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Decían que el hidrógeno sería la energía del futuro, otros apostaban por la fusión nuclear, las renovables,… Durante décadas se predijo el agotamiento del petróleo, sin embargo, nuevos yacimientos brotaban en inospechados lugares. Hace mucho que se comenzó a extraer de la Antártida y tantos territorios que se quisieron preservar. Nos hicieron tener sed de petróleo y todos bebimos con ganas.
Sucedió que en un pozo de extracción se comenzó a oir un tenue y agudo silbido. No se tardó en evacuar la zona por temor a explosiones. A los pocos días el silbido se hizo más perceptible y grave, no sólo se podía escuchar en las proximidades, sino a kilómetros, a cientos de kilómetros. Al otro extremo del mundo decían que captaban algo. Alguien denominó el insólito hecho como la Flatuciación. Unos científicos japoneses se dieron cuenta de que nuestro planeta estaba perdiendo volumen a un ritmo inquietante. Meses después la Tierra dejó de ser una luminosa esfera para ser una especie de engurruñada pasa.
Por lo demás todo bien, la cosa va igual, siguen sacando petróleo.
Aunque su marido murió hace ya ocho meses, los burtilaces siguen campando a sus anchas por toda la casa. Imponentes burtilaces de cerámica y vidrio, burtilaces disecados de especies dispares, nidos de burtilaz en las estanterías, burtilaces que cuelgan de las lámparas, que dormitan con ojos entreabiertos en las alfombras.
Marta no recuerda con exactitud cómo se inició todo. De improviso una noche, su esposo los introdujo en el hogar, y aquellas criaturas y el áspero olor a aguardiente se adueñaron palmo a palmo de cada rincón.
Lleva meses sin descorrer las cortinas, «ábrelas de una vez, los burtilaces no soportan la luz; haz añicos las ventanas hasta que no quede ni uno», se repite al levantarse. Sin embargo, pese a las contusiones ocultas bajo el traje de luto; a las heridas que mancillan su piel, no consigue desprenderse de ellos. Siente una rabia de serpientes ebrias en el estómago. Querría quemarlos, aniquilarlos. «Mañana sin falta me deshago de todos», se promete exhausta. Pero nunca encuentra la ocasión propicia, y cada noche regresa con bolsas cargadas de ratones muertos para alimentar a los insaciables; a los jodidos burtilaces que la acechan sin tregua en la creciente penumbra de aquel edificio.
-Existe un tiempo mágico dónde todo es posible. Un espacio entre el fin de la semana pasada y el inicio de la nueva. Un período en el que los sueños se hacen realidad. Un día nuevo que sólo algunos son conscientes de su existencia y, al que se llega, dormido, con los ojos cerrados pero con el corazón lleno de vida. No todas las semanas se pueden encontrar ese día mágico, no es uno más en el calendario. Sólo tú puedes decidir cuando quieres que aparezca en tu vida, cuando lo necesitas. Tampoco sirve invocarlo, sólo necesitas desearlo y ahí estarás, inmerso en él y en tus sueños.
-¿Y entonces?
-Sólo restará disfrutarlo, aprovechar la suerte que has tenido de vivir un nuevo día, de hacer realidad tus deseos en ese mágico tiempo que se te ha concedido. Un lapso que pasará veloz, casi sin darte cuenta, pero que te hará sentir dichoso y feliz. Así son “los domingolunes” y, por eso, son tan difíciles de obtener. Cierra los ojos y sueña con él, tal vez, si tu deseo es fuerte, despiertes mañana rodeado de una magia especial, única y cálida como un beso de buenas noches.
Me llamo Don y soy dueño de la librería de las palabras inventadas. Todo empezó el día en que recibí los resultados de las pruebas que confirmarían una posible dislexia. En vez de eso, solo descubrieron que simplemente me gustaba inventarlas. Mi sueño, a partir de ahí, sería abrir un lugar donde ningún vocablo estuviera excluido.
Por eso siempre iba con una libreta bajo el brazo, en ella apuntaba todas las que se me ocurrían hasta que Pedro, cinco años mayor que yo, me la arrebató en un descuido. Él fue el que me bautizó Din Don y también el que decía que nunca llegaría a nada con ese nombre.
Mis clientes son muy diferentes, desde enamorados que buscan un lenguaje nuevo o escritores que las necesitan para concursos literarios tan prestigiosos como el de Esta noche te cuento.
Con el tiempo incluso me especialicé en restaurar palabras. El encargo más difícil fue el de un señor que quería descifrar las últimas palabras de su mujer ya muerta. Con una brocha limpié las piezas hasta que el misterio quedó al descubierto. Al entregársela, una lágrima de emoción cayó por sus mejillas mientras decía “Sí que llegaste lejos, Din Don.”
Siglos después, lo encontraron en el intersticio de una deslibrada biblioteca, donde la mayoría de sus tomos perecieron por la vileza de los inquisidores; era un libro señalado, un texto cargado de secretos y simbolismos. Se salvó de la quema volviéndose invisible gracias a los conjuros que le recitó Zarmarianga al son de los aleteos de su escoba ansiosa de libertad.
—Tomé el estracelo para practicarle una vingurata en el orificio extierno. Las constantes tribales de su espareto ad el celoide de Femérina eran correctos. Cuando Tricersegundo incisó en su esplegota tuvimos que perdicir rápidamente. ¡Ánema, ricia, clata! ¡estrebiodes, anefabinos!… pero Femérina se nos estravagaba sin saludino.
—¿Femérina ad lutem sin?
—Sin, mi signoria. Tricersegundo menosterció mi vingurata. Yo trebidé en rizo amarindio su esplegota ad Femérina recuperó su tribalianto.
—Ad ¿tras?
—Tras… el celoide in crescendo… hasta que su ortuguvino dejó de pulsilatar, ad yo atrebondé en reterato.
Un mermeroide pulsante asterció la sala. Tricerprimero se atusognó el gironte, mientras Tricersegundo le asterfaliaba sin ruprindas. Tricerprimero, desde el escalante de la pollastra, obturió una signa que entraba. Su ortuguvino pulsilató, las emfambres arremblejaron. ¡Era Femérina, con sus gunfias matentes bien tensas! Obturió a Tricersegundo ad éste sensarrió feliz.
—Nuestro estreborinde arrecato: “Culpable por atrebondar en reterato sin ascenbrondonar sus tribales, el celoide y su ortugivino. Que Tricersegundo se acerque al escalante con Femérina y nos obstricie las gunfias con vingurata”.
Femérina subió las esmorroides de la pollastra, obturió a Tricerprimero ad arrebrincó su escorcio con mantines chupándose el vistelio inferior.
Los recuerdos de mi infancia me llevan hasta aquel cortijo, en la loma de un olivar, donde el verano cambiaba la rutina de la ciudad por los placeres de una existencia desprovista de zapatos y disciplina. Juana, la mujer del guarda, me acogía como a una nieta más y, cada tarde, me escapaba de la casa grande para sumergirme en los quehaceres del campo. Aprendí a cuidar de los animales, manchándome hasta el flequillo de «gallinasa» y « pavasa» como decía ella, y disfrutaba recogiendo los huevos recién puestos bajo la advertencia de no espinchacarlos todos y acabar con una tortilla en el vestido. Me enseñó a aliñar los chorchetes que ablandaba en el pozo, y jugaba a hacer competiciones de » borricos«, después de beber sifón. ¡Si mis padres me hubiesen visto eructar de aquella manera! No hubo otra época igual. Allí las palabras se dibujaban únicas y diferentes, como si su existencia sólo tuviera un sentido en aquel espacio y tiempo.
200 gramos de harina
100 gramos de azúcar
Libros de autores clásicos o contemporáneos
2 huevos
Levadura
Zumo de limón
En sencillos pasos vamos a disminuir la capacidad de no hacer barbarismos, construir frases con sentido. Utilizaremos un amplio léxico para comunicarnos, y obtendremos nuevas experiencias que nos harán ser más persona.
Mezclaremos la harina con los dos huevos y a continuación el azúcar, hasta desaparecer los grumos. Añadimos la levadura. Una vez obtenida la mezcla, buscaremos momentos álgidos de skakespeare, Miguel de cervantes, Poe, Raymond Carver, Mercedes Abad, o cualquier otro libro que contenga esencia. Abriremos varias de sus páginas, con delicadeza, las espolvoreamos en la masa. Media hora de horno a 180º y listo.
No te preocupes si te salen nuevas y serpenteantes palabras que hasta ahora ignorabas, y que no estaban en tu diccionario. Inventa, crea. Notarás como cambia tu metabolismo lector, y disminuirán las dolencias de la ignorancia. La biblioteca volverá a ser tu punto de encuentro culinario.
Para mantenimiento, un plato de sopa de letras nocturna es suficiente durante dos semanas. Verás como las neuronas se reactivan y la vida se vuelve ágil, práctica y profunda. Los remedios de la abuela siempre funcionan.
Entro en clase como cada día arrastrando mis cansados pies. Les miro uno a uno con ojos afligidos, a todos, sin esquivar sus retinas rebeldes e impasibles ante mi angustioso y desganado rostro.
Con el ceño fruncido cansado de su desvergüenza, dejo mi viejo maletín encima de la mesa y muy serio me siento sin decir nada.
Es el último día de otro largo año, me levanto con desgana y empiezo la clase.
Miro el reloj deseando que termine este calvario. – ¿Porqué no habré sido veterinario? Maldigo mi vocación y antes de que sea la hora les reparto las notas, que ni si quiera miran.
Suena el timbre y suspiro de alivio, pensando con horror en el próximo curso.
Recojo mi añoso maletín y mientras salen como bestias sin ni siquiera decir: ¡Por ahí te pudras!
Murmuro entre dientes:“Ni aunque rapeara inventándome las palabras, estos necios aprenderían algo”
Cuando leía una novela sentía asco. Era la misma sensación que le suponía a Dios al ver a los humanos intentado crear vida. Como Él, también era Padre: engendraba palabras. Algo ególatra, llenaba las paredes de su hogar con sus mejores obras. Allí estaban “tesosí”, suavidad que se aprecia al palpar la seda; o “lisidro”, angustia parecida a la desazón. Pero por encima de todas ellas, ocupando la totalidad del salón, se erguía “ir trioda”, su magnum opus. Significaba El Creador.
El fin empezó con las primeras facturas impagadas. Su obra no le alimentaba, así que se dedicó a escribir algunos artículos a cambio de dinero. Cuando vio lo fácil que era enriquecerse, pasó al relato, y luego a la novela. Se acomodó en el lujo mientras sus hijas iban desapareciendo, engullidas por el olvido. Solo “ir trioda” se mantenía, orgullosa, temblando de ira con cada nueva libro.
Su muerte fue tan extraña como lo había sido su vida. A aquel afamado escritor lo encontraron en su casa, empalado por una barra negra, similar a una enorme “I”. En la pared, su gran obra había desaparecido. En su lugar, con las letras alteradas, se podía leer la palabra TRAIDOR.
Mi padre empezó a hablar justo el día en que cumplió un año. Una sola palabra por día: procastinación, connubio, bonhomía, ablución, climaterio… “Este niño es muy raro”, decía su madre. “Más bien es inventor, inventa palabras”, decía su padre, que era hombre de pocos libros.
Toda su vida fue un incomprendido. “Papá te queremos mucho”, le decíamos al unísono sus hijos. “Facundia”, nos respondía. “Cariño, te has dejado la ropa sucia en el suelo”, le amonestaba mi madre. “Jerigonza”, le contestaba sonriendo.
Era un genio. Mi abuelo tenía razón: inventaba. Mucha gente no lo supo ver, pero inventaba. “Jácaro”, “marrajo”, “oblongo”. Siempre había una palabra para la ocasión precisa. Una sola por día, hasta el mismo momento de su muerte.
En aquella ocasión, le rodeamos en la cama. Yo le cogí las manos con fuerza, mamá le acarició el pelo con suavidad, mi hermana rezaba, mi hermano llamaba por teléfono. Papá abrió la boca y emitió unos ruidos muy profundos. “Ubérrimo, ubérrimo”, repetía. Sabíamos que se moría y, antes de que eso sucediera, tal y como él nos había acostumbrado, abrimos el diccionario y leímos en voz alta el significado de lo que estaba pronunciando.
No recuerdo la primera frase que me regaló. En la universidad, si teníamos una cita a la vista, le buscábamos y nos solucionaba la papeleta; él no nos pedía nada a cambio, simplemente disfrutaba con nuestra cara de sorpresa y nuestra egoísta satisfacción. Acabé la carrera y no le volví a ver hasta la otra noche, en la feria. Reconocí su cara en la figura de cartón que sostenía con su mano una enorme chistera. Sobre la puerta de la carpa un rótulo me decía: EL PRESTIDIGITADOR DE PALABRAS.
Compré una entrada y me acomodé en la tercera fila. A la vez que las luces se apagaban, comenzaron a redoblar los tambores. De su sombrero de copa sacó una ce, después una a, una be, una i griega, una ele y, por último, una u. Jugó con ellas un instante y me las envió entretejiendo esbozos con el aire. Me reconoció, estoy seguro. Terminó el espectáculo y volví a mezclarme entre la gente y las casetas. Aquella chica tenía una mirada… Usé la palabra con ella y pasamos toda la noche juntos. Guardé las letras en mi cartera.
Esta tarde he quedado con Alicia; siempre me dio calabazas. Hasta hoy.
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