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Rafa Heredero nos descubre un episodio fascinante de la historia del cine: Chaplin, ante la presión de que su Charlot hable decide que lo haga en Tiempos Modernos, pero en un … lenguaje inventado.
La explicación resumida viene a ser ésta…
«Y ahí Chaplin de nuevo arremete con su enorme talento, permitiendo poder escuchar brevemente su voz, cantando una versión de la canción de Léo Daniderff, Je cherche après Titine, pero con una letra sin sentido, conocida como “Charabia“, e inventada, cuyos sonidos tratan de asemejarse a una mezcla de francés e italiano, con alguna palabra reconocible en inglés.(…) La broma y crítica de Chaplin es fuerte, me imponen unas reglas, pero en realidad soy yo quien va a imponer sus reglas. ¿Queréis oír mi voz? Pues será a mi manera. Charlot le pertenece a él, y no habla, o para la única vez que lo hace, no se le entiende, lo que viene a ser lo mismo.»
-¿Tu crees que se la ha inventado?
-No sé, en la enciclopedia no está.
-¡Pero la ha dicho con tanta seguridad!
-¿Tu le has entendido?
-Perfectamente
-Entonces, será correcta. Porque yo también.
-Ya, pero la fantasía se transmite cuando las condiciones son las idóneas.
-¿Quieres decir?
-Que a lo mejor estamos viviendo un mundo paralelo.
-¿Entonces?
-Pues nada, bañito, teta y a dormir.
Cada noche sueña con ella. Le gusta su risa, el tacto suave de sus manos, la forma en la que el viento le alborota la melena. Nunca hablan. Nunca le dice nada porque no encuentra las palabras adecuadas. Siempre se arrepiente, mientras la ve alejarse.
Cada día, al abrir los ojos, la mira pero no la reconoce. No es por las arrugas que enmarcan su sonrisa, ni por el temblor de sus manos, ni por el moño en el que recoge su cabello. Nunca hablan. Nunca le dice nada porque no encuentra las palabras.
Hoy ha decidido no volver a arrepentirse del silencio. Con un gesto le indica que se acerque. Carraspea.
– Daca chone ñosue goticon. Em tagus ut sari, le totac vesua ed sut nomas, al mafor ne al que le tovien et taroboal al naleme. Et roquie.
Ella le deja hablar y, después, le besa.
La trasindependencia consiste en la obligación trashumante de quien desea ser independiente incluso de su propia independencia. La independencia reiterada conduce a acercarse a otros independientes, sea por deseo propio o por deseo de los demás, lo que conlleva una pérdida de parte de la propia independencia, que es tanto como decir de la independencia en sí. Con el fin de que tal efecto no se produzca, la trasindependencia promueve la trashumancia individual de cada independiente, que desvincula a unos independientes de otros con el fin de mantener la viabilidad de la independencia de cada uno y los convierte, desde el momento en que se adopta, en trasindependientes.
Nomenatum carece de forma o color; en ocasiones, cuando la luz del sol es especialmente intensa, pareciera adivinarse en él un tono púrpura. Exhala un olor agrio al desplazarse y, pese a no tener extremidades, es tan ligero que resulta imposible capturarle. La primera vez que le vi frente a mí era adolescente. Fue una noche de abril en el hospital, mientras mi padre agonizaba. Recuerdo el frío al sentir su tacto, y mi ímpetu, estéril y desolador, por zafarme de aquel monstruo. Quince años más tarde volví a verle, la noche en la que mi mujer se marchó para no volver nunca más. Apareció de madrugada, actuó rápido. Comprimía mi tráquea tan fuerte que estuve a punto de no contarlo. No sé cómo pude librarme de él entonces. Pero sé que volverá, tarde o temprano. Ahora le espero de otra forma, sereno, y con la suficiente lucidez. Quizá sean los años, o tal vez me tranquilizó saber que usted también ha sentido cerca al Nomenatum.
No conseguía ordenar las letras para poder pronunciar lo que estaba escrito en su corazón; se negaba a aceptar etiquetas ajenas, que no expresaban lo que ella sentía.
Vivía imaginando ser agua que empapara cada célula de su ser; aspiraba su aroma tratando de absorberlo por completo; le miraba intentando apoderarse de su imagen para hacerle invisible al resto del mundo; deseaba poseerlo por completo, fundirse literalmente con él, hacerlo suyo para siempre…
Satisfecha por fin, siguió barajando sílabas que construyeran la palabra exacta, para poder explicar todo a aquellos hombres de bata blanca que la llamaban caníbal a sus espaldas.
«Camalea», susurró ella. «Camalea», saboreó él. Se miraron y rieron de corazón junto al río. Luego el silencio fue testigo del primer beso y de la transformación de la amistad en pasión desbordada. Inaugurado el amor, juraron que sería eterno. Aquello fue en el pueblo justo antes de que la guerra los separase. En la contienda, él se especializó en descifrar comunicaciones y con ello evitaba muchas muertes, aunque también propiciaba otras tantas. Era su función. A ella se le perdió el rastro entre los callejones de la capital. Alejados solo por el espacio, él siempre encontraba ese suspiro de paz para recordarla y soñarla en su bosque encantado. Por eso se pellizcó y tuvo que leer mil veces aquel mensaje interceptado que solo rezaba: «Camalea». Después se desesperó en indagaciones. ¿De dónde provenía? ¿Quién lo había interceptado? ¿Cómo?… Demasiadas preguntas le advirtieron y determinó que no podía vivir con la incertidumbre. Se pasó al otro lado desarmado, solo por encontrarla. Allí se topó con una celda, interrogatorios, torturas y el alma partida cuando a su explicación sincera, alguien que se parecía a ella, le contestó: «Lo siento, amor, pero esto es la guerra».
¡Oye! Oye, herrr-mana, soy yo, Paquita! No me cuelgues! Escúchame! ¡Se me ocurrrrió un milag… una milagg-grosería! Acabo de volver del pelerrr-inaje! Sí, sí, de Commm-postela…. Para adquirrrrr-ir un no-nobio, sí! No le digas a mamá… ¡Quiero ser unasorrr-presa! No, no importan misssin-cuenta! Estoy comm-pletamente aturrr-dida! Todo missssueños… se cummm-plieron! En fin… Dios escuchó mirrr-rezos!
¡Qué varrr-ón! Nos hemos encontrrr-atado en una iglesia. Junto alrrr-reli-quario. Nuestras manos troppp-ezaron, nuestros labios rezzz…rozzz-aron! La gente era extazada, lanzaba aleggg-gritos… Nos ibamos a un mo-mototel, sí, sí, en su moto…¿Cómo fue?… Pues fue mar… fue marrr……¡Maravicioso! ¿Y él? ¿Cómo se llama? ¿Qué te importa? No, no me… no me acuerrrr-do… Estoy commm-pletamente aturr-dida… ¿Cómo dónde está? ¡Ha sssalido! Hace tres horas…. Por el anillo….
Oye, herrr-mana, préstame 100 euros hasta el lunes, que no en-encuentro mi bolsa….
Descalza sobre un lecho de terba y boratasca, deambula la ninfa envuelta en raudales de brizos y crisa. Escoge con parsimonia cada paso, no quiere errar la huída. Por eso se adentra en el fluir del darrorio, de aguas frías y translovensas, arrastrándose por la corriente no tendrá que escoger derita o quierdía. Vuelve la vista atrás, las sombras de los árboles quieren ramarla, por entre sus hojas susurran benazas constantes. Si escapa la ninfa se quedan vacíos de virla. ¿Quién tranzará sobre sus raíces? ¿Quién alará entre sus frutos doborosos sólo para ella suspendidos? Se aúnan en traparla, ocultan el cielo con su crúpula verde como jaula llena de trájaros en un intento vano de convencerla de su erroría, pero huye sin embargo, quiere conocer pranos llanos, oritas desiertas, espimas de sal y caracolas furtivas.
“Dejadla, dejadla que vaya” Dice resignado el árbol más dambirguo, “volverá más adebre y cantiva cuando haya visto los mares, algún día”.
«Pa» fue lo primero que dijo. Al escucharlo todos nos giramos hacia ella, sorprendidos. «Pa» volvió a decir y acto seguido juntó las sílabas soltando su primer «papá«. Nos miramos y gritamos de alegría. Yo estuve a punto de soltar una lágrima. Rosa, mi mujer, se abrazó con nuestra hija mayor, Margarita, y le dijo:
– Ves como con un poco de esfuerzo todos podemos aprender a hablar.
Esa tarde nuestra gardenia no dejó de repetir aquella primera palabra.
Pero con el tiempo acabamos pensando que todo había sido fruto de una casualidad. Las siguientes palabras que pronunció eran totalmente inventadas, o al menos no las entendíamos. Miramos si el abono procedía de algún país exótico o si las simientes eran foráneas para intentar identificar el idioma, pero sin óptimo resultado. Buscamos en la red un sinfín de traductores, también cualquier información sobre casos parecidos, pero todo fue estéril.
Lo más positivo de todo este fenómeno es que ahora en casa hemos aprendido un nuevo idioma y lo hablamos con nuestra gardenia.
Los puntitos del gotelé son las únicas constelaciones que veo. Las nebulosas de mis ojos líquidos inventan universos donde solo existe escayola. El movimiento de ángulo agudo de mi cuello es el radar que escudriña nuevas motas de polvo, arañas taimadas, mosquitos impíos y ahora, en otoño, alguna que otra hoja errante que viene a visitarme a mi mundo inerte y silencioso.
Mi cerebro quiere inventar una palabra para definir esta existencia que no es, este pasar que no es vida pero que tampoco es muerte. Mis manos se ríen laxas de lo que fueron y mis piernas descansan cansadas de quietud. Mis ríos putrefactos se desbordan en remansos de celulosa engominada, y mi olfato, que se ha negado a morir, los sufre hasta que unas manos samaritanas me liberan de su humedad hiriente.
Podría hablar, pero me niego, para qué quiero las palabras si nadie inventó ninguna que me avisara de lo que hoy soy. Estoy en un estado esponjoso donde los huesos no existen, donde el dolor se ha dormido, donde las pistas de la vida me son esquivas y la muerte me suena a suerte y la vida a huida.
Cuando encuentre ese verbo, me resignaré.
La oscuridad tragaba lo que rodeaba a Mimí, que aplastada por escombros volvió en sí con ese desconcierto de no saber si el sueño continuaba o había despertado. Tenía frio, un viento helado acompañado de estruendos invadía el lugar. La manito apretaba aún la muñeca de barro que la abuela le había regalado cuando se fue. -¿Quién es, abuela?. La anciana sólo hablaba palabras sin sonido. Sin embargo, la niña oyó el esfuerzo ronco antes del fin: “ella te va a cuidar”. Desde entonces no la soltó y ahí estaban las dos, enterradas vivas. Mimí recordó que la abuela le pedía cosas a ese pedazo de barro con forma, agradeciendo cuando la mujer celeste le resolvía los problemas. -Si supiera como llamarla podría decirle que quiero salir de aquí- musitaba Mimí y comenzó a recitar nombres conocidos primero, inventados después. Las explosiones se escuchaban más cerca. Ella seguía susurrando… Dulanira, Amanxore, Gracinda … Otro movimiento sacudió lo que apretaba. La mano se abrió y la niña lloró al ver que la señora se había roto. Con fervor besó la cabeza destrozada. -Yo te ayudaré, Madrecita. En ese instante, una vos preguntaba. – ¿Hay alguien ahí abajo?
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