¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


A Josito sus padres le regalaron la BH Gacela de su hermano mayor.
Desde ese día, arrasado en lágrimas, tocaba el timbre al pasar junto a la valla del cementerio.
Esa bicicleta fue mi amiga infinita aquel inolvidable verano.
Éramos jóvenes y el planeta rotaba en eterno presente.
Mañanas en el monte, tardes junto al río, corriendo desbocadas por los mares de la Luna.
Y en el último instante…
Nuestros jinetes tiraban de las bridas, frenábamos en seco y nacían risas, jadeos y calma.
A mediados de agosto conocimos a la Bultaco.
Y nos enamoramos. Las dos.
Y al verla, nuestros radios temblaban, y nuestra metálica piel se estremecía con el asteroide de sensaciones que solo regala el primer amor.
Y…
Y como vino se fue.
Simplemente una tarde supimos que aquella moto, chuleta y ruidosa, perdía aceite a raudales.
Septiembre germinó y jamás volví a ver a mi amiga.
Y pasaron mil años.
Hoy escuché que esa BH Gacela murió en la jungla de asfalto, tras recibir el zarpazo brutal de un Seat León.
Y desde este desván, olvidada por todos y entregada al abrazo letal de la herrumbre, solo quiero llorar.
Y no puedo.
La descubrió, apenas abocetada, en un blog de manga japonés, pero había reconocido sus formas como propias, hasta despertarle un arrebatador deseo por completarla.
Perfiló sus líneas y le aplicó personalidad a la expresion, a la curva sinuosa de su movimiento, a la tensa caída del ceño con gesto desafiante, de pura soberbia. Y la vio aparecer, encorsetada en seda y látex, entre una bruma húmeda que multiplicaba destellos en su pelo de noche, en su piel morena de luna.
Ganaba carácter en cada viñeta, mostrando una irresitible seducción en cualquier acto de su doble vida de superheroina: quebrando a un malvado de una certera patada o pedalenado por las calles de la ciudad en su ocupación de mensajera; manejando el sai con maestría o en la destreza diaria de mejorar su bicicleta plateada.
Pero le costaba asumir la fascinacion que despertaba. Andaba preocupado porque el último mensaje, grotesco y empalagoso, del joven senador de Wichita con poderes ocultos, hubiese sido respondido por ella. Tuvo que intervenir para advertirle que Panter Black (su distintivo) sólo era un estúpido personaje de tinta al que podría borrar en un instante, y que todo halago a Selene sería inútil porque jamás la compartiría con nadie.
Cuando exterminamos el amor, procedimos al reparto. Fue sencillo plasmarlo en el acuerdo de divorcio: de la biblioteca elegí los libros en estantes pares. “¡Ay, Teo! Sabes que los números impares nunca me gustaron”, le digo. Con la ropa hubo cierto equívoco, hasta que convenimos realizar la asignación de los cajones sometiéndonos al antojo de los dados. Él se quedó con los vasos largos. Yo con los chatos. Con la medicación, sin embargo, tuvimos que sentarnos a negociar. Conseguí quedarme con las píldoras amarillas de las mañanas y su sabor metálico. Él prometió llevarse todas las de color malva que me hundían las noches y me dejaban el vientre helado.
El conflicto surgió cuando llegó el turno de dividir mis monstruos interiores. “Se reparten también al cincuenta por ciento”, dije. Sólo así era posible disolver la sociedad de gananciales. Así que a base de alaridos logré endosarle mi pánico al tintineo de las llaves y las sombras que arañaban los cristales de madrugada. Las voces de mi cabeza, sin embargo, no quisieron marcharse con él. Se escabulleron en mi cálido estómago en una orgía de palabras, festejando la liberación de las cadenas moradas.
Monstruoso es, mi vida, despertar en la alborada y no escuchar tu respiración serena a mi lado. Monstruoso es mirar al cielo y no ver estrellas que recuerden el brillo de tus cenicientos ojos y que la luna no vista de plata tu dulce y nívea piel. Monstruoso es observar con los pies húmedos bajo la lluvia, como otro acaricia tus labios mientras limpia en ellos la espuma de mis sueños. Monstruoso es cruzar a nado la laguna Estigia para cerciorarme que Caronte ha zarpado con su barca, para llevarte allí donde no quieres nunca llegar. Monstruoso es, mi vida, buscar a tientas en tu lecho y sólo hallar tu cuerpo yermo, lívido y frío por estas, mis manos errantes por tu cuerpo, que no lograron encontrar en tu corazón ese hueco que me pertenece por derecho. Monstruoso fue oler miedo donde el aroma de tu amor sólo debería embriagarme. Monstruoso fue escuchar de tus labios la palabra mágica antes de lavar mis manos en tu esencia: Monstruo…
Un escalofrío le recorre la nuca. Es algo superior a él. Intenta pensar en otra cosa, dejar de mantener en alerta todos los sentidos. Siente la amenaza de la oscuridad. El oído se aguza ante cualquier sonido mínimo. Hasta cree percibir el olor del peligro rojo y oscuro. Hace tiempo que el sol desapareció y la penumbra invade la estancia. Nota en la boca ese sabor salobre y reseco del miedo. En medio del temor un susurro lo tranquiliza. Ahora, ya al fin seguro, respira. En la pequeña cama duerme apacible su hijo. A él, nadie le va a inculcar el pavor a ese ente, que nunca vio, pero que sabe que existe: el terrible coco.
Ángela se quitó el albornoz introduciéndose en la bañera jabonosa. Siempre le relajaba esa acción, y al contacto con el agua los recuerdos comenzaron a surgir. Pensó en aquel mediodía, de niña, el momento en el que comenzaron sus visiones: se encontraba en la pila, limpiando la lechuga que acompañaría al asado. Entonces sucedió. Las diminutas gotas que resbalaban por las hojas se convirtieron en pequeñas personitas. A partir de ahí no ganó para sustos. En sus vasos de agua nadaban peces extraños, de la sopa brotaban minúsculos cisnes … Una noche de su bañera surgió un niño. Sus ojos eran tan profundos y misteriosos que Ángela cerró los suyos deseando que se fuera.
Desde entonces no hubo más visiones. Pero ahora, en aquella misma bañera, Ángela deseó de nuevo, y él apareció. Adulto. Sensual. Elevando un chorro de agua que convirtió en tres estrellas espumosas. Fascinada por su magia le suplicó que la llevara lejos. Él tendió su mano. Harta de relaciones fallidas, ella la tomó. Soñando. Imaginando escamas plateadas y agua salobre. Pobre Ángela. No debió cerrar los ojos. Quizá entonces hubiera visto un brillo malicioso en aquel ser.
Las casullas, bordadas con oro y sedas policromas, ligeramente herrumbrosas. Los rostros de los ángeles lucían carcomidos por una viruela irreverente. La lápida de alabastro con inscripciones en hebreo, latín y griego, en cambio, resistía el paso de los siglos con dignidad.
Dejo constancia de cómo encontré todo al llegar, para que la historia no atribuya solamente al paso del tiempo el deterioro que han sufrido las piezas del museo catedralicio desde que mi enemigo logró acceder al antiguo dormitorio de los canónigos, donde se guardan los más preciados tesoros.
Digerir el arte e interiorizar sus motivos a veces cuesta una vida.
Con él desaparecerán secretos de obispo, tapices góticos y la geografía de las diócesis más antiguas.
Su principal objetivo han sido los códices y los manuscritos medievales. El bocado más sabroso: un pergamino que olvidé una noche en el taller de restauración. Con el retablo de la transfiguración ha conseguido mantener sus incisivos bien afilados. La lápida trilingüe siempre se le resistió.
Por fin ha sucumbido. Tan saciado estaba que he tenido que recurrir al Emmental. Atrapado entre los hierros me mira con ojos desorbitados.
Y no sé qué hacer con ese compendio vivo de historia del arte.
Arturo no sufrió al nacer. Era perfecto, un hijo único deseado, una bendición. No se quejó nunca, ni al salirle los dientes, ni cuando se caía montando en bici… Sus heridas simplemente sanaban sin dejarle recuerdo de lo vivido.
Aun así, sus padres lloraron desconsolados el día que un alambre le atravesó el párpado. Pensaban que quedaría desfigurado. Milagrosamente, como siempre, sanó.
Sin temor, su crueldad no encontró límites. Ahogaba gatos sin miedo a los arañazos, se metía en cualquier pelea por el placer de desfigurar a los demás. Se creyó invulnerable.
Por eso, el día que volvió a casa con un bote de cristal, no concebía que esa inmundicia hubiera vivido entre sus vísceras: un ser amorfo con la piel escrita como un mapa y un único ojo como un huevo podrido a punto de estallar.
Le repugnaba su visión tanto como le dolía la herida en su vientre. Dolía por primera vez.
Asqueado, prendió fuego al líquido en que flotaba sin imaginar que explotaría.
Mientras el monstruo ardía, Arturo intentaba huir del calor que le comía, que le llenaba el cuerpo de burbujas, que le dejaba encogido para siempre, como su hermano, de nuevo en posición fetal.
Buenas tardes, Francisco. ¿Qué tal te va por ahí arriba? ¡Ah, qué envidia me das! Eso sí es disfrutar: sin apreturas con la pensión, sin la osteoporosis consumiéndote las vértebras, sin necesidad de fármacos para aliviar los espigonazos que te dieron las tripas antes de pararse… Qué sufrimientos, ya lo sé. Y tú sabes que yo era incapaz de ponerte los enemas: era superior a mis fuerzas. Si no hubiera sido por Isabel, lo mismo revientas. Lo comprendes, ¿verdad? Una siempre ha sido muy escrupulosa con lo relativo al cuerpo, no te descubro nada nuevo. A Isabel, sin embargo, no le costaba mucho manosearte; con eso de que fue enfermera… Demasiadas licencias se tomó contigo a costa de tus intestinos. Y esa amabilidad cargada de afecto… Comprenderás que no podía consentirlo, ¡qué dirían en el pueblo! Pero me equivoqué: debí servirle a ella mi té de hierbas y no a ti, que tanta compañía me hacías desde tu sillón, aunque no abrieras la boca. Sin embargo, los errores se pueden remediar. De hecho, sólo he venido a cambiarte las flores y marcho corriendo a la droguería de Elena, a comprar esos insípidos polvos amarillos para las cucarachas. Un beso, Francisco.
El pequeño de la familia se comportaba de manera extraña. Hacía días que no salía de su habitáculo y su natural dicharachero se había transformado en gestos y estridulaciones llenos de altivez y desprecio. Miraba con sorna a sus padres y hermanos y les decía que no se le había perdido nada en el campo, que allí tenía todo cuanto necesitaba. Cada vez hablaba más y decía menos. Sus padres observaron aterrados la metamorfosis hasta que le sostuvieron solo dos patas.
Con una de ellas, un sonrosado pie humano, pisó sin contemplaciones a su coleoptera familia cuando la guarida se le quedó pequeña.
El olor a naftalina del armario tenía un poder narcotizante que moldeaba el ritmo de los pensamientos. Mari lúa lo había experimentado la primera noche que durmió dentro. Ese día habían asesinado a Olof Palme en plena calle. En algún lugar del mundo buscaban al autor del tiroteo que había huido del lugar del crimen. Mari Lúa lo vio en la televisión al anochecer. Interrumpieron los dibujos para dar la noticia. Enseguida supo que ese monstruo asesino se había escondido debajo de su cama. Fue esa misma noche cuando se trasladó a dormir al armario y desde allí lo oía respirar como si fuera una flauta desvencijada. Marilúa nunca se atrevió a confesar al servicio secreto que el asesino que buscaban tan insistentemente estaba debajo de su cama porque el armario, finalmente, se había convertido en algo deseable, en un proyector de sueños. Nunca apareció el asesino de Olof Palme. Fue uno de los grandes crímenes sin resolver. Sólo Marilúa sabía que aquel monstruo asesino seguía agazapado pegado al somier de aquella cama que hacía unos años habían trasladado a la casa de campo.
El día que Laurita tuvo su primera crisis, Nico se escondió debajo de su cama. El doctor Bob intentó calmarlo, era un hombre paciente, pero el niño no entendía que su hermana hablara con personas que él era incapaz de ver, o que le hubiera clavado a su madre un tenedor en la barriga.
En la consulta del psiquiatra, sus padres asentían con resignación, mientras la niña espantaba monstruos.
Con el tiempo aprendieron a cuidarla; su padre se encargaba de que tomara la medicación, pero a veces Laurita hacía trampa y escondía las pastillas debajo de la lengua, para después escupirlas. Le gustaba escuchar a esa gente que iba a verla y que en realidad eran sus únicos amigos.
El día que mató a su prima de tres meses tuvieron que internarla.
Nico va a verla los domingos con su madre; se siente entusiasmado cada vez que entran en la habitación y se pregunta con cuál de sus hermanas se encontrará ese día.
‘Porque ahora somos tres’, ¿verdad, mamá?’. Su madre mastica unos gramos de amargura y aprieta la mano del pequeño. Su padre siempre los espera en casa, perfeccionando su olvido.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









