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Noche del 93, las luces bombardeaban con sus relámpagos estrujados con una capa llena de bordillos pequeños que tejen toda una trama detrás de esas rejas, colgaba el espanto atroz de la decadencia de mis temores sumisos negados, a brindar el flujo renaciente de la voz interna que me gritaba librebi, librebi. Con temor llevado a lo oscuro penetro el tsunami que electrocuto todo mi aire, se derrumbó y caí…
Matatiempos. No es el cuadriculado cuadro que entrecruza las palabras con rebuscado orden. No son las figuras de la baraja que caprichosas aparecen con la cadencia que imprime el solitario jugador al mostrarlas. Podrían ser las alineadas letras de una sopa que componen con habilidad palabras escondidas, pero no… Matatiempos eres tú que te niegas a disfrutar del que tienes en tus manos junto a mi con mil excusas, dejándolo morir… que no pasar.
Ana y Ernesto, después de años separados se citaron entre sones de milongas. En esa velada deseaban amarse y bailar. Comerse la boca en la pista como si fuera merengue. Palparse el uno al otro con la misma pasión que hicieron antaño cuando eran dos piolas. Buscaban en la taquicardia del nuevo encuentro reemprender planes, cumplir viejos sueños, y olvidar un pasado difícil.
En aquel recinto no entraba viento solo oscuridad; la manivela norteña del karaoke desplegaba música de organitos y papirusas. Antojadizos se tomaron de la cintura. Se convidaron. Bailaban, chamuyaban, y trasformaron su embeleso en sudor, pasión, y vértigo. Al sentirse tan cerca evocaron amigos, su Mar del Plata, y el encanto de cantantes como Púa, Payador, Centella, Trovador…
Se divertían macanudo cuando el miedo al pasado y a malas palabras cuajadas de rutina, se les acercó trucho; asustados pusieron sus destinos en manos de una moneda que tras agotar su vuelo mostró Cruz -¡Adiós milonga!- pensó ella. -¡Adiós caricias presintió él! –
Por las aceras de las avenidas recién regadas, cada uno por su lado, entonaron con su lenguaje de signos su única canción de éxito; no era casualidad, la bailaron esa noche durante horas en la pista.
Existen palabras no conocidas que habitan dormidas en el limbo. En él aguardan pacientes se elegidas por la inspiración.
Su existir es inexistente hasta que, el poder de la mente las toca con su magia.
Cuando esto sucede comienzan a coexistir entre ellas y, desde el corazón, emprenden el camino para nacer, pintadas de tinta, de la pluma de un poeta.
Yo era un adolescentes imberbe que no sabía nada. Tú, una alocada y pizpireta chica de labios rojos como las fresas. Inventaste las palabras de mi vida, porque antes de ti, no las conocía. Creaste «abrazo«, la fusionaste con «beso» y la uniste con «sexo«. Dejé atrás palabras que ya no tenían sentido, como «virginidad«. Una vez me acostumbré a aquellos nuevos vocablos, un término innovador surgió de la nada «enamorado«. Cuando ya creía que siempre formarían parte de mi vida, rompiste conmigo, te alejaste de mí, deshiciste aquellas letras que antes formaban un beso, un abrazo, una caricia… y tuve que inventar un nuevo término, que sería el más doloroso que jamás pensé que iba a crear: «melancolía«.
Nunca tuve msuerte en esta vida, supongo que por eso bebo de vez en cuando. Todos los días unas pocas cervezas. Y ahora me sueltan que tengo una cirrosis del quince. ¡Vaya, qué mala smuerte!
La maestra estaba encantada. Desde el inicio del curso, parecía que las charlas impartidas por el Departamento sobre alimentación equilibrada habían dado frutos. De pretender comer solamente espaguetis y croquetas a llenar folios y folios con una única palabra: APIO ¿Sería cierto que pasar de la EGB a la ESO las hacía madurar?.
En la primera reunión con la AMPA no pudo menos que felicitar y felicitarse por tan agradable evolución. Las y los presentes creyeron que se había vuelto completamente loca. -“Apio, ¿quién, mi hija?, ¡pero si no quiere verlo ni en pintura!-
Dispuesta a investigar, la maestra decidió utilizar la clase de ciencias. Sacó el tema del “apium graveolens”, para ver cuál era la causa de la repentina afición a la tan meritada umbelífera.
Entre risitas y rubores, al fin lo descubrió: “A.P.I.O”, no apio. –“¡Seño, que no se entera! Se coge el nombre del chico que te gusta y se mira cuantas letras tiene en común con el tuyo. Se cuentan las que sobran y se va alternando: Amor-Pasión-Indiferencia-Odio. Donde se acabe, eso es lo que el chico que te gusta siente por ti. A ver, ¿cómo se llama su novio?”
Los padres del nene decían que su hijo llegaría muy lejos, que sería un prohombre, una figura eminente en la ciencia, en la política o en la economía o en aquello que se propusiera. Y era todo porque a los seis meses de edad el nene dijo “zambranteja”, de manera clara e inequívoca. Esto suponía un avance sobre los otros nenes, que decían por igual “mamá” o “papá”; porque “zambranteja” era palabra más elaborada, y si eso decía a esa edad, qué elogiables discursos no diría en edad moza. Pero el nene no les salió de ahí: aún a los siete años todo cuanto decía era “zambranteja”, sin que ningún pediatra o psicólogo de la comarca les diera un diagnóstico preciso. Por fin hicieron venir al doctor Bergné, reputadísimo especialista y eminencia en materia de habla temprana. Ya en consulta, el nene quedó mudo, no había modo de hacerle hablar.
-Déjennos a solas, a veces la presencia de los padres es coercitiva.
Así hicieron, hasta que minutos más tarde se entreabrió la puerta de la consulta.
-¿Y? ¿Ya dijo algo? –inquirieron los preocupados padres.
-Zambranteja
-Entonces, ¿es grave?
-Cabistra canuma delente, pártigo jaza, ¡zambranteja! –respondió, muy alegre, el doctor.
Nuria vivía sola desde que su marido la abandonó por otra mujer más joven. Aún más sola se sentía desde que se enfadó con su hermana, con Celia y su marido, hacía ya más tres años. Conocía en todo momento, por supuesto, cualquier cosa que les pasara. Supo que estuvieron en el hospital, supo que Celia perdió el bebe que esperaba, supo que adoptaron un niño del este. Y, también sabía que aquel día, el del cumpleaños de su madre, lo traerían a la casa.
Y mientras engullía un trozo de pastel ruso que llevaba casi seis meses en el congelador, Nuria escuchó palabras cariñosas en la planta superior, y carcajadas; después oyó el silencio y luego, risas aterciopeladas. Y cuando estaba relamiendo migajas en el papel de estraza, se oyó un cumpleaños feliz, y aplausos, después, gritos de alegría y canciones infantiles.
Nuria, entonces, con rabia de mujer despechada y arrugando el papel pringoso, empezó a dar golpes con un palo de escoba en el techo del comedor; qué atrevimiento era aquel, que se callasen de una vez. Como si su familia en el piso de arriba le impidiese respirar, entonces, inventó una palabra para escupirles: solenvidia, solenvidia…
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