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La cadena que separaba el parking del viejo hotel de la solitaria carretera, presentaba claros indicios de abandono. El destartalado y parpadeante neón apenas permitía divisar con manifiesta dificultad el nombre de aquel desapacible lugar. “Motel Averno, garantía de sueño eterno”, rezaba el cartel publicitario que se hallaba a la entrada del mismo. Por extrañas concurrencias que el destino es incapaz de explicar, una joven pareja que se dirigía hacia la costa este de cualquier lejano país fue a parar, tras haber recorrido varios kilómetros a pie al quedarse su vehículo sin combustible, a las mismísimas puertas del Averno. En la entrada figuraba, escrito toscamente a rotulador sobre un folio, la siguiente frase: “PASE SIN LLAMAR…. NOS ENCARGAMOS DE TODO. El resto de lo acontecido se puede consultar en las macabras crónicas que hacen referencia a casos cerrados de asesinato que nunca fueron resueltos en las hemerotecas de cualquier pequeña localidad aledaña.
El joven de cabellos y barba rizados parece mirar hacia un mundo de aguas profundas donde no se percibe el fondo. Una mano soporta el leve peso de su barbilla y la otra reposa indolente sobre el músculo de una pierna. Sobre la mesa camilla, sobre el paño viejo, hay un vaso a medio beber, y más allá un recipiente que hace las veces de cenicero.
La habitación, una destartalada habitación de hotel de carretera, está levemente iluminada por una luz azul que parece emerger de la pantalla de un televisor. La pantalla está vacía de imágenes, pero el joven no lo percibe porque su mirada va más allá, o más adentro, o más abajo, a lo más profundo y gris de sus pensamientos, un fondo abisal. El ambiente es opresivo. No hay ventanas, ni puertas. El tiempo y el espacio han huido del habitáculo. Ni siquiera el calendario que cuelga de la pared es capaz de indicar en qué época del año estamos, ni qué día, ni qué noche. Lo que realmente importa es la extraña, la insólita soledad de un hombre joven… y un revólver sobre la mesita de noche…
Con un sol abrasador, el asfalto parecía derretirse. Al contemplar el reflejo del paisaje en la carretera, Gloria se dejó contagiar por el espejismo e imaginó que visitaban todos aquellos lugares que tanto anhelaba conocer. Durante la mayor parte del recorrido se dejó llevar por la ensoñación.
Cuando medio sol se había ocultado tras el horizonte llegaron a su destino: al hotel de carretera donde se vieron por primera vez.
Tras aparcar la polvorienta Harley, subieron a la habitación. Ella se dio una ducha. Al salir, el estaba apoyado en el marco de la ventana, hablando por el móvil: “Cariño, que solamente son unos días”
Gloria se sentó en el borde de la cama, al tiempo que esbozaba una media sonrisa. El se acercó y sin dejar de mirar sus hermosas piernas, musitó: “Era mi hija”. Acto seguido colocó su mano sobre sus rodillas. Ella se dejó acariciar en silencio. Andrés aspiró el embriagador perfume de su cuello.
Llamaron a la puerta.
– “Será la camarera que nos trae la cena”.
Al abrir, el rostro de Andrés palideció.
Para evitar suspicacias, solíamos citarnos en aquel cochambroso e inhóspito hotel de carretera. Aunque pudiera parecerlo, no necesitábamos escondernos para vernos y desfogarnos. Sin embargo, nos escondíamos y cada vez nos gustaba más. Sobre todo a mí.
A veces me preguntaba qué pensaría mi novia de toda la vida si me viera preso de aquel trajín. Por suerte no tenía hijos a los que rendir cuentas y mis padres, ciegos de orgullo y pasión, no se enteraban de nada ni querían enterarse.
Me superó la notoriedad y el protagonismo. Lo reconozco. Pasé de la desnuda bicicleta al coche de cristales tintados y de ahí a todo lo demás. Él me fue tanteando con regalos ( buenos regalos) y poco a poco me conquistó. Obviamente ya no pude negarle mis favores. Pero, en el momento más dulce de nuestra relación, un «plumilla» con aires de investigador nos pilló in fraganti. Así comenzó mi pesadilla.
La noticia apareció en el periódico local y luego saltó a todos los medios: «El concejal de Urbanismo y Vivienda del Ayuntamiento de Marbelloso aceptaba dinero de un conocido empresario de la construcción a cambio de…»
Nunca entendí tanto alboroto, después de todo nos presentó el alcalde.
Acepté la cita más extraña que nunca hubiera imaginado.
Pero todo era extraño en mi vida desde el día anterior.
— Hay dolencias y lesiones que no muestran cara alguna hasta que esa cara es muy, muy fea, espantosa.
Era una bonita forma de decirlo, aunque no restaba dramatismo, mi madre acababa de sufrir un infarto, estaba muy grave. No me había dado cuenta hasta entonces de lo reducido de mi mundo, mi madre y yo.
Y ahora Anselmo.
Fui a la cita. Quité el contacto del coche echando un largo vistazo al lugar en que me encontraba. Un típico hotel de carretera. No había estado en ninguno e inevitablemente lo asocié a los sórdidos relatos de novela negra.
Me abrí paso hasta un pequeño mostrador de recepción. Un hombre de mediana edad me indicó la habitación donde él me esperaba.
Tras unos toques leves en la puerta me llegó el eco de unos pasos y finalmente se abrió. Al verle comprendí la dimensión de la palabra “padre”. Pensé que todo era una confusión, seguramente no dijo ser “mi padre Anselmo” sino “el padre Anselmo”.
— Pasa… hija, sí, soy tu padre. Y también el padre Anselmo, prelado doméstico de su santidad.
Sigue esperando, paciente, la llegada del huésped.
Cuando su abuelo le espetó ese: «¡guaje! ¿qué vas a ser de mayor?, hasta él mismo se sorprendió de su respuesta: «sol».
Vive desde entonces contemplando extasiado la belleza que su amado Astro Rey inspira a todo lo que alcanza.
El Hotel Sol es su entretenimiento.
Habitaciones orientadas al este u oeste dependiendo de la personalidad del hospedado. A veces por simple afinidad, otras por pura necesidad.
Una puesta de sol a tiempo obra milagros en el alma humana.
Un despertar presenciando el ritmo, bondad y belleza de la radiación solar es capaz de anudar un lazo de amor eterno entre dos corazones enamorados.
Catalina entró hecha un nublado, un aguacero de lágrimas incontenibles, solicitando una habitación libre.
– «¿Habitación al amanecer o al anochecer?»
– «¿Perdón?»
– «Si, señorita: ¿qué prefiere, habitación orientada al este o al oeste?»
Inconsolable, susurró sollozando: «a ambas».
El calor, su luz y la belleza de sus ortos y ocasos consiguieron alejar para siempre la tormenta.
Y él dedicó el resto de su vida a venerar enamorado cada uno de sus ciclos.
En el Hotel Sol y Luna.
Era la historia favorita de su madre, y se la contaba todas las noches. Como, justo antes de nacer él, apareció un ángel en aquel hotel de carretera, donde ella estaba alojada mientras huía de la familia y del pueblo, por un embarazo sin marido. Como la ayudó y la protegió hasta que tuvo fuerzas para seguir luchando por ambos.
Al hacerse mayor, Miguel supo que los ángeles no existían, que sí Angelines, mujer que también se escondía de las miradas compasivas ante una muerte prevista.
Frente a la tumba reciente de la madre, Miguel mira al cielo, y llora por las dos.
La bolsa de viaje a medio hacer ―calzoncillos, camisetas casual, jabones, perfumes y afeites― como una mascota paciente esperando una señal del amo que le impele a salir. La bolsa de viaje con una piel que se ha cansado y envejecido a vuelta de kilómetros de caminos de asfalto y de tierra, casi tan vieja como la piel que tú portas. La bolsa de viaje que ha respirado contigo el aire viciado y los miasmas de cada habitación que habéis visitado y que casi te ha avisado, infinidad de veces, de que olvidabas algo en el baño, junto a la bañera o la ducha. La bolsa de viaje que te acompañaba en la parte trasera del coche y que con frecuencia se inquietaba cuando el cansancio hacía mella en tus ojos y evitaba que los cerraras para siempre. La bolsa de viaje, compañera abandonada años atrás cuando en la habitación triste y sobria de aquel hotel de carretera decidiste que a partir de aquel momento renunciabas a una vida de pareja procaz y libertina, y continuarías el camino en perpetua soledad.
Por aquel entonces eran pocos los momentos en que podía estar con ella. Intentaba disfrutar de sus caricias, tanto así que lograba trasladarme a un mundo totalmente distinto al que me encontraba.
Una vez en el éxtasis del amor un fuerte culatazo en mi rostro me despertaba dándome a entender mi cruda realidad. Recuerdo el olor de la pólvora quemada, la putrefacción que desprendían los cuerpos que estaban apilados a mi alrededor.
¡Maldición!-de esta no salgo ni queriendo- Era lo que me decía intentando comprender lo sucedido. No lograba entender como fuÍ tan estúpido para dejarme caer en manos de un grupo terrorista.
Se suponía que iba a hacer un reportaje como otro cualquiera. Ir, grabar e informar sobre las condiciones de vida de un cetenar de secuestrados bajo el mando de un tal «Somier Nejar».
Éste había ocupado un hotel de carrEtera situado al sureste de Israel. ¿Su fin? Hacer ver al mundo la veracidad de sus actos sangrientos.
Pasadas tres noches de inaguantable tortura, apenas lograba mantenerme con vida, las esperanzas de volver a casa eran cada vez mas bajas y en una completa desorientación una voz en mi interior advería que de esta no salía ni queriendo.
Todo era comenzar, me decía una y otra vez. Finalmente terminé en aquel hotel de carretera de mala muerte. Sami me acompañaba esta vez, a pesar de insistirle que no lo hiciese. Era una mujer muy testaruda.
Recorrimos más de tres mil kilómetros en poco mas de tres días cuando divisé desde lejos la azotea de aquel hotel y me entraron dudas si continuar la aventura. Era algo siniestro, todas las paredes de aquel edificio eran verdosas tirando a grisáceas. Todo estaba destruido por completo y un inmenso árbol desde el interior del patio se había adueñado de toda la estructura. Todas sus ramas e incluso sus raíces se colaban por las puertas, ventanas, escaleras. Era un lugar asediado por el propio paso del tiempo. Por aquel lugar nadie pasaba desde hacia muchos años.
Sami propuso pasar la noche en aquel lugar. Me entró un escalofrío tremendo. Sami era la típica mujer cariñosa responsable con todo pero demasiado loca y sin miedos como para hacerla cambiar de opinión. Sin embargo, yo estaba demasiado turbado con la idea. A decir verdad también asustado con el lugar.
Aquel olvidado y destruído hotel fue abandonado en 1902 por la existencia de entes malignos.
–¿Puede ponerme con Lázaro Maldonado?
–¿Lázaro Maldonado? No tenemos a ningún Lázaro Maldonado.
–¿No? Siempre hace lo mismo. Se cambia el nombre. Espere… Quizá les haya dicho que se llama Lorenzo Moreno.
–No, señora.
–¿Luis Manzanares?
–No.
–Espere. Tengo apuntados los nombres en la libreta. ¿Leopoldo Marqués?
–No.
–¿Leonardo Machín?
–No.
–Uh. Quizá no esté ahí. Sabe. Coge el coche, llena el depósito y no se detiene hasta que se cansa de conducir. Pero acaba volviendo… ¿Tienen ahí a un León Martínez?
–No.
–Siempre acaba volviendo… ¿Lucio Montero?
–No.
–¿Luciano Maestre? Éste es el que utilizó la última vez.
–No.
–Vaya. Se me han acabado los nombres. Va a ser verdad que no está ahí. ¿Dónde se habrá metido?
–Espere. Tenemos a una tal Liliana Madeira.
–¿Liliana Madeira? Bueno, póngame con él, digo, con ella.
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