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Sonó en un día de mis tres años un ruido seco y quebrado en la galería de los vecinos de abajo (mi casa). En ese instante comenzó mi infancia que había estado incubándose en un mundo de transición entre los angelitos del limbo de donde yo había venido y los sucesos inconscientes.
Aquella tarde, mientras yo merendaba pan con vino y azúcar, mi madre, con toda probabilidad, estaría pasando el andalé por la casa, dejando el suelo de ladrillos rojos reluciente como una patena. Más tarde supe que aquel ruido seco fue provocado por la súbita muerte de mi abuela Tomasa, que tuvo la ocurrencia de levantarse de la cama para ir al retrete en busca de un orinal. La muerte, ya de por sí irrespetuosa, le sobrevino en un momento tan poco afortunado, con una estrepitosa coincidencia de factores escatológicos.
Entre unos sucesos y otros — en los que podríamos incluir los alifafes de mi tía —, en mi casa se pasaba el andalé diseñado por mi abuela Tomasa todos los días, hiciera frío o calor. Y en el invierno se colgaban los abrigos y los sombreros que protegían nuestras ideas en el bengalero del recibidor.
Amaneciste mal, el rostro pálido y caliente, el cuerpo tembloroso. No supe que hacer, pero pedí ayuda.
Él vino, te revisó, tú estabas muy quieto. Se volvió hacia mí y con un movimiento de cabeza me dio el diagnostico. No me daba esperanzas.
Te abracé, le pedí al supremo te ayude, tu mirada triste penetró muy dentro mío, como agradeciendo. No me iba a rendir, lo intentaría todo.
Así pasaron días y noches interminables, hasta aquel amanecer en que me despertaste de un lengüetazo, tus ojos tenían otro brillo, tu cuerpo ya no estaba febril, querías levantarte, tu cola mostraba alegría y yo…
No cabía en mi gozo, con un rillanto explotó mi alegría dejando atrás el dolor, ya no te perdería.
Te abracé, elevé mis ojos al cielo y agradecí.
Suena la melodía encadenada, la que me esclavizará siempre a ti, y recurrente como su ritmo, destapo la caja de tus tesoros. Las notas me mecen y mis dedos bailan explorando el bosque de tu brocha de afeitar. Aún huele a ti. Dejo que los filamentos cosquilleen en mis mejillas, en mis labios. Mordisqueo las puntas, les robo tus besos perdidos. Te echo de menos. Describo círculos que puntean mi cuello, como tú, antes de afeitarte. Odio tu ausencia. La brocha, la música, eres tú, vuelves a ser tú. Acaricias mi garganta resbalando piano por el esternón, alternando suavidad y pinchazos de las miles de hebras que erizan mi piel. Alargas los acordes dibujando pentagramas que se arremolinan en mi ombligo para fluir rio abajo, orilleando la línea alba, escalando la cumbre de Venus. Hoy vuelves a ser mío. Te detienes, no pares, hoy es ayer, sínfisis del pasado. Regresas in crescendo, tamborileas mi clítoris, tañendo la vieja melodía, estribillo pegadizo que me hace vibrar. He olvidado la letra, pero invento gemidos que deseo escuchar. Odio cantar sola, pero no soporto el silencio.
Íbamos a Roma cuando nos venía en gana, cuando teníamos la necesidad de volar juntos y olvidar que nunca debimos estar separados. Íbamos a Roma para auscultar el rumor de las estrellas, para escuchar el himno de los cuerpos desnudos, por percibir la piel cuando se entrega. Íbamos a Roma y volvíamos con los ojos entornados, con los labios enrojecidos, con el resuello en la cuerda floja.
El tiempo, el mal tiempo fue mitigando los viajes. El equipaje se convirtió en silencio, el neceser pretérito.
En mi dislexia le dí la vuelta al destino, hacia delante, hacia atrás, a la meta, al roto de la palabra, al cese del AMOR.
La situación comenzaba a complicarse, Javier lo había visto todo, porque la forma de escribir de aquel rotulo en la pared solo podía ser de él. Debía encontrarle lo antes posible, pero primero borraría aquel mensaje acusador y haría desaparecer el cadáver. No tenía previsto que alguien lo viera. Mojo la fregona despeluchada en el líquido jabonoso y comenzó la tarea… Sudaba, sudaba como no recordaba haberlo hecho, las gotas le caían sobre la gran cicatriz que le marcaba la cara como un río y sus ojos, uno verde y otro azul, estaban desorbitados por el temor a ser descubierta; tenía decidido ahogar a Javier con el largo rabo que cortó al mono en el zoo…
Despertó y tras beber un poco de agua siguió durmiendo sudorosa. Su padre sacó de debajo de la almohada aquel horroroso y viejo mono de juguete y la arropó. Deliraba a causa del sarampión y no hacía más que repetir una extraña frase: ¡Hay que borrar el “fuistetu”!
El temido examen sobre bibliotecas, por fin, he realizado
y mis conocimientos sobre catálogos espero haber demostrado.
Esta noche ya puedo contar algo en nuestro concurso
y se me ha ocurrido hacerlo con este poético recurso.
La propuesta de noviembre, un tanto extraña,
nubla mi mente cual tupida telaraña.
La palabra que busco y no encuentro,
desorientada, bate alas a diestro y siniestro.
El dichoso concepto en cuestión
zumba en mis oídos como un moscardón.
Un certero aguijón el cielo de mi inspiración despeja
¿Se habrá convertido mi musa en abeja?
Comienza por fin mi buena racha,
atrapo la idea, esa vil cucaracha.
En cada estrofa se me ha colado un bicho:
araña, moscardón, entre otros, he dicho.
Cada animalito por nombre alfabetizo,
cada alimaña por especie organizo.
Como ordenado bibliotecario, cual cuidadoso entomólogo,
bicho a bicho, verso a verso, he inventado un bichólogo.
Le llamaban lento y seguramente lo era. Comenzó a hacer ejercicio en el parque que tenía al lado de su casa, primero andando y posteriormente corriendo durante unos minutos. Debido a la práctica diaria en menos de nueve meses se apuntó a una carrera de diez kilómetros que logró terminar eufórico y que le dio energía como para seguir no diré corriendo, entrenando cuatro días por semanas. Las sesiones aumentaban y las distancias también. Intentó encontrar un nombre a su afición carrerística porque no se sentía identificado con ninguno de los que escuchaba habitualmente. Un día vio una película con cuyo protagonista creyó tener notables afinidades y comprendió que en toda su vida no había hecho otra cosa que forrestgumpear.
Le acarició el negrobello tiernamente y enjugó las salagrimas que rodaban por sus sonrojillas. Lo envolvió con un mantabrazo mientras le hablaba con suavidad, murmurando dulcelabras de consuelo. Pero el niño no entendía nada.
Lo habían encontrado deambulando solo por uno de aquellos hormiciales gigantescos de las afueras. Al principio creyeron que se había perdido y llamaron por altafonía a los progemidores, pero pasadas dos eternoras comprendieron todos que el niño había sido abandonado y decidieron avisar a la politoridad.
Mientras, el niño se había quedado dormido y en sueños repetía: Me he caído lunadre, me he caído.
Estaba sin trabajo. Aburrido, encendió su ordenador, vio un anuncio de creación de páginas Web. Al cabo de una hora, tenía su propia empresa: Abrapalabra. Envió invitaciones para darla a conocer a sus contactos, que eran muchos.
Ofrecía palabras personalizadas, nuevas y de uso exclusivo para cada persona. Pronto sus amigos y familiares querían tener una. Y el efecto mariposa hizo el resto. Lo que empezó como un juego se extendió. Puso tarifas y todos pagaban por ello.
Al cabo de un mes hizo un torpe y sencillo balance, a un lado las palabras inventadas, y a otro las cantidades recibidas. Tuvo que recostarse en su silla, porque la cifra le mareaba.
Le llamaron para una entrevista de televisión. Fenómeno empresarial, decían que era. Su fama traspasó fronteras. Y con el éxito, y el dinero llegó también el poder. Cotizaba en bolsa. Le requerían gobiernos, y coronas. La Santa Sede, la NASA, las Naciones Unidas, grandes y pequeñas ONGs. Los chinos, los talibanes, cierto Monge del Tibet.
Un día paseando convenientemente disfrazado para no ser reconocido, vio su reflejo en un charco del parque. Quedó mudo y con la mente en blanco, y a él ¿qué palabra le correspondía?
Él se empeñaba en repetir esa palabra una y otra vez, por muchas veces que le preguntara. Daba igual el instrumento que le aplicara, nadie le entendía. Sólo salía de su boca esa palabra. Y yo cumplía órdenes. No quería ocupar su sitio en aquella sala de torturas de Sevilla. Mi misión era hacerle confesar su herejía, pero su lenguaje era el del mismo diablo. Nadie entendía lo salía de su boca. Ni el propio inquisidor con su extensa sabiduría atinaba a comprenderlo. Terminaría en la hoguera de todas maneras.
Hoy al entrar en mi turno de calabozo para finalizar el trabajo, he oído cómo uno de los presos se apenaba por el destino de aquel vascuence al que ayer torturaba acusado de blasfemo. Pero sólo he tenido tiempo de llegar para escucharle decir por última vez la palabra, “ez dut ulertzen”. Una palabra que ya no me parecía el idioma del diablo, solamente un idioma que no era el mío.
Libropirina es un preparado de acción general que tiene como principio activo las letras del alfabeto, y cuyos excipientes son: verbos, sustantivos, adjetivos, adverbios, artículos, pronombres, preposiciones, conjunciones e interjecciones. Se presenta en unidades individuales de tinta y papel para su absorción vía ocular. Cada 100 gramos contienen un número variable de palabras combinadas en frases de diferente tipología y extensión.
Está indicado para el alivio sintomático del aburrimiento ocasional, leve, moderado o incluso severo, combate los estados carenciales de imaginación, disminuye el malestar provocado por un abandono prematuro en la etapa de aprendizaje y estimula el desarrollo intelectual.
Conviene utilizarlo a diario. No existe riesgo de intoxicación ni tiene fecha de caducidad. Si los síntomas persisten o se mantiene un estado febril, puede probar otros preparados similares cuya interacción esté especialmente recomendada para usted. Consulte a su bibliotecario.
Es apto para todas las edades. No se han detectado contraindicaciones ni efectos secundarios adversos. Un uso prolongado puede predisponer a la invención de mundos ficticios, quimeras y otras fantasías.
Debe permanecer al alcance y la vista de los niños y protegerse del polvo y la humedad.
Libropirina Braille, Libropirina Audio y Libropirina Digital también disponibles.
Administrar sin receta.
Le alejan a golpes de la ciudad al fondo del grabado. Dos alguaciles a caballo le castigan la espalda. Cabizbajo, trota en una mula con campanillas en la cola. Suenan de aviso a los aldeanos en los olivares de las laderas.
Lleva un raro sombrero; con dos ramas de avellano cogidas a la cinta de cuero en la frente; dos salientes apuntando hacia arriba, como los que destacan en el toro. El tocado de un cornudo con culpa; de un cornudo con queja; de un cornudo indiscreto, de un cornudo cantor.
La mujer, a la jineta en un asno; lejos del marido, en compañía de galanes a pie. Ellos llorosos; ella con media sonrisa, la cabeza girada, la mirada en las casas a lo lejos, con el deseo de regresar ya sin esposo.
Un obispo con cayado asoma en la cima del monte. Detrás suyo, una iglesia, y un castillo arruinado.
La leyenda escrita al pie de la escena: Por hablador, a nosotros sin impuestos y a los mozos sin consuelo.
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