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Mientras su madre gemía y empujaba, su padre puso una semilla en la tierra del jardín. Nacieron juntos, la niña y el manzano blanco. Y crecieron.
Los primeros años el árbol fue columpio y escondite, sombra y merienda. Después, su fiel compañero de primaveras y otoños. Pechos en flor, compota de deseos, un corazón grabado en la corteza, nidos, bocados amargos, hojarasca. La Vida maduraba en ella y el manzano.
Subida entre sus ramas, eligió el nombre de su primera hija y el del niño que vino después, y bajo ellas, con sus hijos, redescubrió los placeres de la lectura, de las siestas de verano y los secretos que se confesaban las palomas en sus arrullos. Disfrutó de muchos octubres de cosecha y tartas, y de otros tantos diciembres, que cubrieron de nieve ramas y sienes.
Y llegó un pozo estéril y una fuente entristecida, un remiendo en el cielo, una revuelta hacia atrás de las promesas. Manzanas con sabor a mar y despedidas, a carcajadas, a noches sin dormir y reencuentros, se estremecen como manos de un anciano. El equipaje cada día más delgado. Arrugas en los recuerdos.
Cuando uno ya ha perdido lo que fue no le importa ver sus frutos en la tierra.
En la Cuesta de la Cal el blanco mudó a gris desde que abrió allí el antro más canalla de jazz. Cada sábado músicos mediocres empapan las paredes de compases que los clientes apuran con avidez junto a sus cigarrillos y licores baratos.
Zarco tiene la mirada perdida, esta noche nada existe para él más allá de su trompeta. La acaricia sin prisas, sus dedos describen unos círculos lentos sobre los pistones como hacían sobre la piel de la mujer que hace tan sólo unos días se llevó su corazón en una maleta, entre sus faldas y el perfume almizclado de sus blusas.
Zarco se acerca la boquilla a los labios. Desde la encrucijada entre el olvido y la desesperación surgen los primeros sonidos. Las notas de blues se hacen agua salada, rompen contra las paredes con urgencia de olas, estallan en una miríada de gotas que llueven sobre el público.
La música lo cala todo y, cuando por fin se extingue, un moho índigo y pegajoso impregna las bebidas, las ropas, los cabellos, en una infección azul donde nada alegre sobrevive. Azul como el coche en el que ella huye sin recuerdos. Como el silencio del mar al que se precipita desde el acantilado.
Aquel verano mis padres me mandaron al pueblo con los abuelos. Tanta
naturaleza me deprimía.
Pero esa sensación desapareció cuando llegó Julián. El muchacho flacucho,
lleno de mocos, con la ropa manchada de barro, que yo recordaba había pasado
de patito feo a cisne.
Enseguida nos hicimos buenos amigos. Pasábamos los días paseando con la
bici, nadando en el lago solitario… descubriendo nuestros cuerpos al abrigo de lugares recónditos.
Aquel verano de flores tristes y pozo seco bajo el cielo abrasador fue cuando
conocí el amor. Desde las altas torres se contemplaba un paisaje
desolado por la sequía, mas mi lengua se perdía en húmedos besos cada
atardecer junto al muro encalado del campanario. Cuando el sol se escondía
jugábamos a ser mayores en un escenario envuelto en estrellas, disfrazados
de la inocencia perdida que juntos nos abrazaba.
Y fue aquel verano, después de San Roque, cuando Julián, antes de subir a la camioneta que le llevaba a la mili, me besó, me dijo adiós y nada más.
Esa tarde en la ermita lloré, sola y acompañada del coro de chicharras que
comentaban jocosas, como Julián, también estuvo con otra.
Al final del verano, al entrar en casa mi madre me miró y sin decirme nada supo que había llorado.
Bajaba bien muerto, aún con sangre por el disparo. Algo asustado por lo que se había hecho; pero orgulloso, y mucho, de su valentía. Mientras caía veloz dejó de recordar la imagen de aquella mujer ingrata. Se distrajo. Le adelantaron hombres, mujeres y hasta un perro blanco de esos lanosos que se tiran de los barcos para bañarse en el mar.
Al final resultó ser cierto que las palabras se las lleva el viento. En un viaje triste y sin retorno a ese cementerio donde reposan las promesas incumplidas, necias declaraciones de amor y mentiras piadosas; a ese lugar perdido donde los sentimientos rotos, como briznas de hierba arrancadas por el dolor, son sólo restos y despojos de los corazones engañados. En el fondo de esa sima maldita Tomás encontró al perro.
El animal se relamía y de su boca asomaba la cola de un pez de falsas escamas.
Despreocupada, aspiraba el aroma de las flores mientras sus pies se hundían en la suavidad del verdor que envolvía aquel jardín. La vida era fácil en semejante paraíso, pero Eva se preguntaba si aquello duraría siempre. Era feliz, aunque últimamente veía cosas extrañas, como aquel animal tan raro parecido a ella, pero con formas redondeadas y flexibles, que se enroscaba en los troncos y la aturdía con su intenso olor a azahar.
—La fragancia de las flores es exquisita en esta parte del jardín— susurró el ofidio mientras se deslizaba con soltura y voluptuosidad entre las ramas —.Además, las rosas aquí son hermosísimas, quizá poco menos que tú, Eva.
Eva despertó con la cabellera revuelta, una flor cicatricial en el costado y el cálido cuerpo de Adán sobre ella.
Procuró borrar las huellas. Lo venían siguiendo desde el día anterior, cuando los perros descubrieron el cadáver de Cristina, escondido entre matorrales del viejo bosque de álamos y tejos, allí donde el pueblo se perdía de vista y el terreno iba ascendiendo hacia el sur. Era un bosque cerrado, lleno de caminos antiguos que semejaban ríos rojos entre romeros y flores de jaras.
Javito pasa con su bicicleta entre los olivares, zigzagueando con esfuerzo el empinado camino que lleva hasta la era. Allí, en lo más alto del pueblo, recoge flores para Paloma, la niña pequeña de Nicolás, el aparcero de aquellas tierras. La misma con que, tras años de arduo cortejo, sueña en convertir en su esposa cuando tengan edad. Nada será fácil en la vida de Javito.
Suspira. Un espléndido panorama se divisa a la luz de la aurora: torres y molinos salpican las verdes llanuras. En la lejanía, el mar y un cerro nevado. Ahí abajo, entre rosas y begonias, emerge, blanca, la casa de Paloma.
De repente observa que delante se detiene un Mercedes con chófer y desciende su rival: Sotirios, el apuesto y moreno hijo del dueño y señor de todas las tierras de la comarca, llevando un hermoso ramillete de orquídeas amarillas.
“¡Mala puñalá le den!” masculla Javito. Enfurecido se lanza cuesta abajo con la bici con la intención de sacudirle bien la badana. La ira nubla sus ojos. Desciende rápidamente, pero tropieza con una piedra. Tres vueltas en el aire le proyectan directamente sobre la capota del Mercedes.
Al abrir los ojos, en el blanco aséptico, un hermoso ramillete de orquídeas amarillas se burla de él.
Desde la autovía, antaño sinuosa y peligrosa carretera transitada por carros cargados con su preciado cargamento de aceite, se contempla la silueta del orgulloso castillo de las Navas, que, todavía regio, se alza entre olivos. Ignora el viajero que esa fortaleza no existe realmente, que solo es producto de millones de años de leyendas, de montesinadas corregidas y aumentadas por las gentes del lugar, morenos labriegos que, de tanto aspirar polen de olivo, se embriagan y trazan mentalmente siluetas quiméricas para burlar un día más la monotonía. Así, como el aldeano, el forastero se deja invadir por el engaño, que le parece singular y glorioso. Pero lo que sí saben tanto viajeros como lugareños es que, a pesar de que las descripciones del castillo son dispares, hay algo que coincide en todas las conversaciones: la magia que impregna este territorio aromatizado por flores de olivo. Dicen que los días en que el sol aprieta se estira intentando fundirse con el fuego de sus rayos, y al nacer la aurora, pretende elevarse y volar.
En la casa de los arcos, de techo blanco y paredes de cantos redondos, que está justo en la plaza del lago, frente al monte de nieves eternas, se inauguró una novedosa exposición.
Comentaba a la prensa su mentora, María Alicia Arrope, que, por fin, había encontrado la ocasión de mostrar públicamente su trabajo de tantos años. Los presentes la felicitamos y ella, alegre y con esperanza, brindó por el éxito.
—¿Qué representan para usted estas obras?, —le interrogó Ángel Estévez Pérez, un rubio y garrido periodista.
—Representan lo que son, espejos-hechizos, de pequeño y gran formato. En ellos trabajo el volumen, la perspectiva y la luz. Si se fija bien, algunos gotean ternura, y aún huelen a azogue. Pero, sobre todo, manejo con equilibrada justicia, ese mundo de turbias y revueltas ficciones que tanto atrae a la gente-contestó ella- con virtudes de artista. Los espejos expuestos no solo los vendo, sino que también los alquilo, asesorando al interesado sobre sus fisgones y problemáticos reflejos.
«Bienvenido a Mis Cristales Conjurados. Son para erradicar espejismos y erigir La Imago Del Aura.»
—Cuando quiera se lo demuestro señor Estévez. Quizás, consiga así, liberar el gran peso que arrastra su alma…
Todas las tardes me sentaba a jugar con Violeta. Tenía dos años, apenas levantaba unos palmos del suelo y siempre llevaba consigo su bolso de princesa:
─¡Qué difácil!─ decía con grandes aspavientos y unos ojos muy abiertos cuando le enseñaba a hacer un puzzle o a colorear el ratón de la libreta sin salirse de la raya.
A partir de entonces fue difácil mostrarle el mundo, acompañarla al colegio día tras día y ver cómo su mochila se cargaba de deberes, risas e ilusiones; comprobar cómo su ropa se quedaba pequeña y cambiaba las muñecas por los libros, las tardes en el parque por las noches de fiesta, y el calor de casa por el frio de los más necesitados.
Difácil fue verla partir rumbo a un campo de refugiados de un país en guerra y recibir la noticia de que una bala perdida fue a parar a su frente.
Difácilmente pasa una noche sin que hable con ella, sin que compartamos silencios y sienta sus caricias en el aire mientras sus cenizas reposan en su bolso de princesa apostado en la butaca del salón.
El azúcar era la sal. Al gato le decía araña y atendía los requerimientos del abuelo sólo cuando le llamaba nube. Con él hablaba ese idioma y así se entendían. En una helada, el anciano tropezó y falleció sin que estuviera previsto. Óscar lloró a boca abierta la gran pérdida y no había consuelo. Pasó como una pelota de unas manos a otras y acabaron llevándolo a un orfanato. Allí le quisieron enseñar. Los números, las letras y las palabras. Como nadie compartía su lengua se parapetó en un silencio inaccesible. Si respondía era con gestos. En sus paseos al campo se dirigía a los gorriones y comunicaba a su manera con las martas.
Al centro llegó una niña pelona y desdentada. La sentaron a su lado en la clase. Le regaló plumas, hojas del otoño y le prestó su colección de caracolas de mar. Óscar las acercaba a su oído y pasaba horas escuchando el sonido de las olas. El día que ella le preguntó su nombre él puso su dedo índice encima de un cumulonimbo. La nena sonrió y después de unos segundos contestó que a ella, aunque pareciera una estrella, podía llamarla luna.
Angelito garabatea fantasías en pleno examen de Matemáticas.
Doña Marga duda: plástico, madera o metal. Alineadas junto al borde de la mesa, las tres reglas. Engancha la de madera y atraviesa el aula sin tocar el suelo, como los fantasmas del Comecocos.
Un segundo después está a la altura de Angelito empuñando el instrumento cual espada del medievo. Cuando dibuja la parábola en dirección a su cabeza, Angelito balbucea aterrorizado: “Nicenada”. Ante los atónitos pares de ojos que observan la escena, Angelito ya no está. Y la regla restalla contra la mesa.
La profesora mira contrariada su arma. Luego el asiento vacío y el papel emborronado de palmeras del alumno.
Tras un denso silencio, Molina, el enorme vacilón de la segunda fila, no puede contenerse, rompe en una carcajada. Un suspiro después, doña Marga levanta de nuevo su brazo… y lo baja tras oír: “Nicenada”. Molina también se ha esfumado.
A kilómetros de allí, en una modesta escuela junto a unas palmeras, María, la dulce docente de Primaria, observa intrigada cómo la pequeña clase se llena poco a poco de alumnos que aparecen de la nada. Sonríe y piensa para sí: “Por fin sé dónde buscar mi varita mágica”.
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