Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

73. ¡AY, QUÉ LARGA ES ESTA LUCHA! (Salvador Esteve)

Él sabía que su alma aún permanecía en la tierra, vagando, algo la retenía. Ella le había vencido en muchas ocasiones pero esta vez sería diferente. Envió a sus demonios en busca del cuerpo de la Santa, sus reliquias eran veneradas en diferentes partes del mundo.  No dudaron en corromper pensamientos y devorar vidas con tal de conseguirlas.   Un pie, la mano, un dedo, el corazón y otros restos diseminados por toda la cristiandad  fueron entregados al maligno.  Sabía que su alma acudiría; esperó…

Teresa, etérea, respondió a la llamada, pero no lo hizo sola; su plan, elaborado meticulosamente durante siglos, se había cumplido.  Miles, millones de almas la acompañaban, almas de personas cuya fuerza residía en su integridad en vida y resolución en espíritu.  Juntas, rodearon a Lucifer y el cerco se fue cerrando.  Era tal el magnetismo que irradiaban que se sintió prisionero.  Esta cárcel, estos hierros, fueron demasiado fuertes para él.  El alarido se escuchó en todos los confines del mundo, el mal tembló y la tentación desapareció.

 

Teresa y su ejército cruzaron por fin la luz.  Sabía que él volvería, pero confiaba en que la humanidad sabría aprovechar la tregua del Oscuro.

 

 

72. Primavera

Ya tiene su pizca de canela, como a él le gusta, y yo este rayo de sol que será todo para mí mañana. Una última guinda —sonrosada, que si no la escupe—, y para mí la brisa que renueva el aire de esta prisión. Ni siquiera le pondré matarratas en lugar de harina, porque sería demasiado esfuerzo. Este comensal tan odioso y este último miedo valdrán la pena, porque ya casi es primavera. Mañana dejaré atrás esta cárcel, estos hierros, porque mañana es ocho de marzo.

70. Ciudad Sincorazón

«¡Bienvenido a Ciudad Sincorazón, el lugar donde los sentimientos no existen!
Libérese de esta cárcel, estos hierros que la implacable sociedad ha forjado para hacerle esclavo de sí mismo, de su debilidad, de su aprehensión. Olvídese del amor, ese sentimiento sobrestimado, metamórfico, perecedero y cruel, que apenas se disfruta y que deriva en sufrimiento, celos y angustia. ¿Qué es eso de la alegría? Un par de carcajadas al año no mitigan la llaga interior que provoca el penar incesante, el estar expuesto continuamente a las inclemencias del corazón. ¿La pasión, la emoción, la esperanza? Velos fatuos, disfraces para ocultar el miedo, píldoras inanes en comparación con lo dañino que nace de la entraña, del interior.
Y si todavia no está convencido, piense en lo que evita, sacúdase el miedo, el remordimiento, la culpa, la autocompasión, la tristeza, sí, la tristeza, la incertidumbre y la ira.
Y sobre todo, despídase del dolor, de ese cáncer que lo llena todo, que aparece casi de la nada, que vive con usted, dentro de usted, hasta el fin de sus días.»

Terminó de leer el cartel, y entró en la ciudad.

69. El dilema

Somos vuestros anhelos. Dirigimos vuestras vidas. Somos la zanahoria del asno. Somos vuestros deseos,  corroemos el alma si nos alejamos y sin embargo damos sentido a la línea que se pierde en el horizonte. Nuestra ausencia muestra ojos vacíos, erráticos andares y cadavéricas miradas.

Somos vuestras ambiciones. Confundimos vuestro propósito y adormecemos vuestra esencia. Somos las pretensiones que ceban vuestra vanidad. Os atiborramos de vosotros mismos y enturbiamos el camino. Nuestra ausencia calma el corazón, amplía el horizonte y aclara la senda. Todas nosotras formamos parte de la encrucijada en que el alma está metida.

Os toca a vosotros la elección. Podéis apasionaros o  serenaros. Podéis meteros en un pozo o pasear con un traje de princesa,  devorar instantes o  ametrallar a vuestros hermanos,  acariciar el agua del arroyo o sólo esperar la salida.

 

68. Confesiones (o no). Arantza Portabales Santomé

Cosas que te dije: que deberías venir a por tus libros. Que me apunté a Pilates en el gimnasio de Ana. Que este año el recibo del IBI deberíamos pagarlo a medias. Que he dejado de fumar. Y las pastillas para dormir. Que, por fin, como querías, todas las bombillas de la casa son de bajo consumo. Que tu hermana me ha contado lo de Julia.
Cosas que no te dije: que rompí algunos libros. Pero los repuse. Que me acosté con mi monitor de Pilates. Solo una vez. Y que, aunque no estuvo mal, no he vuelto por allí. Que me da igual lo del IBI. Que he firmado los papeles. Que aún fumo y que, como ves, no he podido quitarme esa absurda manía de mentirte. Que sin las pastillas las noches son largas. Y oscuras. Porque no hago nada. Solo esperar la salida del sol para iluminar esta casa vacía (sabes que no soporto la luz fría de esas bombillas, tan económicas, tan antialérgicas, tan de quirófano). Que ya sabía lo de Julia, porque tu madre también me llama. Aunque yo solo quiero que me llames tú.
Para decirte mil cosas.
Para callarme otras mil.

67. El carrusel del tiempo

Tic-tac, tic-tac… Clavado en un eje metálico, como una mariposa disecada en el ombligo del mundo, agonizo en mi destierro. Se apagan las luces del carrusel y, una vez más, comienza mi eternidad. Son las doce de la noche. Tic-tac, tic-tac… El universo tiene forma circular, y yo me empeño en fabricar sueños y tiempo, en esta cárcel, estos hierros que me asfixian, me consumen, me desgarran.

Se acerca la soledad de la una. La oscuridad con las dos y las tres. Las cuatro y las cinco con el insomnio. La fatiga y el hartazgo a las seis y las siete, y el ritmo cansino de todas las horas del mundo con sus medias y sus cuartos. Tic-tac, tic-tac…

Son las once. Las once, cuando noto su presencia. Se acerca, tira de la cadena que acelera mi péndulo y las saetas de mis brazos se levantan ufanas como agujas imantadas.  Me acelero. Tictactictactictac… se encienden nuevamente las luces. Tictactictactictac… busco el calor de su mirada antes de que vuelva la sombra de las horas. Se sienta en la taquilla, se le escapa un suspiro frío, vacío y seco. Me mira indolente, y comienza a vender fragmentos de mi tiempo.

66. El dedaleo

Estoy cansado de vagar por estos pasillos que no llevan a ningún sitio. Los he recorrido una y otra vez. ¡Maldito sea quien ordenó construirlos! ¡Maldito sea quien los construyó! Encerrarme aquí fue un castigo atroz. No soy culpable de nada. Sólo de haber nacido. Otros son los culpables: mi madre, que yació con un toro; mi padrastro, que ambicionaba gobernar Creta; Poseidón, que me condenó a comer carne humana. No merezco un castigo tan cruel. Este castigo. Estoy harto de recorrer estos pasillos. Hace mucho tiempo que no veo la luz del sol. Busco la salida, que debe estar por algún lado. He interrogado a otros prisioneros. Algunos estaban tan asustados que no supieron decirme nada. Otros se encontraban tan perdidos como yo. Uno me dijo que podría hallar la salida si seguía siempre los pasillos de la derecha. ¿Por qué no los de la izquierda?, le pregunté antes de arrancarle la cabeza. En cualquier caso, no he conseguido llegar a ningún sitio. Esta maldita construcción parece infinita. Sólo esperar la salida me hace seguir viviendo. Cualquier salida.

64. HORAS BAJAS

Querida Milagros:

Te escribo la presente para que te olvides de mí. No te merezco; debes aspirar a algo mejor.

Sé que te causará sorpresa encontrar esta carta bajo la almohada, después de llamarme mil veces sin éxito, tal vez llorando, quizás rabiosa. Perdóname por haberte hecho sufrir una vez más: esta situación me causa dolor tan fiero como cruel, por lo que he dudado hasta el último momento sobre la conveniencia de  escribir esta nota.

¿Habría sido mejor que desapareciera sin dejar rastro? ¿Qué habrías pensado cuando la tarjeta no te funcionase, porque no queda un solo céntimo en el banco? ¿Y si vinieran a echarte del piso una vez subastado? ¿Te gustaría enterarte por ahí que la vecina me va a  dar el hijo que tú no pudiste? ¿No es mejor que te avise?

Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Te quiero. Siento mucho que se haya desmoronado nuestro castillo interior, pero yo ya no moraba en él. Quería explicártelo, aunque fuera por escrito, por si te sirve de consuelo. Soy tan indigno de ti que no podía hacerlo mirándote a los ojos.

Siempre tuyo,

 

Ernesto

63. LO QUE A TODOS NOS PERSIGUE…POR DESGRACIA

Es aquella sensación que te domina , te devora y que aparece y desaparece como un hechizo. Aunque no lo creas es tratable, pero cuando te atiza es imparable. Hay remedios mejores o peores, pero nunca desaparece completamente. Te congela y te desnuda frente a la gente para exasperarte y enfurecerte, enojarte y derrotarte. No tiene piedad con ningún mortal, ni se transmite como alguna enfermedad. Es contagioso, pero nunca lo esperas. Te corta el aliento y te hace tropezar. Como verás no es una bestia, lo que me ahora me acorrala y me desarma; mas son mis dedos, como ves, mi mejor arma. ¿Qué hago contigo cuando eres así de cansino? Lo intento, no me tumbo y me inclino, me siento y escribo. Aunque juegues conmigo, eres amigo y enemigo, lo sé, lo admito, aunque me frustre en mi desatino mas no eres ningún mito, eres tan real como que respiro. ¡Ay, qué larga es esta vida cuando apareces! ¡Maldito eres cansancio!

61. Nardito Conde, alias el Botas (María José Escudero)

Nardito era menudo, inquieto, lo que se dice un puro nervio. Corría como un rayo, y siempre jugaba al balón con los pies desnudos porque era el único de la banda que no tenía zapatos ni para los domingos. Abrigado apenas con una chaqueta liviana, cargaba cada madrugada con su haz de periódicos y, apostado a la entrada de la estación, gritaba y gritaba hasta quedarse sin voz: “Aviso, ha salido El Aviso…”. De regreso a casa, se paraba en Almacenes La Gaviota y, pegada la nariz en el escaparate, soñaba que eran suyas aquellas botas marrones que siempre estaban expuestas.
Un atardecer oscuro, jugando en la Plaza Vieja, la pelota desinflada huyó por la carretera. Nardito, raudo, salió tras ella, pero, antes de que la atrapara, un sidecar alocado desbarató la escena, y nuestra niñez quedó tendida sobre la frialdad de la acera. Todavía me causa dolor tan fiero recordarlo. Galindo y yo nos abrazamos. Luego él desató su bota izquierda y yo mi bota derecha y se las pusimos con cuidado.
Al día siguiente, la madre, de luto riguroso y con un fardo de amargura bajo el brazo, voceaba dolorida por las calles: “Aviso, ha salido El Aviso…”.

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