¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


El Martes de Carnaval, Francesca había quedado en la piazza de San Marcos con su novio, después de la fiesta de las Marías y bajaba por la escalera del ponte de Rialto y una multitud de máscaras, le impedían el paso.
Entonces, se le acercó un Polichinela y tomándola con fuerza de las manos la obligó a bailar, alejándola del puente. La llevó a un canal lateral y mientras ella gritaba, la arrojó a una góndola, intentó escalar el respaldo de la butaca y la agarró del pie, haciéndola caer y se golpeó contra la fórcola de la góndola.
La arrastró y mientras la sangre se fundía con el terciopelo rojo del asiento, la penetró, al terminar y ver que estaba muerta, la dejó caer en el agua y mientras ella se hundía, la máscara blanca con plumas, la maschera nobile se alejaba de la embarcación.
Mientras, la noche avanzaba y en la piazza ya no quedaba casi nadie, empezó a llover y una niebla trepaba desde los canales, Giovanni se dejó caer, resbalándose en la pared del palacio Ducal y entonces del Campanile, el tañido de una campana pequeña, il maléfico, hizo que estallara en sollozos, tocaban a muerto.
Me lavo la cara. Dejo pasar un instante antes de secarme. Necesito que el frescor del agua me confirme que ya estoy despierto. Miro la imagen reflejada en el espejo y rememoro el maldito sueño que me atormenta noche tras noche. Ese en el que me encuentro en un lujoso salón de baile; como los de un palacio veneciano. Todos los asistentes van disfrazados y llevan máscaras. No logro recordar cómo eran, pero sí lo que representaban: al marido, al padre, al adultero, al amigo, al traidor, al poeta, al egoísta, al hipócrita… De repente todos se vuelven hacia mí, se descubren y veo que todos tienen el mismo rostro: el mío.
Entonces siento que me ahogo. Salgo corriendo. Entro en una sala donde hay un gran espejo. Veo mi cara desnuda y una especie de hebra que sobresale bajo el lóbulo de la oreja derecha. Estiro de ella, tratando de arrancarla; pero solo consigo hacerla más grande. Sigo tirando y mi cara se deshace en las hilachas.
Y debajo no hay nada.
Me visto; ya es la hora de ir al trabajo. Pero antes palpo mi cuello, mis pómulos. Todo está bien.
No hay por qué preocuparse.
Observó con disimulo el rubor esparcido como estrellas rojas en la nieve de una cara aún adolescente.
Acabó de desnudarse y dejó caer su pelo libre de horquillas y ataduras.
Se sentó sobre la pequeña y limpia cama y esperó a que él la mirara.
Notó su vergüenza, sus miedos y le dio pena. Lo llamó a su lado, y él se sentó temblando débilmente, con la mirada al borde de la lágrima.
Lo abrazó, lo tendió junto a ella y acariciándole el pelo le susurró una canción. Él aguantó el sollozo y ella aspiró el suyo.
No hubo más. Fuera esperaban los otros: para ellos él había cumplido. No le llamarían nunca más “nenaza”. Ella deseó que él rompiera la cadena de los tabúes, esos que ella aún no había roto y que le impedían, de igual a igual, amar a otra.
ANTONIA
Se llamaba Parca y provocó el accidente en la nieve para raptarme.
Desde hace seis años solo en invierno parece despertar de su letargo. Los primeros copos de nieve le cambian el gesto; su mirada, siempre fija, entonces me busca, sus labios se crispan, se le enrojecen las manos de forma sutil y su tez, sin embargo, se vuelve más pálida. Yo espero. Poco a poco el color blanco conquista las calles, los parques, los bancos. No hay prisa. Como otros años nevará durante toda la noche y al amanecer, bien abrigados, seremos los primeros en salir a quebrantar tan inmaculado manto. Arrastraré su silla labrando un surco de ausencias, recordando imágenes y escuchando risas para siempre muertas. Cruzaremos el pueblo y por el camino del cementerio el rastro de las ruedas se hará más nítido, como él de las negras rodadas de aquel frenazo a destiempo, en aquella curva, hace seis años. Nunca me gustó, ni cuando al venirte a buscar insistía en llamarme mamá. Y ahora, cada año, somos los dos quienes venimos a verte. Las vueltas que da la vida. Reconozco que gozo al verlo sentirse culpable sin poder derramar una lágrima. Yo perdí una hija y el ganó una madre, hace seis años.
Había abandonado los elegantes salones literarios, las tribunas políticas, las armas revolucionarias, los recuerdos del exilio y de la muerte prematura de su amante, a causa de la tuberculosis.
Se sentía viejo y cansado. Luchaba sin éxito contra la falta de esperanza, contra la pérdida de los ideales progresistas en que había creído. Regresaba a su casa solariega, como una fiera herida, para olvidar o para morir.
Durante aquellos largos meses de invierno, enterrado bajo la nevada, sus tormentas se mezclaron con las modulaciones de la ventisca y con los aulidos de los lobos.
Hundido en el sillón, frente al fuego crepitante, se dejó llevar por las alas de la melancolía. Poco a poco, su quema interior se apagó y consiguió reconciliarse consigo mismo.
Se animó a salir, a recorrer los caminos nevados en el trineo tirado por caballos y volvió a contemplar la naturaleza con ojos ingenuos.
A los primeros brotes de la primavera, Alecsandri regresó a la capital, para cumplir con el papel que la sociedad le había otorgado, pero de aquel intermezzo invernal nació uno de los más bellos volúmenes de poesía, lleno de pureza y esplendor, cuyos versos curan y traen esperanza a las almas derrotadas.
Un aullido rasga la noche. Se sacude la nieve, salpicando algunas gotas de sangre. Una inmensa luna llena se filtra por cada resquicio entre las hojas de los árboles, derramando blanco sobre el blanco. Así es más sencillo distinguir las marcas de sus botas, aún frescas. Muestra los dientes en una sonrisa tensa y sigue el rastro. Ahora él es el cazador y ella la presa. Las heridas le escuecen y a cada paso aumenta su ira. No sabe si disfrutará más despedazándola o viendo su cara. Ella le da por muerto, desconoce su secreto. Lo averiguará demasiado tarde.
Encontró encolerizado las otras madrigueras de conejos donde
ella seguro pasaba las largas tardes de invierno.
De aquella emanaban cálidas quejas causadas por el apoyo práctico
de los incesivos de aquel compañero sobre el costado blanquecino de ella.
Allí pasmado, de pie, medio escondido, no sólo escuchaba sino que
también veía los ya reconocidos destellos de luz roja que cuando su coño se llenaba
de placer ella trenzaba y salpicaban después siempre todo el espacio.
Éstos no sólo reflejaban la nieve de la entrada sino que también llamaban la atención
de otros animales que por allí pasaban.
En varias ocasiones, no muy seguro, tuvo que ahuyentar a más de un curioso que
con erecta disposición se acercaba con la intención de que aquello no quedase en dueto.
Una vez calmadas las ansias de sexo, ella recuperaba el aliento, asomaba su hocico,
que contraía y estiraba, mientras que poco a poco salía del escondite.
Él al mirarla se quedaría atónito al descubrir que no era su coneja la que allí estaba;
sino que otra que como la suya disfrutaba.
El espectáculo era espantoso. Pequeños bultos redondos de piel blanca golpeados hasta su muerte o la extenuación de sus agresores. Regueros rojos desde la orilla hasta una máquina infernal donde los amontonaban. Palos y manos teñidos de rojo inocente, que gritaban y reían, que reían y juraban. De pronto alguien gritó, “me ha mordido” y soltó momentáneamente a su presa, para que otros la remataran. Me fijé que la sangre fluía de sus dedos y dejaba pequeños rastros de gotas, muy diferentes de los del resto.
Cuando todos desaparecieron, yo, La Gran Foca Madre hice un juramento, “seguiría esas huellas en la nieve, encontraría a su dueño, y me lo comería a mordiscos, y no pararía hasta su muerte o mi agotamiento”.
Nieva en el pueblo y como siempre todos los vecinos corremos a refugiarnos en la iglesia. Cuando era un niño me divertía ver la urgencia de mis padres por coger unas cuantas cosas y salir pitando para encerrarnos con los demás. Mientras los mayores pasaban las horas cuchicheando, los niños jugábamos y por lo bajini pedíamos que no dejara de nevar. Durante los días de encierro estábamos libres de cualquier tarea, tan solo teníamos que evitar molestar a los adultos en sus plegarias y cavilaciones. Había una única prohibición: no abrir, bajo castigo severísimo, ni puertas ni ventanas. Cuando al fin podíamos salir del templo nos percatábamos de la amenaza al oír los sollozos de las mujeres y las miradas hoscas de los hombres, que contemplaban temblorosos, las huellas de pisadas extrañas que aparecían en la puerta del santuario y los arañazos grandes y hundidos que la marcaban. Hoy me he confinado con todos los demás y aunque ya soy un adulto sigo ignorando qué nos obliga a encerrarnos. Rezo lleno de angustia para que mi hijo haya encontrado refugio, no quiero ser uno de los que sollozan cuando esas huellas aparecen.
Se despertó con el primer rayo de sol y bajó las escaleras como lo hacía los días de excursión. En la cocina se puso de puntillas para asomarse a la ventana, pero estaba llena de vaho. Acercó su diminuta mano para descubrir que tenía el poder de hacer que se viera otra vez a través de ella. Pero en lugar de su muñeco de nieve, encontró a un ser con las cuencas de los ojos vacías, al que le habían arrancado la nariz y quitado la ropa. Ya no había una bufanda a cuadros protegiendo su cuello y los tres botones de su abrigo también habían desaparecido. Está muerto, pensó. En ese momento, entró su madre y lo vio con los ojos temblorosos ¿Qué te pasa, cariño? ¿Tienes hambre? Y le dio un beso tierno en la mejilla caliente. Pero el niño no encontró consuelo. Se quedó allí, de pie, mirando su muñeco muerto. Hasta que la ventana dejó otra vez de ser ventana, justo en el momento en que su madre abrió la tapa de la olla que había sobre el fuego, de la que emanaba un leve aroma a zanahoria.
El recuerdo me ha invadido. Gélido y profundo.
Necesito tu calor.
No te supe valorar. Aquel día en que marchaste sola con tu dolor, no dije nada, quedé mirando mientras te alejabas.
¿Por qué no te detuve? ¿Tan importante era mi orgullo?
Desde la fotografía, tu mirada triste me condena, el tiempo no se detiene y un nuevo invierno se instala en mi alma, el frio de la soledad doblega mi espíritu, no imagino donde estarás, el espacio que dejaste sigue allí, y duele.
Desde mi puerta veo la nieve caer, en el blanco manto adivino aquellas que fueron tus huellas.
No resisto más…
Voy tras ellas.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









