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Nadie se tomó la molestia de informar al comandante Malfatti del cese de hostilidades. Su batería de montaña continuó bombardeando monótonamente las líneas enemigas. Durante un tiempo, las andanadas de artillería siguieron levantando inofensivas nubes de roca y nieve. No sabía Malfatti que el tratado de paz había establecido que aquellos picos nevados que bombardeaba pertenecían ahora a su país.
Cuando los cañones se quedaron sin munición que los alimentara, el comandante Malfatti ordenó entregar fusiles a los artilleros. Tenían que prepararse para rechazar el inevitable ataque enemigo.
Todavía esperan.
No fueron los últimos cañonazos los que me despertaron de la tregua. Soy consciente de ello.
Escondida entre las sábanas musitaba plegarias para que volvieras, ya no solo con tu vida, sino también con la promesa de no abandonarme por una guerra que cada día me consumía y que ni siquiera era la mía.
La mezcla de colores, rojos y azules, creaban un color púrpura que segregaba un tono óxido a nuestra relación, un espectro invisible en el arco iris de nuestros encuentros cromáticos y ardientes, siempre bajo los estallidos de bombas y explosiones de fogosidad y frenesí. Tú descargabas pasión en mi firme piel y yo recibía el vigoroso plomo de tu disparo sin aliento.
Pero eran tus ausencias las que me fusilaban y ejecutaban cada noche en tu partida hacia la contienda.
Nunca entendí tu abandono, tu deserción a mi tierra. Dicen que una bandera blanca te volvió a cautivar, que perdonó tu traición y te llevó a su bando. Dicen que ahora luces una medalla de fidelidad a su insignia y a tu aliado en la guerra.
La melodía de Waterloo aún gira sin sentido en el tocadiscos de mi celda.
Llovía, el grupo de hombres y mujeres igualaba fuerza y empeño. Usando toda su energía empujaban un bulto ¡era tan pesado! El diluvio no ayudaba y su macizo cuerpo se enterraba en el lodo. -Más brío- gritaba el que llevaba la espada, -no llegaremos a tiempo, tú levántate, no puedes caer ahora, ustedes, busquen ramas para que no se hunda. Y los más viejos se metían, temerarios, bajo la panza, colocando las ramas que las mujeres juntaban del suelo, agradeciendo al vendaval que las había arrancado de cuajo. Pensaron que no lo lograrían, pero un grito gutural emanó de sus gargantas cuando tomaron la altura. Habían llegado primero, ya nadie podría contra ellos. Se alistaron, solo faltaba el contingente enemigo. ¿Qué harían cuando divisaran en la cima al cañón enhiesto pronto para eliminarlos? Seguramente se rendirían. Saborearon la victoria. Y esperaron esa noche, y la otra, y la otra. Dejó de llover, el cielo mostraba su esplendor. A lo lejos vieron un hombre que se arrastraba. –Atentos- dijo el que mandaba. –Es de los nuestros- se oyó – está muy malherido.
-¿Dijo algo? – Está muerto. – ¿Dijo algo?- insistió. – ¡Diga, hombre!
…-Colina equivocada.
La habitación del abuelo es muy extraña. Tiene las paredes llenas de pinturas con cañones y se pasa los días, sentado en su sillón, contemplándolas. A mí me dan miedo, él más que los cuadros; no habla ni me mira cuando me atrevo a jugar cerca, sólo observa los morteros. Dice mamá que el abuelo y su primo salieron del pueblo siendo muy jóvenes, casi unos niños, para ir a la guerra. Eran como hermanos y nada más llegar, los enviaron a un barco en el frente y les nombraron artilleros. El abuelo regresó pero su primo no; murió en la primera andanada. Hoy se ha puesto muy malito y me he acercado a su cama. Creo que me ha visto por primera vez y con lágrimas en los ojos, señalando a la pared, ha balbuceado —le mandé esconderse,.. “Detrás del cañón”, le dije, “detrás del cañón”, no sabíamos… retroceso— Y se ha dormido.
No se lo qué ha querido contarme pero dice mamá que por fin ha descansado.
Abuelo siempre olía a pólvora. Sentado en su sillón orejero, consumía largas jornadas mimando las figuras que componían la maqueta de su batalla. Contiendas de pinceles, cepillos, lijas y esmaltes para otorgar identidad a centenares de aguerridos soldados y a decenas de cañones de diferentes libras. Calzaba botas militares y dirigía los despliegues de tropas desde su viejo catalejo.
Anochecía cuando avisó a abuela para mostrarle el último cañón. Ella bisbiseó algún cariñoso reproche, maldiciendo el poco tiempo que le dedicaba. Él, avergonzado, la sentó en su regazo y susurrándole hermosas palabras de amor, a las que no acostumbraba, se quedó dormido. Fue su manera de decirle adiós.
Con el tiempo, descubrí detalles sorprendentes en sus figuritas de plomo. Un mismo rostro repetido, una y otra vez, en la cara de cada soldado: el de abuela. Y en correajes, casacas, bocamangas o escarapelas, un testamento de poesía cincelado en minúsculas letras que hizo feliz a su enamorada hasta que nos dejó.
Los domingos son una fiesta cuando vienen mis nietos. Tomo posesión del sillón del abuelo, me calzo sus botas y, a través del catalejo, les narro batallas de amor y plomo, y todo recupera ese añorado olor a pólvora.
La jornada transcurría con normalidad. Habían actuado, entre otros, los trapecistas, un tragasables, dos contorsionistas, el domador con sus leones y tigres, dos magos orientales y un forzudo, que era capaz de arrastrar un camión con los dientes. Desde su pequeña oficina, el director organizaba el espectáculo e indicaba a la orquesta cuando tenía que introducir a cada personaje.
Por fin llegó el momento más esperado, en un extremo de la carpa apareció, empujado por dos ayudantes, el gran cañón. En pocos minutos se oyó una potente explosión y al momento todo quedó en silencio en el circo. En la pista central los payasos y dos ayudantes se miraban incrédulos con sus caras y la ropa cubiertas por un fino polvo gris, que también flotaba en el aire, cayendo lentamente sobre los espectadores, las azafatas, los vendedores y los músicos, que habían dejado de tocar.
Sólo el encargado de prender la mecha conocía la última voluntad del hombre bala, que había sido incinerado la mañana anterior.
Le tiré a dar, encañoné su figura y la mandé a la sepultura. No se dejaba caer, endiablada como posesa, tenía la virtud de descolocarme, de hacerme naufragar hasta sin agua, de tocarme las narices sin dedos, de hacer palidecer mis testículos sin rozarme y de volverme cuerdo en un minusculo instante.
El primer intento fue baldío, el segundo murió de parada cardioneuronal. Al fin la había dejado entre adoquines, adosada a su propio desierto, ese que enfilaba sobre mi cabeza.
Atrás te quedas, mala pecora, ni un pensamiento tendrá tu genésis, ni una caída tu responsabilidad, ni un tumulto tu presencia. Mi locura será el engendro de haberte perdido de vista
Setenta años después se repetía la misma escena, aunque las coordenadas temporales se situaban ahora en el siglo XXI, y las geográficas, en el castigado Irak.
En “Los Cañones de Navarone”, Gregory Peck, David Niven o Anthony Quinn eran asediados en una isla del Mar Egeo por las implacables tropas alemanas, en su misión por acallar las baterías nazis, que inexorablemente, hundían los barcos aliados.
Ahora la acorralada era la ciudad de Tikrit, y sus liberadores, una pareja de hermanos, Mohamed y Alí, y sus respectivas esposas, Fátima y Aamaal.
Escondidos tras de su aspecto de fieles sunitas, los jóvenes trataban de enfrentarse a los desalmados combatientes del DAESH, quienes querían imponer sus bárbaras leyes en su amado Irak.
La historia se repetía, pero ahora los matrimonios captados por la CIA, permanecían en la castigada Tikrit, haciendo creer a los terroristas del Estado Islámico de Irak y el Levante, que iban a convertirse en mártires.
Pretendían así conseguir la confianza de los terroristas y acceder al emplazamiento de los misiles que cada día destruían su hermoso país.
Finalmente, tras poner en grave peligro sus vidas, consiguieron con su valiosa información, liberar Tikrit del dominio y la barbarie yihadista.
La calva del profesor de dibujo era la diana perfecta para lanzar sobre ella trozos de papel mojados con saliva. Las pequeñas bolas se quedaban pegadas e iban resbalando hasta el cuello antes de que el escuálido profesor se diera, pausadamente, la vuelta. Así ganábamos tiempo para guardar nuestros cañones debajo de la mesa. .- ¿Quién ha sido?.- Preguntaba, sabiendo que no iba a tener respuesta. 40 ojos grandes le observaban, ocultando risas e imaginando el momento del siguiente cañonazo. Sólo lanzábamos nuestra munición sobre ese hombre enjuto que nos tenía un miedo letal. Pronto le dispararíamos las balas de papel directamente a la cara. Su miedo nos resultaba, entonces, enormemente atractivo. Al profesor lo atropelló un coche a la salida del Instituto. Fue una gran pérdida. No pudimos volver a usar toda nuestra munición.
Al alba comienzan a bullir nerviosas las aguas del Tigris, como presagia la estela polvorienta del rey sabio. El bramido de la ignorancia araña la muralla de Nínive, leona del antiguo reino, y resquebraja cruelmente el adobe que da cuerpo al zigurat. Como escarabajos perniciosos, levantando polvo de siglos, han llegado excavadoras y marionetas del integrismo. Al oír el rugido de espanto de los toros alados de cabeza humana, Asurbanipal detiene su paseo en los jardines colgantes y agita sus rizos encolerizado. Filas incontables de arqueros descienden de los bajorrelieves y mueren de metralla. Los ríos de sangre alborotan los huesos del arqueólogo británico, enterrado bajo la palmera que él mismo eligió, y convocan a las almas del valeroso regimiento de la Reina Victoria, que disponen prontamente sus cañones contra los atacantes. Hombres, huesos, mitos y espíritus se encuentran y se miran cara a cara a través de la historia. Es entonces cuando la fiera herida lanza su zarpazo. Los fanáticos barbudos caen postrados a sus pies y huyen odiando su propio odio. Llega la tarde y el silencio, que amansan las limpias aguas donde la leona lame sus llagas. Sabe que ha ganado una batalla, pero no la guerra.
El mirlo se posa en la boca del cañón y rasga el opresivo silencio con su aflautado canto. Desde ese lugar privilegiado otea, indiferente, el campo de batalla. Solo le interesa marcar su territorio e iniciar el cortejo para conquistar a su futura compañera.
En el horizonte, un festín de colores amarillos, anaranjados y rojizos destierra a la gélida luz de la luna, y los miles de bultos plateados van definiéndose en cuerpos desmembrados, en anónimos soldados con posturas grotescas, como títeres a los que se ha dejado caer cortándoles los hilos, en caballos con las extremidades rígidas y múltiples bayonetazos.
Desde las paredes rocosas, los buitres agudizan la vista en busca de alimento para sus exigentes polluelos. A medida que avanza la mañana, el círculo de aves carroñeras que sobrevuela la planicie va agrandándose.
Mientras, a muchos kilómetros de allí, preparan otro gran banquete para celebrar la victoria, y la historia va haciendo un hueco de honor al joven general, al que inmortalizará como uno de los grandes genios militares de todos los tiempos.
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