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RESPIRAR
Suena el timbre de la puerta.
Es el atardecer.
Abre Magdalena.
* Hola, Delfina.
* Hola, Magdalena. ¡Ay, que larga es esta vida!.
* No tanto, Delfina
(Magdalena y Delfina son hermanas: 90 y 88 años, respectivamente. Viven en el mismo portal. Una en el 2º, otra en el 6º)
* Magdalena, vengo a despedirme.
* Has estado en la peluquería, Delfina.
* Sí, quería que me cardaran el pelo.
* Bien, Delfina. Que sepas que ha sido bonito ser tu hermana. ¿Qué vas a hacer ahora?.
* Subo a casa. Me sentaré en el sofá. Y voy a dejar de respirar
* Vale, Delfina, adiós
* Adiós, Magdalena
Día siquiente por la mañana.
Suena el timbre.
Abre Magdalena.
* Hola, Delfina.
* Hola, Magdalena. ¡Ay, que larga es esta vida!
* No tanto, Delfina. ¿Cómo te fue sin respirar?.
* Un poco difícil, Magdalena; al poco rato, te entran ganas de respirar de nuevo.
* Tienes el pelo bonito de color, pero revuelto.
* ¿Me peinas, Magdalena?, que voy a la compra.
* Sí, Delfina. Pasa
PD del Autor: Este cariñoso sucedido es real. Magdalena es mi madre; Delfina, mi tía.
Las gradas del anfiteatro comenzaban a llenarse, el sol ya empezaba a retirarse. El espectáculo estaba previsto a la hora séptima del día y entre los asistentes se encontraban los cuestores y ediles de la ciudad.
Los leones habían sido llevados desde África para luchar con unos esclavos y cristianos, que se habían formado durante semanas y que si lograban ser vencedores, conseguirían su libertad.
La lucha empezó. Cuatro hombres morenos se enfrentaban a dos leones mientras el público aplaudía, gritaba, vociferaba y disfrutaba, todo menos una, la esposa de uno de los ediles.
Ella se acercó a la esposa de uno de los cuestores y mientras uno de los leones se lanzaba sobre uno de los luchadores, ella en voz baja con miedo a ser reprimida le dijo:
– Me causa dolor tan fiero ver esta crueldad, como fieras son esos leones. Nunca entenderé este tipo de divertimiento.
La otra domina sorprendida, se levantó y comenzó a gritar:
– «Christianus,» la esposa del edil, es «christianus».
Esta al verse descubierta, con miedo a las represalias, se lanzó a la arena, a la espera de ser devorada por los leones y convertirse en una nueva mártir por su religión.
Cuando salieron de ver “Cantando bajo la lluvia”, les esperaba el aguacero. Pero ella fue la única que aceptó tan clara invitación. Se puso a bailar y cantar sobre el asfalto mientras los conductores la esquivaban e increpaban sin saber que estaban ante un entusiasmo sin correas.
Observada por faros y ojos incrédulos, estaba como poseída por uno de esos momentos en que el alma está metida entre sinapsis neuronales obrando quiebros a la cordura.
El cine era la savia de sus fantasías, de todas sus vidas paralelas. Lo adoraba, se alimentaba de fotogramas y los almacenaba para rescatarlos en el momento preciso.
Y eso está bien, pero ese día desapacible, de empapadas ropas pegadas a la piel, le dispensó una pulmonía de gran calado.
La estancia hospitalaria fue harto larga, pero ella no lo percibió así, porque en los primeros golpes de tos expectoró a Meg, Jo, Beth y Amy, que ya no se separaron de ella hasta que se recuperó.
¡Ay, qué larga es esta vida observándola desde mi barca! Qué duros estos destierros que se llevan mi aliento hasta el último suspiro. Navego sin rumbo fijo sobre esta cárcel, estos hierros en que el alma está metida como si una prisión en medio del océano me abrazara. Las olas irrumpen en mis pensamientos y sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero que no deseo despertar del aturdimiento que me ahoga. Sigo remando en este mar de confusas ideas que muero porque no muero añorando el pasado de vergeles exuberantes rodeando mi morada. Ahora azul todo se vuelve, con una luz cegadora que me entristece y sin embargo, a la vez alegra. La vida se me antoja distinta sin su presencia ni los niños a mi lado, la vista se nubla, es la niebla que cubre el sueño.
Suena una bocina que me asusta. Despierto del trance con la mirada perdida. Escucho la voz del barraquero que me pide que baje del carrusel. El viaje ha terminado.
Me entregaron una citación para formar parte de un jurado popular. Me puse nerviosa. No me vi capaz de asumir esa responsabilidad estando tan rota, porque que no tengo corazón, que un canalla que decía amarme se lo ha llevado lejos. Ni alma, que se me ha caído a los pies a la hora de comer, al escuchar en las noticias que una madre ha matado a sus pequeños. Y no he podido encontrarla, como siempre que sufre una conmoción fuerte, porque se desintegra, y una vez atomizada pasan meses antes de que sea imposible descubrir esos lugares en que el alma está metida. Ni conciencia, bien plegada en el cajón de los trastos inútiles desde que empecé a trabajar en la compañía de seguros.
Sin embargo, hoy, cuando no me ha temblado la voz al declararlo inocente, he llegado a la conclusión de que esos vacíos son los que me han proporcionado las condiciones ideales para hacerlo.
¡Soltad ancla de babor! Gritó el capitán tras el aviso de «tierra a la vista». Todas las miradas se dirigieron al frente y ahí estaba, una isla pequeña, la más pequeña del mundo conocido. Una vez más la pericia de nuestro caudillo había conseguido el milagro de acercarnos sanos y salvos a destino. Cada vez eran más costosas estas travesías, se nos hacían eternos los meses en alta mar, qué duros estos destierros que se repetirían de por vida.
La embarcación siempre quedaba alejada de la costa y los hombres desembarcaban en pequeños botes con la idea de preservarla de cualquier ataque, a bordo quedaba un destacamento de vigilantes. Mi labor no era necesaria en tierra, permanecía en mi cocina y se reducía el trabajo a los vigías, pero siempre miraba angustiado la playa, la tierra, la naturaleza que de mí se alejaba. En esos momentos dedicaba mis horas al rezo, rezaba sin cesar con la convicción de que sería la única manera de permanecer en mis cabales, me aterraba perder la cabeza. Imaginad cómo me quedé al conocer, por el único superviviente que consiguió llegar al barco, el nombre del lugar: La Isla de las Cabezas Cortadas.
Doña Remedios estaba siempre al pie del cañón, utilizaba una escoba como arma disuasoria, de la cual no se libraba nadie, algún vecino incluido.
Solía estar poco dentro de la garita de la portería, siempre estaba arriba y abajo, atenta a todo aquel que entraba e invitaba a salir, si el objeto de su visita, le parecía poco claro.
Era el terror de los jóvenes repartidores, esos que se presentaban con los auriculares puestos y no sabían para quién era lo que traían.
Más de uno había salido a escobazos por no enterarse o por pisar el suelo recién fregado, cosa que hacía cada día a primera hora invariablemente.
Solía repetir, como un estribillo o coletilla, mientras barría la acera, delante del portalón de entrada a la casa ¡Ay qué larga es esta vida!
Con la que todos suponíamos, era una lamentación por su esfuerzo continuado en mantener un paso limpio donde era prácticamente imposible.
Nadie la veía en la soledad de su cuarto en las golfas, leyendo pergaminos antiquísimos y tomando una pócima, hacía más de un siglo.
Solo esperar la salida le tranquiliza. Mi madre se lo explicaba así a mis profesores, a los familiares y a los amigos que visitábamos. Desde muy pronto asumió que nunca me escucharía hablar y, mucho antes, ya sabía que yo era especial, o así lo decía ella. Los médicos me diagnosticaron diversos trastornos de difícil pronunciación y más complicado tratamiento. Básicamente, no se podía hacer nada.
Mamá no les hizo mucho caso o, mejor dicho, ninguno. Me llevó al colegio, al cine, a las comidas familiares o, los jueves, a tomar café con pastas de chocolate a casa de la vecina. En cada lugar, yo elegía cuidadosamente una silla enfocada hacia la puerta. A veces no era fácil y eso me ponía muy nervioso. Ella, paciente, daba las explicaciones oportunas.
Cuando se fue, todo cambió. Ya no salgo, pero tengo una butaca muy cómoda justo frente a la puerta de esta habitación. Por ella entran las enfermeras, el celador que trae la comida, los sábados la tía Lupe y hoy, de nuevo, mamá. La luz blanca me ha cegado y he cerrado los ojos.
La hondonada es verde y profunda, partida por una franja blanquecina.
¿Será cal o son cenizas de aquel infame fuego? ¿O de otros fuegos? No lo sé.
Mi corazón se oprime. Llega gente gimiendo, despacito, sin ruido.
Son muchos y su dolor crece, sube al cielo y se extiende hasta muy lejos.
Me tapo los oídos pero ahí sigue ese lamento largo y triste.
Qué oscuro está todo y huele a muerte. Agudizo la vista. Extrañas sombras se aproximan. Apenas se arrastran. Son cuerpos mutilados, rostros descarnados, esqueletos humeantes que van desprendiendo cenizas. Emergen de tierra que se quiebra a golpe de pico y pala. Tras ellos madres abatidas, padres desolados, familias destrozadas, multitudes agraviadas. El ruido ahora ensordece. Es llanto seco, gritos, súplica de voces estertóreas que se repiten sin descanso.
Volteo.
Gente ciega y sorda por todos lados. Tratan de huir indiferentes, pero resbalan en la sangre derramada. Se incorporan, siguen adelante, se inventan una vida donde no pasa nada. No pueden y no quieren ver ni oír a aquellos que vienen. Pero trepan y caen, trepan y caen. No hay escapatoria.
Mientras, yo siento que muero porque no muero, porque yo sí los oigo y los veo.
ARQUETIPO, Julio /TAB/ Me causa dolor tan fiero /TAB/ 2013 /TAB/ Madrid /TAB/ Autoedición /TAB/ 83 páginas /TAB/ 30 cm /TAB/ ISBN 13-393-6755-7 /TAB/ /TAB/ /TAB/ /ENTER/
Y así lo hice. Catalogué un autor imaginario, un libro imposible, una obra inventada que nacía de la desidia del momento, del aburrimiento infinito y de aquellas cuatro paredes entre las que se agotaban mis horas.
Nadie debería reparar en este registro.
Sin embargo los dioses quisieron vengarse. La broma perfecta se completó días después. Un correo electrónico de la dirección felicitaba al centro por ser el único de nuestro entorno que poseía toda la obra de Julio Arquetipo. Un vínculo llevaba a una crítica magnífica. La reseña aparecía en la publicación neoyorquina “Poets and Writers”, una revista muy especializada que llega a todo el mundo gracias a Internet.
Quedé atónito. Eso no podía ser real. Era imposible porque todo había nacido en los oscuros recovecos de una mente agotada, la mía. Quería salir corriendo pero no pude.
Sólo quedaba prepararme para el sacrificio.
El tiempo pasó. Hoy hablar de este escritor es hacerlo de una obra maldita, de premios importantísimos rechazados y de un personaje que jamás se ha conseguido fotografiar.
La hondonada es verde y profunda, partida por una franja blanquecina. ¿Será cal o son cenizas de aquel infame fuego? ¿O de otros fuegos? No lo sé.
Mi corazón se oprime. Viene gente gimiendo, despacito, sin ruido. Son muchos y su dolor crece, sube al cielo y se extiende hasta muy lejos. Me tapo los oídos pero ahí sigue ese lamento largo y triste.
Qué oscuro está todo y huele a muerte. Agudizo la vista. Extrañas sombras se aproximan. Apenas se arrastran. Son cuerpos mutilados, rostros descarnados, esqueletos humeantes que van desprendiendo cenizas. Emergen de tierra que se quiebra a golpe de pico y pala. Tras ellos madres abatidas, padres desolados, familias destrozadas, multitudes agraviadas. El ruido ahora ensordece. Es llanto seco, gritos, súplica de voces estertóreas que se repiten sin descanso.
Volteo. Gente ciega y sorda por todos lados. Tratan de huir indiferentes, pero resbalan en la sangre derramada. Se incorporan, siguen adelante, se inventan una vida donde no pasa nada. No pueden y no quieren ver ni oír a aquellos que vienen. Pero trepan y caen, trepan y caen. No hay escapatoria. Mientras, yo siento que muero porque no muero, porque yo sí los oigo y los veo.
En invierno, todas las tardes el mismo dilema con las limosnas, si comprar un chusco de pan y algo de engaño o picón para el brasero.
Por las mañanas subo a Madrid siguiendo las retahílas de mulas con carros que llevan el pan desde Vallecas. Si tengo suerte —y no me lo quitan antes los mayores—, un bache o tropiezo deja caer una hogaza que se rompe en mil pedazos y guardo algunos en mis bolsillos. Otros días, si no he podido pegar ojo por el frío, llevo un capacho para intentar recoger la carbonilla que pierde el pequeño tren que sube a los cuarteles de Atocha.
Al atardecer, en la puerta de la chabola, enciendo el brasero con trozos de madera y papel. Mientras se prende el carbón, hablo con los vecinos que se acercan a buscar mendrugos en cama de galgos. Luego, arrebujado con las faldas de la mesa camilla, me caliento el cuerpo y me entretengo con una radio.
Sin embargo, días como hoy que tengo tanto frío y el hambre me causa dolor tan fiero, lamento no haber muerto en el vientre de mi madre, allí, tibio y alimentado.
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