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PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
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Estamos en septiembre, el termómetro marca 28 grados y la playa esta casi desierta. Pienso que hoy es un buen dia, estoy muy contento pues por fin podre pagar el alquiler. Me tumbo en la arena, cierro los ojos e intento relajarme. Subitamente empiezo a notar un calor-frio muy extraño que me hace sentirme muy incomodo.Un cosquilleo electrizante me golpea en los pies y poco a poco me va subiendo por todo el cuerpo. Intento mover los brazos y las piernas pero es imposible pues tengo paralizado todo el cuerpo. Tampoco consigo abrir los ojos, ni gritar.
¡Siento que me estoy hundiendo en la arena¡ Intento incorporarme pero una extraña fuerza de succion me lo impide.
Hago esfuerzos sobrehumanos para moverme pero no puedo. Siento que me hundo tragado por la arena.Desaparezco por completo.Mis pulmones estan a punto de estallar.¡Me ahogo¡
– ¡Corten, la toma fue perfecta¡
Empiezan a quitar la arena.
¡Mi cuerpo no aparece¡
Con un movimiento mecánico: hombro, codo, muñeca, eleva el hacha y un corte perfecto secciona en dos lo que parece un fémur de hombre adulto. Luego lo coloca en la báscula y lo envuelve en papel gris -por mucho que evolucione una sociedad hay cosas que no cambian-. Aquí tiene, y complace a su clienta con una sonrisa. Luego, con un trapo húmedo limpia restos de sangre del mármol, lo mete bajo el grifo y lo pone a secar. Al levantar la mirada, comprueba que la mujer se encuentra de nuevo frente al mostrador de cristal. Perdone, antes no me decidí a preguntarle: ¿no le sobrará alguna cabeza? Déjeme ver, esta misma mañana ha llegado un pedido. Desaparece. La nevera está en una pieza aparte, no tarda en palpar un bulto grande y cilíndrico. Está frío, pero le resulta agradable. Está envuelta en papel traslúcido. La desenrolla con premura. Acaba. Ahora solo ve el cráneo. Tiene curiosidad por ver su cara. Cuando lo consigue, sus manos pierden resistencia y
la cabeza cae al suelo. La similitud con la mujer a la que está atendiendo es asombrosa. Sale brioso del cuartucho pero fuera nadie le espera.
Estaba guapa, radiante. Se había recogido el pelo en un moño dejando escapar algunos rizos oscuros. Vestía de largo, con un gran escote a la espalda. La ocasión lo requería. La cita final. Se relamió los labios, amargos.
Se retrasaba y ella no entendía porque razón, después de beber ese champán aderezado con cianuro, se hacía esperar.
Con un escalofrío recordó a Enrique y su extraño accidente, a Jorge y su sorpresivo infarto y, por último, a Tomás y su doloroso suicidio.
Se miró en el espejo y, súbitamente, comprendió. No vendría porque en realidad nunca se había ido.
El perro de tres patas y sesenta años camina al lado de su dueño también ahora. Como amigo fiel, el amo lo alimentó, lo paseó tres veces al día, le lanzó millones de pelotas y lo llevó al veterinario siempre que fue necesario. Estuvo con él cuando cumplió los treinta y vinieron los comisarios del récord Guinness, cuando cumplió cuarenta y se convirtió en estrella mediática, a los cincuenta, cuando los científicos lo recluyeron para descubrir el secreto de su longevidad y también a los sesenta, cuando dejó de ser noticia. Cada vez que alguien preguntaba sobre la pérdida de la extremidad canina, el amo inventaba una historia diferente que escondiera su vergüenza, siempre ante la insistente mirada del perro de tres patas clavada en él.
Hace un rato, entre estertores de lecho de muerte, lo ha llamado a su lado.
—Perdóname Lucky, nunca debí hacer aquella apuesta, lo siento —Ha susurrado con su último aliento. Y al fin ambos han descansado en paz.
Siento la yema de su dedo acariciando mi seno desnudo cuando me pregunta que por qué estoy aquí. Aunque sé que es por mi odio a los monógamos, le contesto que soy inocente, como todas.
Sonríe y me da un beso suave en los labios. Que en el pecho de mi marido estuviera clavado mi cuchillo de pelar patatas; que de la garganta de nuestra amante sobresaliera mi mazo para machacar ajos; que yacieran desnudos en mi cama matrimonial; que fuera yo quien descubriera los cadáveres y que fuera falsa mi reunión semanal, no probaban que yo los asesinara.
Desliza el índice trazando sensuales espirales sobre mi vientre y le cuento que tenía una coartada, como todos los jueves, había pasado la tarde en la cama del motel con el inspector jefe y la jueza, sofocando nuestros deseos.
Con dos dedos inicia un caminar por las partes interiores de mis muslos que me hacen entreabrir las piernas. Lo que nunca imaginé, le digo, es que se habían enamorado y habían decidido prescindir de mí para siempre.
Posa la mano en mi vulva, cierro con rapidez las piernas y le pido que espere a que se incorpore la carcelera de noche.
Raimundo nació con cinco kilos y medio a las cuarenta y cuatro semanas.
Con el paso de los años, el niño confirmó su pasmosa tranquilidad y su desapego a las prisas. Nunca hicieron mella en él las quejas de sus maestros, desesperados por sus continuos retrasos. Su esposa jamás le perdonó que llegase tarde a la boda y terminó abandonándolo cuando se perdió el nacimiento de su hijo. Las advertencias de sus sucesivos jefes resbalaban sobre él como la tinta sobre el papel en que rubricaba la procedencia de su despido. Raimundo vivía instalado en una extraña indolencia cronológica.
Todo cambió el día en que debía haber cogido un autobús cuyo despeñamiento llenó las portadas de los periódicos. Desde entonces, Raimundo busca con afán una muerte que los médicos se empeñan en evitarle puntualmente con argumentos inusuales: que aún es pronto, que no ha llegado su hora.
En mi larguísima vida de nuevo vuelvo a sentir un cosquilleo placentero cuando pienso en ella. De los idilios que se viven, dicen que el último es el que vale y no pienso renunciar a gozar esta aventura única que se me presenta.
No me importa la promiscuidad de su pasado. Se llevó por delante a tantos. Vino a buscar a Paco, a Alex, a Teo y a Pepe. Liquidó a mi medico de cabecera, el de toda la vida, también a mis padres, a mis dos hijos, a mis amigos y por si fuera poco, después de varios intentos, acabó llevándose a mi marido.
¡Que disgusto tan grande!
Tantos años ignorándola y regresa a mi. Me ronronea y quiere conquistarme. Me consta que me dejará hecha polvo, pero ya lo dice el Génesis “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Será un placer. Decididamente me voy con ella, no vaya a ser que siga despechada y no me levante el castigo de mi longevidad.
Hemos pasado la experiencia de jurado más dificultosa de nuestra corta historia, y por eso nos ha llevado más de la cuenta. Lo primero… pediros disculpas por el retraso
El Jurado lo hemos formado Asun Gárate, Raquel Ferrero, Rubén Gozalo, Adrián Pérez y JAMS. Gracias a todos por el esfuerzo y por la honestidad que habéis mostrado en todo momento.
Nos hemos reunido lectores muy muy distintos, y nos ha costado mucho ponernos de acuerdo. Creo que todos los componentes del jurado hemos perdido en el proceso relatos que considerábamos favoritos, y las votaciones han estado en todo momento muy repartidas. Ha sido muy interesante comprobar que donde uno había sentido la emoción de encontrarse con una buena historia a otro le dejaba frío e indiferente. Viene a ser la demostración de porque en nuestra actividad lectora habitual, y en el mundo editorial y literario en general, puede encontrarse material tan diverso en planteamientos, formas y recursos.
Hemos necesitado 5 sesiones de votación y más de una semana para, finalmente, acordar los siguientes resultados.
RELATOS SELECCIONADOS (orden numérico)
Los relatos que tienen premio de finalistas, son candidatos al premio final y se aseguran aparecer en la publicación de la 3ª Edición son:
SEP105. VERANO, de Eduardo Mesa Leiva
SEP148. EL ESCONDITE, de Tíndaro del Val
RELATOS MENCIONADOS (orden numérico)
Los relatos elegidos como «mencionados», que podrían ser incluidos en la edición final como finalistas mediante la repesca que realice el jurado de la final son:
SEP07. VUELTA AL COLE, de Nuria Casado Marco
SEP12. EL MEDALLÓN, de Susana Revuelta
SEP29. CENA PARA DOS, de Rosa Barrera Groba
SEP60 CLONES, de Paloma Casado
SEP104. LA PECERA, de Rocío de Juan Romero
SEP157. EN OTRO MUNDO, de Ignacio Rubio Arese
SEP158 ¿CÚANTO DURA LA MUERTE? De Mónica Sempere
SEP169. LLUVIA SOBRE EL CORAZÓN, de Laura Garrido
Y acabamos de terminar y ya nos esperan más de 70 de este mes… Que se prepare el nuevo jurado¡¡¡
Muchas gracias a todos los que hacéis de cada mes un reto apasionante.
Olía a jazmines. A caramelos de limón. Pero sobre todo olía a lluvia, a tierra mojada después de una tormenta. Se sentó en el umbral de su casa, sobre el mármol frío. Dentro, el silencio de la mañana jugaba al escondite. Todavía era temprano. Olía a café tostado. Dormían aún. Por la acera de enfrente se acercó una vendedora de suerte. Se miraron a los ojos como si se conocieran. Como si se esperaran. Le tendió un dado frío como el mármol. Lanzó. No hubo suerte. La vendedora la abrazó despacio, olía manzanas. Dentro, comenzaba el murmullo de la mañana.
La lluvia arreciaba. El viento hacía golpetear las ramas del castaño centenario contra los cristales.
Se oyó el chirrido de un coche frenando en el camino frente a la entrada principal. Alguien llamaba a la puerta con energía.
Las luces de la casa se encendieron. Se oyeron voces inquietas bajando la escalera.
Los dueños de la casa se encontraron frente al Sargento jefe y su ayudante, con los uniformes y los cascos empapados.
– Señor, han encontrado el cuerpo de una mujer en el lago de su propiedad…
– ¿Cuerpo… como en… cadáver…? -Lady Torquay se estremeció en su negligeé de seda, nada apropiada para una noche de tormenta.
El ayudante ahogó una tosecilla, evitando mirarla directamente.
– Un… cadáver,…, ajá,… Enseguida voy… Adelántense ustedes… -Lord Torquay, confuso, intercambió una mirada de inquietud con su esposa…
El ‘ring ring’ del teléfono y un trueno interrumpen su lectura. Deja el libro y atiende la llamada con desgana.
– ¿Diga?… Sí, Inspectora de Homicidios Miller al habla,… ¿Dónde ha ocurrido el tiroteo? … Una nave abandonada,… 1 víctima, varón,…, OK. -se pone el abrigo y coge la pistola- Voy para allá…
El húmedo asfalto hace patinar al coche policial que sale disparado del aparcamiento.
Volvió para el entierro. Aunque entre su madre y él siempre hubo diferencias a su manera la quiso más que a nadie. Hacía años que no se veían y ahora lo lamentaba sin remedio. Le dio la noticia su hermana, por teléfono, con la voz entrecortada por el llanto. Mamá ha muerto, dijo. En realidad ha sido un homicidio, añadió. Luego ya no pudo seguir. Aquellas últimas palabras acabaron por transformar su dolor en rabia. Se prometió vengarla; dar con el asesino y acabar con él. En el tanatorio empezaron las pesquisas. Primero habló con don Gregorio, el médico, viejo amigo de la familia. Después con las vecinas y amigas que habían acudido al velorio, y con varios miembros de su familia, algunas de cuyas caras le costó recordar. A través de las conversaciones, y de los silencios, fue atando cabos. Se sentó solo en un rincón. Ahora las vecinas cuchicheaban. Cuando llegó su hermana, con su trágico vestido negro y su actitud esquiva, sintió que se ahogaba; el nudo de la corbata no le dejaba respirar. Se metió en el baño, se echó agua en la cara, se miró en el espejo, y comprendió que había capturado al asesino.
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