Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

41. El corrector

La enfermedad me llegó repentinamente. El médico no me dio muchas esperanzas. Se limitó a aconsejarme que arreglara lo que tuviera que arreglar. Eso hice. Revisé mi testamento e incluso preparé un breve epitafio para ponerlo en mi lápida. También me sentí obligado a avisar a la editorial para que contrataran a otro corrector. Trabajé allí más de treinta años. Corregí, revisé, arreglé la ortografía, la gramática, la sintaxis e incluso el estilo de novelas, cuentos, ensayos. Dejando de lado por una vez mi modestia, puedo decir que la fama literaria de algunos reputados escritores (y escritoras) se debe a las correcciones que hice a sus textos.

Casi no fue una sorpresa que ningún escritor (ni escritora, ay) acudiera a mi entierro: nunca habían soportado mis correcciones. Ya tendrán ocasión de echarme de menos. Sólo espero que no visiten mi tumba porque advertirían la chapuza que el marmolista hizo con la lápida: perpetró dos faltas de ortografía al labrarla. Me mata pensar que nunca podré corregirlas.

40. Las lavanderas o la clave del Tratado

Nadie parece recordar ya a las Cruz-Romero. Sólo quedan unos extraños epitafios sobre sus descuidadas tumbas en el cementerio. Fueron unas lavanderas que se habían ido pasando el negocio de madres a hijas durante generaciones y que llegaron a ser toda una institución en la comarca. Dejaban cuellos y puños perfectamente almidonados, sábanas con el adecuado tono de azulete y ropa de ajuar con un perfume exquisito. Pero por lo que fueron más requeridas era para el blanqueamiento textil. La receta fue el secreto mejor guardado de la familia. Aunque se rumorea que el mismo Embajador  logró arrancarles con prebendas la fórmula para ofrecerla como regalo al rey de Portugal. El rey quedó más que impresionado y firmó un provechoso tratado. Nadie supo nunca que el enjuague era una mezcla de hierbas, sosa cáustica, aceite de oliva y esqueletos de recién nacido (más calaveras que huesecillos, aunque nadie sabe la proporción exacta). Quizás el Embajador pasó el resto de su vida atormentado por tal conocimiento. O se consoló con los grandes provechos del acuerdo. O todo fuera malicioso comadreo. Solo el diablo y esta vieja lo sabemos.

39. AMOR

Lee el epitafio que marca su tumba y recuerda…

“Todas las historias de amor

son historias de fantasmas”

…su voz, su dulce voz. El sabor de sus labios, de las palabras que surgían de ellos.

…su piel, el tacto de sus manos. La sexualidad de sus caricias, su aroma, su delicadeza.

…su lengua, su jugosidad y seguridad. El bienestar que le proporcionaba, la facilidad para interactuar con la suya en la intimidad.

…a la chica escondida, al final del séquito. Llorando su muerte a solas. Sin poder decir nada. Sin poder recibir nada. Ausente en su presencia. Casi sin existir. Como un fantasma desorientado que no sabe qué pena está purgando. Como si fuera ella la que hubiera fallecido y no ÉL.

…sus lágrimas ante la llamada desconocida que le anunciaron su muerte.

…su desesperación. El silencio que vino después.

…que al llegar a casa sólo se preguntaba una y otra vez, una y otra vez, por quién era la presencia fantasmal que cerraba la comitiva sombría.

“Todas las historias de fantasmas

son historias de amor”

…y si era ella el fantasma amado.

O la amante fantasma.

O ambas.

O un perfume sin vida.

O una vida sin hálito.

37. Cremaciones

Según informaciones llegadas a nuestro diario, las cremaciones ponen en peligro la antigua tradición de los epitafios, dañando las ya menguadas economías de esos auténticos poetas dedicados al arte de condensar una vida en pocas palabras. Uno de ellos, Florentino Brasas, conocido sastre de epitafios, como a él gusta llamarse, se lamenta al respecto: «Hace años, confeccionaba hasta tres epitafios diarios. Siempre después de las comidas. Incluso llegué a forzarme a prever una merienda como fuente de inspiración —algo ligero, unos buñuelos— para facilitar la elaboración de una cuarta frase lapidaria. De hecho, el doctor Ruibarbo me prohibió abusar de mi talento para evitar serias dificultades gástricas. Pero hoy,…». Según Felipe Marlo, gerente de la Funeraria El largo adiós, el asunto está claro: «Se constató un crecimiento exponencial de los ingresos procedentes de las cremaciones low cost». No obstante, se muestra partidario de investigar en busca de datos más concretos que avalen su optimismo. Por su parte, el portavoz del Arzobispado de nuestra ciudad, Augusto Rodaballo, admitió las prácticas tolerantes de la Iglesia al respecto, sin ahorrarnos —a título estrictamente personal—, frases incendiarias sobre este controvertido tema tantas veces enterrado en el olvido.

36. GANADOR, AL FIN (Carles Quílez)

Nunca antes había ganado ningún concurso de microrrelatos, pero en el certamen de epitafios organizado por la Asociación Necrofílica, vencí con un hiperbreve: “Fui”. Una vida entera resumida en una sola palabra. ¡Toma ya! Soy buenísimo.

La entrega de premios tendría lugar por la noche en el cementerio y al atardecer, un coche fúnebre vino a recogerme. Al entrar en el vehículo debí golpearme la cabeza y caer desmayado, pues no recuerdo nada del trayecto.

Cuando recuperé el sentido, el chófer cargaba mi cuerpo sobre su espalda. Tras recorrer un sendero que discurría entre tumbas, se detuvo ante un fastuoso panteón y abrió la puerta. Hedía a humedad.

Al fondo de la estancia, iluminada por velas, había una mesa alta de piedra. Tras ella aguardaban los miembros del jurado, ataviados con túnicas negras. Su aspecto era imponente.

El conductor me dejó sobre la mesa y sacó un cuchillo. Antes de que me degollaran, supe que todo había terminado. Pero algo salió mal: mi espíritu todavía no quería abandonar mi cuerpo.

Luego, esculpieron el epitafio en mi lápida. ¡Qué ironía: por fin un texto mío verá la luz; y mientras tanto yo, enmohecido, viviéndome de ganas de publicarlo en el Facebook!

35. La secreta virtud de Don Ambrosio

Aparece en silencio, como si flotara sobre el suelo de guijarros del cementerio. Viste un traje de chaqueta negro sobre una blusa blanca de la que apenas se ve la gorguera de puntilla que oculta su cuello.

Se sitúa al final del círculo que rodea la tumba de Don Ambrosio, el prócer del pueblo. Y comienzan los cuchicheos mientras el párroco sigue alabando, tal como reza el epitafio, las inquebrantables virtudes morales y rectitud cristiana del fallecido. Y siguen las elucubraciones. Esa barbilla es de Doña Paca. No, no, dice otra, el rasgo de los ojos, fíjate bien es igual que la de su hermana. La nariz, pétrea, sobresale de un cutis delicado. Tiene la desconocida un tono seductor en su porte que les hace recordar a aquella mucama que trajo él desde Cuba. Él nunca tuvo hijos, murmuran.

Y ella, silente, etérea, abre el círculo. Se acerca a la tumba. Se enjuga una lagrimilla díscola que rueda por su mejilla. Al tragar saliva la nuez de Adán sobresale de la gorguera.

Lee el epitafio. Y lo que comienza con una lágrima se acaba transformando en una incontrolable carcajada.

 

 

34. PEREGRINAJE (Eduardo Iáñez)

Lo reconoció en cuanto lo vio encaminarse hacia ella. Ese andar de puntillas y ese braceo desgarbado eran los suyos; pero parecía más delgado, más moreno quizá –como cuando pasaban las tardes a la caza de cigarrones–, y al tenerlo cerca descubrió en su rostro arrugas desacostumbradas. La luz de sus ojos seguía siendo, sin embargo, la misma de la que se enamoró siendo casi una niña: profunda, tranquilizadora, zozobrante. Se anegó en su mirada y supo, con certeza, que había vuelto para quedarse; comprendió que su viaje había concluido y que el regreso era definitivo. Lo amó con ternura infinita, más de la que nunca hubiera imaginado, pues había sido fiel a su promesa y había respetado el deseo que tantas veces ella le expresó en el lecho, esas palabras susurrantes que hizo grabar en el mármol frío: “Espérame en el cielo, corazón”. Y allí estaba.

33. Se fue tras la tormenta (Blanca Oteiza)

Las noches de tormenta me gusta salir a pasear por el camino del cementerio viejo. Dentro deambulo entre las lápidas que reposan en la hierba descuidada. Las flores marchitas de algún jarrón y las enredaderas que van ganando sitio a las piedras de los muros son los únicos adornos en el camposanto abandonado desde la construcción del nuevo.
El agua resbala como si fueran lágrimas por un epitafio cercano que me llama la atención, aunque nunca había reparado en él. Me sobresalto al escuchar el sonido de la verja cerrarse a mi espalda, imagino será el viento que arrecia con fuerza barriendo la lluvia. Al girarme una sombra negra desaparece tras la cortina de ramas del cercano roble. Mi corazón late tan fuerte que siento estallar mi sien. Me apresuro a salir, en el camino echo a correr hasta que una voz me detiene.
Ya no llueve, aunque tengo mi ropa empapada. Tiemblo, no sé si de frío o de miedo. Su rostro surcado de arrugas y sus ojos casi trasparentes me miran haciéndome estremecer. Me pide que le acompañe a su casa. Con la promesa de un té caliente me dejo guiar a las entrañas de la noche.

32. MICRORRELATISTA INDECISO (Edita N.T.)

Hace tiempo que debería haber muerto. De hecho, ya tiene todo dispuesto; incluso ha repartido invitaciones para el funeral. Sin fecha, eso sí. Sólo un detalle le impide hacerlo: decidirse por uno de los dos epitafios que ha redactado. No sabe si grabar en su lápida de diseño “Sigo buscando a Dios. Cuando lo encuentre, aviso” o  “Viví como pude; morí como quise”. Su mujer, que lo adora y no soporta verlo sufrir dándole vueltas a la cabeza, le aconseja que ponga los dos y que se vaya tranquilo. Pero él no lo acepta, dice que son demasiadas palabras. Encima, si el dichoso dilema lo mantiene vivo más de lo deseado, tendrá que reconsiderar el final del segundo texto…

31. DESPEDIDA

Después de un tiempo sin visitar a mamá, papá un día se armó de valor y fue a verla. Al distinguirlo acercándose entre las lápidas con ese andar pesado de quien no quiere llegar, deteniéndose a leer nombres, fechas y epitafios, ella comprendió.

Papá apartó las hojas secas que cubrían el nombre de Mamá, como queriendo mirarla a la cara y permaneció un rato allí en silencio, contándoselo. Ella siempre había sabido antes que nadie lo que nos preocupaba a cada uno y al fin y al cabo esto era inevitable. Lo único que ella quería- le dijo- era saber que todos éramos felices, también él.

Papá le prometió que no la olvidaría jamás y volvió a casa aliviado. Traía el corazón aún encogido y la chaqueta empapada de una lluvia fina y triste que estuvo cayendo toda la tarde.

30. ‘DRELOJ DE PARET’

Ayer acompañe a mi abuelo al entierro de Tomás. Durante la misa nos quedamos, junto a otros tripulantes del ‘Finisterre’, en la puerta de la iglesia. Hacía frío, el viento soplaba con fuerza desde el mar y fue el patrón, un hombre de gruesas canas y ojos muy azules, quien empezó. Veo-veo…

Yo sabía que durante sus largas campañas de bacalao, después de cenar, cuando los meses habían agotado sus temas de conversación y se habían contado más allá de dónde se conocían, jugaban al veo-veo. Nunca he estado allí pero puedo verlos en un comedor tan sencillo como vacío; bajo una luz tenue, con un vaso de orujo en una mano y un cigarro en la otra, se resguardan dentro de un chaquetón de paño azul de la dureza de sus vidas. Tomás, rompe el silencio, veo-veo… ¿Y tú qué ves?, corean los demás. Una cosa que empieza por ‘d’ y termina por ‘t’, responde. Imposible, ríen todos.

Cuando sobre el féretro cayeron las primeras paladas de tierra, flores y conchas, y las nubes empezaron a oscurecerlo todo; los tripulantes del ‘Finisterre’ descolgaron un brazo delante del pecho. Mientras movían el brazo como un péndulo, decían bajito tit-tad, tit-tad…

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