Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

81. ¿Por quién doblan las campanas? (La Marca Amarilla)

Limpio la aguja con un suave soplido, la deposito con delicadeza sobre el vinilo y, después de unos segundos de leve crepitar, comienza a sonar la genial cadencia sonora de “Tubular Bells”. Entonces te recuerdo.

Te recuerdo la noche del estreno, sentada a tres butacas de mi corazón inerte, disfrutando de la película mientras el público gritaba y apartaba la mirada de la pantalla. Sin embargo, tú la contemplabas con fascinación –plácida- con la certeza de que nada malo puede pasarte, ni siquiera conocerme. Fantaseaba con ello.

Fantaseaba, mientras aquella niña impostora vomitaba un batido de guisantes sobre un ridículo hombre de negro, cuando lo anhelado sucedió: tu mirada, a tres butacas de mis ojos ardientes, se cruzó con la mía. Fue entonces cuando me di cuenta del error.

Me equivoqué como hacía siglos que no lo hacía. Vi el grotesco crucifijo colgado de tu cuello de cándida novicia y me percaté, iluso de mí, de que no fue la sugestión del mal lo que te atrajo hasta la sala de cine sino tu embeleso por aquel actor sueco y su estúpido papel.

80. ESCÚCHAME ( BEGOÑA HEREDIA)

Te mentí. Como Isabel mintió a su hermana. El día que vimos la película escondidas entre las butacas del fondo, dónde solían sentarse Elena y Manuel, que iban al cine y no miraban a la pantalla, te dije que era porque les daba miedo, y mentí al decirte que el monstruo no había matado a la niña. Tampoco fui sincera cuando te dije que papá estaba en la ciudad para comprarnos bollos de nata, y al regresar oliendo a violetas te conté que era el olor de las flores que traía a mamá. También lo hice cuando no llegó el hermanito que esperábamos porque mamá se había resbalado en la cocina. Lo hice de nuevo el día que jugando en el patio escuchamos golpes y gritos, te dije que era la radio y que iba a entrar en casa para apagarla. Pero en lo que no te mentí fue al decirte que si cierras los ojos puedes hablar con los espíritus, por eso cada noche cuando te acercas al balcón oigo como repites “Soy Ana” “Soy Ana “, pero no sé cómo hacer para que me oigas tú.

79. En su compañía (Rosa Barrera)

Con mi media naranja paso mucho tiempo. Ella conoce la importancia de mis deseos por su delicioso néctar que resbala por mis labios. Esa piel rugosa que acaricio entre mis largos y delicados dedos como tantas otras veces después de cenar o incluso cualquier hora nos parece perfecta para el acto.
Sobre la mesa de la cocina, en el coche de vuelta a casa del trabajo, en el patio de casa, en la azotea con esas estupendas vistas, aún a expensas de ser visto.
La voy saboreando poco a poco para que me quede su esencia, y apreciar cada rasgo de su piel cuando voy viendo su interior en todo su esplendor hasta llegar al momento cumbre: la reparto en gajos, y uno a uno los voy introduciendo en mi boca.

_ ¡Corten! gritó el guionista. A ver si ponemos mas interés en el tono de los personajes porque más que un anuncio de naranjas erótico me parece una película de los años 70 con dos rombos en la pantalla censurando. Poned más entusiasmo. ¡Repetimos, venga!

78. Función de noche (Javier Ximens)

Me he comprado unas gafas que detectan el calor del cuerpo humano y permiten ver en la oscuridad. Las llevaban unos soldados en una película moderna de esas que no entiendo. A mí las que me gustan son las que veía contigo, dados de la mano, en la última sesión de los sábados en el cine Coliseum, las mismas que luego volvieron a televisar presentadas por Carmen Sevilla. Por eso he pedido a nuestro nieto que me busque a buen precio una colección del cine español.

En estas largas vigilias de insomnio y soledad me siento como encerrado en una filmoteca donde reponen todos los recuerdos. A veces lloro, igual que con las torturas en «El crimen de Cuenca», por un delito del que no soy responsable: sobrevivirte. Mas ahora volveré a ver las películas en mi habitación, con la luz apagada, y me reiré hasta perder la dentadura. Además, las noches que sienta tu calor a mi lado me colocaré las gafas esas, te daré la mano y te veré como cuando estábamos en la penumbra del cine, aunque sea todo en verde.

77. EN LOS ANDES (Petra Acero)

Hacía frío y olía… raro, como cuando de pequeña se escondía en la despensa de la abuela. Trató de abrir los ojos. Trató de retirarse el pelo de la cara, de restregarse los parpados, pero tenía los nudillos congelados, o eran los brazos…  Trató de gritar: “¡Dios mío, estoy ciega!”. Pensó en ese “Dios mío” misericordioso, benévolo, auxiliador; ese “Dios mío“ del que tantas veces  le hablaba la abuela… Su abuela era una mujer extraña, no se parecía a ninguna otra abuela. Su abuela predecía los relámpagos y los truenos, el nacimiento y la muerte del ganado. Su abuela curaba la tos, las picaduras de abejas y avispas, el mal de ojo… Su abuela era como “Dios”.

Nada, no veía nada. Dejó de sentir frío… Oyó voces. ¡Más supervivientes! Se acercaban. Quiso gritar: “¡A-quí… So-co-rroo… ¡Socorrooo! Estoy aquí”. Lo último que pensó, antes de dejar de pensar, fue que su abuela llevaba razón, que “Mientras hay vida, hay esperanza”…  Algunos supervivientes se acercaban hambrientos.

76. Sesión continua (Reve Llyn)

Acurrucada en aquel espacio oscuro y húmedo — la moqueta mohosa, los cortinajes y la tapicería de terciopelo gruesos— vi pasar proyectadas en la pantalla todas aquellas vidas que parecían más ciertas que la mía propia. Recorrí Manhattan, baile un tango en París, morí en Venecia y asesiné en Cuenca. Allí permanecía tardes enteras, como encerrada en el interior de uno de esos órganos vitales —corazón, cerebro— donde el dolor no alcanza.

Después, el repiqueteo final de la cinta al terminarse, la luz —excesiva siempre— y el silencio en la calle.

 

A veces entro en un cine con cierta nostalgia. Ahora huele a palomitas, a ambientador tóxico y a plástico, el sonido Dolby me hace vibrar —literalmente— en las cómodas butacas,  y en ninguno hacen pases continuos, apenas terminada la película te arrojan cuanto antes a ese sinsentido sin títulos de crédito ni banda sonora que es la vida.

 

75. PA PARABARA

Os presento a Rodrigo. Sí, ese tipo de traje que mira las pantallas. Rodrigo es un chico tímido que hoy se ha vestido al más puro estilo Arturo Fernández y acompaña su atuendo con un discreto pero elegante ramo de flores. ¿A qué se debe este cambio? Pues a que esta mañana le ha llegado un mensaje de Ana pidiéndole que fuera a recogerla al aeropuerto tras un año estudiando en EEUU.

Mirad, esa chica de ojos divertidos es Ana. La que lo abraza con fuerza y le da dos besos. Sí, es posible que a Rodrigo le cambie la expresión del rostro. Ha comprendido que el mochilero barbudo que va detrás es el nuevo novio de su amiga. Se le pone cara de López Vázquez porque está secretamente enamorado de ella. Pero apechuga, ofrece el ramo de flores al mastodonte americano, ayuda con el equipaje y los acompaña al coche.

Se sientan detrás, entre risitas y arrumacos, como si él fuera un simple chófer. Y Rodrigo se ve como en una película, con gesto de fastidio, a lo Alfredo Landa. Y de la nada nace in crescendo un coro que martilleante tararea «pa parabara, parabarabarabará parabara, parabarabarará parabara…»

74. NO HAY MAL QUE POR BIEN… (Mª Belén Mateos)

Creí ver llegar un rostro meticulosamente maquillado, con una espesa y rizada pestaña que enmarcaba un ojo profundo y perverso. Me pareció que sus labios se tensaban en una mueca de sonrisa, pero mi cabeza aturdida por la resaca me impedía observar con claridad quien se aproximaba.

Supuse un gracioso sombrero negro que contrastaba con una vestimenta blanca y extraña. Traté de abrir mis ojos, pesados por el alcohol y por los años, y de apartar mis torpes piernas del camino para no molestar y dejar que cruzara el puente . Solo quería descansar hasta que mi conciencia fuera de nuevo humana, pero aprecié un bate de beisboy en sus manos y una cadena de hierro esperando ansiosa ser utilizada. No hubo muchas preguntas o al menos no las recuerdo, solo la sensación de un gran impacto en mi cuerpo que se repitió varias veces, unas risas sarcásticas y un brebaje de color blanco con aroma a naranja, que tras forzar mi boca con unos hierros, me obligó a beber.

Me dejó maltrecho en el suelo y se fue silbando. La verdad es que no le guardo rencor, su mejunje ha resultado ser un gran invento para mis días de resaca.

73. PESADILLA de Piluca Illana Herraiz

La sesión era continua. Un bucle de ida y vuelta.

Lo haría en la ida -pensó- y se frotó sus metálicas y asesinas manos. Cuando encendieran las luces, todo habría acabado. No habría vuelta. Ni delante ni detrás.

La obscuridad de la sala sería su cómplice. El ruido de fondo también: Un corro de niñas tarareando una canción a coro. Mejor entre toma y toma con el destello apagado. Iba a ser rápido. Los párpados de su víctima ya comenzaban a pesar. Languidecían sin remedio. Pronto caerían en un sueño profundo.

¿Sueño o Pesadilla?
Sería pesadilla. Seguro

En la pantalla Freddy kruger movía los cuchillos de sus dedos con el mismo sarcasmo que la grotesca risa de su cara.
Se relamía con repulsivo gusto y sonreía… je je je…
Pronto muy pronto saldría del celuloide y la atraparía. La adolescente sentía una necesidad imperiosa de dormir. La película que veía era tediosa y aburrida, pronto cerraría los ojos… Ignoraba que en el próximo pase, ella sería una de las sacrificadas protagonistas. De haberlo sabido nunca hubiera entrado en aquel cine tan cutre y tan solitario.

M. Pilar Illana Herraiz
21 Octubre 2014

72. Como espuma por la arena

Era temprano. Entrarían sin prisas, dándose todo el tiempo del mundo. Fila 23, butacas 13, 14 y 15. Como su mujer repetía que las cosas no pasan al azar, buscó una explicación para aquella decisión. La de llevar 23 años juntos y haber tenido una novia a los trece le satisfizo. Se echó unas palomitas a la boca, dio un largo trago al refresco de su hijo y se dejó asaltar por recuerdos ya olvidados… Sí. Con aquella chica quedó por primera vez en el cine. El que tenía las sillas de madera. De tijera, se decía, porque eran de abrir y cerrar. Salías masajeándote el culo cuando terminabas de ver la película… Fue su primer amor. Que guapa era. Y que dulce. Luisa. Caminaba sobre el suelo como espuma por la arena. Él era muy joven y no la supo corresponder. Más tarde ella le dijo ruborizada que tenía otro novio. El dio media vuelta y se fue. La volvió a ver esporádicamente, por aquí y por allá, hasta que perdió su pista. Se pregunta si aún vivirá. Sí, se responde, no hace tanto. Tan solo cuarenta años.

71.- PRIMEROS AUXILIOS (Paloma Hidalgo)

Aquella francotiradora me había alcanzado en varias ocasiones. Curaba los rasguños con cerveza, y las heridas más profundas con el whisky batallero que podía permitirme en aquella época. En cualquier caso, las balas más dañinas provenían siempre de sus ojos. Azules. Pluscuamperfectamente azules. Aquella tarde, en un cine lleno de gente, ese mirar turbador, su interpretación en la piel de Lucía, y mi predisposición natural para ofrecerle los mejores blancos, me dejaron maltrecho. En ese estado me dirigí a la parada del autobús. Mientras lo esperaba, una mujer joven me ofreció su sonrisa y unas tiritas; unos apósitos en su mirar encendido, de carbón. Unos ojos oscuros, cálidos, que evité sin embargo, para concentrarme por última vez en el cartel publicitario de la película, en los guantes negros que cubrían sus brazos y en la gorra de oficial alemán, antes de que llegara mi transporte.
Unos ojos de noche sin luna, que siguen colándose todavía hoy en mis sueños, para recordarme, quizás, que junto a ellos habría aprendido lo que se siente cuando una mujer conjuga el verbo amar en los tuyos.

70. Frenesí

Le había conocido en una película de los años setenta; cuando el ataúd se hundió en el lodo, una sonrisa escapó de sus labios rojos, mientras palpaba el dolorido brazo.

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