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Corrí a abrir la puerta y me encontré con un señor de barba que no conocía. Llamé a mi madre que, para mi sorpresa, estalló en sollozos mientras le abrazaba. Mis hermanos y yo asistíamos a la escena con más asombro que cuando Renato caminó sobre el alambre. Luego nos sentimos estrechados contra el traje de pana que olía a intemperie. Mi madre, antes de poder aún articular palabra, trajo el cuadro en que aparecía de pequeña con el abuelo, aquel que había tenido que irse lejos hacía tanto tiempo. Entonces tenía la barba negra y el gesto grave.
Desde la muerte de papá, se notaba en casa un gran vacío en Navidad, pero este año todo fue diferente. El abuelo era un gran contador de historias. Todos le mirábamos tan embobados que las grandes y pequeñas carencias dejaron de importarnos.
El día de Reyes nos levantamos temprano. Esperábamos, como siempre, hallar en los zapatos regalos sencillos: higos secos, peladillas, algunas monedas. Para nuestra sorpresa, la galería amaneció llena de grandes cajas de vistosos envoltorios, con nuestros más inalcanzables deseos dentro. Corrimos a la alcoba del abuelo, pero no estaba. Desde la foto nos miraba sonriente.
Nuestro pueblo no celebra la Navidad. Así de raros somos. Por eso, todos los años, mi mujer y mis dos hijos bajamos ilusionados a alguna gran ciudad. No importa que el viaje sea largo. Una vez allí, pasamos desapercibidos entre cuernos de reno, antenas de alambre y pelucas de colores, llenamos nuestros estómagos de comida, y buscamos cosas bonitas para llevarnos. Hoy mis hijos están felices porque han visto a Papá Noel tocando una campanilla en la tienda de juguetes. En la plaza hay mucha gente abrazándose y, con sus manos, azules por el frío, estrechan las nuestras, azules también. Nos unimos a la diversión y, cuando intentamos cantar, nos dicen que nuestros gorgoritos dan miedo. Pero pronto echamos de menos nuestra casa; es hora de volver. Vamos tan cargados de regalos para todos que me cuesta arrancar, aunque finalmente ascendemos rápido, y contemplamos orgullosos como las luces de nuestro platillo volador se funden con las de la Navidad. Papá Noel no parece contento y dice que se quiere bajar.
Era un día frío de Noviembre. Había perdido al ser más querido que, a su vez, más muestras de afecto le había mostrado en su miserable vida. Llevaba años sin que le importara demasiado desaparecer del universo en que habitaba, que tildaba de cruel e injusto; tan solo aquel ser le había mantenido atrapado y vivo en un mundo extraño.
Deambuló por estrechas callejuelas, amplias avenidas y parques solitarios, pero día tras día su corazón se encogía por el vacío. La soledad combinada con un diciembre virulento de frío y nieve determinaron que, en el soportar del banco donde pernoctaba cada noche, se dejaría ir en una muerte dulce de bajas temperaturas. Cerró los ojos mientras sentía el hielo penetrar en sus extremidades y su mente se adormecía. De repente, sintió un calor pegajoso en su cara; la gruesa lengua de su perro, al que creyó haber perdido, no paraba de acariciarle invitándole a quedarse un poco más: había aparecido por Navidad.
Había querido celebrar la Navidad, todos juntos, como hacían cuando los niños eran pequeños.
Pero sus hijos y marido se oponían a rodearse de abuelos, tíos y primos y la mujer no se sentía con fuerzas para luchar contra esos muros de acero, que no se doblegaban ante sus razones.
Sabía que a su madre no le quedaban muchas más Navidades, y conocía lo importante que era para ella rodearse de toda su familia.
Pero desde hacía cinco años no lograba doblegar su voluntad para que olvidasen por dos o tres horas ese egoísmo supremo, que los mantenía aferrados al: “soy mayor de edad y no quiero cenar con tú familia”.
Para evitar el feo a su madre y hermanos, año tras año la mujer se inventaba que tenía que trabajar, y volvía a quedarse en Madrid, cuando su corazón le pedía viajar a su amada “terriña”.
Tras una lucha sin tregua, acababan pasando solos las Navidades ante el televisor, mientras sus hijos se aferraban a su ordenador.
A la mujer, llena de dolor, se le rompía el corazón cuando escuchaba por teléfono a sus seres queridos celebrando juntos la Navidad, y eso le hacía sentirse todavía más sola.
El andén del metro estaba abarrotado, como siempre en los días previos a la navidad, la gente ajena los unos a los otros.
Yo bajaba abriéndome paso en las escaleras mecánicas. Sé que llevaba el brillo radiante del sol en mi cara, porque siempre me lo has dicho: “eres transparente”. Y ahora a través de mis transparentes ojos verdes solo podía verse el amor que había hecho posible nuestro pequeño milagro.
Ponía el pie en el último peldaño, cuando el convoy del metro en el que llegabas tú, hizo su entrada en la estación.
Mucho antes de que se abrieran las puertas, nuestras miradas ya se habían encontrado, luego nos abrazamos, yo comencé a llorar y tú empezaste a reír. Estuvimos riendo y llorando, llorando y riendo hasta que pusiste tus manos en mi vientre y me diste un beso en él, con una expresión infinitamente dulce que debías tener guardada para el momento en que ese corazoncito nuevo latiera dentro de mí.
Entonces un silbato resonó en las bóvedas húmedas de los túneles y nos devolvió a la realidad del andén. Abarrotado, como siempre en los días previos a la navidad, la gente ajena los unos a los otros.
Me he perdido deslumbrada por el brillo de una gran estrella, por un caminito de piedras a cuyos lados hay pastores y rebaños de ovejas. Un puente de madera cruza un río de plata y un estanque helado, como un espejito, hace presas a las lavanderas. A un lado la aldea de casitas blancas y viejas, un horno de leña, un herrero, un par de perros, gallinas, cabras, una pocilga de puercos y todo salpicado de palmeras. En camino, tres reyes magos enfilan a las afueras, y allí, solitario, un pesebre, San José, María, el Niño y un par de bestias, cobijados por una montaña donde, sin duda por el talco, nieva. Falta algo, el ángel, sin duda, mi abuela. Ella montaba siempre con mucha ilusión el Nacimiento sobre un gran tablón de madera, y siempre por estas fechas, su reminiscencia me lo recuerda.
Escúchame atento mi pequeño terrón de azúcar -decía un tierno abuelo a su joven nieto de 2 años- disfruta intensamente la navidad, disfrútala ahora mientras puedas, por que pronto se convertirá en una rutina.
Apareció por Navidad y se adueñó de su cuerpo exhausto, una tos pertinaz que quebró su sonrisa y anuló sus pulmones. Su corazón intrépido compitió en una carrera de obstáculos y perdió.
No hubo pavo y de las panderetas, apenas se oyeron los platillos cuando chocaron entre sí, al dejarlas unas manos temblorosas, escondidas en un armario.
Caía la tarde cuando se hizo el silencio. La tos cedió y al fin pudo desanudar su trenza, la hermosa cabellera caía sobre sus hombros rosados, sembrados de pequeñas pecas, los mismos que durante un tiempo infinito tuvo cubiertos de vasta tela marrón. La que un día prometiera ponerse si la guerra le devolvía a los suyos íntegros de corazón y mente.
Pudo también desterrar sus gafas y proclamar, como una adolescente, la belleza de su mirada gris e intensa.
A su familia, su muerte no le pareció ninguna broma a pesar de acontecer el día de los Santos Inocentes, sin embargo, ella parecía reír, inerte sobre su cama, inmune ya al dolor y a los desatinos terrenales.
En el mismo entorno donde lloraban su ausencia, sobrevoló jovial sus cabezas y limpió las lágrimas con el suave manto pelirrojo.
La niña sube a la mesa. Los abuelos levantan la cabeza. La niña procede con su misión. Los padres sueltan moquillo por la nariz (de la emoción).La niña sube una octava el tono, y el volumen dos decibelios. El hermano mayor rabia de celos (en silencio). La niña saluda.
Estudiaba el último curso de Técnicas para la viabilidad planetaria.Sólo debía presentar el proyecto final para conseguir el título de Magíster. Había tantas opciones de cambio que no se decidía por ninguna.
Equipado con su Medidor de Coincidencias, arrancó su vehículo teletransportador y se dirigió al planeta y a la época que le habían asignado: planeta Tierra, principios de siglo XXI, mes Navidad.
Hebían elegido ese mes, porque era el único en el que, los pobladores de Tierra, ralentizaban sus contiendas y recordaban, vagamente, al modelo diseñado por los Arcanos para hacer de Tierra un planeta habitable.
Al adentrarse en su atmósfera, la familiar cúpula gris anuló su visión. Descendió a ras de suelo e inició su recorrido mundial para decidir el cambio…
En África, su estómago rugió de hambre, en Arabia las balas mordieron su piel, en Japón sus pulmones se asfixiaron con aire tóxico, en América los soldados coparon el horizonte, en la anciana Europa las calles estaban tomadas por millones de personas que reclamaban condiciones de vida justas.
Desolado, decidió un cambio global.
Cuando acabó de recitar el conjuro, Tierra volvió a sus orígenes.
El hombre era una especie más luchando por su supervivencia , podría reescribir su destino nuevamente y la Navidad sería su forma de gobierno.
Suena un villancico tras otro en el abarrotado centro comercial. Cerca de la sección de juguetes, junto al árbol y pesebre navideños, han situado un “Paje Real” contratado a tiempo completo para esta campaña. Los niños acuden ilusionados a entregar su carta y recibir unos caramelos a cambio. Algunos dan consignas al paje para que los reyes magos no se equivoquen con sus regalos, como el año pasado. Otros desean que los niños pobres también reciban algún juguete. El paje siempre sonríe y les asegura, con acento de paje, que todo lo que pidan se cumplirá si se portan bien. A veces, cuando algún niño temeroso llora, él sabe calmarlo y transmitirle una confianza que los padres agradecen, convencidos de que muestra un auténtico espíritu navideño.
Cuando termina su jornada laboral, compra algo de comida en la tienda de su amigo Hakim y ya en su humilde hogar de cuarenta metros cuadrados, se asea un poco antes de rezar orientado hacia La Meca, junto a sus cinco compañeros de piso. Después, nuestro paje real imagina que hay una estrella que nos ilumina, con la esperanza de que todos los niños del mundo puedan ser respetados y felices.
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