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La protagonista se llama como tú, eso fue lo que me hizo comprarlo. También tiene una relación tormentosa y escribe de madrugada. Desde el principio me enganchó, me sedujo la idea de saber más de ella. Leía ávidamente devorando su rastro. Confieso que, aunque sea una locura, me estaba enamorando.
Pero ahora no sé si quiero saber cómo piensa, en qué, en quién. Me atormenta, pero no puedo parar. Lo de anoche fue demasiado hasta para un curioso empedernido como yo. Me quería morir cuando llegaste feliz mostrándome una edición ilustrada del Libro de Monelle, un curioso ejemplar que, según dijiste, habías encontrado en una pequeña librería del centro. Un ejemplar idéntico al que su mejor amigo, que está loco por ella, le ha regalado.
Se acabó, esta noche lanzo al fuego este maldito libro.
Abrí el libro y, en vez de páginas, encontré plumas que se escaparon revoloteando por el techo abovedado de la biblioteca.
Me armé de paciencia y las fui capturando una a una.
No estaban numeradas, así que las leí como me vino en gana.
Al final dejé al libro Pájaro anidando en el rincón más fecundo del inmueble.
No me atreví a inventariarlo; que cada quien ordene a su antojo la lectura de sus plumas.
Había llegado ese día que siempre llega. Ese día que apareces en la que fuera la casa de tu niñez y a la que llegas con un nudo en la garganta y un cartel bajo el brazo. Entras y te rindes al recuerdo. Te duelen porque solo son recuerdos y te reconfortan porque fueron felices.
Al azahar acaricié el lomo de un libro que no recordaba y con la curiosidad que produce lo desconocido abrí sus páginas para intentar recordar su contenido. Tenía el convencimiento que en aquella polvorienta estantería no había un solo libro que no hubiese leído. Se abrió entre las páginas que albergaban un papel manuscrito con la declaración de amor más bella que nunca he leído:
“Comienzo a no recordar .Me niego a perderte.
Coge mis manos, fija tus pupilas en las mías y proponme una escapada.
Amor, cuando te surjan dudas lee estas palabras y sabrás que mi amor alberga en tu corazón.”
Aquella tarde estaba resultando tediosa. Miré el reloj por enésima vez en solo diez minutos. Sentada junto a la chimenea, bajo la luz de la lámpara, pensaba en qué hacer hasta la hora de la cena. Decidí acercarme a la estantería y coger un libro. Me encontré con aquella novela que había leído años atrás. No estaría mal releerla. Al sentarme, algo cayó de entre sus páginas. Era un billete. Apenas podían verse sus letras impresas. Pero yo ya sabía de qué viaje se trataba. Me senté y retrocedí más de quince años en el hilo de mi vida:
“Era domingo. Como muchos otros durante mis años de estudio, subí al tren. Busqué asiento, coloqué mi mochila y esperé al revisor. En cuatro horas estaría en la residencia, lista para las clases del lunes. En la última parada lo vi. No podía quitar mis ojos de él. Era la cara con la que había soñado las últimas semanas. Intenté dirigirme hacia él, pero el tren se detuvo, y con el barullo fue imposible alcanzarlo… Al día siguiente, tenía examen. Me situé junto al aula y esperé a oir mi nombre en la lista. Y allí estaba él de pie…”
Aquella mañana, una gran ballena le dio los buenos días en el salón. No podía seguir así.
Primero llegaron los duendecillos, que jugaban al escondite en el dormitorio. Después apareció el hombre sin cabeza, que veía la televisión con un cuenco de palomitas. Más tarde aquel marciano que no aguantó un pequeño resfriado, los caballeros que organizaban justas espada en mano en el pasillo, las princesas que se encerraban en el cuarto de baño, el extraño niño de madera que escribía con la nariz en las paredes…
Organizaban fiestas, asaltaban su frigorífico, arrasaban las provisiones, se probaban sus vestidos, usaban su ordenador…
Alicia sabía cómo terminar con todo aquello. Y había llegado el momento. Avanzó entre la multitud y llegó hasta el viejo libro que le había regalado el casero y permanecía abierto en un rincón. Cuando lo cerró desaparecieron uno a uno todos los visitantes de la casa hasta que solo quedó ella que, aunque se buscó en el espejo, no se encontró.
Última palabra, última línea, última página… El peso de todas ellas cayó sobre la tapa posterior del libro cuando lo cerró de golpe. Bajo las gafas depositadas sobre la cubierta sobresalía, casi gritando, la palabra “literatura”. El estudiante tomó el libro y bajó a la parada del autobús. Aprovechó que el vehículo emitía un rugido ensordecedor para impostar la voz: “Con diez cañones por banda, viento en popa…”. El autobús zarpó a toda vela con su patio de butacas lleno. Un apuesto galán se prodigaba en halagos y una joven se ruborizaba al recibirlos: “En tanto que de rosa y azucena, se muestra la color en vuestro rostro…”, imaginó el diálogo. El estudiante, alto y enjuto, alzó su triste figura al divisar su destino: “En un lugar de la Mancha…” musitó y blandió como una lanza la barra de sujeción. “Érase una vez un hombre a una nariz pegado…”, determinó al despedirse del capitán de la nave. El estudiante colmó su interior con la tibia brisa marina y al exhalarla aún se permitió una última intervención: “Que es mi barco mi tesoro, que es mi Dios la libertad; mi ley, la fuerza y el viento; mi única patria… la biblioteca”.
Abro el libro de ilustraciones y…
las estrellas
amigos
Me despierto sobresaltada. Llorando. Como cada mañana.
En el jardín ladra mi perro.
Mi querido perro lazarillo.
Antes de la llamada de la vecina, a la que todos los otoños robábamos las manzanas, antes del primer ring, un olor a tomillo y romero entro por la ventana del apartamento. Descolgué con el corazón acelerado pensando que por una vez era mi padre el que llamaba y eso no era bueno, porque odiaba cualquier tipo de comunicación. No era él pero si eran malas noticias, llevaba dos días desaparecido, lo habían buscado por toda la sierra y nada.
Limpiamos la zona durante un mes, hasta que la vecina me sacó de mi búsqueda desesperada y me dijo que seguramente mi madre lo había llamado. Y eso fue lo que me hizo ir hacia el libro de recetas de mi madre, entre estas páginas que me habían curado mil catarros y desamores, encontré una nota con la letra de mamá: “Mi amor, si necesitas usar el remedio al mal del alma no lo hagas, ya es hora de encontrarnos, sube a la sierra, a lo más alto, cruza el camino del tuerto, llega al roble hueco y espérame dentro”.
Llamé a los vecinos y allí dentro, acurrucado, encontramos a mi padre.
Hola soy yo tu amigo,no te olvides que cuando me tengas entre tus manos te dejes llevar por la imaginación, porque yo te brindo cantidad de aventuras libres de peligros y que cuando me dejes abandonado en cualquier cajón no me enfadaré si por ello vas en busca de una puesta de sol , o de un amor a la luz de la luna.
Quiero comentarte que en alguna ocasión he conseguido sentir sobre mis hojas el sabor salado que dejan tus dedos al deslizarse sobre ellas cuando me llevas a disfrutar de una tarde junto al mar, también me deleito si me dejas caer por tu regazo cuando lentamente el sopor del verano te vence y te abandonas en manos de Morfeo por breve tiempo, ya que cuando escuchas el zumbido de una abeja sobre tu nariz despiertas y me recuperas del suelo volviendo a introducirte en la historia que yo te brindo.
Pero cuando mas contento me pongo es cuando decides esconder entre mis páginas esa flor que años mas tarde encontrarás por casualidad y te hará recordar aquel amor de juventud que te brindó su primer beso.
Quiero rendir un homenaje a mis libros.
A aquellos que apilados en el trastero contienen a duras penas oleadas de hadas y princesas que me condujeron de la mano hacia la vida.
A los que me hicieron vivir tórridas pasiones y aventuras disparatadas, que me obligaron a ser pirata, pastora o náufraga.
A ese libro del que rescaté una frágil rosa seca, único testigo de hechos que juré no olvidar, pero que no logro recordar.
A los que me acompañaron en épocas serenas o desesperadas o tristes. A aquellos que me consolaron las largas noches de vigilia hospitalaria.
También al libro que hoy descansa en mi mesilla, esperando la noche para arroparme o a al que aún no existe y que anda bullendo en la cabeza de su futuro autor.
A todos ellos les debo muchas horas de feliz abstracción,
Sin su lectura hoy no sería quien soy, mi pasado hubiera sido más pobre y mi futuro, sin duda, más solitario.
Cada quince días, Víctor aprovecha que César trabaja de noche para dormir en su casa. Está enganchado a ‘El adúltero’, un libro que encontró lleno de polvo en la biblioteca de su colega.
Víctor lo suele leer recostado en la cama, cuando la mujer de César ya duerme, y, antes del alba, lo devuelve al anaquel. Pero la noche de la que os hablo, el libro aparece en la mesita. Le extraña hallarlo allí y, aún más, que el marcapáginas señale una hoja más avanzada a la que él había apuntado hace dos semanas. Intrigado sigue el punto de lectura:
“El adúltero observa una obra a centímetros de sus ojos. El cornudo sabía que la presencia de ese libro no pasaría desapercibida.
—¿Has visto la novela que lee tu marido? —dice sorprendido.
—No te preocupes. Nunca sospecharía de su mejor amigo —responde y ríen a carcajada tendida.
El traidor decide hojearlo y lee la página marcada por una tela roja:
<<Abrazado por mi mujer, acaricia mi piel de papel mientras el veneno se va adhiriendo a las yemas de sus dedos. Un regusto amargo va creciendo en su paladar. Será carmín, piensa. Intenta paliarlo besándola apasionadamente una y otra vez…>>”.
Mientras buscaba consuelo entre las páginas de aquel libro, oyó de forma clara como la puerta de la calle se abría, y su corazón y la lectura que tenía entre manos se paralizaron a la vez.
Alguien había entrado en la casa y solo ella y su difunto marido, tenían llave para abrir o cerrar esa puerta.
Con dificultad, agarrotada por los años y el miedo, se levantó y se dirigió con pesados pasos hacia la entrada.
Una luz extraña, como si emanara de las paredes, se extendía por la estancia, y en un rincón… Todo sombras.
De repente, una voz surgió de las tinieblas:
– Ven conmigo- Era su voz, no había duda. -Prometimos que el primero que muriera volvería a buscar al otro y lo ha cumplido – Cerró los ojos durante unos segundos, pero pronto los abrió para enfrentarse a su destino cara a cara. Ya no había oscuridad ni las extrañas luces atravesaban las paredes y ella volvía a estar recostada en su sillón, en donde antes leía plácidamente
“Me he quedado dormida y estaba soñando” Pensó para sí.
En aquel momento, escuchó como la puerta de la calle, que aún permanecía abierta, se cerraba suavemente…
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