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Adela, que ya había cumplido los muytantos, advirtió el paso del bempo el día en que los calcañiles dejaron de lanzarle mororcios. Que si “vaya bumba”… ¡Buen morlazo!.. ¡Te comía tuku!.. No obstante, y porque se gustaba, cada mañana salía de cámsasa echa un dincel. Candamiazos y bolso a juego. Aguardaba el verde en un lumicátoro, cuando notó unos búcalos clavados en su sfarlote… Sintió calor. ¿Quién la estaba lamicandro así?..
Redegruñó entre los rostros y reparó en unos ondillosos búcalos verdes cuajados de pestañas. El dueño, un truscañero de cuerpo impresionante, que no le quitaba la lamicandria de encima.
Cuando el lumicátoro le permitió el paso recorrió chaschadamente el espacio que les separaba, con el guasguás de caderas de la que se sabe apetezada. ¡Guau!, estaban a menos de un misbisi… Un leve rorcio intencionado de él, trompiconado por el bolso de ella… Visbís de miradas… Estremecida quedó Adela y con un “calcusón del trece” cuando el adonis, ese Apolo del lumicátoro rojo, le lanzó un sensual sishimi con los labios. ¡Qué hombre, Yak’a!, pensó.
A la hora de la manduyada, recordó esa sutil pretonción de su cuerpo con el de búcalos verdes cuando fisgigó en falta su cartera…
Era veterinario y se dedicaba a dirigir un criadero de burros. Sí, aunque no lo parezca existe, al menos este os aseguro que funcionaba bien. Ahora que los asnos están llegando al punto de la extinción, hay quien en un acto mezcla de generosidad, amor a los animales y filantropía, dedicaba su vida a la cría de estos bonitos animales a los que hasta la literatura les ha brindado alguna página. No había negocio en lo que hacía. Pocos borricos se vendían, pero él, arre que arre y “erre” que “erre” seguía con su tarea. Tanto tiempo y dinero le costaba la tarea que me contó que había empezado a aburrecer su trabajo. Y aquí estoy yo escrutando diccionarios intentando averiguar si mi amigo está empezando a cansarse de su proyecto, o por el contrario está tan integrado en él, que comienza a aburrecerse de alguna manera.
En cada pico de cada ola hay un funeral de palabras y hay rosarios de algas en los cuellos de los caballitos de mar; hay un entierro con cenefas de plata y los rayos de todos los soles con sus dedos, sostienen a los advenedizos: Madres, padres, hijos.
Hay una fila de risas muertas, otra de caminos infértiles, hay un cementerio de nanas, hay un cementerio de voces acalladas. Tañen campanas de todas las capillas de todos los mares…tañen…tañen…
Como cada 29 de febrero, se jugó la presidencia de la república, en la ruleta del Casino de Los Monegros Beach, resultando ganador Gordiano Foucault Gastañagagogeaskoa del Karma Democrático.
En ese mismo instante, el nuevo presidente decretó que los casinos pasarían a llamarse Casisis y que debía ubicarse uno en cada antiguo psiquiátrico (con p de intelectual). Los psiquiatras harían cursos intensivos de croupier y los psicólogos de vigilantes. Todos los ciudadanos piltrafillas de la república recibirán, al menos, un premio anual obligatorio para que puedan afrontar su gasto corriente.
Yo recibí mi primer premio en junio de ese año aunque como usuario de utilitario cobré un complemento.
Mi Casisi es el de Alcorcón.
¡Qué bonito es el viaje a Alcorcón en AVE! ¡Y barato! Disfrutamos de un descuento del 72% al usar Barik.
La jerarquía suprema del continente no puede poner pegas a este eficaz sistema de retribuciones al no tratarse de prestaciones ni subsidios.
El Sr. Foucault Gastañagagogeaskoa, por último, también decretó que los partidos mayoritarios serían siempre oposición al haber demostrado históricamente lo bien que lo hacen.
Ahora somos muy felices y, como los cronopios y los famas, bailamos tregua y bailamos cátala. Las esperanzas nos observan y no entienden nada de todo esto.
El ruido le recordó que no era un día más, pero se levantó y repitió todas sus rutinas diarias. A las 7’20, como todos los días, abrió la puerta para salir de casa e ir a trabajar. Salir… Un abismo se abría a sus pies.
Las máquinas habían demolido ya la mitad derecha del edificio. Sólo seguían en pie los pisos del lado izquierdo. No había contado a nadie sus intenciones y se había quedado en su casa, a pesar de la orden de desalojo. Atrás habían quedado los meses de lucha, de oposición a la expropiación forzosa para derribar el hogar de las cuarenta familias del bloque.
Pero ella decidió quedarse. No aceptó el justiprecio, maldita palabra infame y mentirosa. No había precio posible que pudiera compensar la expropiación del refugio de sus recuerdos, el lugar donde habían nacido sus sueños e ilusiones, para ensanchar la acera de la calle. Encontró una palabra mejor, “humillaprecio”, para referirse a la miserable indemnización y remitió su rechazo al ayuntamiento.
Miró atrás para despedirse de su hogar, cerró los ojos y salió de casa.
Lo que de verdad le gusta, son las palabras que acarician, sin pensar en la caligrafía aunque la sintaxis sea errónea. Le gusta dibujarlas sobre ideas o garabatos que tengan sentido, sin conocer la técnica. Jacobina, desde niña reúne palabras en sus libretas de dos renglones. Ha ido con ella a todas partes. Jamás se fijó en los números, sólo los conoce. Ahora que tiene el pelo níveo, lee cada una de sus palabras reunidas a través de sus ojos claros. Muchas son inventadas, desconocidas, atrevidas, dulces, agrias, saladas. Son sus vocablos. Y los cuadernos serán su legado el día que su voz se apague o cuando sus manos no puedan garabatear. Contenta por la herencia que deja, piensa que será como mirar a través de un cristal cuando llueve. Se puede escribir e inventar palabras, se puede leer al derecho y al revés. Sólo ella sabe el significado.
Los niños esperaban ansiosos y la chistera no aparecía. Rebuscando en el baúl, halló un sombrero raído de sus tiempos de mimo. Guardándoselo en la chaqueta, salió a confrontar al destino.
Agotados los trucos de cartas, pañuelos y monedas, grandilocuentemente sacó del seno el viejísimo chambergo e introduciendo dentro su mano derecha, lo presentó al público. Mímica y onomatopeyas mediante, entre él y los niños comenzaron una búsqueda afanosa. Gallina, gato, perro, pato y caballo fueron rápidamente descubiertos; el dragón, el cocodrilo, la jirafa y el hipopótamo costaron más, pero también estaban en el sombrero.
La función culminó con la mayor ovación que el mago hubiera cosechado jamás. Se retiró eufóricamente emocionado.
A punto de irse, una señora con su hijo cogido de la mano le espetó: – confírmele al niño que en el sombrero no había nada. A mí no me cree.
El hombre se agachó y mirándolo a los ojos, le pregunto al chaval: – ¿Tú viste a los animales?; el pequeño asintió tímidamente.
Sonriendo satisfecho, se dirigió a la madre y le explicó: – Señora, si usted prefería la chistera con doble fondo, permítame que me apañe una expresión: su problema es que tiene la imaginación apolillada. Buenas noches.
-He pensado un nuevo término. Mi hija me propuso una apuesta: “Ya que eres tan listo, inventa una palabra; si tu ingenio es igual a tu fuerza, muy pronto la veremos incorporada al diccionario de la Real Academia”. Me desafió contundente.
En fin… fiel a mis principios de tener todo bajo control, aquí estoy ante ustedes para presentarles mi ocurrente neologismo: Democracia, del griego demos, pueblo y kratos, poder; es decir, donde hay Democracia quien gobierna es el pueblo. ¿Qué les parece?- Preguntó retóricamente el dictador, al cerrar su discurso en aquel año 15013.
La aprobación del auditorio fue unánime, pues tantos siglos de gobierno totalitario, habían provocado la admiración de los espectadores por lo novedoso del vocablo.
Iba empiporinlada la muñeca en manos de la pequeña Julia. Ésta se divertía giratrizandole el cuello que la dejaba como la niña del exorcista. Le arrancaba los pelos en mechones revoltrinados. Y hablándole con palabras desafillentes y mirada fija a los ojos creía dominarla y asustadicentarla. Parecía haber encontrado en la muñeca la compañera ideal para tratiavenirse en sus sádicos juegos. Un día, al entrar en la habitación, Julia vio que su muñeca no estaba donde ella la había camiacostado y se extrañó. Sobre la almohada había una misivinota que Julia leyó con atención. Escapirulando la muñeca había cogido el portante.
Desde entones Julia, que por primera vez sintió la soledad, aprendió a tratar bien sus cosas.
Salió temprano de casa. Debía participar en la junta interdepartamental que estudiaría el ajuste de personal. Los anfitriones serían el Coordinador General y el Comité Ejecutivo de la zona Este, “muy implicados en vuestro proyecto”. Mostrarían, además, la virtudes que proporcionaba la movilidad exterior, la descentralización geográfica, las amplísimas oportunidades de progreso personal y laboral que ofrecían. “Ningún trabajador sensato rechazaría esta oferta. Tienen ante ustedes una excelente manera de conocer otras culturas”. La conclusión fue esperanzadora: parte de la empresa sería recolocada en La Unión Europea. Las condiciones se respetan, “faltaría más”. Él era uno de los afortunados.
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Salió de casa y aún era de noche. El día anterior le habían “invitado a participar” en la reunión donde concretarían el brutal ERE que le afectaba. Allí estaría el jefe y sus socios (dos cuñados y tres concejales), los cuales, para muchos, no tenían rostro. Fueron claros: si no querían irse “a la calle”, debían aceptar la propuesta. “Europa no es tan grande; peor sería vivir en Estados Unidos”. Cobrarían lo mismo. “Si queréis a vuestros hijos, ya sabéis. En la puerta tengo cien esperando vuestro empleo”. Él fue uno de los perjudicados.
No había nada, tanto de eso que tampoco se recuerda nada, una eternidad infinita. De pronto, como de la nada, casi por arte de magia algo pequeño, casi insignificante, repetido pero también diferente a la vez, aparece en escena requiriendo todo tipo de ayuda en su desarrollo, hasta que cree que puede por si solo ir haciendo su propio camino, que será corto, mínimo y minuciosamente trazado en la red en la que caerá para defenderse sin más armas que su frágil coraza. Ahí será devorado poco a poco sin compasión por cualquiera más fuerte que él. Y de pronto desaparecerá, casi otra vez por arte de magia, todo se apagará nuevamente y tampoco habrá de nuevo nada, por delante solo otra eternidad, también infinita.
Fue tal la jarangundia que me trasliveyó desde los primeros días, que aún sigo despinponándome. Y pensar que Rousseau creía que todos comenzamos siendo renacuajos.
Todo sucedió hace muchos años, cuando empecé a desarrollarme, fui asimilando pautas y aprendiendo el lenguaje que más tarde reconocería. Caricias, música, baile… lo peor, las noches fogosas y jadeantes que no me dejaban dormir, pero bueno, esto lo tomé como una enseñanza más, de hecho harto lo agradecí en mis primeras yacundias.
Cuando llegó el día del partifilio, no me da vergüenza reconocer que experimenté cierto miedo por ese desconocido mundo al que me iba a enfrentar. Después de atravesar el túnel, sentí primero frio, luego un soplamocado en las nalgueras que me arrancó a llorar, seguido de un traquetemenajado que me dejó impoluto para minutos más tarde ir a parar a las mamondias de mi querida madre, que presto la reconocí , su voz era inconfundible, también recuerdo la carotada de tontolado de mi padre. Tres días pasamos allí, al cuarto ya estaba en mi nuevo hogar. Así comenzó mi nueva vida después del alumbramiento y gracias a la estimulación temprana “amo la vida, amo el amor, soy un truhán, soy un señor…”
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