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Por eso he pedido que me incineren: a mí no me pasará lo mismo.
Fdo.
Ricardo
P.D.: Mamá, tu epitafio me pesa más que la piedra con la que está hecho.
(Nota del autor: el epitafio que da título es real, se encuentra en el cementerio de La Almudena de Madrid)
Roque «El Tiznao» era el más testarudo del pueblo. Cuando murió dejó abiertas varias controversias sobre diferentes cuestiones; ya que, por más diáfanamente que los hechos le pusieran la verdad ante los ojos, jamás se desdijo de una opinión ni dio del todo su brazo a torcer.
En su lápida dejó escrito: “El tiempo me dará la razón”
En el parque examina la felicidad ajena, imaginando los dramas que enmascaran esa alegría aparente. Supone que detrás de la euforia del padre que columpia a su hijo hay una tristeza que se despliega al recordar la figura de la madre. Igualmente intuye que la pareja que se besa en el banco, acumula heridas no cicatrizadas. Porque ella sabe que detrás de cualquier normalidad impostada, subyace la amargura que cargan aquellos que se empeñan, después de una tragedia, en mirar hacia adelante.
Cuando llega a casa, le comenta a su marido que deberían pensar en un epitafio para la tumba de su padre. Él le recuerda que su padre sigue vivo, y le pregunta si ha ido por fin al cementerio. “Es el niño el que necesita un epitafio”-dice él-. Ignorando sus palabras, prepara la cena.
Ya acostados, ella le comenta que está ovulando y que deberían intentarlo. Hacen el amor. Él eyacula, ella cruza los dedos; después, se dan la espalda. Él hunde su cabeza en la almohada y llora al recordar a su hijo. Ella aprieta la mandíbula mientras piensa que es su suegro el que tendría que haber muerto.
Vivía y bebía su vida por la noche. Casi todos sus apasionados recuerdos habían transcurrido bajo la luz de la luna, las estrellas o artificiales neones. Dicen también que gustaba de la sangre fresca de jovencitas descarriadas.
Tras un desafortunado accidente, quedó ciego para siempre y ahora junto a su perro lazarillo, planea acabar con su eterna noche y, tumbado dentro de un ataúd de lujoso acolchado modelo ÚltimoGrito, sueña con lluvia de estacas.
Mientras tanto, una lápida de mohosa piedra, espera impaciente ser tatuada con un mordaz epitafio.
En la cara este de aquel cementerio lugareño se encontraba el pasillo del sol. Un corredor estratégicamente iluminado donde se congregaban los suspiros más recientes: jóvenes, viejos y niños, convertidos ya en piedra, hacían brillar sus esquelas recién grabadas.
Me dirigí hacia lo que buscaba, al tiempo que la luna inauguraba un cielo que me era ajeno.
Nadie es responsable – repetía agónica, mientras el convulso ritmo de mis zapatos iba apagando regueros de luz.
Aparecí pusilánime ante el epitafio, con el sol ya amedrentado. Mi corazón hacia bailar con despropósito el bolsillo camisero y una bandada de recuerdos se desplegó ante mis ojos, como cuervos buscando rastrojos. No pude contenerme, asida a la emoción caí desplomada y mis lagrimas hicieron crujir el silencio de la tarde.
Me levante deprisa, exudando culpa y estupor. La luna pareció esbozar una carcajada.
Huye- me dije, a sabiendas que yo misma era tierra baldía.
Al otro lado de la verja, en una berlina oscura me esperaba impertérrito, apático, tranquilo. El mismo con el que me había reído tanto. Justo en ese momento, empecé a entender lo que habíamos desencadenado, quien era él y en lo que me había convertido yo.
– Un simple general no puede aspirar a casarse con nuestra hija y formar parte de nuestra familia – Le dijo la duquesa.
– Lo siento General, pero mi hija será comprometida con un miembro de la familia real en breve – Le espetó el duque rompiendo todas las ilusiones del General.
Mientras la hija en su habitación era ajena a que sus padres le estaban decidiendo su propio futuro.
Desde aquel día el General lo había planeado todo con detalle pero sin imaginar que iba a ser traicionado por uno de los suyos.
Desde su cuartel general dio la orden de atacar el castillo de los duques mientras todos dormían, sin saber que estaba escribiendo su propio epitafio militar.
El ataque fue repelido por los guardias y el ejército del Rey.
Tras ser detenido y llevado a los calabozos del castillo real, la hija en venganza por lo que este le quiso hacer a su familia, se olvidó de él y como estaba acordado se casó con el Príncipe, el heredero a la corona, matando así en vida al General.
La lápida negra, labrada en caracteres blancos con los nombres del difunto y con los de quienes ya pudrieron sus restos en aquel mismo nicho, la colocarían más tarde. El marmolista la tendría dispuesta para Todos los Santos. Pero aquel día, y por orden de consanguinidad, asistimos en filas de media luna al entierro.
Un “groorgs-groorgs” rompía el silencio. Crisanto, el enterrador, volteaba con su paleta la mezcla de cemento sobre las paredes del capazo de goma negra. Luego, un denteroso “quirris-carras” hería los oídos del silente escenario al sellar con la llana las esquinas de la tapa del nicho hasta que se retiraba la pequeña cuña de madera que mantenía la verticalidad de aquel opérculo provisional.
Y de nuevo, luto en las mangas y solapas de ellos y riguroso en la vestimenta de ellas. Las jóvenes, una vez más, víctimas del sempiterno duelo. Otra vez, pobres, condenadas en negro a no bailar en las romerías de Santiago, de Santa Ana y de San Pantaleón.
Y la abuela Florentina, sabia, de esa sabiduría adquirida visitando como panadera rural, en su carro de toldilla, casas, casonas y cabañas, les decía:
— “Niñas, no abuséis del luto, que el luto llama al luto”.
Nos dejó un sucinto “OS QUIERO” cincelado en mármol, para que siempre lo leyéramos en presente. Y se que es un sentimiento sincero pues continuará queriendo mucho a sus padres, queriendo mucho a sus hijos y queriéndome mucho a mí.
Pero no a ella.
No a la que continuará ignorando que yo era la única mujer de su marido y que seré la auténtica viuda, a pesar de tener que sentir este epitafio en secreto.
Leí tu carta, papá.
La que nos dejaste, donde explicabas la tristeza que te producía no poder cuidar a mamá. Solo, sin ella, inútil y perdido, decías. Porque Mara y yo crecíamos sin una madre. Te resultaba muy duro verla en su estado, en la clínica. Dices que llorabas por las noches, mientras dormíamos. Te odiabas por no ser capaz de darnos más comida, más calefacción, un mejor colegio, una mejor casa. Te sentías vacío y hueco, escribiste mientras dormíamos. Con el mismo lápiz que Mara utilizaba para hacerte dibujos. No nos diste oportunidad.
Querías dejar atrás el sufrimiento, el dolor, el frío. La soledad. Y ahora sólo puedo pedirte explicaciones a una tumba que no te mereces, en este cementerio de mierda. Y ¿sabes qué? No dejaste atrás el sufrimiento, el dolor, la tristeza, ni la angustia que decías.
No desaparecieron. Me las traspasaste a mí.
Por eso tu epitafio.
SOLO
Unos jóvenes encontraron su cadáver pegado a un lápiz cuando entraron a robar. El mensaje, escrito sobre un viejo trozo de papel, rezaba: “Al final va a ser verdad que sin mi no soy nada!
Gregorio Samsa
Ni de Día ni de Noche.
Ni Despierta ni Soñando.
Ni en el Limbo ni en el Cielo.
Deja la Puerta entreabierta,
Que entren los Buenos Sueños y se marchen tus Miedos.
Mandó grabar la nana que su esposa cantaba todas las noches al acostarla siendo niña. Para que todos la leyeran cuando fueran a visitarla en su tumba. Aunque ya no les pudiera contestar. Ni oler las flores que le llevaran.
Así quiso recordar a su hija que se le fue repentinamente. A la que no prestó ni la atención ni el cariño que ella necesitaba.
Todas las mañanas se levantaba con dolor de alma. Por las dos. A las que quiso mucho. A su manera. Pero no era la manera que ellas merecieron.
Su esposa también se había ido pronto. Cansada de tan solo existir, sin disfrutar de las alegrías de la vida. Siempre rodeada de penas, dolores y recriminaciones.
Su hija quedó a su lado. Sin pedir nada a cambio, escondiendo las amargas lágrimas que su mala actitud provocaba.
A las dos las perdió sin darles lo que de verdad merecían.
‘Fui un grandísimo egoísta…’
Ese lamento será su única compañía por el resto de sus días.
La enfermedad me llegó repentinamente. El médico no me dio muchas esperanzas. Se limitó a aconsejarme que arreglara lo que tuviera que arreglar. Eso hice. Revisé mi testamento e incluso preparé un breve epitafio para ponerlo en mi lápida. También me sentí obligado a avisar a la editorial para que contrataran a otro corrector. Trabajé allí más de treinta años. Corregí, revisé, arreglé la ortografía, la gramática, la sintaxis e incluso el estilo de novelas, cuentos, ensayos. Dejando de lado por una vez mi modestia, puedo decir que la fama literaria de algunos reputados escritores (y escritoras) se debe a las correcciones que hice a sus textos.
Casi no fue una sorpresa que ningún escritor (ni escritora, ay) acudiera a mi entierro: nunca habían soportado mis correcciones. Ya tendrán ocasión de echarme de menos. Sólo espero que no visiten mi tumba porque advertirían la chapuza que el marmolista hizo con la lápida: perpetró dos faltas de ortografía al labrarla. Me mata pensar que nunca podré corregirlas.
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