Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

11. AMAR A MARX (Paloma Casado)

Como cada noche desde que nos embarcamos, el baile continuaba en el camarote de los hermanos Marx. Carlos, el mayor, susurraba en mi oído no sé qué teorías sobre tesis, antítesis y síntesis que yo fingía comprender asintiendo con la cabeza, que apoyaba en su hombro.

De repente, un estruendo acalló la música mientras un golpe seco nos proyectaba contra la pared que ocupaba la orquesta. Pronto un marinero llamó a la puerta para invitarnos a finalizar la fiesta y subir a cubierta con el fin de poner a salvo nuestras vidas. El barco había chocado contra una roca de hielo y amenazaba con hundirse.

No había lanchas de salvamento para todos y Carlos manifestó su deseo de compartir el destino de los parias de la tierra.

-Si te quedas –argumenté- ¿quién va a guiar al fantasma que recorrerá Europa?

Mis palabras y el empujón con que le lancé a la barca, lograron que nos libráramos juntos de una muerte segura.

Contemplando la catástrofe, de pie y con el puño en alto pronunció su frase inmortal: “Proletarios de todos los países, uníos”

Me gusta tanto cuando se pone intenso…

 

10. ARMA LETAL (REYES ALEJANO)

Nos envuelve el frío de la noche y el mar de un siglo XX en el planeta Equals, aún sin cambio climático. Viajan en el Titanic dos mil doscientos veinticuatro pasajeros ricos, pobres, homos, heteros, blancos y no, amargos, dulces, sonrientes. Todos cenan en el gran salón, con vino que templa el espíritu y promete noches cálidas. Y tras la cena, se desborda del camarote 115  la pasión más desatada, entre una rica hetero y dulce, y un pobre sonriente; como una onda imparable se transmite a través de las frágiles paredes. Los demás pasajeros desordenadamente emparejados se suman a los roces, los besos y  gemidos. El frío de la noche se diluye, mientras un inmenso iceberg se aproxima al Titanic, a velocidad inevitable. Cuanto más se acerca, más pedazos de hielo se desprenden de la mole helada, y se funden, rendidos por el calor que el barco desprende, uniéndose al océano, ya pura agua. Comienza el cambio climático en Equals, deslizándose la noche hacia un amanecer tórrido y sin catástrofe.

9. ABRIL 14, CUBIERTA 1 (Marcos Santander)

 Después de bailar en brazos de aquel, a todas luces, caballero de porte exquisito y aroma Givenchy con ligeras gotas de extracto de caballo semental, andaluz y pura sangre, volvieron a su mesa en el salón de la gran araña veneciana de fino cristal muranés. Presentía que había vuelto a encontrar a un hombre que sabría transportarla a donde solo una mujer sabe que puede ser transportada. Ese territorio ancestral, femenino y atávico, donde todo es terremoto 9 Richter, y los sentidos se desploman, alejándose de lo material hasta un punto en el que es difícil pensar que la vuelta al mundo terrenal sea posible. Ese campo de ingravidez puntual en el que el tiempo podría acabar siendo un asesino, a nada que se demorase. Apuraron sus dos últimas copas de champagne y, tras un enésimo beso de labios como lenguas relajadas y embrutecidas, se dejaron portar por el tiempo hasta aquella bella habitación de la cubierta superior. Siguieron amándose como si se acabara el mundo, como si fuera la ultima vez que fueran a hacerlo, con fruición, ángel e inusitado desempeño. Ella bien lo sabia. ¿Qué importaban el mundo, la fecha y el lugar?

8. Lady Packington

Estaba indignada. Hacía tres horas que había pedido a Mollie, su criada, que fuera a preguntar qué estaba pasando. Todavía no había regresado.

Nunca imaginó Lady Packington que aquel viaje resultaría tan penoso. Los primeros días había acudido al comedor junto al resto del pasaje de primera. Sin embargo, no soportaba a esos americanos vulgares que alardeaban de sus millones: le recordaban al patán de su yerno. Había acabado recluyéndose en su camarote. Mollie se encargaba de traerle la comida y de atenderla. Sólo quería llegar pronto a Nueva York.

Hacía unas horas, aquel horroroso ruido la había despertado. Más tarde, escuchó gritos, una sirena. Tuvo que enviar a Mollie para que preguntara qué diantres estaba ocurriendo.

Lady Packington no se alarmó cuando advirtió que el barco se estaba escorando. Sólo comenzó a pensar que algo grave ocurría cuando por debajo de la puerta penetró el agua. Por un instante se le pasó por la cabeza el pensamiento de que no era como los otros pasajeros, que no había vivido como ellos, pero que moriría como ellos… probablemente.

–¡Mollie! ¡MOLLIE!

7. El camarote fantasma (Eva García)

Nunca llegó a entrar el agua, nunca fue colonizado por corales o anémonas ni visitado por pez alguno. Permaneció intacto, ajeno al frío del hielo traidor, a los gritos, al pavor, a la muerte segura. Dentro, sonaba incesante un violín  que espantaba la tragedia, manteniéndola al otro lado de esta realidad. Allí se gestó el amor más profundo; un amor azul y esculpido en sal que nunca atravesó las olas porque el mundo no estaba preparado para imitarlo.

6. ¡ALERTA!: ¡HOMBRES! (J.Redondo)

Los largos tentáculos de las temidas medusas, las carabelas portuguesas, trasmitieron a las profundidades la alarma:
— ¡Navío flutuante parado no paralelo 35º meridiano 94º!
Raudo llegó el “sónar” al pulpo.
Años atrás, el pulpo, pasando por el arco cigomático de una calavera su brazo número tres, que es el que los cefalópodos utilizan para palpar los lugares ocultos a sus ojos, se topó con la gorra del capitán Edward. Tocado con esa prenda logró obtener el respeto y la obediencia del resto de los oceanícolas.
Usando de su autoridad pidió a las morenas, pastoras de lenguados, que le trajesen sus rebaños. En inglés, idioma que ellos “gorgoritan”, y sobre los lisos lomos de los “flatfishes”, utilizando a modo de pluma estilográfica su tentáculo octavo, que es el que usan para dibujar con su tinta, escribió:
— ¡SOS! ¡Men diving! ¡All inside 115 shelter!
En 15 minutos todos los peces se refugiaron en el camarote 115.
Nadie pudo abrir aquel cuarto herméticamente cerrando por dentro y fuera por los brazos de mil estrellas de mar enlazados cual intrincadas cremalleras.
Pasada una semana los apéndices de las carabelas portuguesas trasmitieron:
— ¡Zarpan! ¡Fora de perigo!
Y aquel pecio de hierro viejo recuperó la vida.

5. HOY CONFIESO (PURIFICACIÓN RODRÍGUEZ DÍAZ)

Dentro de esta botella que arrojo al mar, juro que he escrito la verdad.

Aquella mañana de abril, yo me disponía a embarcar en el camarote 115 del Titanic tratando de huir de una vida desperdiciada cuando, entre la multitud que abarrotaba el puerto, me fijé en un joven que, con su mochila de trabajo al hombro, parecía mirar con cierta envidia las enormes maromas que, en breve, liberarían el barco de los norays del muelle.

Entonces, en un irracional impulso, regalé mi pasaje a aquel hombre, deseándole que cumpliera su sueño. Él lo cogió y, entre incrédulo y agradecido, echó a correr hasta perderse por la pasarela de embarque.

Lloraba mi cobardía, mirando cómo el transatlántico desaparecía en la distancia, cuando alguien me susurró al oído una frase que me ha perseguido toda la vida:

—“Ha cometido Vd. un error fatal, madame. No son herramientas de trabajo lo que lleva mi amigo en su mochila”.

Cuando me volví para interrogarle, había desaparecido.

Ahora ya sabéis que el famoso iceberg sólo fue la explicación más coherente que la naviera encontró para ocultar, ante la prensa internacional, que, entre sus selectos pasajeros, había conseguido infiltrarse un vulgar terrorista.

4. Champán y sal (Susana Revuelta)

Recuerdo que rodé por los escalones un par de veces antes de ser arrastrado por esta vikinga a su camarote. ¿Qué le habrían puesto al ponche aquel? ¡Si yo antes del tercer brindis no canto nunca! Dos sorbitos, un meneo en la pista de baile y hala, ya tenía su lengua metida hasta el paladar. ¿Cuánto tiempo llevaremos tumbados en esta cama? Qué mareo me está dando con la cabeza aprisionada entre sus muslos, casi no me llega el aire. Tengo la boca seca de tanto lamerle el caramelito, que a ratos parece a punto de descorcharse, pero nada, que no. Cómo tarda la tía, y eso que esta mañana no me afeité. ¿En qué idioma estará gimiendo… Astrid? ¿Ashley? ¿Cómo dijo que se llamaba? Ah, qué alivio, por fin ha terminado; vaya sacudida, del empellón me he caído al suelo. ¡Eh! ¿Qué hace la litera pegada a la pared y la ventana en el techo? Me da vueltas la habitación, menuda borrachera he pillado. Anda, esto que se me clava en la espalda, ¿qué es? ¿El pomo de la puerta? ¿Y por qué está entrando agua por debajo de… Glu glu glu.


3. «Y fueron felices»

-Ernesto, cariño ¿no te parece que nuestra luna de miel está durando una eternidad?
-Sí, mi amor.

-Querido, ¿no te parece extraño que desde que golpeamos aquel iceberg los demás los atravesemos?
-No, mi amor.

Leonor se acicala su peinado perfecto con movimientos coquetos, casi de niña, sentada frente al espejo del tocador.
Ernesto, desde el sillón, la admira con deleite mientras el aroma de las volutas de su pipa invaden la estancia.

2. PARA ICEBERG, EL MÍO

Chevalier, en el salón Parisién con una absenta, el azucarillo en la cuchara con agujeros y echando el agua por encima, cuando escuchó ruido de ropa por la espalda, posiblemente un can-can demasiado almidonado.

Me permite, le susurraron al oído, al volverse, la mujer más encantadora, de blanco impoluto, con una sonrisa que hizo que se levantara, cogiendo de la silla de al lado, el bastón y el canotier.

Por favor, soy viuda, voy a estudiar a New York, quiero olvidar, soy muy joven, Ay, Huy, hoy?, aquí, ahí la 115, hey, oh la lá, oui oui.

Entra primero ella y al poco él. A la media hora el primíparo sigue con los cordones de la faja, el miriñaque en el suelo como un tacataca, las medias con la blonda y sus corchetes enganchados a una pantaletas de puntillas le tenían a punto de explotar.

Al separar la faja, la marca de las ballenas en la piel del tronco semejaba las grietas de un río seco.

Ya desnudos y temiendo él una eyaculatio ante la portem, la tumbó en la litera y sin muchos preámbulos la penetró, justo cuando el barco se puso vertical. Dijo ella, menuda clavada, ah ah.

1. NAUFRAGIOS (JAMS)

Desde que murió su esposa, Eugene Warren solo supo resolver su condición de padre recurriendo a la autoridad del reformatorio y la doctrina de sacristía. El mayor de sus hijos, Adam, rompió el cerco y buscó su destino escapándose a Europa como representante de una firma de calzado americano.Tuvo suerte, y levantó su propia empresa hasta codearse con importantes fortunas británicas y holandesas. Su amigo, el empresario Benjamin Guggenheim, le convenció para acompañarle en la primera travesía del RMS Titanic, y Adam consideró que sería un buen momento para una visita sorpresa al hogar paterno. Adquirió un pasaje de 200 libras y ocupó el camarote 115 de primera clase, pero jamás llegó a Nueva York.

Un domingo de mayo de 1912, cuando salía de Santo Tomás en la Quinta Avenida, Eugene Warren distinguió una mesa de postulación que recogía fondos para ofrecer un funeral digno a los desaparecidos en el naufragio. El viejo notó un extraño presentimiento que no supo interpretar, y sin saber bien para qué, se acercó.

-¿Cómo te llamas, muchacho?

-Michael, señor. ¿Quiere usted colaborar?

-No, no. Sólo quiero darte un buen consejo, Michael. Deberías irte a casa a estudiar y no perder el tiempo con estúpidas colectas.

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