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PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
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En mi larguísima vida de nuevo vuelvo a sentir un cosquilleo placentero cuando pienso en ella. De los idilios que se viven, dicen que el último es el que vale y no pienso renunciar a gozar esta aventura única que se me presenta.
No me importa la promiscuidad de su pasado. Se llevó por delante a tantos. Vino a buscar a Paco, a Alex, a Teo y a Pepe. Liquidó a mi medico de cabecera, el de toda la vida, también a mis padres, a mis dos hijos, a mis amigos y por si fuera poco, después de varios intentos, acabó llevándose a mi marido.
¡Que disgusto tan grande!
Tantos años ignorándola y regresa a mi. Me ronronea y quiere conquistarme. Me consta que me dejará hecha polvo, pero ya lo dice el Génesis “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Será un placer. Decididamente me voy con ella, no vaya a ser que siga despechada y no me levante el castigo de mi longevidad.
Hemos pasado la experiencia de jurado más dificultosa de nuestra corta historia, y por eso nos ha llevado más de la cuenta. Lo primero… pediros disculpas por el retraso
El Jurado lo hemos formado Asun Gárate, Raquel Ferrero, Rubén Gozalo, Adrián Pérez y JAMS. Gracias a todos por el esfuerzo y por la honestidad que habéis mostrado en todo momento.
Nos hemos reunido lectores muy muy distintos, y nos ha costado mucho ponernos de acuerdo. Creo que todos los componentes del jurado hemos perdido en el proceso relatos que considerábamos favoritos, y las votaciones han estado en todo momento muy repartidas. Ha sido muy interesante comprobar que donde uno había sentido la emoción de encontrarse con una buena historia a otro le dejaba frío e indiferente. Viene a ser la demostración de porque en nuestra actividad lectora habitual, y en el mundo editorial y literario en general, puede encontrarse material tan diverso en planteamientos, formas y recursos.
Hemos necesitado 5 sesiones de votación y más de una semana para, finalmente, acordar los siguientes resultados.
RELATOS SELECCIONADOS (orden numérico)
Los relatos que tienen premio de finalistas, son candidatos al premio final y se aseguran aparecer en la publicación de la 3ª Edición son:
SEP105. VERANO, de Eduardo Mesa Leiva
SEP148. EL ESCONDITE, de Tíndaro del Val
RELATOS MENCIONADOS (orden numérico)
Los relatos elegidos como «mencionados», que podrían ser incluidos en la edición final como finalistas mediante la repesca que realice el jurado de la final son:
SEP07. VUELTA AL COLE, de Nuria Casado Marco
SEP12. EL MEDALLÓN, de Susana Revuelta
SEP29. CENA PARA DOS, de Rosa Barrera Groba
SEP60 CLONES, de Paloma Casado
SEP104. LA PECERA, de Rocío de Juan Romero
SEP157. EN OTRO MUNDO, de Ignacio Rubio Arese
SEP158 ¿CÚANTO DURA LA MUERTE? De Mónica Sempere
SEP169. LLUVIA SOBRE EL CORAZÓN, de Laura Garrido
Y acabamos de terminar y ya nos esperan más de 70 de este mes… Que se prepare el nuevo jurado¡¡¡
Muchas gracias a todos los que hacéis de cada mes un reto apasionante.
Olía a jazmines. A caramelos de limón. Pero sobre todo olía a lluvia, a tierra mojada después de una tormenta. Se sentó en el umbral de su casa, sobre el mármol frío. Dentro, el silencio de la mañana jugaba al escondite. Todavía era temprano. Olía a café tostado. Dormían aún. Por la acera de enfrente se acercó una vendedora de suerte. Se miraron a los ojos como si se conocieran. Como si se esperaran. Le tendió un dado frío como el mármol. Lanzó. No hubo suerte. La vendedora la abrazó despacio, olía manzanas. Dentro, comenzaba el murmullo de la mañana.
La lluvia arreciaba. El viento hacía golpetear las ramas del castaño centenario contra los cristales.
Se oyó el chirrido de un coche frenando en el camino frente a la entrada principal. Alguien llamaba a la puerta con energía.
Las luces de la casa se encendieron. Se oyeron voces inquietas bajando la escalera.
Los dueños de la casa se encontraron frente al Sargento jefe y su ayudante, con los uniformes y los cascos empapados.
– Señor, han encontrado el cuerpo de una mujer en el lago de su propiedad…
– ¿Cuerpo… como en… cadáver…? -Lady Torquay se estremeció en su negligeé de seda, nada apropiada para una noche de tormenta.
El ayudante ahogó una tosecilla, evitando mirarla directamente.
– Un… cadáver,…, ajá,… Enseguida voy… Adelántense ustedes… -Lord Torquay, confuso, intercambió una mirada de inquietud con su esposa…
El ‘ring ring’ del teléfono y un trueno interrumpen su lectura. Deja el libro y atiende la llamada con desgana.
– ¿Diga?… Sí, Inspectora de Homicidios Miller al habla,… ¿Dónde ha ocurrido el tiroteo? … Una nave abandonada,… 1 víctima, varón,…, OK. -se pone el abrigo y coge la pistola- Voy para allá…
El húmedo asfalto hace patinar al coche policial que sale disparado del aparcamiento.
Volvió para el entierro. Aunque entre su madre y él siempre hubo diferencias a su manera la quiso más que a nadie. Hacía años que no se veían y ahora lo lamentaba sin remedio. Le dio la noticia su hermana, por teléfono, con la voz entrecortada por el llanto. Mamá ha muerto, dijo. En realidad ha sido un homicidio, añadió. Luego ya no pudo seguir. Aquellas últimas palabras acabaron por transformar su dolor en rabia. Se prometió vengarla; dar con el asesino y acabar con él. En el tanatorio empezaron las pesquisas. Primero habló con don Gregorio, el médico, viejo amigo de la familia. Después con las vecinas y amigas que habían acudido al velorio, y con varios miembros de su familia, algunas de cuyas caras le costó recordar. A través de las conversaciones, y de los silencios, fue atando cabos. Se sentó solo en un rincón. Ahora las vecinas cuchicheaban. Cuando llegó su hermana, con su trágico vestido negro y su actitud esquiva, sintió que se ahogaba; el nudo de la corbata no le dejaba respirar. Se metió en el baño, se echó agua en la cara, se miró en el espejo, y comprendió que había capturado al asesino.
El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar salió a por el pan y, contra su costumbre, compró el libro que ofertaban junto al periódico en el kiosco. De vuelta a casa, leyó las primeras páginas y ya no pudo dejarlo. Le subyugaba aquella historia del joven que tiene que morir para que se cumpla una venganza ritual. Le sorprendió mucho que todo el pueblo acabara estando al tanto de lo que iba a ocurrir, excepto precisamente el candidato a muerto. Entretenido en la lectura, se olvidó del paseo que solía dar, con lo que los Vicario no pudieron acuchillarle contra la ruda madera de la puerta, como estaba escrito desde siempre. La muerte, burlada, tuvo que cobrarse la vida de un vecino a voleo para cumplir el cupo y no recibir las burlas de los otros tres jinetes. Santiago siguió vivo muchos años y, ya muy anciano, ingresó en el asilo local, donde pasaba el rato jugando al dominó con sus frustrados asesinos. A veces se les unía Angela Vicario, que aún de vieja conservaba un brillo de pasión en la mirada. O así lo interpretaba Nasar que, por supuesto, nunca había llegado a poseerla.
Ya conocía su rostro. Lo había visto antes, fugazmente, alguna mañana, detrás suya en el espejo. También lo había visto reflejado en el agua, bajo un viejo puente. Y en la despedida de algún ser querido. Tenía una expresión inexpresiva, pero de algún modo extraño parecía surgir un rayo de compasión de su indiferencia.
Como cualquier otra noche, contemplaba la ciudad en candilejas. No la esperaba, pero no le extrañó su visita. Encendió un cigarro y le ofreció otro a ella esbozando una irónica sonrisa. Lo apuró despacio, a pleno pulmón. El humo jugó con el aire, el frío, el tiempo y la memoria. Lo despertó del trance un gesto de ella y entendió que debía seguirla. Ambos caminaron hacia la puerta; él detrás, guardando una ligera distancia. Se detuvieron dos pasos antes de alcanzarla. Entonces, tras un breve silencio, la puerta se abrió y exhaló una brisa cálida, casi acogedora. Del otro lado de la sombra surgió la figura de alguien a quien amó tanto y no pudo olvidar. Después sólo recuerda que notó unas manos hundiéndose en sus mejillas húmedas, mientras una voz serena le decía: «Vive«.
El detective acababa de llegar a la escena del crimen.
En medio de aquel enjambre de ambulancias, que iban buscando un cuerpo cuyo destino era al Anatómico Forense y policías que se aprestaban a alejar a los curiosos y a preservar las posibles pruebas del delito, se le acercó el que parecía dirigir el operativo policial.
– Carballo – le dijo el Inspector Domínguez – Por favor acérquese aquí. A lo mejor usted, que sé que sigue con especial atención este tipo de casos, pueda interpretarnos estas pistas…
Carballo se acercó, y lo que vio allí le recordó un terrible caso de hacía cinco años: el de la niña asfixiada, con un sol y una estrella pintados en su vientre, tumbada de medio lado, con las manos señalando lo que parecía ser un altar.
Esta vez, la víctima era una mujer un poco mayor, pero al igual que en el caso anterior, aparecía dispuesta como para un ritual.
De nuevo sus manos señalaban lo que parecía tratarse de un altar, y otra vez, en su piel aparecían tatuados los mismos dibujos.
En la otra ocasión, “ el asesino de la estrella”, se le escapó por un error de un compañero policía.
Pero esta vez estaba seguro de que lo iba a atrapar.
Conocía perfectamente cómo actuaba, los ambientes que frecuentaba, y sobre todo, él dirigiría la operación, y no estaba dispuesto, bajo ninguna circunstancia, a encontrarse más cadáveres en su camino.
Como hace siempre que sale de viaje, revisa la casa entera una y mil veces hasta asegurarse de que la deja en perfecto orden. Esta vez se esmera especialmente, porque la ocasión lo merece. Nunca antes había viajado acompañado, pero ha llegado el momento. Desde hace unos meses, aunque nadie lo sabe, comparte con ella los días y las noches, incluso la tiene presente en sus sueños. Llevan algunas semanas organizándolo todo; no vaya a ser que cualquier pequeño fallo desbarate los planes, con lo difícil que ha sido consensuar fecha, lugar y manera. Vuelve a dar otro repaso a la lista por si falta algún detalle: la ropa, la nevera, el gas, las plantas, los mensajes de despedida… Le resulta extraño no hacer la maleta y tiene que reprimir el impulso. Ya está próxima la hora de partida. Decidido y emocionado, se dirige a su dormitorio donde ella lo espera impaciente sobre la cama recién hecha, dentro de una pistola cargada.
Penumbra en la estancia. Sombras difusas de mobiliario envueltas en luz amarillenta, tenue, mortecina…
Junto a la lámpara, en la mesilla color caoba, una biblia ajada, descolorida.
La hoja doblada indica el punto de lectura. No se lee el pasaje. No hay bastante luz.
Aire condensado entre volutas de humo. Cigarrillo sin fumar consumido en el cenicero.
Una silla concentra el punto de atención: es mullida, torneada, de madera oscura como el resto.
Sobre ella, bien doblado, un atuendo de hombre completo espera: americana de yute, pantalón de lino, camisa de seda blanca.
Sólo los zapatos rompen la escena: sucios, embarrados, descolocados en el suelo.
Sobre la cómoda fotos de jóvenes y viejos, en color y en blanco y negro, enmarcadas en todos los tamaños.
Un juego de tocador de plata, una caja de música y un reloj con correa de cuero completan el refinado ambiente.
Lástima que nadie vivo disfrute de él…
Nuestro amigo de ENTC Jerónimo Hernández de Castro se ha embarcado en al aventura de poner en marcha un concurso de micros muy particular… así que habrá que acompañarle … ráaaapidamente
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