¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


El segundo domingo de mes tocaba acercarse a la feria de Cuevamoras. Cogí la bicicleta y me encaminé a la estación. Por el camino me saludó la Manuela, con sus cabellos rizados que parecían una red que secuestrase el alma. No me pude negar a subirla. El amor te hace fuerte, rápido, invencible, pero a fin de cuentas los enamorados pesan igual que los demás, y el dolor de piernas silenciaba mis desmadejados latidos. Sentir su abrazo y sus pechos duros contra mi espalda tampoco me servía para avanzar.
El jefe nos recibió con gesto triste y, tocando sin darme cuenta las cicatrices del cuello, recordé a padre. Regresar no era opción. Me agaché y puse la oreja sobre uno de los raíles: todavía se oía la respiración de la locomotora y la danza de los vagones, y más allá los parloteos de las vacas. Al final reverberaban los sonidos de la ciudad, los ganaderos regateando y las señoras ofreciendo sus productos. Me tendí sobre el otro hierro y escuché en la otra dirección. Al incorporarme ella me miró con esos ojos verdes que parecían valles.
—Vamos, anda, que por este se oye el mar.
Era una tarde de verano cuando la vi desde mi ventana, el calor era insoportable y en aquellas horas tan propias para la siesta ,ella estaba allí ,solitaria esperando por su dueño y yo desde mi posición decidí esperar acontecimientos, pero las horas fueron pasando y todo estaba estático igual que ella. Los pocos transeúntes que pasaban no se percataban de su presencia, mientras yo me hacía ilusiones al pensar si podría ser para mí .
Me veía recorriendo el barrio siendo la envidia de mis amigos, llevando a dar una vuelta a la niña de las coletas que siempre me sonreía cuando nos cruzábamos en el parque. La tentación era irrefrenable, pero la prudencia me decía que debía esperar a que fuera noche para evitar ser visto.
—Carlitos que haces en la ventana.
Giro la cabeza para responder a mi madre que entra por la puerta y al instante vuelvo a mi puesto de observación y la bici no estaba, la busque con la vista por todo el contorno y nada. El calor seguía plomizo y mis ilusiones se habían derretido como un helado sobre el asfalto.
Con pulso firme tracé una gruesa línea con un rotulador azul para dividir el folio en dos mitades idénticas.
A la izquierda escribí las cosas que no quiero olvidar. El recuerdo de nuestro primer beso. El sabor de una fresa en primavera. El primer llanto de Ana. El aroma a lavanda de mi madre. Y mil cosas más. Esas que solo hago en fin de semana: andar en bicicleta (aunque esto dicen que nunca se olvida), hacer lasaña de verduras en la Thermomix, calcetar, arreglar las plantas del jardín.
A la derecha tenía intención de escribir todas las cosas que no me importa olvidar. Y resulta que no quiero olvidar nada. Ni siquiera nuestras escasas discusiones. Ni la cara de tu hermana (debí decirte hace años que no la soporto). Tampoco quiero olvidar cómo me hice esta cicatriz que tengo en la rodilla. Ni la angustia que sentí cuando operaron a Ana de apendicitis.
Nada.
No quiero olvidar nada.
Si acaso, ese terror que vi en tus ojos el día en que te dije que estaba condenada a olvidarlo todo.
(RELATO FUERA DE CONCURSO)
Desde pequeñita, cuando aún era un renacuajo, su padre, la metía en un cubo de zinc, la subía en la bicicleta y, ella, con los puñitos bien apretados agarrando el borde del cubo, veía como pasaban veloces las casas, los niños y los árboles.
Aquellas tardes de verano, camino del huerto, dejaron una huella imborrable en su memoria.
Cuando llegaban al huerto y, mientras su padre regaba y recogía los frutos, ella se dedicaba a recoger morillas de zarza, vigilada de cerca por su progenitor. Le encantaban aquellas bayas que había que coger con mucho cuidado para no quedar presa de los zarzas.
Llegaban a casa, con los morritos, las manos y al ropa, manchados con el jugo de las moras. Su madre, les reprendía con una sonrisa, cómplice con el padre.
Todos los veranos, se repitieron aquellos paseos.
Tenía siete u ocho años, cuando llevaron a reparar una pequeña bicicleta a la fragua de su padre, herrero en un pueblecito de la sierra. En ella aprendió a montar, entonces, tener una bicicleta era un sueño inalcanzable y, no fue hasta pasados muchos años, que pudo tener la suya.
Hoy, sesenta años después, sigue paseando en bici.
Dicen que si porque desde niño me comía la envidia, que si porque la Nati me dejó para casarse con él. ¡Chorradas! Mejor lo pasábamos nosotros, sin zapatos, corriendo detrás del balón de trapo, que él dando vueltas solo alrededor del solar en su bicicleta niquelada; y si la Nati hubiera seguido conmigo no tendría esas manos de princesa, ni las ganas de guerra que tiene ahora. No me quedó otro remedio. Me lo cargué porque se nos acababa el cuento. Y es que al chiquillo —a quien él le pagaba el quad, y el colegio, y los cursos en el extranjero— aunque finito, que en eso sale a la madre, cuanto más crece más se le va notando que tiene toda mi cara.
Encontré su bicicleta apoyada en las nasas de pescar pulpo, pero ningún otro rastro de Xurxo. El muelle, inusitadamente desierto a esa hora de la tarde, había sido tomado por cientos de gaviotas con su desafinado concierto de graznidos, que herían casi tanto como el silencio con el que él sostuvo mi mirada antes de dar media vuelta y alejarse pedaleando.
Si lo hubiera seguido, en lugar de esperar enfurruñada a que regresase con algún regalo de desagravio, como ocurría cada vez que nos enfadábamos, quizá ahora estuviésemos explorando la gruta que había descubierto para mí en una de las calas que teníamos totalmente prohibidas por su difícil acceso, o tomando un helado en la dársena, junto a las rederas que nos atrapaban con sus historias de aparecidos.
Sin embargo, en esta ocasión era diferente. Miré el reloj. Se hacía tarde. No seguiría buscándolo más, ni le pediría perdón por haber sido tan tajante al contestarle que prefería ir a la fiesta de mis vecinos. Dejé mi bicicleta junto a la suya, sin saber aún que algo había terminado.
La bicicleta era su pasión, por eso cada día su ilusión era salir de la escuela lo antes posible y poder pedalear sobre su bici. Poco le importaban los días fríos de invierno, ni los calurosos de verano para perderse por caminillos entre frondosos eucaliptos, aunque hubiese algunos tramos de tener que cambiar los papeles y fuese él quien tuviera que cargar a cuestas con ella.
Aquel día fue la lluvia la que le sorprendió al salir de clase. Y fue en un cruce de caminos donde nunca pasaba nadie, otro ciclista cruzaba con el mismo pensamiento, esconder la cabeza bajo la capucha del capote para evitar que el aguacero le diese de lleno en la cara. Sin percatarse uno del otro los dos rodaron por en el suelo quedando el chico inconsciente. Fueron horas angustiosas hasta oírle preguntar por su bici.
Su afición por la bicicleta creció con los años, llego a ser conocido en el pueblo por ganar alguna carrera ciclista.
Aprovechaba cualquier situación para subir a ella. Cuando faltaba el chocolate de los regalos en la tienda, pedaleaba treinta kilómetros de ida y vuelta, para que nadie quedase sin el preciado chocolate y su premio.
Aquel desarrapadillo se sentó en mis rodillas y mientras el fotógrafo disparaba el flash, comentó con desparpajo:
— Hola. Me he portado bien. Estudio y hago los deberes, obedezco a mis papás y quiero mucho a mi hermanita Violeta.
— Muy bien, campeón, ¿cómo te llamas?
— Carlos Martínez. Calle Santander 13, puerta 5.
— ¿Has entregado tu carta al paje?
— No he escrito ninguna; no necesito nada.
Esas palabras me sorprendieron. Dirigí entonces la vista hacia su madre, una mujer ojerosa que al cuidado de un viejo carrito de bebé y con un abrigo que también parecía prestado, nos contemplaba sonriendo.
— ¿Y eso? ¿Por qué no quieres nada, Carlos? Entonces, ¿para qué has venido?
— Soy pequeño, pero no soy tonto, Melchor o como te llames. Sé que el día de Reyes tendré algunos juguetes usados que mi padre habrá sacado de algún sitio. Por eso solo quiero pedirte que a él le consigas una bicicleta. Ayer le robaron la suya y necesita una para ir a trabajar. Júrame que lo harás. Sé que puedes aunque no seas ni rey, ni mago. Júramelo, anda. Tienes cara de buena persona, Melchor o como te llames.
Una bandada de grullas sobrevoló el puerto de Vigo. Mamadou se apeó de su bicicleta y contempló los pájaros hasta que desaparecieron por septentrión. Una vez, se dijo, él también había cruzado el mar y dejado su tierra en pos del lejano Norte; y lo había hecho impulsado por un sueño: deseaba pilotar uno de aquellos coches del París-Dakar que pasaban a toda velocidad por su poblado cuando era un niño.
Mamadou sintió que, al igual que el seco viento Harmatan sacudía las llanuras, transportando consigo el polvo del desierto, la visión de aquellas aves agitó su espíritu y le trajo el recuerdo del cuento de la grulla y la luna.
En el cuento, una grulla encaprichada de la luna volaba tras ella una noche entera, hasta que, sedienta y exhausta, comprendía que jamás la alcanzaría. Entonces, alzaba la cabeza y se maravillaba al descubrir un lago de aguas plateadas del que bebió y bebió hasta saciar su sed.
“No todos lo sueños se cumplen –reflexionó Mamadou, mientras ataba la bicicleta a un amarre y se resignaba a conducir ésta en lugar de su anhelado coche–, pero los que no sueñan jamás encontrarán el lago de aguas plateadas”.
En cuanto supo que tenía nueva vecina, doña Carmen llamó a mi puerta para presentarse. Era una mujer preciosa, a sus ochenta años largos conservaba un distinguido porte y me sorprendió comprobar cómo congeniamos de inmediato.
Tanto que decidimos adoptarnos. Al fin y al cabo a mí me faltaba una abuela, ya que no había conocido a la mía materna y ella decía no tener hijos y añoraba la compañía de algún nieto.
Sin embargo, mi madre no entendía esta complicidad.
Mi madre era adusta y desconfiada, quizá porque perdió a la suya cuando era muy niña en traumáticas circunstancias.
Una tarde Carmen me regaló uno de sus mayores y mejor conservados tesoros: su bicicleta. Una reliquia de los años 40, pero tan limpia y dispuesta, como si nunca hubiera dejado de usarse.
Como no me cabía en casa me convenció para que la guardara mi madre. Aunque precisamente ella aborrecía, sin saber exactamente por qué, las bicicletas. Carmen insistió: “Tú dile que venga, que esta le va a gustar”.
Cuando la vio, dudó unos segundos pero pasó su mano por el lomo metálico, acariciándolo, como si ya conociera ese tacto. Luego miró a Carmen y temblando dijo: “¿eres tú?”
Salimos del pueblo antes de que amaneciera dejando atrás una escuela a la que hacía años no asistíamos. Ni el calor ni la fatiga frenaban su pedalada cuando el sol más castigaba en lo alto de La Meseta. Si acaso algo lo hacía, eran mis recién crecidas tetas clavadas en su espalda. No hay motor más fuerte que la esperanza.
Cuando llegamos hasta el cruce con la carretera nacional, bajo la sombra de un roble, nos comimos el pan y el queso, nos bebimos la piel. En las penumbras de las casas, los que todavía no nos echaban de menos, dormían el cocido a la fresca.
No sabíamos entonces que aquel era, sin comillas, el viaje de nuestra vida. En el cabían aún todos los veranos posibles.
Lo encontró entre la multitud que recorría frenética las aceras de la gran ciudad. Como un faro en mitad de la tempestad. Con un aroma diferente y un nuevo peinado, pero con esa expresión simpática e indefensa de su mirada ligeramente extraviada. Aparcó su vieja bicicleta y se acercó despacio. Le selló los labios con la punta de sus dedos y cerró los ojos. Le había buscado durante tanto tiempo…
Tomó su mano y lo guió por el laberinto de calles hasta su apartamento, donde comprobó con ternura la certeza del acervo popular. «Hay cosas que nunca se olvidan», dicen. Como andar en bicicleta o nadar. «Como el recuerdo de su piel», pensó ella mientras derramaba su nostalgia sobre aquel cuerpo al ritmo desbocado de su corazón. Se sumergió en sus pupilas verdes y en un instante, el pentagrama gris de sus días se inundó de sostenidos soleados. Se arqueó ebria de placer y abrió los ojos de par en par mientras aullaba su nombre.
—Marcos—dijo él minutos después —. Mi nombre es Marcos.
—Lo sé, Javier— le respondió ella.
Y deslizó suavemente sus dedos por la abultada cicatriz que recorría su pecho.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









