Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

2019 ENTCOLORES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el color marrón

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un "relato marrón" y el reto de encontrar una propuesta para el ENTCerrado...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
11 de noviembre

Relatos

238. FORMAS DE MIRAR, de Cisne

-Un cuadro tuyo. Eso quiero para mi cumpleaños, pero de estilo impresionista.
Desde que su abuelo le había animado a apuntarse al curso de pintura, su forma de mirar el mundo  había cambiado. Lo veía desde otra perspectiva. Por eso la petición que le había hecho no se le iba de la cabeza: ¿estilo impresionista?
Buscó en Internet. Por fin sabía lo que tenía que hacer. Cogió los pinceles, preparó la tela y… Utilizó toda la gama de los verdes. Pinceladas rápidas y empastadas para plasmar la variación cromática. La  huella de la luz en el color, eso era lo que había que lograr. Cuando lo terminó, lo envolvió amorosamente y esperó a que llegara el gran día. Estaba ansioso por ver la cara de su abuelo. Le abrigaba la seguridad de que le gustaría.
Y llegó.  Y convenció;  aunque no a su madre:
-Pero esto…  ¡es una hoja pintada de verde!
– A ver… ¿a ti qué te sugiere? -le preguntó el abuelo
-El verde, dices, pues…  no sé…  naturaleza, supongo: monte, bosques, árboles, plantas…
-¡Objetivo conseguido!
Y con un guiño de abuelo a nieto se fueron en busca del rincón perfecto para colgarlo.

237. MI BOSQUE, de Bruja

Erase una vez un bosque encantado de estar encantado, estaba seguro de ser el mejor bosque encantado del mundo… y hete aquí, que tuvo la oportunidad de demostrarlo. Proclamaron un bando por todo el reino convocando un concurso para conocer cual era el mejor bosque encantado de la nación.
Se puso muy nervioso pensando en cómo demostrar que erea el mejor. Pensó en hacer una detallada exposición de los poderes extraordinarios que tenía. Podría decir cómo los árboles bailaban todas las noches moviendo sus ramas al son del ulular de los búhos, y que las luciérnagas jugaban bajo las hojas secas caídas, formando un conjunto de luces y sonido digno de comparar con el mejor espectáculo de las Vegas.
Mientras hacía estas cábalas, vio a una pareja de enamorados que entraba a pasear por sus senderos, los rayos del sol se filtraban entre las ramas de los árboles formando haces de luz que iluminaban las flores, el arroyo tintineaba mientras esquivaba las piedras posadas en su seno. Todo era precioso, y mientras disfrutaba de verlos, escuchó lo que decían.
– «Amor mío, este bosque es encantador»
En ese preciso instante supo que ganaría el concurso.

236. EL COLOR DE LA VIDA, de Sirope

Se acostumbró a vivir al tacto, descubriendo todas las situaciones apurando silencios y sonidos, distinguiendo semblantes escudriñando aromas. Se adueño del espacio adelgazando el aire que envolvía su cuerpo. Fue aprendiendo a vivir sin perros ni bastones, con su sexto sentido clavado en los cuatro sentidos que exprimía.
Sólo una pena. Una. ¿Cómo se sienten los colores?
Ninguna explicación, ningún ejemplo, sólo una bruma que nunca averiguaba si se correspondía con el blanco o con el negro.
Ella llegó aquel día con su brillante idea.
-¡Al menos, conocerás el verde!
No acarició ninguna expectativa, pero cuando pisó aquel bosque, el olor era intenso ¿sería verde?, el suelo abrazaba sus pasos y el aire susurraba la melodía que dirigía el baile de ramas y de hojas.
Cuando tuvo en sus manos aquella hojita delicada, con los nervios tallados, con gotas de rocío temblorosas, con aromas a fresco y a profundo, tan pequeña y tan llena, tan completa … lo supo.
¡ Había vivido el verde!

235. ESCONDIDOS EN EL BOSQUE, de Tejón

Gabriel se arrancó la corbata y la colgó en una de las ramas del bosque, después miró a su alrededor buscando a Eva. Detrás de una enorme roca pudo distinguir sus zapatos de tacón.

Escondiéndose entre los árboles, Gabriel llegó a unos matojos cercanos a la roca, desde donde se podían escuchar los pequeños jadeos nerviosos de Eva. Se agachó, manchando su traje italiano, y reptó hasta el otro lado del pedrusco. Los pies de Eva se apresuraron a salir de sus zapatos y se colocaron como los de una atleta a punto de comenzar la carrera de su vida. Se recogió la falda de ejecutiva por encima de las rodillas y esperó.  Gabriel salió de su escondite y se abalanzó sobre Eva. Ella se impulsó y empezó a correr entre los árboles del bosque, escuchando únicamente unos pasos gemelos detrás que se acercaban cada vez más rápido.
De repente, la mano de Gabriel la agarró de la cintura, la acercó a un árbol, y apoyándola en él, la beso. A penas les quedaban unas pocas horas de aquel día, después cada uno debería volver a su rutina y dejar aquel maravilloso encuentro escrito en los árboles.

234. LA REVELACIÓN DEL VIEJO SAUCE, de Trevol

Nadie la vio salir, como pudo esquivó a los guardias que custodiaban el castillo, hasta que consiguió llegar al antiguo pasadizo.
Mariela, su dama de compañía la esperaría fuera con Veloz, su mejor caballo.  Arropada por la templada brisa del atardecer primaveral, se adentró en el frondoso bosque a lomos de aquel maravilloso ejemplar.
Le buscó en cada sombra dibujada por la quietud de aquel enorme y viejo sauce, y en cada crujir  de sus ramas ya caídas.
Desesperada, bajó de su caballo y gritó cuanto pudo…
–           ¿Dónde estáis, amado mío?
El eco de su  grito despertó al viejo árbol.
–           Hoy no vendrá – pudo oír a sus espaldas.
–           ¿Quién sois?  – preguntó con voz temblorosa, girándose para buscar a quien pronunciaba aquellas horribles palabras.
Entonces el viejo sauce habló…
–           Un amor no correspondido lo hechizó  y convirtió en ciervo. Esta mañana, durante la cacería Real, vuestro padre, el Rey,  dio muerte al amor de vuestra vida.
–           No, no, no es verdad – gritó desesperada una  y otra vez.
 –           Señora, señora ¿Estáis bien?  –  la voz de Mariela, consiguió sacar a la princesa de aquel sueño.
Aquella mañana la cacería Real quedaría  suspendida, por órdenes del Rey.

233. RAICES, de Encina

Buscando mis antepasados, contacte con Ayuntamientos e Iglesias, hasta que di con unos primos de mi padre, y  me invitaron a conocer el pueblo de mis abuelos.
Y alli estaba yo viajando a Almeida de Sayago donde ocurrio esto que os cuento.
Al dejar la ciudad de Zamora comenzaron a desfilar ante mis ojos casitas de piedras, prados llenos de ovejas salpicados de arboles y circundados por cercos hechos de piedra sobre piedra que subian o bajaban según el capricho del terreno, yo que nunca habia visto  esta forma de cercar un terreno me quede maravillada. Me sentia como Heidi recorriendo esos caminos bordeados de arboles. Asi transcurrio mi viaje de cuento por mas de media hora.
Al llegar tenia una comision de vecinos que junto con mi prima Pepita me esperaban. Curiosos ellos, de verla a esas horas, en la plaza del pueblo y a falta de mejor cosa que hacer.
Cuando salimos a recorrer la comarca,vimos grandes y añejos arboles.
Mi primo Pepe dijo: -ves esos arboles??? se llaman encinas, estos mismos arboles vieron a tu abuelo marcharse a argentina-
Y eso -amigos mios- es encontrarse con tus raíces!!!

232. VIDA EN EL BOSQUE, de Encina

Un bonito dia de primavera, cogi mi libro y me fui al bosque. Alli estaba disfrutando mi lectura mientras los sonidos del ambiente me envolvian.
Al tiempo senti algo extraño, mire a mi alrrededor y vi una mariposa cuyas alas parecian tener mil colores, se alejaba y volvia como si quisiera que la siguiese, fui tras ella persiguiendola, hasta que se detuvo, mire a todos lados y alli estaba una hembra de ciervo dando a luz, pujaba y pujaba hasta que deposito en el suelo su precioso contenido, comenzo a lamerle al tiempo que con ternura le daba pequeños topetasos para que se levantara -todo el bosque pareció silenciarse, expetante, ante el maravilloso acontecimiento- paso un minuto, dos…tres el silencio era casi total, y el pequeño cervatillo, con patas  temblorosas comenzó a levantarse, se puso en pie y los primeros pasos fueron para prenderse de la tetilla de su madre para alimentarse.
Y el bosque estalló en sonidos, el agua bajaba resonando a borbotones, los pajaros trinaban a todo dar y yo…yo aun inmovil, mire el azul del cielo y pense – humano, no extermines esta belleza-

231. EL MORO, de El Lobo Feroz

Anochecía cuando llegaron a los límites del bosque. Los viajeros estaban perdiendo la esperanza de llegar con aquel tiempo a la Posada de las Merindades, sita a unos centenares de metros del final de la frondosa pineda. Jalonada esta por centenarios árboles como encinas y sabinas, la fuerte nevada estaba borrando toda huella del discurrir del camino, solo adivinado por los troncos de los árboles que, a modo de guías, lo señalaban. Los caballos inclinaban la frente intentando protegerse del azote de la ventisca que comenzaba a arreciar por momentos.
-Dios mío, ¿qué vamos a hacer?, se lamentaba la viajera. Vamos a perecer helados si nos quedamos atrapados. El Moro, de raza Mastín del Pirineo, adaptado a esas duras condiciones climáticas y buen conocedor del contorno, -antaño vivió en la venta-, intuyendo el problema avanzó unos metros y con sus ladridos, alertó de una oquedad en el terreno preservada por una frondosa sabina. Allí podrían pasar la noche protegidos, personas y animales.
Hecho esto desapareció, dejando preocupados a los pasajeros. Al cabo de dos horas, reapareció ladrando con fuerza. Tras el venían gentes de la posada en su socorro. La mujer, no pudo reprimir el llanto abrazando  al can salvador.

229. OLOR A TIERRA, de Endrina

Miré al cielo. «No, allí no está». -pensé convencida de que no la conocían. Desde pequeñas habíamos jugado en el Bosque del Búho, desde que recuerdo siempre fue así. Mi hermana me llevó mil veces de la mano por sendas sinuosas, a través de la espesura verde y dorada. Me enseñó las voces del agua que corría alegre por las venas del bosque, y el aroma perfumado del musgo bajo la hojarasca. A veces se escabullía cuando nadie la veía y volvía al atardecer, con los ojos encendidos y  oliendo a tierra mojada, contando que había visto una camada de lobos, o un cárabo en un tronco muerto, o un tritón cerca del manantial. ¿Que está en el cielo?. No lo creo. Yo sé que mi hermana se ha quitado sus zapatos y su vestido y se ha ído a jugar con las otras ninfas del Bosque. Sólo espero que su olor a tierra se quede en nuestra casa.

228. EL VIEJO Y EL BOSQUE, de Guardabosques

Creí que nada me iba a impedir sentir la libertad que soñaba en mi juventud. A lo largo de mi vida he amado muchos bosques, cada uno distinto, produciendo en mí distintos sentimientos, pero todos ellos igual de emocionantes. Primero fueron los juegos infantiles alrededor de un simple merendero, acompañado de toda la familia. Más tarde sentí la necesidad de explorar lugares nuevos, al menos para mí, sintiéndome un auténtico aventurero. Después descubrí, que más allá de aquellos bosques, se somaban altas montañas. Deseoso de llegar a tocar el cielo, conseguí coronar muchas cimas.
Sin embargo hoy me veo aquí en un día invernal, escondido en un rincón descuidado del parque de mi ciudad, retirado de la muchedumbre y de las flores ordenadas, encerrado en un cuerpo que no me permite evadirme más allá del pensamiento o los recuerdos. Como un roble viejo ya sólo espero volver a ver otra primavera.

227. MI BOSQUE, de Fagus

La luz se hizo dueña de la situación como acostumbraba y los fotones de su alma cuántica y célere empaparon de un verde vivo cada milímetro cuadrado de aquella extensión que mucho tiempo después me acostumbraría a llamar mi bosque. Había llegado la primavera y en las desnudas ramas de cada paciente árbol fueron apareciendo pequeñas protuberancias que brotaban deseosas de luz y de aire como minúsculos fetos de cien mil colores surgiendo de infinitos partos más propios de mamíferos que de seres vivos sujetos a la inherencia de la luz y el efecto fotoeléctrico. De entre las varias especies de árboles presentes en aquel bosque elegí un ejemplar de haya que, con seguridad era la especie más numerosa, para acurrucarme bajo sus ramas, en posición fetal, ya que quería evadirme del presente espacio-tiempo a través de prescindir completamente de la luz, vehículo de vida y desesperación. Tenía oído y leído que las hojas de un haya se disponen de tal manera en su espacio disponible que son capaces de recoger cada rayo de luz que invade al árbol para aprovechar al máximo la insolación. El haya se iluminó y yo me apagué, desapareciendo eternamente.

226. XISCU, de El Lobo Feroz

Había en el bosque una enorme carrasca en cuya cúpula un par de cigüeñas tenían su hogar. Año tras año, allí criaban a sus hijos. Xiscu era un niño de unos ocho años, que se encontraba solo y en silencio, pedía un/a hermanito/a para jugar.
Un día, su amigo Colás, estaba eufórico: ¡la cigüeña me ha traído un hermanito! Xiscu no salía de su asombro ¿cómo podía ser eso? Él llevaba mucho tiempo formulando ese deseo sin obtener resultados. Entonces recordó como en el bosque, en lo más alto de la gran carrasca, estaba el nido de las cigüeñas. En su imaginación comenzó a tomar fuerza una idea. Iría hasta allí, al pie del gran tronco, a rogar a las cigüeñas la entrega de un hermanito. Y no pensaba regresar sin una promesa en ese sentido. Dada la voz de alarma por la desaparición del niño, organizaron batidas para buscarlo. Recorrieron lo más intrincado del bosque sin éxito y cuando al amanecer unos batidores regresaban por el camino que cruza bajo la encina, hallaron al niño acurrucado y dormido al pie de esta.
-¿Qué haces aquí? Le preguntaron estupefactos.
-Quiero pedirles a las cigüeñas un hermanito, fue su respuesta.