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Comenzó a dar vueltas por el desolador lugar, extrañada de encontrarse allí tan tarde, tan sola. Se sorprendió de no sentir miedo. La luna llena y la luz proveniente de las farolas situadas a la entrada de la cancela le permitían ir leyendo las inscripciones de los distintos «apartamentos» : «Juan Luis Gutiérrez Pérez 80 años (1930-2010) – Tu adorada esposa e hijos no te olvidan» Le vino a la mente un antiguo cuaderno escolar de ciencias naturales en el que archivaba diversas muestras de plantas en sendos recuadros con su nombre científico bajo cada una de las especies, y sonrió despectivamente. En ese momento sus ojos vacíos advirtieron una inscripción que la hizo despertar:
«Ana María Gónzalez Prieto. (1985-Ayer)»
Cuando franqueó la verja por primera vez la sorprendió gratamente la paz y el silencio que reinaban. Le gustaba lo que veía y oía a su alrededor, los cipreses que se elevaban hacia el cielo, las flores que adornaban las tumbas, el sendero de gravilla limpio de hierbajos, perfectamente trazado, y el trinar de los pájaros, que revoloteaban de árbol en árbol. Cada semana solía acompañar a su madre al cementerio y enseguida aprendió el camino hacia la tumba. Mientras la mujer limpiaba la losa y cambiaba las flores del jarrón, la niña jugueteaba entre los panteones.
— Nena, no te alejes, enseguida nos iremos.
A menudo se encontraba con una anciana, vestida de negro, reclinada ante una sepultura. En la lápida se podía ver el retrato de un joven soldado custodiado por un ángel doliente. Bajo la foto, un nombre, una fecha y un simple D.E.P. La niña se acercaba a ella, la saludaba amablemente, y la señora le devolvía una sonrisa.
Cuando la madre acababa su cometido llamaba a la cría:
— Nena, nos vamos, despídete de tu hermanita.
La niña, entonces, depositaba un beso en el frío mármol.
— Hasta la semana que viene, Olga.
En la piedra requemada, aún se lee:
«Aquí yace el ave Fénix,
muerta por fuego
y presta a renacer de sus cenizas
cada quinientos años.
Celebrando su vida luminosa,
la lloran sus deudos:
Heródoto,
Plinio el Viejo,
y Epifanio de Salamina.»
El cuerpo de Abu descansa junto a la orilla. La arena tibia de Kos acaricia la piel tersa de su rostro infantil. Aquellos ojos negros, entreabiertos, ya no advierten el resplandor que el alba deposita cada amanecer sobre la cúspide de las olas que hoy mueren junto a él.
Abu abandonó Baijí cuando el terror destruyó su barrio y la sinrazón violó a su madre antes de degollarla.
Su padre y él huyeron en busca de libertad.
Abu solo tenía cuatro años. Ahora el agua cristalina y cálida de finales del verano se recrea al libre albedrío bajo su cuerpecito inerme.
Desde la distancia el fotógrafo roba su instantánea, mientras un redactor aguarda ansioso tenerla en la pantalla del ordenador para adjudicarle el titular.
Tal vez: EL DRAMA QUE AVERGÜENZA A EUROPA.
Manolón, el enterrador, goza de buena memoria pese a sus limitadas luces, de ahí que reconociera a Antonio en cuanto llegó al camposanto. De forma algo enigmática dijo que le esperaba para llevarle con Julián.
Antonio y Julián compartieron un carácter solitario. Ambos preferían, desde jovencitos, dedicarse al ajedrez en lugar de jugar al balón o tontear con chicas. Manolón era testigo de sus duelos, asistía admirado a esa batalla de intelectos tan lejos del suyo.
Desde que Antonio aprobó la oposición no había regresado al pueblo, pero continuaron sus partidas a través del teléfono, todas menos la última, interrumpida por la enfermedad de Julián, que le llevó a la tumba.
Julián había encargado su propio epitafio, dedicado al compañero inseparable: “Gracias por tu compañía constante”. También dejó apalabrado, con una generosa propina, el golpe letal de la pala de Manolón, la misma con la que el sepulturero cubrió de tierra el cuerpo de Antonio, tras empujarle dentro del hueco de la tumba contigua.
Muchos aseguran haber visto a los dos amigos al atardecer, enfrascados en esa partida perpetua bajo los cipreses, ya se encarga Manolón de alimentar la leyenda, cuando cuenta que él, como siempre, los contempla.
BAJO LA LUNA LLENA
ENTRE LAS PÁGINAS
TRAS LA BATALLA
EN EL LABERINTO
EN AQUEL HOTEL DE CARRETERA AQUÍ EN EL CAMAROTE 115 DEL TITANIC
AQUELLA PELÍCULA DE LOS 70 JAMÁS ESTARÉ TRAS SU RASTRO POR LA NIEVE
EN LA ISLA DE LAS MUJERES SOLO EN LA FIESTA DE MÁSCARAS
TRAS LAS CAMPANADAS
BAJO LA TORMENTA
SANTA TERESA
MONSTRUOS
BICICLETAS
CAÑONES
MY WAY
EPITAFIO
Claire se sentó frente a aquellos hombres. Ella había encontrado el cuerpo y la carta. Ellos ya bebían. Empezó a leer. “Nunca dejé de amar a ningún hombre. Nunca desconfiaste de mí porque mi amor por ti siempre fue sincero. Nunca he dejado de hacer el amor contigo. Tu olor, tu sabor y tu voz está en mi memoria. Míralos a tu alrededor, todos forman parte de mí. No puedo sino conservarlos, necesito una parte de cada uno. Tu ligera sonrisa, su andar apresurado, los besos de él, tu culo y las manos de mi marido. Ahora que todos estáis delante de quien en realidad soy, espero que podáis entenderlo y no odiarme por haberos compartido en esta vida”.
Se miraron entre ellos. La carta seguía, pero sólo para Claire “Claire, tú entenderás entonces que debes hacerlo. Tráelos a todos a casa cuando me encuentres. Siempre me he enamorado del mismo hombre, una y otra vez. Todos son truhanes y tahúres. Dales whisky. Los sigo necesitando.Encuentra un lugar amplio, con vistas al mar y al desierto, seremos muy felices allí”.
Claire supo qué debía poner en los vasos y en el epitafio de su hermana.
Pedían mayoría de edad, el Graduado en ESO y residir en el municipio. Puntuaba la experiencia en esteticismo, escayolista o composición floral. Era imprescindible disponer de un traje gris, de corbata, y debían abstenerse depresivos e hipocondriacos. Las pruebas se celebrarían el sábado por la mañana y consistirían en redactar una esquela, recitar un epitafio y sellar una tumba. Las dos primeras se realizarían in situ, en la sala de espera de la empresa, y la tercera in otro situ, en el camposanto municipal. Y así fue. Lo de la esquela lo resolvió en diez minutos, pues llevaba bien aprendido aquello de “…tíos, primos y demás familiares…”. Como epitafio declamó un “Te fuiste, socio” fácilmente adaptable al sexo femenino cambiando la o por la a. Para el sellado de la tumba vertió media bolsa de yeso en un balde con agua, colocó la tapa del nicho, y lo enfoscó todo en un santiamén. Observó gestos de conformidad, recibió tres palmaditas en el hombro y le dieron el puesto. Un mes de prueba, le dijeron. ¡Ah!, y que mañana tenían el servicio de Rafael Tarta Ruibarbo, Felo el pastelero, para más señas. Que Dios lo tenga en su gloria.
Sus cenizas volaron, jugando con el viento y recorriendo el mundo sumergidas en las corrientes atmosféricas. Pero mi cuerpo se quedó enganchado a un valle de intenso verde, al pie de las montañas infinitas; cerca del hielo eterno, que congeló su aliento mientras perseguía otra pasión.
TUS AMIGOS QUE TE RECUERDAN.
Quedó parado, trataba de adivinar que le gritaban…
Lo asustó ese que corría hacia él.
Miró hacia sus lados, al voltear hacia la derecha, ya era tarde.
El tren estaba allí…
A Frida le tiembla la jarrita de leche y derrama unas gotas sobre el azucarero. Le desagrada muchísimo que el nuevo pasatiempo de Otto, su marido, coincida con la hora del té. A su lado, la pequeña Ingrid golpea con sus dedotes las teclas del piano. ¿Wagner?
Entre ofendido y asqueado, Otto pega un ojo a la mira del fusil, apoya la culata en el hombro… y vuelve a errar el tiro. El cabrón de rayas ha desaparecido del objetivo. Irritado, lanza el cenicero contra la pared de la terraza. Vaya, otro desconchón, reniega Frida mientras barre los añicos.
Impaciente, mira el reloj; casi las cinco y media. No hay nada que le disguste más que el té frío. Cruzada de brazos espera a Otto, que escupe el cigarrillo antes de apuntar de nuevo. Afortunadamente esta vez, la bala revienta la cabeza del prisionero, que cae desplomado salpicando de sesos la alambrada del patio.
Otto entra relamiéndose al salón, directo a la bandeja de pastelillos; por fin Frida puede echar las cortinas. Antes, contempla con orgullo el letrero herrumbroso que preside la verja de la entrada, «ARBEIT MACHT FREI».
Y duda entre una galleta de jengibre y otra de anís.
“Serán cenizas, mas tendrán sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado”.
Enterré sus cenizas junto con los versos que son ahora su epitafio, al pie del árbol en donde nos besamos por primera vez. Recorro con el dedo la corteza herida por dos corazones entrelazados y me parece escuchar su voz: “Ni siquiera la muerte podrá separarnos”. Entonces no comprendió la verdadera dimensión de sus palabras, por eso el espanto.
Recuerdo sus pupilas dilatadas, su sonrisa mudada en una mueca y sus manos impotentes para resistirse a la fascinación de mi arrebato.
Bajo la sombra longeva, voy evocándole con todos los sentidos: en mi olfato, el olor a pan caliente de su cuerpo y dentro de mi paladar el sabor de su piel, cuando lamía sin prisas su pecho y su vientre. Un sabor levemente salado, mucho más tenue que el de la carne de sus músculos o el agreste de sus vísceras violáceas descubiertas. Cierro los ojos y vuelvo a sentir la materia deliciosamente grasienta de sus médulas resbalando por las comisuras de mi boca. Su cuerpo es ya parte de mi cuerpo. Un amor más allá de la muerte.
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