practicar acrobacias imposibles en las cornisas de las azoteas o en pretiles de puentes elevados a gran altura, que con el tiempo, sin importarle el peligro, se hicieron más temerarias, más audaces, más espectaculares.
Aprendió a ganarse la vida exhibiendo su habilidad al atravesar el vacío entre dos rascacielos, pedalada a pedalada, concentrado en no desviar las ruedas de su bicicleta ni un milímetro del fino cable que los unía. Fue en una de esas actuaciones donde conoció a Ángela, una mujer preciosa de la que era imposible no enamorarse. El flechazo fue inmediato. Desapareció con ella durante algún tiempo, y cuando regresó me dijo que se habían comprometido. Nunca lo había visto tan feliz.
En su siguiente exhibición, el público no advirtió nada, pero yo lo conocía bien. Estaba cambiado, inseguro, como si una fuerza invisible tirase de él, impidiéndole pedalear con la soltura acostumbrada. Cuando terminó quise preguntarle qué le pasaba. No hizo falta. Lo vi en sus ojos. Algo que nunca había tenido. Miedo.
Desde hace años vivo en este patio, abandonada. El paso del tiempo me ha quitado piezas y me ha traído óxido. Me ha hecho vieja.
Fui muy feliz mientras me quisieron. Cada mañana iba con Segis, el cartero, a hacer el reparto. Él, al subir, me pedaleaba con esfuerzo y luego, descendiendo, yo me embalaba. A menudo venía Andresín, el hijo de Segis. Sentado sobre la barra Andresín reía. Siempre reía.
Un día Segis trajo una motocicleta. Me cansa dar pedales, dijo. Al niño le gustó y para él dejé de existir.
Ahora Andresín se está convirtiendo en Andrés. Lo sé porque ya no ríe igual y desde aquí lo veo mirar sin mirar por su ventana, soñando amores.
Ayer, mientras la radio celebraba las hazañas de Bahamontes en el Tour, él estaba asomado. Soñaba, sí, pero… ¡me miraba! Sigilosa me deslicé en su sueño. De pronto allí estábamos, juntos, yo de joven, trepando por las duras rampas de un puerto, sobrepasando corredores entre los gritos enfervorizados del público. Cruzamos la meta los primeros. Entonces él me besó. Emocionada salí del sueño. Lo dejé saboreando su triunfo. Yo tenía el mío: volverme a sentir, quizás por última vez, querida, deseada.
Hoy empiezan las vacaciones. Se va al pueblo, con Marisa, su prima. Mientras esperan a que su padre cargue el coche piensa en lo que le va a decir, cómo le va a declarar su amor. Se sientan juntos en el asiento trasero. Marisa huele a espliego, o a jazmín, o a lavanda. No lo sabe bien, pero no importa. Es un aroma embriagador que le hace sentir un amor tan profundo como los valles poblados de pinos del pueblo. Marisa mira por la ventanilla. Él roza suavemente su mano. Ella le mira y sonríe. Y él ya la imagina paseando por los caminos hasta llegar al río, los dos en bicicleta. El revoloteo de su faldita entre las piernas, la curva de su espalda. El baño, el sol sobre la piel, el concierto veraniego de las cigarras. Se acerca hasta ella y aspira el aroma de su melena. Cierra los ojos.
Lo último que recuerda es un chirrido, un frenazo brusco y el vuelo de su bicicleta nueva en lo que tenía que haber sido un precioso atardecer.
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