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Siempre ha costado hacerte reaccionar, hasta para sacarte de la cama temprano casi debía utilizar una palanca.
Por eso un día te despertaste gritando “susurro”. Después, en la oficina, Laura te dejó caer al oído un “sígueme”, más que elocuente. Aunque no reaccionaste.
Y tampoco lo hiciste cuando te dijo, otro día, que las llevaba rojas. Y fíjate que esa mañana te habías despertado musitando “bragas”.
En las jornadas siguientes, vinieron “cita”, “cachonda”, “cómeme”, etc, etc, pero no hubo manera de que fueras capaz de espabilarte.
Hoy te has levantado declamando “chevirilein” tres veces seguidas y luego has visto esa misma palabra escrita en el vaho del espejo del baño. De camino al trabajo la has encontrado impresa en anuncios, carteles, y hasta en menús del día.
Has llegado al despacho inquieto, pero te has puesto a la faena, y ya habías conseguido relajarte cuando ha entrado Laura. Le ha dado la vuelta al cerrojo y te ha regalado un sensual striptease, tras el cual te ha preguntado si te gustaba su “cheverilein”, y tú lo que has hecho es exclamar “¡Mi madre!”.
Por eso aquí estoy, en el asilo, esperando que te decidas a venir a ver a la bruja de tu madre con buenas noticias.
Ulises espera, paciente, el regreso de su amada. Penélope. Ítaca está vacía sin ella. Aunque él no es Ulises, ella se llama María, y Santander evidentemente, no es la isla de Ítaca.
Hace tiempo que casi no siente la vida pasar. Una bata con olor inclasificable y cajas vacías de pizza y comida china, amén de incontables latas de cerveza barata, son sus fieles compañeras actuales.
¡Qué valiente se sintió aquella noche en que se atrevió a pedir su mano, al más puro estilo de galán de cine! Y luego todo sucedió tan rápido…. ¿Dónde estás Penélope?
El teléfono insiste en su llamada. Aunque lo coge con intención de arrojarlo contra la pared para hacerlo callar, al moverlo suena su voz. Paralizado sólo es capaz de escucharla sin decir nada. Mañana a las 4 de la tarde, en el Palacio de la Magdalena.
¿Habrá sabido desde el principio que iría? No tiene las fuerzas ni el valor para negarse a la cita propuesta, piensa mientras su mano sudorosa sostiene un ejemplar de la Odisea y ensaya (pero solo en su mente) las palabras que acerquen de nuevo el corazón de María al suyo.
-«Te fuiste como reina, vuelves como mendiga».
-«Mi viaje ha sido una Odisea. Ahora regreso a Ítaca».
Esa noche, los animales del monte habían huido de alguna amenaza oculta que solo ellos podían sentir. Al día siguiente, sus cuerpos sin vida aparecieron desperdigados por los caminos a los que parecían haber acudido para morir. Luego fueron las aves las que, tras un vuelo circular, se precipitaban hacia el suelo. A la salida del pueblo encontré extraños insectos devorando el cuerpo de una paloma y, a unos pasos, el de un mirlo. Seguí avanzando y por el camino observé el rastro mucoso y maloliente de un líquido que se acercaba lentamente hasta el río. En la superficie, cientos de peces, algunos exhalando su último aliento y otros muertos, mostraban en sus branquias los mismos insectos que antes devoraban a las aves.
Todo parecía querer llevarme hasta la casa de Rosiña. Desde que quedó sola tras morir su hermana gemela no mantenía relación con nadie de la aldea. Y esto ocurrió hace algunos años. Sus famosos conjuros que en otra época curaran niños y ancianos, bendijeran cosechas, y trajeran buenaventuras, ahora solo parecían traer malos presagios y sucesos de lo más oscuros y extraños.
Recuerdo la última vez que vi a Rosiña con su hermana. Recuerdo ver el bien y el mal juntos de la mano.
Lo peor cada mañana no es oír los aullidos del despertador recordándome de lunes a sábado que soy un puto becario sin sueldo. Ni ver al viejo partir en dos las galletas para que duren toda la semana. Ni siquiera el bochorno que siento cuando guardo en el bolsillo las monedas que deja mi madre debajo del llavero en el vestíbulo, con una nota para que no olvide sellar la bonoloto y que yo, seguro de que nunca logrará un premio, me gasto en cigarrillos.
No. Lo deprimente es levantarse temprano los domingos y lidiar con la abuela. Desde que nos mudamos a vivir con ella, me hace rezar el rosario y me recrimina desde el trono de su mecedora: «¡No pongas los pies en el sofá!». «¡Baja el volumen del televisor!». Como no tienen dónde ir, mis padres se han resignado y la ignoran, pero me obligan a podar los setos del jardín para contentar a la vieja. Yo, aunque preferiría no hacerlo, obedezco y arreglo los rosales y los nardos, mientras noto en mi pantalón el sobre con cianuro que no me decido a echar en su sopa y que me convertiría en dueño y señor de la casa.
Nadie conocía a Hernández como ella. María amaba las palabras pero más aún a Hernández, ahora que comprendía el motivo profundo que guiaba su comportamiento. Fue por casualidad en su primera cita. Seis platos, seis bebidas. – No pienses en nada diabólico. El seis es el primero de los números perfectos y esta noche tiene que serlo.
El día que le regaló un ramo blanco de margaritas, con un número impar de pétalos, supo que había encontrado el hombre de su vida y se convirtió en su cómplice matemática, aunque no entendiera sus algoritmos. Tras un noviazgo salpicado de veladas áureas en días capicúas, descubrieron que su intersección les elevaría a la máxima potencia. La boda se celebró el único día matemáticamente perfecto: el 28 de junio. Y el viaje de novios se prolongó desde el 7 de julio al 8 de agosto, en conjunción con la cábala y el karma numérico.
Su vida en común era un círculo de perfección, al menos hasta que las primeras nauseas indicaron que 1+1 esta vez sería 3. La inicial perplejidad de Hernández se tornó en pánico… la teoría del caos estaba a punto de entrar en su vida, no sabía nada del tema y se sentía como un auténtico primo.
Cuando arreció el monzón en el mercado de Kampot, me resguardé bajo un cobertizo. Al final del callejón se exhibía un cartel indescifrable con la imagen de una joven ataviada con los lujos de las princesas Jemeres, respetadas por su poder adivinatorio. Entré. Su rostro moreno, iluminado por un grano de arroz de oro incrustado en su mejilla, mostraba la sonrisa serena de las estatuas de Angkor. Me senté frente a ella subyugado por el infinito oscuro de sus ojos, ante los que mostré una mezcla cutánea de miedo y atracción.
Sobre la mesa, un cuenco con anís estrellado de Phnom Penh, láminas de jengibre de la India y agua turbia de los frondosos arrozales del río Mekong.
Cuando me señaló el pequeño y oscuro altar repleto de cestos y bandejas a los pies de Buda, le advertí que no tenía nada que ofrecer. Lanzó las láminas de jengibre al cuenco intentando leer su significado. Los efluvios del sándalo me despertaron un calor asfixiante, y un deseo lúbrico por poseerla. Huyendo de mi mirada primitiva, se fue desplazando hacia la imagen de Buda. La seguí, intentando esquivar las cestas y cortarle el paso, pero en la oscuridad no distinguí el pozo donde me esperaban cientos de serpientes ávidas de ofrendas.
Hallábanse, escudero y caballero, a Barcelona de vuelta, más al cruzar aguas turbias que llaman Delta del Ebro, arrastrados fueron por crecida inesperada. Hambrientos y doloridos iban contando sus penas a través de la ribera de aquel río infinito. Ya de noche, un aullido hambriento y traicionero, asustó a los dos corceles separándose amo y siervo.
Rocinante, más tranquilo, parose a la vera del camino.
– ¿Qué es aquello oscuro y alto que diviso en lontananza? ¡Un gigante! Voto a bríos. Dijo Alonso lanza en ristre, recorriendo veloz el trecho hasta arremeter contra el humo
Maltrecho, y en el cerro, lo encontró la bella Rosa, mesonera del Molino.
¿Qué hacéis vos, caballero, tirado en esa posición tan rara coronado de hojarasca?
– Hacer huir al gigante que en su poder tiene a Sancho y a vos, bella dama, tenía presa
– Ese Sancho que decís, apareció en mi despensa después de devorar morcillas, queso, pan y de Juan, la mermelada. Descansad pues buen caballero esta noche en mi posada y mañana, Dios mediante, junto a su escudero tendré el honor de acompañarle, desfaciendo aqueste entuerto.
Y así fue como amo y siervo, llegaron hasta Cantabria y vivieron para contarlo en su camino de vuelta, en busca del mar abierto.
No había podido terminar el retrato de mi último cliente; había fallecido. Pero la impresión dejada en mí me obligaba cada tarde a añadir un detalle a su imagen. Pasaron algunos días y las pinceladas surtieron su efecto. Un rostro severo de rasgos duros presidía el cuadro. Me recordó a un gringo delante de una pared de cal blanca antes de ser fusilado en la Revuelta mejicana. Una tarde, bajo la luz difusa del taller, al mirar el lienzo me pareció ver cómo el hombre del retrato movía los labios. Salí espantado de la habitación, cogí el pico y la pala y sin saber porqué me dirigí al cementerio. Aparté las flores aún frescas de encima de la tumba y me dispuse a cavar. Pronto di con el ataúd. Lo abrí. El cadáver había desaparecido. En su lugar hallé un espejo. Miré y se me heló la sangre. Reconocí la figura del lienzo. Vi un semblante agrio, muchos años ensartados en las numerosas arrugas y el peso de una vida miserable. La mía.
Desperté con una sensación extraña, más bien tres… Me pareció sentir tres manos, tres pies, tres ojos, tres…
–Me pesa mucho el conocer que existo –pensé tres veces, anhelando tomar un café triple en La Baixa.
¿Se multiplicarán por tres los dolores de cabeza? Una terrible pregunta aterrizó en mi cerebro en menos de tres segundos, los que tardé en ir al baño… Uf, menos mal. No había engordado el triple.
–Esto no es más que una pesadilla-dilla –tartamudeé frente al espejo.
Tres veces sonó el timbre. Abrí la puerta y me topé con el cartero. Traía tres cartas certificadas. La primera, de la Agencia Tributaria, me reclamaba por no haber incluido en mi declaración los tres mil euros que había ganado en un concurso de relatos eróticos. La segunda, de la Guardia Civil, me informaba de que mi permiso de armas estaba caducado. La tercera se alojaba en un sobre tamaño folio con la palabra «CONFIDENCIAL» en letras negras y el membrete del Instituto Radiológico donde me hicieron la eco.
Todavía no he sido capaz de abrirlo, no hago más que pensar cómo voy a darle a Sotirios las tres noticias. ¡Con el trabajo que me costó convencerlo de que tuviésemos un bebé, ahora tendremos que pensar tres nombres!
¡Qué se han creído! He escrito para unos depravados que no me lo valoran. ¡Y solo tres estrellas! ¡Después de trasnochar semanas ante el ordenador, de imaginar situaciones que no se relatan ni en los vídeos en los que me inspiro y ¿estos de “Ramos de oraciones” me denigran así? Tendrán mi respuesta.
Muy señores míos:
Les envié a su página “Ramos de oraciones” mi relato. Era redondo. El mejor texto erótico que podrían ustedes recibir en su concurso. Ni que decir tiene la sorpresa que me he llevado al ver en mi correo esas escasas estrellas. Diez serian las mínimas. Una valoración pésima solo comparable al intelecto de su comunidad. Ruego revoquen el fallo y revisen de nuevo mi gran relato.
Estimado caballero:
La sorpresa ha sido nuestra. La congregación está revuelta. No imagina el conflicto que ha producido su escrito. Creo que el fallo ha sido suyo y no nuestro. Al recibir su relato le enviamos esas tres estrellas, que para nosotras significan penitencias: un avemaría, un padrenuestro y un gloria, si usted cree merecer más, rece también un rosario. La próxima vez absténgase de enviar guarradas a nuestro convento y ore.
Alabado sea el señor.
Monasterio “Santo Domingo de Ramos y Oración del Huerto»
Mientras su madre gemía y empujaba, su padre puso una semilla en la tierra del jardín. Nacieron juntos, la niña y el manzano blanco. Y crecieron.
Los primeros años el árbol fue columpio y escondite, sombra y merienda. Después, su fiel compañero de primaveras y otoños. Pechos en flor, compota de deseos, un corazón grabado en la corteza, nidos, bocados amargos, hojarasca. La Vida maduraba en ella y el manzano.
Subida entre sus ramas, eligió el nombre de su primera hija y el del niño que vino después, y bajo ellas, con sus hijos, redescubrió los placeres de la lectura, de las siestas de verano y los secretos que se confesaban las palomas en sus arrullos. Disfrutó de muchos octubres de cosecha y tartas, y de otros tantos diciembres, que cubrieron de nieve ramas y sienes.
Y llegó un pozo estéril y una fuente entristecida, un remiendo en el cielo, una revuelta hacia atrás de las promesas. Manzanas con sabor a mar y despedidas, a carcajadas, a noches sin dormir y reencuentros, se estremecen como manos de un anciano. El equipaje cada día más delgado. Arrugas en los recuerdos.
Cuando uno ya ha perdido lo que fue no le importa ver sus frutos en la tierra.
En la Cuesta de la Cal el blanco mudó a gris desde que abrió allí el antro más canalla de jazz. Cada sábado músicos mediocres empapan las paredes de compases que los clientes apuran con avidez junto a sus cigarrillos y licores baratos.
Zarco tiene la mirada perdida, esta noche nada existe para él más allá de su trompeta. La acaricia sin prisas, sus dedos describen unos círculos lentos sobre los pistones como hacían sobre la piel de la mujer que hace tan sólo unos días se llevó su corazón en una maleta, entre sus faldas y el perfume almizclado de sus blusas.
Zarco se acerca la boquilla a los labios. Desde la encrucijada entre el olvido y la desesperación surgen los primeros sonidos. Las notas de blues se hacen agua salada, rompen contra las paredes con urgencia de olas, estallan en una miríada de gotas que llueven sobre el público.
La música lo cala todo y, cuando por fin se extingue, un moho índigo y pegajoso impregna las bebidas, las ropas, los cabellos, en una infección azul donde nada alegre sobrevive. Azul como el coche en el que ella huye sin recuerdos. Como el silencio del mar al que se precipita desde el acantilado.
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