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En su recién reestrenada niñez, él, con sus ochenta años, no quiso prescindir de una buena celebración. Reunió a sus hijos y nietos, nueras, yernos y esposa y alrededor de la mesa, frente a la tarta predilecta del octogenario: bizcocho bañado en ron, chocolate fundido sobre ella y nata entrelazada, chocó su cucharilla en el cristal de la copa y tomó un trozo del pastel.
– No sé cuál será mi último cumpleaños y por esa misma duda tengo algo que deciros antes de disiparla.
Los nietos le miraron, las nueras y yernos bajaron la cabeza, los hijos retorcieron sus servilletas y la esposa sonrió.
-Destrubir lalvi a queripadre en la vieñez, hancer como boborroncio fuestara, es mimiramente que returjer el crabo a un misnino, atizorarle puntadepie aul canito, retiretrarle el petero al infanene.
Terminó de tragar la tarta y continuó.
-Esto es lo mismo que hacéis vosotros, llenaros la boca de dulces palabras y soltarlas, pero a mí me resultan tan incomprensibles como las que yo os he lanzado. Con la diferencia de que las mías han sido más autenticas y menos inventadas que las vuestras.
Otra cosa: materclava y vietonto , se largargaran lejadavostramente agustarse vustrerencia.
Esta mañana he necesitado releer a Saramago. Me gusta Saramago en primavera aunque su prosa recuerde al Verano de Vivaldi. Me gusta su forma de enramar historias. Me gusta tanto, que querría aprender portugués para apreciarlo sin el filtro de Losada. Pero no lo hago, cosas de haber nacido perezoso. Esta mañana he caminado descalzo y hambriento hasta la estantería donde vive mi colección. Al extraer el “Ensayo sobre la ceguera” se han caído las palabras al suelo. Acero y piedra, de golpe, pluma y nube relamiendo el aire, jilgueros —en plural— y avión —en singular— han volado por la ventana aprovechando que estaba entreabierta. Apresurado, he recogido el resto para evitar fugas. Las he reinsertado avivadamente entre las páginas, al batiburrillo, sin miramientos ni concierto. Lo curioso es que al leerlo, el libro seguía teniendo sentido. Otro sentido, pero sentido al fin y al cabo. Por un momento la tentación de registrarlo se ha apoderado de mí,
pero bien mirado, mi ídolo en persona —o en espíritu – me ha hecho un regalo exclusivo. He creído desconsiderado compartirlo, así que he devuelto a la estantería el ejemplar reconstruido y he salido a comprar uno nuevo para esperar la próxima primavera.
Llego al banco con sus pasos rítmicos,cuando se sentó levanto su mirada del suelo.Y se sorprendió a ella misma, ¿como podía haber llegado hasta allí después de tantos años sin pisar ese lugar? Hacía meses que ya no recordaba lo instantáneo y sin embargo llego allí. No existían palabras ni tímidas ni calladas,que explicaran su locura.Las palabras desaparecieron de su mente, solo le quedaban algunos vagos recuerdos de quien fue en unos años de esperanza. Miro sus manos , después de que el llanto la embargara.Y cerro los ojos , dejando que sus recuerdos le trajeran aquellos besos robados del amor de su vida. Ni en su mente había palabras solo los flash de aquellos besos y abrazos, de aquellos silencios y aquellas miradas que le dejaron su juventud bien lejos.No hacían falta palabras entonces , ¿por que ahora?
Lucía.
Fue el segundo más corto de mi vida. El que tardé en impactar contra el suelo. Después le siguieron los días más largos, cuando creí que las había perdido para siempre. En aquel momento, el golpe me dejó aturdido, pero no inconsciente. Pude sentir ruido, ecos lejanos que se enmarañaban en mi cabeza y gente que se arremolinaba a mi lado. Intenté levantarme pero mi cuerpo no me obedeció. Quise decir algo, pero por más que busqué y rebusqué, no encontré como hacerlo. Forcé mi garganta, apreté los dientes, y arrastré la lengua, pero fue inútil. Cerré los ojos esperando que algo cambiara, pero la gente me zarandeaba, y me asusté más todavía. Entonces me oí gritar algo así como “Bran tan nanú”, y se echaron atrás de un golpe.
Por fin sentí una mano, que se posaba amiga. Me miró de frente y me dijo, “Se han ido de vacaciones, pero haremos que vuelvan. Mientras tanto, tranquilícese, entendemos su idioma”.
Muchos meses después de hospital y rehabilitación, puedo contarles mi historia.
Desde que se tragó sin masticar a Hans Blunssen (un joven profesor amante de la lectura, viudo y con tres hijos a su cargo), el dragón azul no ha cesado de arrasar bibliotecas. Devora libros a todas horas. Aunque los prefiere antiguos, con sus hojas macilentas y olor a rancio, no le hace asco a las nuevas ediciones, menos sabrosas quizás, pero más blancas y crujientes. Siempre que termina de engullirse aquel sustancioso festín, el dragón azul vuela hasta la aldea y eructa sobre los pobladores todas las palabras con gran fogosidad y elocuencia. Nadie lo escucha verdaderamente —solo oyen gruñidos incomprensibles y rugidos aterradores entre bocanadas de fuego— salvo Emily, Marcus y Claus, que transcriben detalladamente en sus libretas las lecciones que les dicta su padre.
El primer caso que se manifestó mantuvo en vilo a toda la comunidad científica durante varios meses. El sujeto en cuestión presentaba unos síntomas realmente curiosos no descubiertos en individuo alguno hasta la fecha. Sus dedos pulgares mostraban un desproporcionado desarrollo, alcanzando un tamaño tres veces superior al habitual, eso sin mencionar la desaparición total de sus huellas dactilares o la sensible merma diaria de su masa cerebral. El paciente a estudiar, además, mostraba una incontrolable repulsa hacia todo tipo de libros, cuadros y manifestaciones artísticas de diversa índole. La sola mención de vocablos tales como soliloquio, genuflexión o grandilocuente hacían que su cuerpo convulsionara durante más de quince minutos seguidos. Lo mismo ocurría si se le mostraban imágenes de obras tales como La maja desnuda, El grito o Construcción blanda con judías hervidas. Crítico fue el día en el que le acercamos un volumen de En busca del tiempo
perdido, aunque no tan grave como en el que aquella investigadora venida desde Canadá intentó leerle un fragmento elegido aleatoriamente de Rayuela. Esta primera investigación llegó a su fin cuando el paciente, sin ningún tipo de aviso, abrió la boca y sus propias palabras se lo tragaron.
Amelaba estar a su lado… Amelaba su cuerpo, su mirada… Amelaba sus bilesos, sus caricias y abrazos.
Sonelaba escuchar su respiración…, como aquella vez que ella se atragantó y él la tromeló muy fuerte, ¡tan fuerte como un oso!
Raseló las lágrimas que trolaban sus mejillas y, con mirada huiciba, descolorida, se inclinó sobre la virgencita. Estiró el puño de su jersey y brasiló la imagen armentosa, hasta que el brillo de la pátina deslumbró su juicio.
Sonrió. Se sentó sobre el lecho frío y misáceo. Respiró profundamente. Abrazó la estatua y zalincó. Zalincó, golpe a golpe, enloquecida, rasgando la soledad y el olvido. Zalincó arañando el silencio y el mármol. Una y otra vez, con eco de letanía…, jurelando a los muertos.
Zalincó por draselar junto a su amado en aquel laberinto truso y gris, donde en su niñez jugaba a no pisar tumbas…
¡Lo consiguió!
Cada vez que recibía un regalo. Cuando estábamos todos reunidos. En los cumpleaños, aniversarios y otros eventos importantes… Se quedaba sin palabras. La emoción la embargaba y a duras penas acertaba a decir: “no tengo palabras”, a mí me ponía muy triste, me parecía muy mal que habiendo tantas en los diccionarios y en todos los libros que teníamos en la biblioteca, mamá no tuviera ninguna. Así que, en su último cumpleaños además del dibujo que siempre le hago y tanto le gusta, le regalé un ramillete de palabras. Las hice de papel, convertidas en flores de colores las pegué al extremo de un tallo verde de cartulina: “gracias”, “os quiero”, “estoy muy contenta”…, y muchísimas más; las pinté de colores y le pedí a mamá que lo colocara en el salón, así cuando estuviéramos en alguna celebración y se quedará sin palabras, las tendría a mano. Después de mi ramillete le dí el dibujo que siempre le hago, ella –llorando- tomó la flor de color amarillo y me la alargó, era la que ponía: “te quiero, gracias”.
Repíteme lo que me dijiste… repítemelo, decía Nicolás una y otra vez. Su mamá una mujer de poca paciencia trataba de recordar exactamente lo que acabada de decir, pero su cerebro ya le jugaba una mala pasada, no lograba recordar con exactitud las palabras que su hijo quería oír.
Nicolás era un niño muy impaciente, su aspecto delgado y la forma de abrir sus ojos lo hacían ver más ansioso y por más que su mamá se esforzara en tratar de decir las mismas palabras que él quería escuchar no lo lograba, ella repetía:
– “mi príncipe, mi tesoro”,
– “eso no fue lo que me dijiste, repite lo mismo que le dijiste a Daniel, repítemelo”.
– “Dime que le dije, porque no recuerdo, dímelo”
Nicolás, un niño de cuatro años a través de sus recuerdos lograba tener otra vez a su mamá y su hermano. Recordaba aquel juego de palabras donde los tres participaban. Esos recuerdos lo mantenían vivo en aquel lugar donde solo veía paredes blancas a su alrededor y su impaciencia se había vuelto agresividad.
-“ te quiero mucho”
-“si eso” “te quiero mucho”
Para él era la mejor frase que se hubieran podido inventar.
¡Cococooo!!!! cococooo!!!!! Eñe!!! Eñe!!! Gritaba entre sollozos el nene, extendiendo sus gordezuelos bracitos para que lo cogieran en brazos.
Y su mama lo cogía, lo apretujaba contra su pecho y lo colmaba de besucocos y toda clase de cocomimos, hasta que el niño se quedaba dormidito…
En la ventanestra una cocoluna carisueña contemplizaba emoticada tanto cariñor.
Sentados en el respaldo del banco, comiendo pipas y mandando whatsapps, la ven llegar. Ella se sienta con esfuerzo en el banco más alejado. Deja su carrito, saca una bolsa de pan de la que va echando miguitas a las palomas.
– Mi madre dice que vive en la casa grande, con los okupas.
– Es una tía rara. Debe tener 100 años por lo menos. Y con esas pintas…
– Pues a mí el gorro con los pompones de colores me gusta.
– ¿Y qué me decís de esos zapatones?
Los cuatro callan y miran a la mujer, que, más que zapatos parece llevar agujeros con cordones deshilachados. El abrigote de paño raído la hace parecer un espantapájaros en horas bajas.
– Mi padre me dijo que era famosa, pero que se olvidaron de ella cuando se gastó todo el dinero que ganó.
– ¿Si? ¿Qué inventó, unas superzapatillas?
–No seas borde. Era una palabra que mi padre usaba de pequeño.
– ¿Cuál?
– ‘Guay’ o algo así. En los 80 todo el mundo la decía.
– Me suena,… Creo que mi madre también la decía antes.
La intentan imaginar entonces: joven, bella y triunfadora. Ella les dedica una sonrisa desdentada, mientras sigue echando miguitas a las palomas.
-Inventa una palabra que no sepa, si quieres juntar fluidos conmigo, guapo.
-Chingar, fornicar, follar, culear, trincar, matraquear, yacer, encamar, polinizar, coyunda.
-No.
-Echar un polvo, mojar el bizcocho, bañar al nene, sobar el pirulí, saludar al pelado, bañar la nutria, regar la lechuga, partir el mar rojo, lustrar la manija, limpiar el horno, blanquear la chimenea, lavar el periscopio.
-Que poco ingenioso eres, sigue.
-Cachetear el querubín, golpear la puerta con el badajo, envainar la bayoneta, descargar la escopeta, zangolotear la garipaucha, encamisar al ciruelo, macerar con el mortero, bambarajar la pimpirola, retroexcavar con la sinhueso.
-Me dejas fría.
-Sacar las telarañas al potorro, medir el aceite, pasar el plumero, acostarse, sacudir como colcha vieja, entrar por popa, alimentar al conejito, ensalsar el canelón, pincelar la almeja, hacer paté con el pato, dar de comer al pavo, enhebrar, sobar al tuerto, embarrar el gaucho.
-Harta me tienes.
-Echar un casquete, echar crema a la empanada, enfundar el sable, restregar la cebolleta, tirar al pelado a la zanja, peinar para adentro, aparearse, juntar los pelos, endulzar el churro, hacer sonar los goznes, desatascar las cañerías, intercambiar fluidos, remojar el venoso.
-Me aburres y ya, no tengo el coño para ruidos.
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