Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

OCT137. UNA NUEVA VIDA, de Antonia Fernández Sández

Después de dos años por fin se iban a conocer.
Afrodita, (como se hacia llamar), había accedido a tener una cita con él. Decía que tenía el cabello negro, largo y ondulado; y unos hermosos ojos verdes.
Según su último e-mail, estaba muy nerviosa e ilusionada por el encuentro.
Una ducha,un afeitado perfecto,su camisa más elegante y su mejor fragancia harían el resto.
El corazón le latía muy deprisa.
Había dejado todo preparado por si la cita se prolongaba y ella accedía a ir a su casa…
Velas aromáticas, bombones y champán enfriándose en la nevera.
Cogió la flor que serviría para que ella le reconociera y de un sólo portazo cerró la puerta tras de sí.
Arrancó su coche, encendió la radio y salió del garaje. Había tormenta y una espesa lluvia se había apoderado de la ciudad.
Sorteando los charcos, conducía rumbo a su destino, era feliz, era el comienzo de una nueva vida…
En otra esquina, un grupo de atracadores huía a toda prisa después de desvalijar un banco. En la huida desesperada, el conductor se saltó el stop y colisionó con él, de repente, todo se quedó sumido en un silencio eterno…

OCT136. EL VIAJE SIN PALABRAS, de Antonio Ortuño Casas

Las palabras se las lleva el viento y nosotros con ellas en el tiempo. Eso escuché decir varias veces a mi abuelo, sabio en palabras como el que más; en cada momento sabía dejar caer su metáfora, su dicho, animando cada tertulia. Así sentenciaba y dejaba siempre el ambiente adornado con el perfume de sus palabras.

Hoy él se ha dejado llevar sin darse tiempo a embellecer con ellas el viaje del silencio. Pienso que lo ha hecho adrede, porque ayer me llegó a decir a solas que había un momento, sólo uno, en la vida donde sobraban las palabras.

OCT135. JUEGOS DE REQUIEM, de Mar González Mena

A Don Saturnino no le saca del pueblo nadie. Ni el cura, ni el enterrador. Ya estuvo en Tetuán cuando la mili y le dio para llenar de historias el resto de sus días. La Antonia conseguía limar sus asperezas, pero se marchó pronto. Murió al nacer Sofía, que no había cumplido los 17 cuando se fugó con aquellos feriantes y nunca más se supo. Por aquel entonces hacía ya tiempo que no había niños que jugaran en la plaza al escondite, como cuando él era sólo Nino y odiaba quedarse contando con la cabeza apoyada en el muro de la iglesia. La escuela fue lo primero en cerrar. La taberna, lo penúltimo. Salvo alguna lagartija despistada, las calles están desiertas. No hay nadie. Nunca hay nadie. Pero los días de viento las campanas tocan a muerto y en el aire se escucha entre risas:
– Por mí y por todos mis compañeros

CITA CON… UNA NOBEL "NOVATA"

A propuesta de Ginette Gilart os ofrecemos un fregmento inspirador acorde con el tema del mes que pertenece a un fragmento del relato breve «Radicales libres» de Alicia Munro, la reciente ganadora del Premio Nobel de Literatura 2013 

 

A Nita no le dio tiempo a pensar por qué tardaba Rich. Él se inclinó sobre el cartel que había en la acera, delante de la ferretería, que anunciaba cortacéspedes de oferta. No le dio tiempo ni a entrar en la tienda. Tenía ochenta y un años y buena salud, salvo una leve sordera en el oído derecho. El médico le había hecho un reconocimiento hacía solo una semana. Nita se enteraría de que el reciente reconocimiento, el certificado médico favorable, se repetía en un sorprendente número de los casos de muerte súbita con que se encontró de repente. Casi te da por pensar que había que evitar tales visitas, dijo.

OCT132. HORA DE MORIR, de Óscar Quijada Reyes

Ya estoy en el lugar indicado, en caso de no presentarme mis hijos estarían en peligro. Por lo menos eso fue lo que dijo la voz amenazante que habló a mi teléfono ayer, también el manuscrito que colocaron al pie de la puerta de mi casa. De acuerdo con la información, ha llegado el momento de pagar por mis errores, he de sufrir una muerte espantosa.

El silencio me aterra, no miro a nadie en esos coches, ninguna persona se ha asomado a las ventanas y nadie circula por la calle. A estas alturas desconozco si alguien desea vengarse de mí.

Ya mis nervios no resisten, no siento mi piel y cada fibra de mis músculos tiembla. Justo cuando creo no aguantar más, sin saber si han pasado minutos o segundos, escucho una voz que proviene de uno de los edificios de apartamentos:

–Hoy no te asesinaré, pero ya te he matado del susto, ¿eh?

OCT131. LA ÚLTIMA NOVELA, de Juana Mª Igarreta Egúzquiza

Mario abrió el sobre que acababa de retirar de la oficina de correos. Eran varios folios escritos a mano. Comenzó a hojearlos y no podía dar crédito a lo que leía, ¡era su propia vida contada con todo lujo de detalle! Ni siquiera habían tenido el tacto de cambiar de nombre al protagonista: “Mario Iturri”.
Perplejo y lívido, presintió que el autor de aquellas letras era Juan Estébanez, el escritor. Así lo ratificaba la siguiente nota: “Hace un tiempo, cuando todavía no habías traicionado mi amistad, te dije que tu azarosa vida daba para una novela. Ya la tienes”.
Mario pensó que debería intentar hablar con Juan Estébanez; si el texto se publicase podría complicarle seriamente la existencia; si Olga, su mujer, conociese su turbio pasado…
Recordó, en un vertiginoso repaso de imágenes, los años que Juan lo acogió en su casa. Las largas apneas que este sufría durante el sueño, y aquella copia de llaves que nunca llegó a devolverle…
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Cuando Matilde, la asistenta, encontró una mañana el cuerpo inerte de Juan sobre su cama, junto al cenicero a rebosar de colillas y una botella vacía de whisky, tras lanzar un grito desgarrador, dijo sollozando: —Se veía venir.

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OCT130. SEÑALES, de Paz Monserrat Revillo

Mi madre tenía un don especial para ver señales donde nadie más las veía. La realidad le hablaba en un lenguaje que sólo ambas-ella y la mismísima realidad-entendían.
Un día nos dijo que la vecina del edificio de enfrente había recaído. Lo decían los lánguidos geranios de su balcón. Nosotros sonreímos con cierto desdén. Más adelante nos enteramos de su fallecimiento.
Después ocurrió lo suyo.
Aquella tarde, mientras conducía hacia el hospital, explotó ante mí un atardecer insólito, eléctrico, impresionista. Lo achaqué al viento del norte. Tampoco supe interpretar la ausencia del gorrión en el camino de acceso. Pensé que por fin habrían pasado los de la limpieza a recoger aquel pequeño y molesto cadáver. Ni el cansancio antiguo que me sobrevino al subir las escaleras. Demasiada tensión acumulada, me dije.
Con paciencia infinita, esperó a que cerrara la puerta. A que nos quedáramos a solas. A que acabara de contarle de todos y de todo. A que me sosegara y la mirara fijamente. Solo entonces, comprensiva con mi ceguera ante el despliegue de señales, me avisó. Trató de explicarme, con la respiración cada vez más débil y desde su coma profundo, que había llegado el momento de decirnos adiós.

OCT129. LA CITA, de Miguel Pereira

Resultó crucial aquella madrugada lluviosa, en la que mis pasos serpenteantes se perdían en la densa niebla, vislumbrar a lo lejos el cíclico guiño de ojos sobre la roca de aquel faro, que me prevenía de la peligrosa presencia de un escarpado acantilado, en el que quedaban las olas para rugir. Pues si no fuera por el luminoso, tal vez me hubiera perdido, y pese a las copas de más que intentaban trastabillar mi marcha, no podía dejar para otro día mi perezosa cita con la muerte.

0CT128. LA SOMBRA, de Concha Morales Peinado

La verja del cementerio chirrió con un aullido lastimero. No estaba acostumbrada a que la abrieran a esas horas de la madrugada. Aquella mano había ceñido su barrote con saña. Una sombra penetró en la necrópolis y se dirigió hacia el viejo y abandonado mausoleo que presidía con triste arrogancia el tétrico paraje.
– Buenas noches. He cumplido mi promesa.
No hubo respuesta. Hasta el viento que arrastra las hojas muertas se había ausentado como un alma en pena. La luna se escondió tras un angelote gigantesco que se erguía, desafiante, sobre una de las tumbas más ilustres. La sombra se mantuvo en pie.
-Te has adelantado a la cita. Aún no me ha llegado tu último suspiro.
Una pequeña salamandra intentó seguir el rastro de la luna. Mientras arrastraba su panza cimbreante sobre la lápida contigua al panteón, el zapato de la sombra la aplastó. La alborada tembló. El pánico asoló a los gorriones dormidos. La verja del cementerio volvió a chirriar.
A los pocos minutos, un frenazo y un golpe seco retumbaron junto a la tapia del recinto.

OCT127. ABADÓN, de Emilio Magdalena García

La sonrisa del peque iluminaba su cara mientras jugaba en la calle. Corría con una ramita de árbol en la mano, moviéndola arriba y abajo por una pared. Como dibujando sueños. Y cada poco se paraba y brincaba de alegría alborotando sus rizos rubios. Es un ángel, pensaba todo aquel que lo veía.
Las lagartijas discrepaban.

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