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John Maxwell sabía que aquello era una cita con la muerte. Quedaban solo dos minutos para la puesta de sol. Apuró su whisky, saboreando todo lo que pudo aquel último trago, se colocó bien su sombrero, sacó brillo a su estrella de sheriff y se ajustó el cinto, donde su revolver con seis balas aguardaba. No importaba que fuera el mejor tirador de todo Coverwood, él solo era uno, ellos más de una docena. Por eso, cuando aquella tarde salió de la cantina y el Sol cegó sus ojos, se sintió vivo y orgulloso. Era mejor morir con dignidad, defendiendo a su pueblo, que exiliarse de la tierra que tanto le había dado. La banda de Harvey estaba allí, sonriente. John solo pensaba en llevarse a unos cuantos por delante, antes de besar al ángel negro. El sol, el polvo, el viento, el miedo de los conciudadanos mirando cobardemente tras las ventanas… todo parecía más nítido en ese momento.
-Sheriff.- Gritó Harvey. -Aún puede retirarse.
-Esta es una buena ciudad para vivir. Y seguirá siéndolo, porque no voy a permitir que vosotros, bastardos, os apropiéis de ella. Y sí, también es una buena ciudad para morir.
Llevaba tres horas trotando detrás del padre y no se le había borrado todavía la sonrisa que lucía desde su despertar. Mientras el sol asomaba tímidamente entre las hojas, se repetía una y otra vez con orgullo las parcas palabras que le había dicho su padre la noche anterior: “Tienes diez años. Ya eres casi un hombre. Mañana vendrás al ciervo conmigo”. ¡Al ciervo! ¡A nadie en su clase le habían llevado nunca! Tan ensimismado iba, que casi chocó contra la espalda del padre. El primer disparo lo oyó entero, seco, repitiéndose en sordina y penetrando en su pecho y en su vientre. El segundo lo vio, incapaz de separar su mirada de los ojos enormes y aterrados de la cierva, tapándose inútilmente los oídos con sus manos heladas y temblorosas. Un rayo de sol arrancó destellos de arcoíris en el costado sangrante del animal. Miguel no comprendía.
– Pero, ¿está muerto?- balbuceó
– ¡Ya lo ves! ¡Y con dos disparos sólo! – El padre sonreía satisfecho.
Lágrimas silenciosas se deslizaban por la carita del niño. Lloraba por la cierva muerta. Lloraba por su felicidad rota. Y odió a su padre que iba al ciervo. Y odió ser casi un hombre.
Cabizbajo y resignado tomó don Óscar, el ebanista, el empinado camino de vuelta al cementerio. Siempre fue muy comprensivo y su mayor virtud era que sabía escuchar a todo el mundo y empatizaba fácilmente con cualquiera.
Entendió las razones de su esposa, ya se había comprado ropa de luto y toda la de él la había llevado a la parroquia. Atendió a las de su hija Tere, que se había quedado el coche después de haber vendido el propio. Comprendió a su cuñado Ernesto, la funeraria no devolvería los gastos del sepelio. Se hizo cargo del caso de su primo Luís, le habían dado su puesto de trabajo en la carpintería.
– Lo mejor será dejar las cosas como están -pensó don Óscar volviendo a su sepulcro-, ninguna resurrección puede justificar tanta contrariedad.
No acudirá a su cita: es un hombre de palabra.
Se levanta, su hijo todavía duerme. Entra en el cuarto de baño, se mira al espejo. Un hombre lo tiene más difícil… El maquillaje, los colores animados de un vestido… como el que ella llevaba ayer…, una buena peluca… Se lava las lágrimas: no quiere que lo vea así. Regresa a la habitación blanca. Su hijo ya está despierto. Le sonríe, pero el joven gira la cabeza y cierra los ojos. La enfermera cambia el gotero y se va. Él se sienta en el sillón donde ha pasado la noche.
—Tenías razón, hijo… —habla como si escribiera una carta—. Debería haber conducido yo… Tu madre estaría viva. Y yo, al fin y al cabo…
El joven no responde, llora con los ojos, la nariz y el pecho.
—…Se equivocó… —continúa su vía crucis—. La Parca se equivocó de asiento…
—Papá…
—…La cita la tienes conmigo. ¡Maldita!… —exclama afónico—. El pulso te lo he echado yo.—Muestra el hematoma del último pinchazo, en un gesto de renuncia, de entrega—. ¡Deja en paz a mi familia!… Aquí me tienes… ¡Tú ganas!: no más sesiones de quimio…
— ¡Tú aquí!
— ¿Y tú? ¿Qué haces tú aquí?
— Ya lo ves, lo que no entiendo es lo que haces tú.
— Es evidente: lo mismo que tú.
— Pero… ¿tú, por qué?
— Esa misma pregunta te hago yo.
— Yo no he podido soportar que me dejaras.
— Y yo no he podido soportar que me traicionaras.
— Pero podrías haberme perdonado, mejor eso que llegar a…esto.
— He sufrido mucho.
— ¡Y yo! Perder lo que más amaba por un desliz… ¡Es estúpido!
— Lo es.
— Oye, aún estamos a tiempo.
— ¿Tú crees? Mi cita es a las ocho.
— La mía también.
— Solo falta un minuto.
— ¿Entonces? ¿Me perdonas?
— No sé, me hiciste mucho daño.
— ¡Venga, decídete!
— Es que…
— Por favor, pasemos al otro lado.
— Es que…
— Muy bien, pues allá voy.
— No, espera.
— ¿Me perdonas?
— Sí.
— Demasiado tarde. Su turno para saltar.
— ¿Ya no podemos echarnos atrás?
— Ya no.
— ¿Podemos, al menos, saltar juntos?
— Por mí, mientras salten de una vez…
— Venga, amor mío, dame la mano. Vamos allá.
— Allá vamos, mi amor.
No conocía el famoso cuento de “El gesto de la Muerte” hasta esta misma mañana, cuando lo he escuchado en el ascensor (contado por un señor mayor vestido de negro, a su acompañante, vestido de payaso, bastante patético) mientras me dirigía a unas oficinas del centro para firmar mi primer contrato de trabajo. Los tres nos hemos apeado en el piso 38, justo cuando el hombre terminaba su cuento. Mientras daba vueltas por el inmenso pasillo buscando la puerta 38A6, los nombres de Samarra, Abdul, y Bagdad se movían por mi cabeza de un hemisferio a otro sin encontrar la salida o el almacén.
Al entrar en el despacho tras ser invitado por una voz familiar, he tenido tiempo de ver como saltaba al vacío el payaso desde la ventana situada tras la mesa que ocupaba el hombre de negro. Sin inmutarse, me ha extendido un bolígrafo y el contrato para firmar al tiempo que ha dicho: “Tendrás que ir vestido de payaso, te informo”. En ese momento hemos escuchado un clarísimo plof treintaitantos pisos más abajo. He firmado mientras el tipo ese me decía: “Mañana en el ascensor te contaré un cuento”.
Ignoraba como había llegado hasta allí. Lo único que recuerdo es el largo camino que anduve durante más de ochenta y siete años. Sin apenas darme cuenta me hallaba en el umbral de la vida, en la boscosa y umbría zona donde los estertores de la muerte se repiten a un ritmo frenéticamente abyecto. Una extraña dama, de negro vestido, me increpa e interroga con la certeza de que me convencerá, por mucho que resista, para que vaya con ella a los confines del mas allá donde mora lo eterno, en el templo marmóreo del interminable invierno. Me ha cogido de la mano y me arrastra, como una letanía de susurros y lamentos, al paraíso maldito donde se ahogan los sueños.
Al abrir la puerta de la habitación aséptica, el sonido motorizado de la vida inunda mi cuerpo. Él yace en la cama y sus ojos desgatados me reconocen, tras la luz que entra del pasillo. Me siento a su lado y le cojo la mano.
– Vengo a contarte una historia, la que no has vivido pero te pertenece. Antes, quiero darte las gracias por darme la vida. Has tenido tres hijos que han seguido tu senda, el camino del olvido. La pequeña, aquella a la que quisiste de verdad, está en la cárcel, con diecinueve años, por estafa y suplantación de identidad. La mediana, “el despojo” como tú solías llamarla, por fin se ha suicidado. Y yo, el mayor, soy un simple fantasma para los que me rodean. Me dijiste una vez que no tenía que haber nacido, pues aquí estoy, para darte la estocada final, sabiendo que tu corazón ni tus ojos soportarán el dolor que tu mujer sumisa y débil te ha ahorrado durante tanto tiempo. Es el resultado de tu vida, disfrútala.
El silencio envuelve la habitación vacía, tras las alarmas y los intentos de reanimación.
Llegaba la noche de difuntos y, como cada año, Bastián se sometió al rito de rescatar su traje de luto, el que llevara en el entierro de su esposa, y añadir un clavel rojo en la solapa derecha. En el cementerio se reunió con Catalina, la joven “bruja” del pueblo.
-¿Qué quieres preguntarle a tu mujer?
– Pregúntale si me quería.
-Ya sabes que siempre responde que no.
-Pregúntale si quería a sus hijos.
-Ya sabes que tampoco.
-Pregúntale dónde escondió el dinero.
Catalina lanzó las tabas sobre la losa de la fallecida, y las leyó.
-Tu mujer cree que aún no has purgado lo suficiente. Vuelve el año que viene.
Bastián se quitó el clavel rojo, lo dejó sobre la tumba y, mientras se alejaba, sonrió al pensar en la imagen de Catalina, tomando la flor para adornar sus hermosos cabellos oscuros.
El inesperado accidente de Mariola nos sumió a todos en la más absoluta tristeza. Traté de preparar a Mavi para encajar tan duro golpe temiendo que aquella pérdida pudiera malograr su embarazo. Ambas eran grandes amiga y, aunque en los últimos meses, no se vieran demasiado mi esposa le profesaba un inmenso afecto.
El cuerpo de Mariola fue incinerado y una semana después la familia y las amistades más cercanas decidimos rendirle un homenaje, justo en el mismo acantilado desde el que se precipitó al mar que tanto amaba. Pudiera parecer morboso, pero quienes la conocíamos supimos que el evento sería de su agrado.
Se dispuso un velador blanco y, uno a uno, desfilamos todos sus amigos recordando las virtudes de la fallecida. Lo rabiosamente hermosa que era, su inteligencia, su éxito…
Nadie mencionó lo posesiva que podía llegar a ser; su afición a beber hasta perder la consciencia; lo dominadora e insaciable que era practicando sexo; el poder diabólico de su seducción y lo enganchado que estuve a ella; lo que odiaba cualquier norma… Recuerdo sus sonoras carcajadas y su firme negativa cuando dije que la dejaba… apenas unos segundos antes de despeñarse.
No pude evitarlo; amo a Mavi.
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