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El médico dijo que necesitaría diez sesiones de electroshocks. Ya sé que todo vuelve. Hasta las hombreras. Pero si te encierran en una institución mental con un nombre tan aséptico como Centro de Reposo Higgs&Straub, una espera eso. Reposo. No diez sacudidas eléctricas.
Vale. Estaba rara. Lo de las lentejas, por ejemplo. En mi sano juicio, jamás las hubiera hecho sin chorizo. Y había más. Lo de cambiarme al detergente de marca blanca. Lo de hablar con el contestador. Lo de apuntar con el cañón de una Smith&Wesson al peluquero. Aunque todo tiene una explicación. Me encanta escuchar esa voz metálica diciendo: el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.
Ahora, tras un mes en la Higgs&Straub, estoy curada.
O no.
Al llegar a casa, me he abrazado a mi pequeña que me esperaba en el portal. Cuánto te he añorado, chiquitina. “Yo también, Señora Lola”, me ha respondido. Entonces me he dado cuenta de que es la niña del primero. Y ya no sé si tengo hijos. Así que, para salir de dudas, le he preguntado si las lentejas se hacen con o sin chorizo.
Ella se ha echado a llorar.
Yo también.
Entre semana, se acerca al polígono a ver si cae alguna fémina cañón ofreciéndole cocaína a cambio de sexo. A veces, solo consigue un francés; pero, cuando las invita a cristal, se lo rifan por hacerle un completo. Así, cometiendo actos impuros, consume las noches.
Durante el día no deja de blasfemar mientras piensa cómo robar para chutarse. Y es que no hay quien le contrate y menos en esas entrevistas en que se pasa más tiempo mirándole el escote a la de recursos humanos que defendiendo su currículum. Ahora los festivos trabaja de mimo, disfrazado de mono, pero solo se fotografía con las madres que le ponen cachondo.
Si se queda sin pasta para droga, visita a sus padres. Ellos se niegan a darle un solo céntimo; entonces aparecen los insultos y el saqueo hasta que sale a la calle a desquitarse. Hoy le ha dado por ir a misa, confesarse y levantar falsos testimonios. De hecho, cuando le ha dicho al párroco que tenga fe, que la pistola es de juguete y que el cañón que aprieta su sien es inofensivo, mentía; en realidad, abomina los diez mandamientos y, por eso, viene dispuesto a completar el decálogo.
Cristina tuvo su primera y única desilusión de amor, cuando se enamoró del cartero que la comunicaba con el mundo; quien al verla sola, comenzó a cortejarla vendiéndose como un hombre serio, apropiado para formar familia. Llevaban un buen noviazgo hasta que una mujer iracunda, arrastrando dos niños aferrados a las flores de su falda, tocó a su puerta, se plantó con aire de matona y la llamó puta, recomendándole agenciarse sus hombres sin robárselos a otras hembras.
Ese día recordó a su madre, quien alguna vez le dijo: «si te rompen el corazón recoge los pedazos, echa tus lágrimas en una olla; haz sopa con ellos, te la tomas y tu alma estará lista para reconocer al próximo sinvergüenza».
Ella no hizo el caldo, pero sí limpió y engrasó el cañón de una escopeta; que utilizaba para matar ratones y alejar a los cuervos del conuco. La envolvió en una sábana, prendió un fuego en la cocina, con el que calcinó la casa y bajó al pueblo llevando el arma bajo el brazo, la imagen de los pequeños en su retina y una pregunta en la cabeza: «¿hay allí un orfanato?»
Él iba a volver. Eso dijo. Recogió la risa de los domingos por la mañana bajo las sábanas, las caricias que nos hizo el sol de febrero al asomarnos al balcón, y alguna de mis lágrimas; y con la mochila sin cerrar salió como las sombras, estirándose hasta confundirse con la noche. Vinieron tres impostores vestidos con su piel. Uno, frío como un charco de leche de una botella rota, recién sacada de la nevera, a los quince días justos. Otro más lo intentó a los dos meses revolviendo, con guantes de látex, en los recuerdos que cocimos a fuego lento. El tercero, que juraba quererme aún al cabo de un año, llevaba en los ojos un brillo apático que le desmentía. Pero él, mi hombre, no volvió. Me hice vieja esperando su vuelta.
Esta mañana me pareció volver a verle, jugaba en el parque con un niño y un cañoncito. Disparaban margaritas a una mujer embarazada. Con el mundo detenido en ese hijo que nunca tuvimos, mi vista se posó en un gorrión joven que repasaba los cañones de sus plumas recién salidas para empezar a volar.
A cañonazos. Así es como ella, sin querer, entraba en los sitios. Era una mujer con un cuerpo tan perfecto que, sin intención manifiesta, provocaba. Lo mejor, su silueta. Lo impagable, su mirada y su porte. Quien la codiciara tendría que vencer ese saber estar, ese toreo de salón que sólo una mente privilegiada interpreta y representa ante la aceptación, o no, de esa mirada felina que te observa para decirte “ven”.
Ella sólo elegía a quien la seducía. Succionaba el saber hacer de su pretendiente, su mente y su sonrisa, su arte de seducción. Ese era el precio que tendría que pagar por llevarse una migaja de ese monumento andante que estaba cañón, muy cañón. Sólo los artilleros profesionales sabían el valor de esa pieza.
El secreto que escondía sólo lo mostraba en la intimidad en forma de secretas palabras. Modulaba su voz y susurraba como nadie. Entonces de cañón se convertía en Diosa. Dejaba sin aliento y sin palabras. Sólo hablaba ella porque el elegido, no podía más que callar y escuchar, dejarse embelesar por la voz de esa mujer. -Siempre nos quedará París- decía con una seductora sonrisa al despedirse. Y aquél pensaba…-esto no puede estar pasando-.
Despreocupada y feliz, posaba recostada sobre la barandilla, delante, todos los cañones apuntaban hacia su cuerpo, detrás, impetuoso, el mar.
Su boca insinuando un beso y sus ojos, como una tea, incendiando el cuerpo de su fotógrafo particular.
Aunque posaba, parecía relajada, natural. Su pierna derecha levemente adelantada respecto a la izquierda, una mano en su bolsillo y la otra sujetando su pelo; su cabeza, ligeramente inclinada hacia un lado.
La trayectoria curva de la bala y la onda luminosa del flash impactaron al unísono sobre su rostro.
La cámara inmortalizó el momento en que se desbarató el beso de sus labios para cubrirse repentinamente de rojo escarlata.
Sabía que vendría y la esperé, le excitaba venir a este lugar, dijo mientras entregaba sus muñecas a los grilletes, se sentía Agustina de Aragón en mitad de la bahía. Era una zorra.
Ojala todos los cañones hubiesen vomitado su furia contra ella el día que decidió dejarme, merecía algo fastuoso y no esta vulgar pistola.
Verde… rojo… negro. Verde de hierba de mayo, uniformes otrora de rojo impecable y negro de muerte. Muerte ciega y concentrada, muerte vomitada por una locura humana, mezcla de delirio y genialidad sin conciencia. Negro de metal, no frío, no, ardiente tras jornadas interminables como sembrador de caos.
André arma maquinalmente su cañón con la carga justa de detonante una vez más y el ciclo inmisericorde se pone en marcha de nuevo. No piensa, solo obedece. Derrumbado y sordo hace semanas y con los ojos llorosos por las bocanadas liberadoras de digestión infernal. Eructos que siegan vidas y miembros.
El cañón número veintisiete demostraba su buena fundición, aguantó varias cargas con exceso de pólvora, sólo pequeñas grietas, invisibles a ojos de la locura que agitaba a sus manipuladores, evidenciaban que su resistencia se estaba minando. André no se inmutó cuando tras una andanada con especial precisión, cargó sañudamente y tras manipular sus compañeros la munición y la mecha, no se retira. Último aliento junto a su verdugo, su liberador.
El cañón reventó como una manzana, liberando gusanos negros de metralla. Los ojos sin vida de André descansan por fin del verde, del rojo y del negro de su cañón.
Juan, perdedor, fracasado de la vida y putero de condición, dejó caer sobre la cuna del bebé el aguardiente que contenía el vaso que se aferraba a su mano; aunque borracho como iba, de facto, a la mañana siguiente fue incapaz de recordarlo.
El pequeño salió raro: su madre dejó de besarlo con tres años por esa cerdosa barba con la que también pinchaba a tíos, primos y hermanos; y, en la guardería, le riñeron sin descanso por esa manía de arrojar al resto de párvulos desde una bancada al arenal, donde otros alumnos más normales se prodigaban entre cubos y neumáticos.
El psicólogo prescribió dieran al chaval algo que le distrajera de obsesiones enfermizas, y Juan, desafortunado, marrado hasta la extenuación y de enjundia peregrina, bregado a hostias por la Guardia Civil y envarado como transmutaba cuando algún señor con bigote ordenaba algo, le compró un cañón.
¿El niño? Entusiasmado. Le tricotó un collar rojo chillón, le puso nombre y jugó con él hasta que se hizo mayor. Fue entonces, cansado de que lo señalaran con el dedo, cuando lo cargó de pólvora, se introdujo dentro, y lo disparó.
Mira para arriba; alguna noche podrás verlo cruzar el cielo.
Cuentan que hace una veintena de años, en la víspera de la Fiesta del Santo Patrón, Dionisio, un jardinero del Ayuntamiento, cogió tal cogorza que se quedó dormido en el ánima del cañón del paseo marítimo. Al día siguiente nadie se percató, y en las salvas que se hacen a la llegada del Santo, vieron salir disparado al empleado hacia el centro de la bahía. No fueron capaces de recuperar su cadáver.
Meses después, el alcalde inauguró una estatua del malogrado funcionario ataviado con sus utensilios de limpieza, justo al lado del cañón. Curiosamente, y todos los años desde entonces, la estatua desaparece la mañana del día del Santo, sin que se sepa quién y cómo lo hace, despertando las inquietudes de los más supersticiosos del pueblo y atrayendo turistas y suedocientíficos que han tratado en vano de grabar, ver o escuchar el momento en que se produce tan extraño suceso.
Lo suplanto esta noche, aunque aún quedan dos días, para no levantar sospechas y seguir con la tradición. Hace tiempo que el Ayuntamiento me contrató como estatua. Es por eso que libro siempre el día del Santo Patrón.
Bum… Los cañonazos alumbraban la noche frente a las atentas miradas del vecindario. Bum, bum, bum… Parecía la de San Quintín, Waterloo o Pearl Harbor, vaya usted a saber. Bum, bum… Los chiquillos correteaban en la plaza recogiendo los cohetes quemados que aterrizaban por todas partes… Cuando todos esperaban la traca final para marchar a sus casas, alguien gritó que había fuego en el monte. Llama a los bomberos, apremiaron unos al concejal de cultura, fiestas y celebraciones varias. No, es mejor a los de medioambiente, urgieron otros al de parques, jardines y monte bajo. A quién se le habrá ocurrido la brillante idea, preguntaron todos al alcalde, que no sabía si ir, venir o estarse quieto. Al que asó la manteca propusieron unos clientes del Grill El Atracón, que habían salido un momento a disfrutar del evento. La inquieta mujer del electricista opinó que, fuera quien fuese, debía tener los plomos fundidos; y que no llegaba a dos dedos de frente aseguró el maestro, quien dijo saberlo de buena tinta. Gracias a que fue el pajar del Pepón lo que ardió, que si no va toda la corporación al calabozo por autorizar semejante despropósito pirotécnico en plena canícula estival.
Estaba exhausta, jamás pensó que aquel documento le hubiera sustraído tantos momentos. Hastiada pero feliz, al fin y al cabo había terminado un proyecto que para ella suponía un desafío.
Ahora sus recuerdos deambulaban en el pasado, reconstruyendo cómo empezó aquella intensa hazaña sin respaldo alguno. No podía dejar de pensar en la frase que le acribilló su madre – Nena, no pierdas tiempo en eso -. Impactantes palabras que estallaron en su interior con la violencia acústica propia de los cañones en las batallas. Aquel cruel sonido viajaba directo a su mente sin apenas poder ser absorbido por su corazón. Pero ella no se rindió, y viajó más allá de la persistencia, exprimiendo la sensatez de horas y noches para llevar a término su adeudo moral.
Era el momento de presentar aquel magnífico trabajo, se levantó y entregó a su madre el autodefinido de la revista semanal. -La palabra que me faltaba era Waterloo mamá-.
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