Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

OCT139. MATIAS, de Rosa Martínez Famelgo

Desde que la riada de la primavera pasada, nos devolvió al abuelo Matias con ataúd incluido, no hemos podido devolverlo al campo santo. Se niega a ser enterrado de nuevo y se pasea por el pueblo asustando a propios y extraños. Ha formado panda, con los demás resucitados. Isidro, el de la Luisa, con la señora Micaela y con Aniano, el cojo. Todas las tardes se reúnen el la tasca para jugar al mus. Cuando regresa a casa, oliendo a vino y algo mareado, intentamos razonar con él, pero dice que no, que si ha vuelto tiene que ser por algo y que hasta que no lo averigüe, no se piensa morir otra vez.

vanalaire.blogspot.com

OCT138. EN UN RATITO NOS VEMOS, de Mª Rosario Val Gracia (Rosy)

-Pacita, así no puedes seguir… cada día estás peor.
-Pero ¡si estoy de maravilla!, todo vuelve a ser como antes. Esta mañana después de desayunar, me besó, luego las llevó al cole… Iban regañando, Julia tiraba de los rizos a su hermana, ¡cómo le enfada que se ría de su amiguita imaginaria!
-Venga, prepáralo todo… nos vamos.
-No, están al llegar… no puedo irme de esta casa, aún quedan juegos, secretos que descubrir, caricias, besos por estrenar…
-Si no vienes ahora, otros vendrán a buscarte… albas batas, píldoras coloristas… adormecerán tu memoria, al menos conmigo… estarás con ellos…

Sube a su cuarto y allí sobre la mesilla… les da un beso, los abriga en su pecho. Del cajón saca la pistola, con mano convulsa apunta a su cerebro. Caen al suelo… al mismo tiempo. El marco y el cristal se hacen añicos. La foto es del día del parto, donde su marido sostiene a las gemelas, cada una en un brazo… hoy de nuevo pintados en sangre, igual que aquella tarde cuando volvían del colegio, y se encontraron con ese loco que conducía su coche de frente al de ellos.

OCT137. UNA NUEVA VIDA, de Antonia Fernández Sández

Después de dos años por fin se iban a conocer.
Afrodita, (como se hacia llamar), había accedido a tener una cita con él. Decía que tenía el cabello negro, largo y ondulado; y unos hermosos ojos verdes.
Según su último e-mail, estaba muy nerviosa e ilusionada por el encuentro.
Una ducha,un afeitado perfecto,su camisa más elegante y su mejor fragancia harían el resto.
El corazón le latía muy deprisa.
Había dejado todo preparado por si la cita se prolongaba y ella accedía a ir a su casa…
Velas aromáticas, bombones y champán enfriándose en la nevera.
Cogió la flor que serviría para que ella le reconociera y de un sólo portazo cerró la puerta tras de sí.
Arrancó su coche, encendió la radio y salió del garaje. Había tormenta y una espesa lluvia se había apoderado de la ciudad.
Sorteando los charcos, conducía rumbo a su destino, era feliz, era el comienzo de una nueva vida…
En otra esquina, un grupo de atracadores huía a toda prisa después de desvalijar un banco. En la huida desesperada, el conductor se saltó el stop y colisionó con él, de repente, todo se quedó sumido en un silencio eterno…

OCT136. EL VIAJE SIN PALABRAS, de Antonio Ortuño Casas

Las palabras se las lleva el viento y nosotros con ellas en el tiempo. Eso escuché decir varias veces a mi abuelo, sabio en palabras como el que más; en cada momento sabía dejar caer su metáfora, su dicho, animando cada tertulia. Así sentenciaba y dejaba siempre el ambiente adornado con el perfume de sus palabras.

Hoy él se ha dejado llevar sin darse tiempo a embellecer con ellas el viaje del silencio. Pienso que lo ha hecho adrede, porque ayer me llegó a decir a solas que había un momento, sólo uno, en la vida donde sobraban las palabras.

OCT135. JUEGOS DE REQUIEM, de Mar González Mena

A Don Saturnino no le saca del pueblo nadie. Ni el cura, ni el enterrador. Ya estuvo en Tetuán cuando la mili y le dio para llenar de historias el resto de sus días. La Antonia conseguía limar sus asperezas, pero se marchó pronto. Murió al nacer Sofía, que no había cumplido los 17 cuando se fugó con aquellos feriantes y nunca más se supo. Por aquel entonces hacía ya tiempo que no había niños que jugaran en la plaza al escondite, como cuando él era sólo Nino y odiaba quedarse contando con la cabeza apoyada en el muro de la iglesia. La escuela fue lo primero en cerrar. La taberna, lo penúltimo. Salvo alguna lagartija despistada, las calles están desiertas. No hay nadie. Nunca hay nadie. Pero los días de viento las campanas tocan a muerto y en el aire se escucha entre risas:
– Por mí y por todos mis compañeros

CITA CON… UNA NOBEL "NOVATA"

A propuesta de Ginette Gilart os ofrecemos un fregmento inspirador acorde con el tema del mes que pertenece a un fragmento del relato breve «Radicales libres» de Alicia Munro, la reciente ganadora del Premio Nobel de Literatura 2013 

 

A Nita no le dio tiempo a pensar por qué tardaba Rich. Él se inclinó sobre el cartel que había en la acera, delante de la ferretería, que anunciaba cortacéspedes de oferta. No le dio tiempo ni a entrar en la tienda. Tenía ochenta y un años y buena salud, salvo una leve sordera en el oído derecho. El médico le había hecho un reconocimiento hacía solo una semana. Nita se enteraría de que el reciente reconocimiento, el certificado médico favorable, se repetía en un sorprendente número de los casos de muerte súbita con que se encontró de repente. Casi te da por pensar que había que evitar tales visitas, dijo.

OCT132. HORA DE MORIR, de Óscar Quijada Reyes

Ya estoy en el lugar indicado, en caso de no presentarme mis hijos estarían en peligro. Por lo menos eso fue lo que dijo la voz amenazante que habló a mi teléfono ayer, también el manuscrito que colocaron al pie de la puerta de mi casa. De acuerdo con la información, ha llegado el momento de pagar por mis errores, he de sufrir una muerte espantosa.

El silencio me aterra, no miro a nadie en esos coches, ninguna persona se ha asomado a las ventanas y nadie circula por la calle. A estas alturas desconozco si alguien desea vengarse de mí.

Ya mis nervios no resisten, no siento mi piel y cada fibra de mis músculos tiembla. Justo cuando creo no aguantar más, sin saber si han pasado minutos o segundos, escucho una voz que proviene de uno de los edificios de apartamentos:

–Hoy no te asesinaré, pero ya te he matado del susto, ¿eh?

OCT131. LA ÚLTIMA NOVELA, de Juana Mª Igarreta Egúzquiza

Mario abrió el sobre que acababa de retirar de la oficina de correos. Eran varios folios escritos a mano. Comenzó a hojearlos y no podía dar crédito a lo que leía, ¡era su propia vida contada con todo lujo de detalle! Ni siquiera habían tenido el tacto de cambiar de nombre al protagonista: “Mario Iturri”.
Perplejo y lívido, presintió que el autor de aquellas letras era Juan Estébanez, el escritor. Así lo ratificaba la siguiente nota: “Hace un tiempo, cuando todavía no habías traicionado mi amistad, te dije que tu azarosa vida daba para una novela. Ya la tienes”.
Mario pensó que debería intentar hablar con Juan Estébanez; si el texto se publicase podría complicarle seriamente la existencia; si Olga, su mujer, conociese su turbio pasado…
Recordó, en un vertiginoso repaso de imágenes, los años que Juan lo acogió en su casa. Las largas apneas que este sufría durante el sueño, y aquella copia de llaves que nunca llegó a devolverle…
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Cuando Matilde, la asistenta, encontró una mañana el cuerpo inerte de Juan sobre su cama, junto al cenicero a rebosar de colillas y una botella vacía de whisky, tras lanzar un grito desgarrador, dijo sollozando: —Se veía venir.

http://palabrasquedanjuego.blogspot.com.es/

OCT130. SEÑALES, de Paz Monserrat Revillo

Mi madre tenía un don especial para ver señales donde nadie más las veía. La realidad le hablaba en un lenguaje que sólo ambas-ella y la mismísima realidad-entendían.
Un día nos dijo que la vecina del edificio de enfrente había recaído. Lo decían los lánguidos geranios de su balcón. Nosotros sonreímos con cierto desdén. Más adelante nos enteramos de su fallecimiento.
Después ocurrió lo suyo.
Aquella tarde, mientras conducía hacia el hospital, explotó ante mí un atardecer insólito, eléctrico, impresionista. Lo achaqué al viento del norte. Tampoco supe interpretar la ausencia del gorrión en el camino de acceso. Pensé que por fin habrían pasado los de la limpieza a recoger aquel pequeño y molesto cadáver. Ni el cansancio antiguo que me sobrevino al subir las escaleras. Demasiada tensión acumulada, me dije.
Con paciencia infinita, esperó a que cerrara la puerta. A que nos quedáramos a solas. A que acabara de contarle de todos y de todo. A que me sosegara y la mirara fijamente. Solo entonces, comprensiva con mi ceguera ante el despliegue de señales, me avisó. Trató de explicarme, con la respiración cada vez más débil y desde su coma profundo, que había llegado el momento de decirnos adiós.

OCT129. LA CITA, de Miguel Pereira

Resultó crucial aquella madrugada lluviosa, en la que mis pasos serpenteantes se perdían en la densa niebla, vislumbrar a lo lejos el cíclico guiño de ojos sobre la roca de aquel faro, que me prevenía de la peligrosa presencia de un escarpado acantilado, en el que quedaban las olas para rugir. Pues si no fuera por el luminoso, tal vez me hubiera perdido, y pese a las copas de más que intentaban trastabillar mi marcha, no podía dejar para otro día mi perezosa cita con la muerte.

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