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Los copos de nieve se fueron amontonado sobre el alféizar de su ventana formando una mullida alfombra para sus manos, lo que le permitió encaramar su cuerpo sobre el mismo, para de esa froma poder seguir su rastro.
Al perderlo de vista decidió salir , se puso el abrigo y fué tras él, anduvo sin descanso,de tal forma que el frío de la noche llegó a congelar las lágrimas que resbalaban sobre sus mejillas. Extenuada se detuvo y decidió regresar a esperarlo , tal y como llevaba haciendolo todas las noches desde hacía 25 años.
Era lo único que tenía y sus lágrimas aún cristalizadas sobre su rostro le producían un dolor difícil de soportar.No eran sus desprecios, sus insultos o su mal humor lo que mas le dolía, lo peor eran aquellas lágrimas derramadas por un hombre que no se las merecía.
Con la determinación de un viejo impulso no ensayado, Marilyn abrió el bolso , y como queriendo enviar un regalo a los infiernos, cogió su aifon y de un gesto certero lo lanzó por los aires hasta hacerlo desaparecer en el paisaje. Ni siquiera esperó a verlo sumergirse en las aguas plateadas del aún adormilado río Hudson. Junto al tráfico de las primeras luces, bordeando Saint James hasta la Séptima, caminó desde el puente, sin dejar de pensar en el postit que él le había dejado en la nevera. También se fue de noche, como ya hicieron otros. Liam…. Anthony….Stefano……. Jean Pierre…..habían prometido amor eterno. Fascinados por las volutas que perfilaban su cuerpo, todos la habían amado sin recordar su nombre. Y ahora odiaba a los hombres. Los odiaba. Pero no iba a llorar. Ya no iba a hacerlo. Abandonaría New York y partiría lejos. Tal vez a aquellas cumbres himalayas donde poder dejar que sus pasos se hundieran en la nieve, tras las huellas del hombre tímido y salvaje cuya ternura aseguraba la leyenda.
Hace ya dos horas que salí de la cabaña y sus huellas continúan guiando mi camino. Está empezando a anochecer. El viento agita los árboles y apuro el paso, temerosa de que los copos de nieve acaben por hacer desaparecer su rastro. Es el suyo. Lo sé. Recuerdo el día en que le regalé aquellas pequeñas botas . «¡Mira mamá, dibujan estrellas sobre la nieve…!» De cinco puntas. Inconfundibles . Partían desde la leñera y avanzaban hacia el suroeste. Y yo detrás.
Tras la Colina Wergen comienza un bosque en el que sé que nunca se hubiera atrevido a entrar. Pero eso era antes. Porque estos meses fuera de casa seguro que la han cambiado. Efectivamente, su pista se pierde entre la espesura. Joseph aparece a mi lado, como salido de la nada. Le señalo las pequeñas huellas. Él me abraza y me hace tocar la nieve. Una superficie gélida y lisa. Inmaculada.
—Estaban ahí— le susurro.
Él asiente y me dice que es hora de volver . Yo me dejo llevar. Ya en casa me cobijo frente a la chimenea y él sirve la sopa.
Y de nuevo, sobre la mesa, tan solo dos platos.
La casa donde nació estaba justo allí. No quedan restos de su hogar ni de su gente, y una niña de ojos claros se columpia ahora bajo los robles del parque. Adael avanza hacia ella con paso firme.
Cuando conocieron la noticia –la ciudad vecina había sido tomada–, su madre les ordenó que corrieran al desván. Era demasiado tarde para huir, los perros encontrarían su rastro sobre la nieve. En la aldea corrían terribles rumores: prisioneros, vagones de ganado, colchones y almohadas hechas con cabellos.
Su hermana Judith tenía nueve años y unas trenzas hasta la cintura. Su madre sacó unas tijeras del arcón, dio un corte limpio y las escondió bajo la cama. Un puntapié derribó la puerta. Adael escapó sin ser visto y corrió hacia al pinar, prometiéndose recuperarlas cuando la guerra concluyese
La casa donde nació estaba a pocos metros de aquel parque. El hombre que lleva marcados unos números en el antebrazo. El niño que jugara bajo los robles con su hermana de trenzas infinitas: Adael, único superviviente de su pueblo, se enjuga la sangre, las sostiene al fin. Poco importa que fuesen más oscuras, más espesas el día en que se las cortaron.
Salvo que era un ave nocturna y que habitaba los frondosos bosques nevados de Europa Central, no se sabía mucho de ella.
Sólo se disponía de una grabación de sonido. En ella se podía apreciar un canto, entre silbido y gorjeo, que los expertos interpretaban como la llamada de cortejo de la hembra en época de celo. Rodrigo acudió a sesiones de foniatría, hasta que logró reproducirlo de forma casi idéntica.
Preparó con minuciosidad el viaje, engrasó la carabina de repetición con visor telescópico nocturno y preparó ropa de camuflaje.
Después de dos noches baldías, a la tercera, sus labios perfilados se contraen de nuevo para emitir el silbido reverberante tantas veces ensayado. Agudiza el oído en espera de similar respuesta, pero nada oye.
Después de tanto esfuerzo e ilusión sería una lástima que tuviera que volver de vacío, piensa Rodrigo. Repite el silbo pasados unos segundos.
Cuatro meses tardaron en curar las graves heridas de garra en la espalda y los picotazos en el cuello producidos por el ataque de una feroz rapaz en celo de la que no se sabía mucho, salvo que era un ave nocturna y que habitaba los frondosos bosques nevados de Europa Central.
La madre se asomó al exterior. Nevaba, así que arrugó su naricilla, ante el frío que presentía ya. Despertó a sus hijos, que parecían muñecos blanditos, suaves, calientes. Apenas protestaron, juguetones, ¡que grandes se estaban haciendo!, cada día los veía más fuertes y empezaba a tener miedo al futuro. ¿Qué sería de ellos?
Los tiempos eran cada vez más difíciles para todos, el bosque se quedaba pequeño.
Ya estaban listos, salieron y los jóvenes siempre con la fuerza de su corta edad jugaban a saltar y hundirse en la blancura hasta entonces inmaculada. Le gustaba verles así, pero tenía que reprenderles: no era prudente. Le venció la alegría de verles tan sanos y los dejó hacer.
Habían avanzado bastante, cuando se oyó un trueno. Se detuvo y con el horror dibujado en sus ojos corrió hacia sus hijos.
Uno de ellos yacía en el colchón rojo que se agrandaba a medida que la sangre manaba sin tregua de su cuerpo.
— ¡Que buen tiro Matías!
— No tanto, he alcanzado a uno de los cachorros, la madre y el otro lobezno se nos van a escapar de nuevo.
—Si mañana nieva como hoy no será difícil seguirles el rastro.
Fue un viaje precipitado: móvil sin batería, equipaje ligero y todo el trayecto imaginando qué iba a decir. Esa tarde de ventisca, una nerviosa Aylin atravesaba en su Golf cereza el puerto de montaña, a punto de cerrarse al tráfico por el mal tiempo. En un momento de distracción, patinó bruscamente golpeando el guardarraíl de una curva, pero en el último segundo enderezó el coche y siguió adelante dejando la firma de su angustia en el asfalto. ¿Quién vendría aquí a ayudarme si me pasara algo?, pensó reponiéndose del susto. Tardó horas en llegar al pueblo. Por fin, junto a una plazoleta descubrió la enorme casona, en cuyo portón aldabeó con urgencia bajo una nevada agonizante. Apenas se abrió, le soltó de golpe lo que siempre había callado. Él, atónito, la estrechó en sus brazos, la levantó y juntos giraron en un abrazo interminable, los ojos cerrados, la sonrisa luminosa, dando vueltas y más vueltas como derviches al borde de la inconsciencia. Como la bailarina de aquel joyero musical que le regaló su madre al cumplir siete años. O como las ruedas chirriantes de este Golf, despeñado boca arriba, con el parabrisas trizado desde hace una pequeña fracción de segundo.
Caroline se dirige al jardín, como cada día desde hace cinco años, para recoger la cesta repleta de comida que alguien deposita junto al muñeco de nieve que allí se alza y, de paso, remodelarlo para que se mantenga erguido y lustroso como el primer día en que apareció. Pero, hoy es diferente y desde el porche observa como un sol tímido emerge sobre un cielo azul, los jilgueros trinan, las calles se pueblan de niños traviesos, los campos reverdecen… sin duda es la primavera floreciente la que anuncia su llegada. Entonces, Caroline sonríe al sentir el final del cautiverio al que el invierno perpetuo les has sometido y canta con felicidad, aunque por poco tiempo. Al acceder a su jardín, advierte un reguero punteado de sangre, que nace donde se situaba el muñeco de nieve y se pierde en el sendero que conduce al bosque. Poseída por un arrebato, sigue el rastro rojo por el manto blanquecino y se adentra en la naturaleza hasta que las huellas sangrientas desembocan sobre un corazón tatuado en un roble. En el viejo árbol, Caroline lee «Armand» y, derretida, se abraza al tronco donde la encontrarán días después.
Hablaron por primera vez en el baile de Navidad, aunque se habían visto en otras ocasiones. Se acercó y le pidió bailar; aceptó. Inundaba el local la música de «Tu cabeza en mi hombro», y sus cuerpos se unieron en un agradable sensación de escalofrío; giraban lentamente y hablaban de asuntos sin importancia. Ella le dijo que seguía sus escritos y que le había dejado varios comentarios; inesperadamente se acercó y le dijo quedamente: -¿Te quieres casar conmigo?- Se separó de ella con una carcajada y mirándola con sorpresa. Ella también sonreía. Se le había helado la sangre en las venas, y también ardía por entero. No podía articular palabra. Ella siguió diciendo: Sé que te sorprende, pero no es necesario que respondas ahora, puedo esperar unos días más porque lo llevo haciendo toda la vida…
Habían quedado y sin perder un momento tomó su documentación y subió al coche, preparado con las cadenas, siempre nevaba por aquellas fechas. Habían pasado veintiún días desde que se conocieron y sabía que era el amor de su vida, su opción a la felicidad. Dejó una carta para sus hijos donde les explicaba lo sucedido. Conducía sonriente mientras acortaba la distancia hasta ella.
Tras el desorden que siguió al alud, en el campamento se preparaban para el rescate. La radio anunciaba, una a una, buenas noticias, pero no tardaría en helarse el optimismo cuando, tras varios intentos, uno no respondía a los avisos.
Pocos querían formar parte del grupo de salvamento, no por desgana sino porque las esperanzas eran tan escasas como altos eran los riesgos. El rastro del escalador se habría borrado bajo la nieve y, de estar aún con vida, cualquier error arriesgaría más vidas.
Contra la opinión de los más veteranos, unos cuantos decidieron aventurarse en un terreno inseguro que los llevó quién sabe cómo hasta una cresta desde la que se divisaba una figura de vivos colores encaramada a un saliente cercano a la cima de aquel mítico ochomil. El grito de ánimo de sus compañeros hizo que agitara la banderola aún sin clavar, tal vez queriendo decir que estaba bien, o tal vez aconsejándoles dar media vuelta ante lo irremediable.
La noche iba cayendo al mismo ritmo que el desánimo. Ya no se movía, ni ellos le lanzaban voces de apoyo.
Se estaba yendo.
Se fue.
Se fueron.
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