Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

15. Campeón (Ginette Gilart)

Su primera bicicleta fue una de ruedines que había heredado de su hermano mayor. Poco tiempo le duraron esas ayudas, primero se cargó uno y a los dos días al ver que el segundo apenas tocaba el suelo se lo quitaron. Aprendió sólo a andar en bici, tendría unos cuatro años. Ya con su triciclo apuntaba maneras, a tal punto que se las había ingeniado para frenar en seco; siempre a toda velocidad, cuando llegaba el momento de parar, daba un giro brusco al volante y a la vez pedaleaba fuerte hacia atrás, de esa manera frenaba de golpe haciendo un derrape. Era conocido en el barrio por su atrevimiento y su manejo de la bici. Fue Fiammetta, una chica de paso por el pueblo, que le auguró un brillante porvenir en el mundo del ciclismo.
Ahora, veinte años más tarde, su madre sonríe al recordarla viendo como su hijo, eufórico, cruza la línea de meta.

14. La bici del Ignacio

Si tú piensas mucho en una cosa, al final pasa. Yo imaginaba una bici como la del Ignacio de la calle nueva. Lo pensaba millones de veces al día. O más. Al levantarme, antes de comer, durante los anuncios de la tele. Y me dormía también con la bicicleta en el cerebro. Él me prestaba la suya algunas tardes, pero sin salirme de su calle. Lo hizo hasta que se fue al cielo y se la dejó.
Me lo contaron cuando su madre vino a casa. El Ignacio se había caído de la azotea, queriendo alcanzar un panal. Pero al cielo no llegó del rebote, como yo vi clarísimo; mamá me lo aclaró de una bofetada, allí delante. De los nervios. Traía la bicicleta para regalármela. Y a mí me pasó algo muy raro, me alegré con pena. Lloré y me preguntaron si no estaba contento, y respondí que sí. Pero si me hubieran preguntado si estaba triste, les habría dicho lo mismo. No sé si me explico. Ahora tengo bici, pero casi no la uso. Y es que si tú deseas algo mucho, mucho, cuando lo tienes ya no lo quieres igual, igual. Y al revés pasa lo mismo.

13. Admiración

Cuando la vio, supo que ella era la que siempre había soñado. Lo deslumbró con su belleza. Tras su aparente fragilidad, se advertía su firmeza. Se regodeó admirándola, era perfecta, ni un gramo de más.

Esbelta cual bailarina, supo al instante que era italiana, deseó abalanzarse sobre ella, sus manos ansiaban acariciarla, su blancura lo encandilaba, ¿Cómo podía existir algo así?

El hombre que la poseía no le permitiría tocarla, era muy cara a sus sentimientos, a la par que su orgullo, ¡cuántos lo envidiaban!

Dio un par de vueltas alrededor, sin quitarle los ojos de encima, incluso comentó su belleza con otro observador. La rodeaban muchas otras, pero ella se destacaba: era el blanco de las miradas.

Desde los altavoces anunciaron la partida, y hacia allá fue, se estaba por largar la carrera.

Él se quedó con su vieja bicicleta, admirando aquélla que, por su costo, le era inaccesible.

De vuelta a su vida no la pudo arrancar de sus sueños…

11. LA SEGUNDA CALLE

Ayer te vi cruzar por la segunda calle. La que queda a la derecha, al final de la glorieta. ¿Puede una glorieta tener final? Para nosotros hasta los círculos tuvieron un comienzo. Ayer entré en la heladería de la segunda calle, donde, si miras por la puerta de atrás encuentras un patio con una bicicleta pintada con acuarela que cuando llueve pierde sus colores, pero sigue siendo de la niña italiana que ha crecido bajo nuestras miradas, subiéndose día sí, día no. A veces la veo. Hace tiempo que se cortó la trenza, y no creció demasiado. Su madre me sirvió ayer un helado de vainilla con sirope de fresa y la vi tender la ropa.

¿Recuerdas cuando fuimos a la heladería por primera vez? Reímos, porque la niña cogió un sapo que le salto a la cara. “En la segunda calle de la rotonda acaban de abrir una heladería”, dijiste el día que nos conocimos. “Las rotondas no tienen primeras o segundas calles.” “Sí, te la enseñaré”. Y me llevaste de la mano.

¿Qué soy yo para ti? Me pregunto hoy, cuando te veo con la niña italiana que ya no es una niña y que ya no lleva trenza, cruzar por la segunda calle y pasar por delante de mi casa. Hace tanto que ya no nos conocemos.

9. POR ELLAS (Ángel Saiz Mora)

Dicen de él que es una máquina, quizá lo sea, porque sólo actúa y apenas piensa. Resulta difícil distinguir dónde comienza el ingenio de metal y donde termina su cuerpo. Los músculos gritan. Se abraza a la tortura. Lejos de amedrentarle, la carretera le enfurece.

La mente destila fogonazos de un pasado siempre presente, el cruce de aquel vehículo que le obligó a dar un volantazo, el estruendo, el silencio, el dolor indescriptible, en nada comparable al que sintió al ver que su mujer y su hija no respiraban.

El aire aguijonea su rostro. Desciende el puerto a tumba abierta. Toma curvas al límite de lo posible. El público que le anima desde el arcén sólo ve un instante de color que se desvanece, llamado a extinguirse como todo lo que nace.

Los psicólogos insisten en que no debe culparse por seguir vivo. Enganchado a la bicicleta como a un último asidero, la prótesis suple su pierna perdida, pero no puede reemplazar a las otras ausencias. El agotamiento ayuda a no pasar la noche entre lamentos.

Pone pie en tierra. El asfalto tampoco ha querido llevárselo hoy. Le entregan un trofeo, uno más. Él, indiferente, mira al cielo.

8. EL QUE ESPERA, DESESPERA

Delante de aquel árbol no había nada que fuera tan grande así que, decepcionado, se encerró en su cuarto. Mientras sus hermanos gritaban y reían él daba vueltas y vueltas a una canica con los ojos fijos en su transparencia. Tantos planes, tantas cábalas, tantas buenas notas y al final nada había servido.
Odiaba esa palabra, crisis, porque estaba siempre en la boca de sus padre. Palabra de la que ya dudaba ¿no sería de nuevo un truco como aquel del coco para que se durmiera sin rechistar?
Esta vez no iba a ser igual, no pensaba conformarse. Se levantó de un salto con lágrimas de rabia en los ojos y lanzó con furia la canica contra la ventana. El cristal se hizo añicos como un vaso de duralex . Los trozos salieron despedidos y el aire frío de diciembre congeló su llanto.
¡Era impresionante! Él, que nunca había roto un plato, era ahora un héroe con determinación capaz de expresar su descontento. Entonces escuchó el claxon impaciente del coche de su padre, podría reconocer esa vuvuzela agónica en cualquier parte.
Se asomó al fin. Su padre, lo llamaba exasperado.
Hijo, acabas de pinchar la rueda de tu bicicleta nueva.

7. Escarmientos (Susana Revuelta)


-Usted me entiende, ¿verdad que sí, don Blas? Ella era lo que más quería, y después de tantos años juntos ¡ahora pretendía abandonarme! Yo siempre animándola, «veeenga, que ya falta poooco». Pero nada. Caminaba a su lado, tiraba de ella y todo eran protestas. Puede que la culpa fuese mía, no digo que no; tan liado andaba con mis cosas que quizás no presté suficiente atención a sus necesidades. Y de mientras, ella fue volviéndose cada vez más exigente y achacosa y vieja y fea…. Hasta que un día, harto de oír sus quejidos, me dije ¡basta! Y la empujé por aquel barranco.

Mientras pasa un trapo sucio por la barra, Blas escucha con aparente desinterés, como suele hacer con los parroquianos de ojos encharcados. Observa_ al pobre infeliz que ahoga sus penas en un vaso; una bicicleta despeñada no le parece mala idea. Ahora mismo está pensando en decirle un par de cosas a su Vespa, y esta vez va a ir muy en serio, qué se ha creído.

06. LOS MENSAJEROS (Paloma Casado)

Cuando los bárbaros invadieron el país, apresaron a todos los carteros. Entonces nos preguntamos sobrecogidos por qué habrían elegido a esos civiles, inocentes como las aves del cielo. Qué peligrosa resistencia podían oponer armados con sus bolsones de cuero. Solo eran los encargados de comunicar las novedades de las cosechas, las bodas, defunciones y nacimientos a los ausentes, los que transportaban los abrazos de las madres, los que confortaban a las familias de los soldados que sobrevivían en las trincheras, los mensajeros de los besos de los amantes.

Nos gustaba salir a su encuentro cuando oíamos sus silbidos, esperar anhelantes los sobres que rasgábamos satisfechos y leer, primero con urgencia y luego paladeando cada frase, las cartas que nos entregaban.

Así, sin las noticias de nuestros seres queridos, fuimos sucumbiendo al desaliento y un pueblo que ha perdido la esperanza, es un pueblo fácil de vencer.

Por todas las cunetas quedaron abandonadas cientos de bicicletas herrumbrosas bajo el sol y la lluvia de una tierra baldía.

05. El crack (Lorenzo Rubio)

De joven solo practicaba algunos deportes como el sillonbol, en la categoría de pesos pesados, o el levantamiento de caña en barra fija. Pero, de mayor, cuando los Reyes Magos me trajeron una bicicleta de carreras, decidí tomarme muy en serio el ciclismo. Me apunté a un club y salíamos a entrenar juntos formando un pelotón por las carreteras rurales, aunque yo llegaba el último ya bien avanzada la noche. Entonces empeñé la bicicleta y adquirí una estática. La instalé en el salón junto a la pata de jamón serrano que usaba de avituallamiento. Estuvo años allí acumulando polvo, hasta que un verano, mientras veía el Tour de Francia, monté en ella y me imaginé que competía contra los ciclistas. Incluso cronometraba lo que tardaba en recorrer los mismos kilómetros que ellos y siempre cruzaba la meta fuera de control; menos en la etapa reina, que ataqué por sorpresa y gané. Fue cuando entraron en mi casa dos mujeres despampanantes a vestirme con el maillot amarillo y varios periodistas buscando la foto de portada. Los despaché pronto, pues en una hora comenzaba la final del Mundial y debía calentar mis manos para dirigir a la Selección Española con el futbolín.

04. Paco «el moderno» (Eva García)

La emoción, como un escalofrío, sacudía a todo el pueblo al acercarse la fecha de la romería; los aromas de hojaldre y miel arropaban amistades dejando atrás las rencillas. Todos recorreríamos sin prisas el camino, disfrutando, unidos por antiguos cantos que enardecían el corazón, haciendo fiesta de cada trago y bocado a la sombra de las encinas, de cada arroyo que refrescara nuestros pies.
Pero justo la víspera, desde Alemania, llegó el progreso (aquel mal contra el que Don José nos prevenía cada domingo) en forma de un enorme paquete para el alcalde. Muchos vimos por primera vez una bicicleta cuando lo desenvolvió en medio de la plaza, donde lo había depositado el coche correo.
Mientras daba vueltas saludando sonriente, la gente murmuraba que, haciendo las Europas, había adoptado costumbres impías, y atribuían al demonio el prodigio de que aquellas ruedas aguantaran sin descalabrarle. Al detenerse, comprobamos que, efectivamente, estaba trastornado: anunció, orgulloso, que ese año haría el trayecto hasta el santuario montado en aquel artefacto en menos de cinco días, para ahorrar tiempo.
Doña Finita, siempre tan cabal, le preguntó asombrada:
—Pero… ¿qué harás con el tiempo que ahorres, Paco?
Y él, por una vez, no supo qué contestar.

03. POLUCIÓN EN EL RÍO ( EPÍFISIS )

Qué cierto es, que son para el verano.

Sentada  en la barra lateralmente, sus brazos me acogen y camino del rio, mientras sus muslos suben y bajan  dándome en el culo, yo me voy excitando.

Me echo hacia atrás y le noto, no sé donde empieza y acaba la barra, ya no le acaricio, la última vez nos caímos.

Si hay muchos baches me agarro a la tija, igual de dura y me sigo mojando.

Subimos a la poza que nos gusta, más arriba de la garganta de los infiernos, metemos en el agua helada la bota con vino de pitarra y unas cerezas, la fiambrera fuera.

Ya desnudos, nos introducimos en el agua y nuestra piel reacciona como  piel de gallina, nuestros pezones se endurecen y nos sentamos en una especie de sillín, donde nos tocamos, estamos solos, no sé si existe algo mejor.

Me quito la horquilla, me suelto la melena y le doy al manubrio, hasta que a pesar del agua del deshielo, tengo que usar del freno. Se pone  como una moto y le intento poner una cubierta nueva pero no llego a tiempo, se abre la válvula y la poza se llamará la garganta profunda.

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