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El cazador olisqueó la huella que había bajo sus pies, la cual, dedujo, era reciente. Nevaba abundantemente y el hombre no cesaba en el empeño de capturar a su presa. Aún resonaban en su cabeza las palabras de su mujer, advirtiéndole de que el tiempo era bravo, y rogándole que se quedara a salvo en el interior de su hogar. Pero él hizo oídos sordos a las súplicas; no permitiría que su familia pasase hambre un día más, y sabe Dios que se iba a dejar la piel con tal de que su familia esa noche cenase caliente.
Continuó su camino tras el rastro, alejándose cada vez más de los territorios por él conocidos, cuando lo oyó. Sin duda era el sonido agonizante de un ciervo, herido por una flecha que él mismo había lanzado. Se acercó acechante entre la maleza, y, por fin, lo visualizó. Allí yacía su presa. El cazador corrió excitado hacia ella, pero precisamente éste fue su error. De repente todo se volvió oscuro bajo kilos y kilos de nieve.
“No salgas hoy cariño; prefiero pasar hambre y tener un marido al que amar que amar a un cadáver.”
De las pocas veces que nevaba en el pueblo, tuvo que ser aquel día cuando tu ausencia creo alarma. Amaneció la nieve helada. Te imagino saliendo por la puerta, errante desesperada. Quiero pensar que ilusionada con el silencioso fluir de los inmaculados copos. No sé si fueron tus huellas en el camino o la casualidad de la exasperada búsqueda. Cobijada en un camino te encontraron quieta, helada. Quiero pensar que una sonrisa dibujaba tus labios. Quiero pensar que tus anhelos durmieron tranquilos y sosegados para siempre. Quiero pensar que el manto blanco y radiante arropó calmadamente tus sueños.
Aislado en su cabaña del monte, Marino lleva semanas sin hacer su trabajo de piconero. Taciturno observa la desapacible nevada. Su hijo tirita en sus brazos. Intenta quitarle el frío avivando el escaso rescoldo de la chimenea con el último saco de picón, y su vaho caliente. Comienza la lectura de un desgastado cuento infantil; ilustrado y escrito con tizones por él mismo. El crío parece entretenerse; ilumina el azabache de sus ojos; asoma su sonrisa por la bufanda; y relee con su padre:
“Estrellita, exhausta, encuentra al fin los nardos mágicos de hielo. Respira profundamente. Sus olores parlotean como un susurro. Acerca sus puntitas brillantes a los cientos de pétalos, antes invisibles, y se iluminan.
Emocionada danza entre ellos. Recuerda la promesa de la tormenta trasparente. – Si los posees, cada pétalo te otorgará un deseo.-”
Marino y su hijo, azulados de frio, leen y se relamen los labios resecos con la lengua.
“-Quiero mi primer deseo, ordenó Estrellita al pétalo. Concédeme pastelitos de merengue. Tú, gritó señalando otro, me enviarás leche azucarada.-
Escogió el tercer pétalo, y, relamiéndose, le pidió helados de chocolate con almendras.”
Papá, murmuró somnoliento el niño. –Ya no tengo hambre. Mañana arrancamos más pétalos.-
Estar en medio de ninguna parte tiene alguna ventaja. Puede seguir tu rastro fácilmente al encontrar tu habitación vacía. Sobre todo cuando nieva.
Baja corriendo las escaleras con el gesto fruncido. Coge el chambergo y la pelliza, mira la hora en su reloj para asegurarse del tiempo que llevas fuera y sale a buscarte. Con el andar decidido pero, a veces, lento. Sobre todo cuando nieva.
Hay más de cien metros desde la casa hasta los primeros árboles del bosque. Sabe dónde vas a refugiarte, o al menos, dónde has ido siempre. Seguir tus huellas en aquel claro es mucho más fácil. Sobre todo cuando nieva.
Te encontrará como siempre, junto al riachuelo congelado. Apenas encogida sobre ti misma. Tiritando y maldiciendo en voz baja tu enésimo fracaso. La respiración se hace de hielo. Sobre todo cuando nieva.
Pero hoy lo has hecho mucho mejor, te quedaste en el claro, esperaste a que se borraran los vestigios de tu paso e hiciste en la nieve un agujero. Refugiada en él es más fácil pasar desapercibida. Sobre todo cuando nieva y esperas que siga nevando.
Era la era primera. La que rasga la noche con el percutir de piedra contra piedra. La que aulla a la luna inventando una palabra que la represente: luna, luna… no como cuna, no como duna. La que escudriña la nieve para descubrir huellas: las huellas tibias de la vida, del movimiento, del aliento y luego las persigue electrizado, olisqueando el aire, sin descanso. La que regresa a la cueva dejando rastro de sangre tras de sí y despierta a los cachorros con la buena nueva. Y luego el fuego y luego el olor a asado y luego la canción y luego el sueño. Y mañana otra vez el frío, el acecho, la caza. Era la era primera, aquella en la que se precisan todas las fuerzas para sobrevivir, aquella en la que el único objetivo es ver nuevamente el sol.
Los copos de nieve se fueron amontonado sobre el alféizar de su ventana formando una mullida alfombra para sus manos, lo que le permitió encaramar su cuerpo sobre el mismo, para de esa froma poder seguir su rastro.
Al perderlo de vista decidió salir , se puso el abrigo y fué tras él, anduvo sin descanso,de tal forma que el frío de la noche llegó a congelar las lágrimas que resbalaban sobre sus mejillas. Extenuada se detuvo y decidió regresar a esperarlo , tal y como llevaba haciendolo todas las noches desde hacía 25 años.
Era lo único que tenía y sus lágrimas aún cristalizadas sobre su rostro le producían un dolor difícil de soportar.No eran sus desprecios, sus insultos o su mal humor lo que mas le dolía, lo peor eran aquellas lágrimas derramadas por un hombre que no se las merecía.
Con la determinación de un viejo impulso no ensayado, Marilyn abrió el bolso , y como queriendo enviar un regalo a los infiernos, cogió su aifon y de un gesto certero lo lanzó por los aires hasta hacerlo desaparecer en el paisaje. Ni siquiera esperó a verlo sumergirse en las aguas plateadas del aún adormilado río Hudson. Junto al tráfico de las primeras luces, bordeando Saint James hasta la Séptima, caminó desde el puente, sin dejar de pensar en el postit que él le había dejado en la nevera. También se fue de noche, como ya hicieron otros. Liam…. Anthony….Stefano……. Jean Pierre…..habían prometido amor eterno. Fascinados por las volutas que perfilaban su cuerpo, todos la habían amado sin recordar su nombre. Y ahora odiaba a los hombres. Los odiaba. Pero no iba a llorar. Ya no iba a hacerlo. Abandonaría New York y partiría lejos. Tal vez a aquellas cumbres himalayas donde poder dejar que sus pasos se hundieran en la nieve, tras las huellas del hombre tímido y salvaje cuya ternura aseguraba la leyenda.
Hace ya dos horas que salí de la cabaña y sus huellas continúan guiando mi camino. Está empezando a anochecer. El viento agita los árboles y apuro el paso, temerosa de que los copos de nieve acaben por hacer desaparecer su rastro. Es el suyo. Lo sé. Recuerdo el día en que le regalé aquellas pequeñas botas . «¡Mira mamá, dibujan estrellas sobre la nieve…!» De cinco puntas. Inconfundibles . Partían desde la leñera y avanzaban hacia el suroeste. Y yo detrás.
Tras la Colina Wergen comienza un bosque en el que sé que nunca se hubiera atrevido a entrar. Pero eso era antes. Porque estos meses fuera de casa seguro que la han cambiado. Efectivamente, su pista se pierde entre la espesura. Joseph aparece a mi lado, como salido de la nada. Le señalo las pequeñas huellas. Él me abraza y me hace tocar la nieve. Una superficie gélida y lisa. Inmaculada.
—Estaban ahí— le susurro.
Él asiente y me dice que es hora de volver . Yo me dejo llevar. Ya en casa me cobijo frente a la chimenea y él sirve la sopa.
Y de nuevo, sobre la mesa, tan solo dos platos.
La casa donde nació estaba justo allí. No quedan restos de su hogar ni de su gente, y una niña de ojos claros se columpia ahora bajo los robles del parque. Adael avanza hacia ella con paso firme.
Cuando conocieron la noticia –la ciudad vecina había sido tomada–, su madre les ordenó que corrieran al desván. Era demasiado tarde para huir, los perros encontrarían su rastro sobre la nieve. En la aldea corrían terribles rumores: prisioneros, vagones de ganado, colchones y almohadas hechas con cabellos.
Su hermana Judith tenía nueve años y unas trenzas hasta la cintura. Su madre sacó unas tijeras del arcón, dio un corte limpio y las escondió bajo la cama. Un puntapié derribó la puerta. Adael escapó sin ser visto y corrió hacia al pinar, prometiéndose recuperarlas cuando la guerra concluyese
La casa donde nació estaba a pocos metros de aquel parque. El hombre que lleva marcados unos números en el antebrazo. El niño que jugara bajo los robles con su hermana de trenzas infinitas: Adael, único superviviente de su pueblo, se enjuga la sangre, las sostiene al fin. Poco importa que fuesen más oscuras, más espesas el día en que se las cortaron.
Salvo que era un ave nocturna y que habitaba los frondosos bosques nevados de Europa Central, no se sabía mucho de ella.
Sólo se disponía de una grabación de sonido. En ella se podía apreciar un canto, entre silbido y gorjeo, que los expertos interpretaban como la llamada de cortejo de la hembra en época de celo. Rodrigo acudió a sesiones de foniatría, hasta que logró reproducirlo de forma casi idéntica.
Preparó con minuciosidad el viaje, engrasó la carabina de repetición con visor telescópico nocturno y preparó ropa de camuflaje.
Después de dos noches baldías, a la tercera, sus labios perfilados se contraen de nuevo para emitir el silbido reverberante tantas veces ensayado. Agudiza el oído en espera de similar respuesta, pero nada oye.
Después de tanto esfuerzo e ilusión sería una lástima que tuviera que volver de vacío, piensa Rodrigo. Repite el silbo pasados unos segundos.
Cuatro meses tardaron en curar las graves heridas de garra en la espalda y los picotazos en el cuello producidos por el ataque de una feroz rapaz en celo de la que no se sabía mucho, salvo que era un ave nocturna y que habitaba los frondosos bosques nevados de Europa Central.
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