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La verdad desnuda, si existiera, sería el epitafio de la vida en sociedad.
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Los epitafios son las únicas historias que hacen reír a la muerte.
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El más glorioso, descriptivo, rotundo y expresivo epitafio es el estertor de los amantes cuando culminan su unión.
Sus ojos no habían visto nunca algo tan hermoso; un cielo más azul, una inmensidad más apabullante. Se sentía realizado. Estaba totalmente embriagado de satisfacción y serenidad. Se acordó de su mujer, de su hija, de su primer amor, de sus travesuras de crío, hasta de la canción que tarareaba su madre mientras hacía la comida. Todas las sensaciones y recuerdos eran nítidos en ese paraíso. Su mente estaba más clara. Sus sentidos más receptivos. Unas palabras del sherpa le sacaron momentáneamente del éxtasis:
-Tenemos que bajar ya.
Sin fuerzas, sin oxígeno, con un edema pulmonar y setenta y cuatro años a sus espaldas; no había abajo para él:
-Adiós amigo.
Huele a azufre.
En el extremo de la larga sala, en una esquina, tres biombos delimitan un espacio donde se encuentra una cama y en ella un bulto se revuelve en las sábanas.
Cada vez que lo hace, parte de su carne queda pegada a ellas y el olor que desprende enmascara el de los vapores sulfurosos.
Las lámparas incandescentes provocan sombras en el techo alto y al mirar sus pies, divisa dos ojillos rojizos nerviosos que desaparecen bajo la sábana. No sentía dolor, pero si un asco que hacía que intentara ahuyentarla.
Se subió a su cuerpo y al rato apareció por el embozo, con el hocico con restos de sangre y coágulos. Movía la cabeza compulsivamente, la nariz medio desprendida iba de un lado al otro, cuando en un movimiento raudo, la cazó al vuelo y saltó al suelo desapareciendo.
Le dijeron – Ve a Fontilles, te encantará, no querrás volver – recordó los años de tratamiento con termocauterios y galvanocauterios, el olor a su carne chamuscada, la pérdida progresiva de sus dedos, sus tumoraciones abiertas.
Por fin, cree llegada la hora, cierra los ojos y descansa.
Un ruido estridente de los biombos metálicos y despierta, otro día más.
La guerra es una putada por donde la mires, pero cuando llegas al frente de combate, te percatas de inmediato de que salvo una fortuita descoordinación de horarios con la parca, tienes indefectiblemente una cita con la muerte. Hasta ese momento, el mayor problema en una contienda es el exceso de ocio. A las tres semanas ya lo has probado todo y si no estás matando, evitando que te maten o practicando para matar, te aburres como una ostra.
El capitán de mi unidad, hombre medianamente ilustrado y con algunos conocimientos médicos, ideó unas conferencias educativas, orientativas y de apoyo buscando atenuar el tedio. Dado que mis compañeros las calificaban de eclécticas, un martes a la tarde me presenté en la sala auditorio, dispuesto a satisfacer mi curiosidad. Quedé perplejo al leer el título de la charla de ese día: “Peligros de la halitosis en el combate cuerpo a cuerpo”
Mamá y su nuevo amigo se quieren mucho, me informa mi hijo al subirse al coche. Desde el divorcio apenas le veo, exceptuando algún que otro fin de semana. Ya casi no pasamos ni un momento juntos. Aborrezco a mi ex por todo el dolor y el sufrimiento que me causó. Durante años se estuvo acostando con mi mejor amigo. Y encima el juez le dio la razón y le concedió la custodia de Alberto.
—Nos vamos de acampada, cariño. Papá tiene todo el fin de semana libre. ¡Lo vamos a pasar genial! ¡Ya lo verás!
—¡Qué bien! —masculla entre dientes mi hijo de seis años con su angelical rostro que se proyecta en el espejo retrovisor.
Arranco el automóvil y, al pisar el acelerador, las ruedas dejan en el asfalto una estela de goma. En el maletero llevo lo imprescindible: la tienda de campaña, las cantimploras, el pico, la pala y medio saco de cal. El hombre del Telediario ha dicho que va a hacer buen tiempo.
Soy consciente de que, en la ya remota fecha de primeros del año 2013, quedé comprometida a escribir en el presente mes un relato con el contenido “cita con la muerte”, para habitual deleite de propios y ajenos (me encanta esta expresión).
Sin embargo, no me apena confesaros que ¡me da una pereza!. Es que yo, que de natural soy alegre y optimista, prefiero tener una “cita con la vida”. Ya sabréis comprenderme.
Algo le hizo despertarse. Intentó abrir los ojos, pero no le respondieron. Sintió la presencia de alguien en la habitación y un escalofrío recorrió su cuerpo. “¿Quién está ahí?”, quiso preguntar, pero tampoco sus labios obedecieron. Presa del pánico, pensó huir, pero notó con asombro que sus manos estaban atadas. Aunque procuró desesperadamente zafarse de las garras que le aprisionaban, sólo consiguió que el dolor fuera terrible. Cuando con gran esfuerzo, enfocó la mirada, vio una forma oscura, muy oscura, que se acercaba lentamente.
Entonces la puerta se abrió con fuerza y la enfermera de turno, enorme y colocada en jarras, apareció gritando” visitas fuera”, y la sombra desapareció al instante.
“Tranquilo”, le dijo colocándole un botellín con sangre, “hemos conseguido detener la hemorragia”. Antes de desmayarse, le pareció oír, “Hospital 1, Flaca 0”.
Deseaba llegar a casa, subí a toda prisa al cuarto de baño, allí, frente al espejo fui desnudándome poco a poco, miraba mis pechos, aún tersos para mi edad, no se veía nada raro, yo los tocaba poco a poco, no lo podía crecer, en su interior algo llamado cáncer se había apoderado de ellos.
– ¿de verdad? Y… ¿en los dos?
Si, en los dos.
Al recordar esas palabras, mis lágrimas brotaron cual manantial después de una lluvia de otoño. No existía consuelo para mí, sabía que esto significaba el fin. Como un tren de alta velocidad, llegaron a mí, un cúmulo de sensaciones de amor, odio, soledad, despedida…
Recuerdo la mano de mi madre en sus en sus últimos momentos, también el cáncer se apodero de ella, y sonrío. Mamá pronto estaré contigo.
Como cada noche desde hace diez años, me acuesto cuando todos duermen, exhausto tras una dura jornada de trabajo. Lo hago al lado de Anne, mi mujer, felizmente embarazada y relajada en su sueño. Al otro lado de la cama ronca Antoine, su actual marido, tranquilo e ignorante de su esterilidad. En las habitaciones situadas a lo largo del pasillo descansan nuestros hijos y los de Antoine, más mayores. Todavía no tienen ningún hijo en común, Anne y Antoine, pero pronto llegará y será una alegría para todos.
Mañana me levantaré el primero y continuaré con mi lucha diaria para conseguir que seamos una familia feliz, aunque ellos no puedan verme desde hace diez años.
Al acabar de releer la carta, Urban Volstein sintió el vértigo de lo irremediable. Hacía tiempo que no pronunciaba ni una palabra en su insegura lengua materna, la que, como si fuera un código inventado, solo usaba ya ante su esposa cuando iba, cada año, a dejarle flores.
Ese idioma, el de amar, el de odiar, el de blasfemar y el de llamar a las cosas por su nombre, heredado por su padre de sus ancestros, y traspasado por ellos a Urban con la idea de que este se lo cediera a los hijos que nunca tuvo, estaba llamado a apagarse definitivamente, y ni los sabios de la cátedra lo resucitarían, ni los aprovechados de la asamblea se lo apropiarían, ni los niños lo escucharían de nuevo de sus madres.
—Delecti’m magna, binomi. Acudi ad ti ja —dijo, tal vez leyendo.
Bajo el jarroncito de flores que decoraba la tumba de su difunta esposa, Urban dejó un papel ininteligible en el que se adivinaba una despedida. O acaso era un saludo. Las lenguas moribundas son confusas, tal vez porque saben que van a morir.
-Grito en silencio este pavor espantoso
Del ser desintegrado.
Mi cuerpo bulle en regatos de tantos bichos
Reptando hambrientos.
Rumor sin fin que me disocia:
Me roen incansables todos estos monstruos
Monstruosamente microscópicos.
Vida hirviendo en mi cuerpo muerto
Mundo de gestación y muerte.
Mi ser se desmorona
Despojado por esas vidas múltiples.
Mis oídos muertos llenos
De este mordisquear continuo
Y mi olfato de esta exhalación infecta.
¡Hay tanta podredumbre
Debajo de este mármol!…
Mi alma grita en silencio
El pavor espantoso
Del ser desintegrado.
-Serénate amor mío
Te quise mas allá de tu ser hermoso
Son tus mascaras que caen una tras otra.
Nuestro amor dio sentido a nuestra vida
Nuestro amor puede darlo a nuestra muerte.
¡Ven a vivir nuestro morir!
Vamos a intentarlo,
Concentrémonos en el mismo afán:
¡Dame la mano!
Recuerda que el agua como la arena
Necesitan una mano atenta
Demasiado abierta o demasiado cerrada
Les deja escapar…
Te doy mi mano en concha amistosa
Por encima de este mármol frío
¡Dame tu mano!
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