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Mi vida es un laberinto.
Minotauro
….y ¿Qué pensará mi familia? y ¿Qué dirán mis amigos? y ¿Si todo sale mal? y…. No quiso quedar atrapada en ese laberinto de preguntas que se hacía una y otra vez, ya que de tenerlas en cuenta nunca la iban a llevar a ninguna parte. ¡Se acabó! exclamó en voz alta.
Y tras saborear el último café, aquella mañana, en aquella casa, Gloria de 48 años, divorciada y sin hijos se centró en aquellos otros pensamientos que la impulsaban a buscar un nuevo camino para salir de la rutina asfixiante en que se había convertido su vida.
Pensó que ya estaba más que harta de levantarse todos los días a las siete de la mañana, de pasar de ocho a tres de la tarde en la residencia de ancianos, de limpiar y cocinar, de hacer la compra y de echarse a la cama sin apenas ver la tele, porque a las once ya estaba tan cansada que en cuanto ponía la cabeza en la almohada caía en brazos de Morfeo. Así un día y otro también. Esto estaba pensando cuando sonó el timbre. Abrió. Allí estaba él, Andrés de 40 años, alto y guapo y, sonriéndola, con el casco en la mano. Ella tomó el suyo, se puso la mochila al hombro, cerró la puerta, subió a la moto y se marchó sin mirar para atrás, por si acaso.
Póngase cómodo y disfrute. Duración aproximada del viaje: ochenta años. Los primeros doce, manténgase paralelo a la vía láctea. Ha alcanzado el sistema trece: cinco años de turbulencias. Reduzca la velocidad y el consumo de combustible. Emergencia: Se detecta recalentamiento de los cojinetes y pérdida de aceite. Falsa alarma. Lubricantes estabilizados y temperatura descendiendo a niveles de seguridad.
Bienvenido al sector principal con velocidad de crucero y máximo nivel de autonomía. El ordenador de abordo aconseja rumbo en zigzag previo a maniobras de acoplamiento. En las siguientes bifurcaciones, seleccione siempre el camino con más curvas peligrosas. Vigile los bajos del vehículo y elija la salida más pronunciada. Atención: señales de abordaje, inicie maniobra de evasión, varíe el rumbo. No se deje alcanzar, frene, de marcha atrás. Los sensores exteriores indican rasguños en la carrocería. Malfuncionamiento generalizado. Pase a conducción manual los siguientes treinta años.
Sistema iniciado en modo automático. Rumbo constante los restantes quince años. Preste atención a los repechos y vaivenes de esta vía en constantes obras y reparaciones. Realice revisiones periódicas en taller. Necesitará aditivos y recambie piezas si es necesario. Apague el motor y diríjase hacia la luz al final del túnel. Destino alcanzado. Punto muerto.
“Mucho me temo que vienen a rescatarme” -dice Teseo, con sorna, mientras se incorpora del triclinio y aguza el oído.
“Descansa tranquilo -le sugiere Asterión, el Minotauro-, no hay un lugar más seguro que la cámara central del laberinto».
Y, con serenidad, continúa tejiéndole un manto a su amado, mientras espera que el otro extremo del hilo arrastre a su despechada hermana.
—Sáquenme de aquí —gritó desesperado el importuno paseante.
Y el amo del lugar lo condujo amablemente hasta la salida.
Malebolge
Mi vida es un infierno, lleno de drogas y sexo. No te enfades, prefiero sincerarme contigo. En este octavo círculo necesito las drogas para olvidar, y el sexo para recordarte.
Malevaje
Donde vivo ahora no hay sitio para la honradez, como no la tuve cuando te perdí.
Malevo
No soy búlgaro, te dije… Qué estúpido.
Malévolo
Respondiste que te gustaban los hombres canallas, y sucumbiste a mis encantos.
Qué estúpida (te pido perdón).
Alvéolo
Mi alma posee tantos recovecos que ni yo me encuentro. Creo que me falta corazón.
Veloz
Necesitaba huir, volar, escapar, partir… Los análisis mentían, ¿portador de qué?
Valor
Es lo que me faltó. Sigo siendo un cobarde.
Amor
Cosa de beatas y maricas, pensaba. Ignoré su significado hasta que tu ausencia me llenó de él.
Moral
Invento nefasto del cristianismo, culpable de hipocresías y clases. Yo te contagié, tú no eras culpable. ¿Suicidarte? Un error.
Mortal
Tú me recuerdas que lo soy. Mi virus lo es. ¿Qué no lo es?
Matar
Vivo para ello. Moriré cuando no mate.
Malaje
En eso me he convertido desde que tú no estás.
Malebolge
Mi vida es un infierno, lleno de drogas y sexo. Con SIDA y sin ti.
El cirujano destinado a revolucionar la práctica médica, todavía estudiaba en el instituto. De momento, era un objetivo débil. Granos, gafas, ropa heredada de su hermano. El cabecilla que lideraba las acciones también cumplía estereotipos: rodeado de un séquito maleable, cigarrito a escondidas en el recreo, notas desastrosas. Finalmente, sus caminos se distanciaron. Es evidente cómo y hacia dónde. Se reencontraron años después. El cabecilla buscaba solución a la dolencia de su madre. Le habían recomendado un médico puntero en el tema. En la consulta creyó reconocer al chaval que humillaba en el instituto cuando se aburría, pero su memoria estaba turbia. Pese al tiempo transcurrido, el destacado cirujano recreó al instante un sufrimiento adolescente que intuía superado. Sin embargo, abrazó al excompañero y aseguró alegrarse de verlo. El cabecilla le mostró su admiración y recordaron, entre risas, anécdotas juveniles. Después, tras revisar el expediente médico de su madre, sentenció: nos vemos en tres meses, cuídala mucho. Abrazó al doctor y lloró en su hombro. Luego, madre e hijo agarraron sus manos y abandonaron la consulta como dos jóvenes que estrenan piso, mientras el médico recordaba un artículo del código deontológico que teorizaba sobre las falsas esperanzas.
A medida que llegan, desovillan sus voces por la estrechez del pasillo. La mayoría están nerviosos; solo unos pocos conversan con la tranquilidad de tener todo en regla.
Un hombre intenta colarse en la fila; aduce que su novia— una hermosa pelirroja, según él— lo espera del otro lado. Aparto al sospechoso y paso el sensor por su valija. Hay un pitido; razón de más para pedirle que la abra.
— ¿No leyó el cartel de la entrada?— pregunto señalando el perfume— No puede ingresar con esto, se lo voy a tener que decomisar— y acto seguido desenrosco la tapa para vaciarlo en un tacho, pero no lo hago ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Qué puede haber de malo en ese inocente perfume que de seguro trae para su novia?
Vuelvo a ponerle la tapa al frasco y se lo doy, deshaciéndome en disculpas. El hombre no dice nada; se limita a acompañarme al mostrador, donde diligentemente le sello el pasaporte y se lo entrego con mi mejor sonrisa:
—Bienvenido al país, señor Grenouille.
Cuando el amo abre la puerta de la jaula y le levanta, no puede imaginar lo que hoy le tiene preparado. Siempre le está obligando a hacer cosas de lo más insólitas. El amo le lleva durante un rato por el aire. Hace tiempo que dejó de temer esos viajes: este amo es muy cuidadoso. De pronto, le deja en el centro de una habitación cuadrada. En cada una de sus paredes hay una puerta. Olfatea y percibe el aroma del queso que suele darle el amo. Corriendo, atraviesa una de las puertas. Comienza a recorrer los pasillos. Nuevas puertas se abren en los laterales. Regresa inesperadamente a la habitación de la que salió.
Sigue correteando. A veces tiene que dar la vuelta porque el pasillo no tiene salida. El olor del queso se acerca, se aleja. Comienza a cansarse. Cuando levanta la vista advierte que el amo sigue allí, mirándole con curiosidad.
Recorre los pasillos. Por algunos ya ha pasado dos, tres veces. Está agotado. Percibe el olor del queso. Muy lejos. No consigue encontrarlo. Está exhausto. Se detiene y mira arriba. ¡El amo ha desaparecido! Le ha abandonado allí abajo.
Está sediento y tiene hambre.
El rótulo en mayúscula sobre el dintel de la puerta, hacía sospechar historias truculentas en vidas atormentadas. El olor a fármaco escapando por las rendijas, auguraba un desfile de batas blancas y jeringuillas somníferas.
No le faltaba valor, era dolor lo que la retenía fuera.
Respiró hondo muchas veces, ninguna fue suficiente para exhalar la desazón que la roía por dentro. Cerró los ojos pidiendo a Dios su fortaleza de crucificado.
Empujó levemente la puerta y se encontró en el interior de aquel laberinto complejo y desolador, espiral infinita de emociones cambiantes en rostros ausentes.
Quejidos seguidos de carcajadas pronunciados por una boca senil, le dieron la bienvenida.
Entró en su habitación y lo halló sentado sobre la cama, escuchando una canción de lluvia. Las lágrimas brotaban de sus ojos, tristísimos. Las suyas nadaron por dentro.
Llegó en justo momento un ángel vestido de galeno y tuvo a bien devolverles la vida.
Acercó hasta él sus zapatos de deporte y, de la mano, corrieron hacia la salida. Para entrar solo hizo falta un leve empujón, para salir necesitaron a Dios, al guardia de seguridad y un extenso documento donde rezaba la firma de la psiquiatra.
Asirse al madero que flota, asirse…,la gran nave es un laberinto.
Desnortado en aquel dédalo implacable, tiró del hilo dorado, pero la verdad es, que no sabía si decantarse por la senda que dibujaba la hilera de garbanzos esparcidos por el camino. Al final hizo más caso al reguerito de sangre aún caliente. Al fin y al cabo, despedazaría el minotauro herido para comérselo, si no conseguía encontrar la salida.
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