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Son las diez de la mañana y sale con Golfo a la calle. Saluda a la gente, sonriendo. Tras quince minutos, vuelve a casa.
Cuelga la correa y la sonrisa en el perchero. Se pone sus deprimidas zapatillas, se ciñe a su bata de condena. Se amarra el pelo en una cola. Va en busca de él, empuja su silla de ruedas. Rebusca en su ánimo y saca una nube para cada ojo. En la cocina, se sirve un café, negro, cargado, sin alegría, y un bol de crujientes lamentos, los mastica de uno en uno:
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
¡Quisiera morirme… pero no puedo!
Las cuatro de la tarde, desata su pelo, descuelga la correa del perro, se coloca la sonrisa…
Conecté bien la cápsula de reparaciones a la nave, estoy segura. Sólo Peter, desde dentro, pudo presionar el botón de desconexión. Ahora que lo pienso le tocaba a él tomar las mediciones pero me hizo sentir culpable y terminé saliendo yo. Cuando nos conocimos en la unidad de entrenamiento algo helador recorrió mi cuerpo pero era tan amable y me ayudó tanto a superar las pruebas para conseguir ser una de las dos tripulantes de Alfa90 que nunca volví a pensar en ese escalofrío.
Me quedan provisiones para unos treinta días luego seré basura espacial. Treinta días para admirar lo que tantos años he estudiado. ¿En qué alma está metida tanta maldad? Me seleccionó entre todos los aspirantes, su mente fría supo ver mi debilidad. Yo me sentía tan segura a su lado hasta que comuniqué mis teorías a la base. Vio que no soy una mosquita muerta y apretó el botón. Pobre Peter no sabe que según mi teoría acabará desintegrado en miles de partículas. Espero que ninguna llegue a tocarme. Sólo me queda esperar la salida y seguir admirando esta inmensidad.
Mi padre es delgado, pequeñito y malo como Lucifer. Un enero, no habiendo clareado el día, plantó en el jardín un enano rojo para que se encargara de nuestra educación.
Supimos que estábamos perdidos.
El horripilante engendro nos observaba cada vez que salíamos o entrabamos a la casa con una sonrisa endiablada en la boca.
Todos los días, antes de irnos al colegio, el enano colocaba en fila, de mayor a menor, a mis cinco hermanos y les hacía tragar abrasadores ajíes: uno abierto y largo como destierro a los dos mayores, medio a los dos siguientes y un cuarto al pequeño. Ellos moqueaban y gimoteaban a causa del picor tan fiero.
Él reivindicaba que estos «arranca-lágrimas» les fortalecía la hombría y se las hacía duras como fierros. Después, se alejaba satisfecho por haber cumplido un día más con su tarea educativa.
Mis hermanas y yo no veíamos la hora de librarnos de esta cárcel, estos hierros en que nuestras almas estaban metidas, mas era uno de los pocos momentos en que nos alegrábamos de ser hembras en esa familia de tan picante virilidad. Vivíamos enajenadas tramando cómo acabar con ese colorado demonio y, de paso, con mi sañudo padre.
Hans von Barlech espera no necesitar un policía, un médico o un rabino. Sabe que sería demasiado complicado para el primero, demasiado tarde para el segundo y demasiado vergonzoso para el tercero.
Abre la cartera mientras recita su habitual monólogo: “¡Qué duros estos destierros, en que el alma está metida!” (silencio). “¡Ay, qué larga es esta vida!” (silencio, luego apenas un murmullo)… “Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero”. Saca la fotografía que le acompaña en estos viajes y le echa un último vistazo. En ella aparecen siete niños puestos en fila.
—No abras los ojos —retumba el eco aflautado en su memoria judía.
—Saúl, ¿nos van a matar? —le pregunta Raquel.
—No, tonta. Mamá dice que solo matan a los viejos —repite, desde hace más de cincuenta años, a su hermana muerta.
Luego seis disparos y risas.
Hans von Barlech no quiere olvidar todavía: “Esta cárcel, estos hierros… Que muero porque no morí con ellos.”
Hans von Barlech voló ayer a Méjico. Mañana, después de disparar sobre el último nazi que mató a seis niños judíos, regresará a España, a sus estudios de teología, y… volverá a llamarse Saúl.
Carlos siempre me tuvo como un mero capricho de los días soleados. Yo, harta de que mi dedicación fuese tan solo valorada como una suerte de intermitencia, me propuse hacerle saber que mi compañía es fiel e incondicional. Que siempre estoy ahí; no solo en los días luminosos cuajados de momentos brillantes en los que la alegría embarga nuestros sentidos; también cuando la tristeza y el desánimo nos envuelven con su baile huracanado y nos acuchilla el frío. Ahora soy experta en cruzar el umbral de cualquier puerta. Se acabaron las tediosas esperas en el portal de su casa, a la salida del trabajo, del cine, de la biblioteca… Reconozco que sin él no habría llegado nunca hasta aquí.
Ayer, cuando Carlos y su amiguita se fundieron en un largo beso, la ingrávida acompañante de ella y yo, como siempre mimetizando sus gestos, hicimos lo mismo. Pero ellos se fueron y nosotros aquí seguimos, todavía con nuestras bocas selladas y nuestros etéreos cuerpos unidos. Yo, que tantas veces maldije mi suerte exclamando “¡ay, qué larga es esta vida!”, ahora, desde la recién estrenada certeza de ser yo misma, me desdigo afirmando que la vida es un suspiro.
Cristina nunca se casó; no es que fuera fea, complicada o anduviera perdida en consideraciones morales en que el alma está metida, más bien fue por culpa de un conductor que no se detuvo a tiempo o por la deforestación, que acabó hasta con los hombres.
Vivía a orilla de la carretera que se perdía en el bosque y sentada en el balcón observaba a los camiones que bajaban de la montaña cargados de madera. Algunas veces uno paraba y se llevaba a una de sus nueve hermanas, pero cuando no hubo más árboles para talar y sólo quedaba ella en la casa, cerraron el aserradero.
El anciano coge su pañuelo, tratando inútilmente de poner un dique a la galerna de lágrimas que cabalgan por los pliegues de su cara.
A unos metros de distancia, nosotros interrumpimos la partida de cartas y observamos nuevamente la sucesión de fotogramas mil veces repetida, en un perpetuo déjà vu de hiel y soledad.
Lo sé. Esta vez me toca a mí arropar al recién llegado con un manto de consuelo.
Me incorporo sobre esta cárcel que aprisiona mi ajado cuerpo, tomo mi cayado y, a cámara lenta, camino hasta el borde de la carretera.
Llego a su altura y el universo se disfraza de silencio.
Nos limitamos a mirar al horizonte durante minutos, quizá horas, mientras su incredulidad y mi comprensión bailan un último réquiem.
Después pongo mi mano en su hombro mientras susurro:»Olvídalo, tu hijo no vendrá a buscarte.
Cálmate y espera.
Solo esperar la salida hará que tus alas alcen el vuelo».
Él me mira y murmura:»Perra vida…».
Entonces, lo invito a unirse al grupo .
Una vez allí, y sin mediar palabra, iniciamos una nueva partida a la sombra de esta gasolinera, perdida en ninguna parte, a mitad de camino entre la Tierra y el Cielo.
La nieve caía a través del ventanal y yo con la nariz pegada al cristal miraba con asombro cómo los copos de nieve vestían los árboles de gala.
La ciudad aún se desperezaba y yo con frio me resistía a comenzar un nuevo día.
Chapotee en la acera hundiendo los pies en el suelo, la vida se detenía y se coloreaba de blanco.
Los coches se resbalan a cámara lenta por las vías como en una película antigua.
Caras de frio, rostros ateridos, guantes, gorros, bufandas y yo con ojos deslumbrantes intentaba adivinar los pensamientos de las personas con las cuales me cruzaba.
No veía ningún sueño pegar saltitos a mi alrededor , los mios, en cambio, habían salido despavoridos, pegaban brincos y hacían piruetas sobre la nieve divertidos y llenos de humor.
Sonreí aunque los corazones que podía ver a través de los rostros que se cruzaban conmigo, la mayoría, estaban llenos de desilusión y tristeza.
Qué tiempos corren!!!! En que a veces el alma está metida en una jaula y lucha con fuerzas por salir de ella.
El viento corre , barre calles, tristezas y corazones y la nieve va dejando un halo de magia sobre la ciudad.
Cuando se presiente la alborada y los pies se resisten entumecidos a posarse sobre el escarchado suelo en la fría e inexpugnable celda, los muros, custodios de la vigilia y el recogimiento, conservan el eco de un silencio tenaz y son testigos de mi pecado. A esa hora, en que el alma se aproxima a la orilla del sueño, me causa dolor tan fiero el lamento de mi conciencia que no calma el rezo, ni la mordaza de mi voluntad. No sanan los estigmas que cubren mi pecho, ni tornan en luz, las tinieblas que nacen de las movedizas paredes del pensamiento, donde han tomado refugio, diablos y monstruos de obcecada bestialidad que me atormentan.
Puedo escuchar el ruido de mis venas, sentir mi piel erizada, pese al calor y al efecto sedante de mis dedos que, noche tras noche, desde que me dejé vencer por los espectros, viajan y ruedan por mi cuerpo, como cuentas de rosario, hasta penetrar y abandonarse en los secretos de mi morada, donde consiento, el rapto de mi castidad y mi honestidad diluente, emboscada por el arbitrario y excesivo deseo que me dispensa la satisfacción de un inefable consuelo.
Sentada en el borde de la mesa mira a los alumnos que, ajenos a su, casi, impertinente mirada, garabatean con desidia el folio de examen.
Días antes, lecturas y ejercicios, de refuerzo y ampliación; gráficos y análisis de datos, esquemas y mapas conceptuales y, sin embargo, ahí están chupando la punta del bolígrafo como si fuera la piruleta de antaño.
Contra la ventana choca una rama violentamente arrancada de un árbol y el ventarrón amenazando con quedarse.
Al fondo de la clase hipidos y lágrimas. Angelito, que es frágil de cuerpo y de espíritu.
En el pasillo ella le pregunta sin querer saber, por no darle importancia, por no implicarse.
Los padres, que le recriminan, le chillan y se enfrentan por él, le dicen. Angelito se siente muy mal. Veredicto, culpable y llora más y sus ojos, dos grandes faros de color almendra, crecen en todas las direcciones, y casi no le caben en la cara.
En el interior vuelan las tizas y los aviones, pero no es el viento, las ventanas están cerradas.
¡Ay, que larga es esta vida! Suspira Angelito y los ojos de ella se agrandan, y se hacen de agua. ¡El vendaval, que hace estragos!
¡Ay, que larga es esta vida! Suspiraba su curvado cuerpo de edad tardía. Nunca se había quejado. Ni cuando su madre le obligaba lavar la ropa en un río de agua helada. Ni cuando las zagalas le tiraban guijarros a escondidas y se reían de su pálido y oleaginoso rostro. Ni siquiera cuando la desposaron con aquel mozo que más que luces tenía sombras. Y más que ternura, bruscos movimientos de rutina y desprecio.
Todo en su azarosa vida había sido teñido de dolor, un sentimiento en que el alma está metida hasta su último recuerdo. Todo en ella era solo esperar la salida de esta cárcel estos hierros que aprisionaban sus más tímidos y secretos deseos. Sus noches… su único consuelo. Los llenaba de jadeos silenciados por la almohada y contenidos en la vergüenza de ser escuchada. De caricias regaladas a su cuerpo, entre frías sábanas con aroma a remordimiento.
¡Qué duros estos destierros de saberse condenada por tales lascivos hechos! Aun recuerda aquella letanía que su madre con inquina le rezaba: me causa dolor tan fiero tu persona, que muero porque no muero. Y sin queja alguna y avergonzada, se daba la vuelta aun sonrojada por su pasatiempo.
Preso débil, fuerte encierro
Cadenas invisibles que sujetan un cuerpo
Un alma volátil que vaga por el cielo
Un cuerpo celeste que no tiene miedo.
Esquinas sombrías que miran con anhelo,
Un poco de luz que disipe sus miedos,
Que duros estos destierros
Esta cárcel, estos hierros
Árbol vigoroso que cumples condena,
Árbol ya sin hojas que se caen de pena,
Hoy he visto a mi hija
Pero ha sido en sueños
Y al despertar, sonaron mis lamentos
Rebotando por doquier entre muros de cemento
¡Maldigo a la mañana por arrebatarme este momento!
Veo una pequeña sombra
a través de un cristal
yo vendería mi alma
por poderla abrazar
Es mi niña la que vino,
La que se puso a llorar,
La que me partió en cinco
Cinco cachos nada más
Uno se queda conmigo
Otro se dispersa sin más
Los otros tres se quedan contigo
Para que los puedas guardar
Ya queda poco mi cielo
Para romper el cristal
Para mandarlo al infierno
Para poderte besar
Levanta mi vida tu mirada,
Con nuestro querer no podrán
Ni rejas, ni espadas
Nos separarán jamás
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