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Cuando Lucía llegó a casa no había nadie. Encendió las luces y, en el mismo instante, empezó a sonar el teléfono. Descolgó.
Colgó casi con lágrimas en los ojos. Entonces reparó en la nota junto al aparato: «No me esperes, salgo esta noche.» Cogió las llaves de la moto y salió corriendo, los nervios hicieron que se dejara las luces encendidas. Bajó las escaleras a toda velocidad, tardó en encontrar la Vespa, y arrancó en cuanto consiguió liberar el seguro antirrobo.
Atravesó la ciudad rozando la temeridad. Los semáforos se hacían eternos, y las luces de la noche navegaban por la estela de vaho que se iba formando en su casco. En su cabeza, se acumulaban palabras sueltas como golpes de martillo: “ingresado”, “accidente”, “gravedad”…
El luminoso con la palabra HOSPITAL por fin apareció en el horizonte.
Preguntó en información. Atravesó los pasillos, casi ciegas, luces fluorescentes. 501. Aquí es. Cuando entró en la habitación apenas podía hablar.
Estaba despierto.
– Papá ¿qué ha pasado?
Y consciente:
– Nada, niña, que la cita a ciegas de hoy resulta que era con la muerte. Pero no te preocupes, no me ha gustado. Sigues siendo hija de padre divorciado.
Estaba contenta, había aprendido, por fin, a controlar el sentimiento de dolor…
Sabía lo que iba a suceder y creí suficiente el sufrimiento de los dos hasta la llegada de ese día inesperado en que se cumplieran los pronósticos médicos.
Pero cuando me dieron la noticia de su partida, todo ese dominio quedó anulado por la angustia; supe en el acto que la esperanza me había desnudado y al irse se llevó todo mi control por delante.
Quedé desnuda delante de toda la pena…
Lloré descontrolada y vestida de dolor.
Llega a ser una obsesión…Te fundes con tu deseo más íntimo hasta el punto de no distinguir entre tu vida y la ansiada. Vives tu día a día como si de los alrededores de la realidad se tratara, te molesta que los demás intenten ayudarte en tu locura, pues ellos ven en qué estado de irracionalidad te has sumido, y tú no. Haces caso omiso, sólo existes tú, tú y tu ego sin voluntad…
Cada vez que pienso en esas pobres almas torturadas, sufro. Es la empatía que va indefectiblemente unida a mi alma.
Dicho esto, sigo orbitando.
La Luna. En fase creciente.
No intentéis fotografiarme. Me cansáis.
¿Tu otra vez?
Has vuelto a buscarme, y esta vez no me perdonarás.
Sabía que volverías, era inevitable, aunque no te esperaba aún.
Nunca faltas a la cita.
Quiero pedirte como favor que des un escaso tiempo para despedirme de mis amigos, juro que no tardaré.
Tu gesto irónico me dice que no me lo darás. No tienes sentimientos, es tu misión.
Quisiera decirle a ella que la seguiré amando, a ellos que…
Está bien vamos.
-¿Por qué me habrá convocado? Siempre creí que aparecía sin avisar, al menos todos los casos que conozco fueron así; uno podía tener cierta idea de su cercanía, pero el instante exacto de su arribo, jamás.
Entonces, ¿cuál es el propósito de una cita con la muerte? ¿Decirme cuánto me queda de vida? ¿Notificarme personalmente en ese mismo momento de mi partida? ¿Simplemente charlar?
Demasiadas preguntas y pocas respuestas para un tema tan misterioso y que ha desvelado a la Humanidad desde los comienzos.
Acepté la invitación, quedamos en encontrarnos en aquél sórdido café frente a la Aduana. Llegué a horario, ella aún no estaba en el lugar, se notaba su ausencia… ¡la impuntualidad empezó a fastidiarme!
…Y aquí me encuentro… sentado hace años y como cada día en una mesa solitaria, sin nada que hablar ni que decir; esperando que quien me citó, se digne a venir-.
Sonrió ante el espejo. Se veía bonita, su pelo recién lavado, y una nariz respingona. Veinte pecas adornaban su cara igual que unos topitos bordados en fieltro. Llevaba puesta una camisa tres tallas más grandes cubriéndoles los dedos de las manos, un vaquero roído y unas bambas azules. Volvió a sonreír, ésta vez atusando la larga melena negra; alzándola para recoger en un moño la mitad, la otra, caería en cascada hacia el lado izquierdo del cuello. Había aceptado el reto en el instituto el día anterior: Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary, Bloody Mary. El cristal estalló en mil pedazos diseminando por toda la habitación los topitos.
La noche del jueves Belinda y su amante decidieron escaparse juntos. Una hora antes de la huida, limpió el pescado y lo metió en el horno. Tras fregar lo que había manchado, agarró el cuchillo más largo que encontró en la cocina, y propinó doce puñaladas a su marido, mientras este dormitaba en el sofá; ese de cuero blanco que ella tanto odiaba por ser tan frío en invierno y tan pegajoso en verano, el mismo que su suegra se había empeñado en regalarles por su décimo aniversario y que ahora permanecía cubierto de sangre. Tras el crimen, descolgó el auricular del teléfono, marcó el número de su hijo y cuando contestó, Belinda acertó a decir: “Cariño, la cena te espera. No tardes, tu padre se enfría”.
Los pasajeros del boeing 787 tenían pánico, el desastre se presumía inminente. El avión se tambaleaba de un lado a otro, en cualquier momento su vuelo sería en picado. Joseph Sleiter tambien tenia miedo. A su lado, un sacerdote rezaba. Sleiter no era católico pero creía en las señales, iba a morir y su alma estaba en pecado mortal. Cuando el avión se inclino hacia delante se apresuró a pedir al padre en confesión. Había asesinado a su mujer, todo el mundo la creía desaparecida, pero en realidad estaba enterrada en el bosque Cookson, al pie de una enorme encina. El avión, ya en frenetico descenso, hizo un movimiento brusco y retornó a su trayectoria normal. Debajo de la sotana el teniente de homicidios Robert Bogar sonreía satisfecho, la operación «Acto de fe» había sido un éxito.
Hoy es el día esperado. Altura: 3,500 pies y en ascenso; clima inmejorable: el sol corona desde el cenit al inmenso tapiz azul decorado con ramilletes límpidos. Ayer realizó su último salto
obligatorio con instructor. Pero ahora, por primera vez, lo hará él solo, tal y como lo había deseado. Mientras se abre la puerta del aeroplano, concentra todo su ser para el lance triunfal que ejecutará enseguida: experimentará la sacudida de adrenalina que brinda una caída libre, luego le seguirá la sensación inigualable de vaciedad y, entonces, dará inicio su interpretación. ¡Ah, si tan solo los demás pudieran apreciar la belleza de sus actos! A medida que caiga, los rostros que alguna vez tuvo entre sus manos serán emulados por el suyo propio con una maestría atroz: rostros de desesperación, de agonía, rostros descompuestos por el terror de saber que en cuestión de segundos terminará todo. Pero, sabedor de su arte, dejará para el final, para cuando consiga cortar la última correa y su cuerpo esté a punto de despedazarse en tierra, el mejor de todos: la calma y benignidad en los ojos de su última víctima serán dignos de un colofón apoteósico como el que siempre imaginó.
El pequeño antílope se agita convulsionado sobre la tierra polvorienta, es lanzado por los aires como un pelele y cae preso en las fauces de la leona, que lo sujeta con fuerza.
—Ramírez, ¿está usted sordo o qué? Deje de mirar a las musarañas y salga de una vez al encerado a resolver la ecuación.
En un intento de huida se marca un instintivo zigzag, pero no consigue ponerse a salvo junto al resto de la manada. Su verdugo le oprime el cuello y comienza a sentir que no le llega el oxigeno. En un estertor de muerte trata un escape a la desesperada.
—Señorita, es que me he torcido la muñeca saltando el potro en clase de gimnasia.
La mandíbula de la felina da un giro a su pescuezo y se oye un fuerte craaack que retumba en su cabeza y en toda la meseta del Serengueti. El cielo azul se oscurece y el sol deja de brillar para él, para siempre.
—Recoja sus bártulos y abandone el aula. Esta tarde tendré unas palabras con sus padres. Y no me mire con esa cara de cordero degollado, que todavía no me he comido a nadie, aunque nunca se sabe…
Con la mochila al hombro cargada de recuerdos, emprende el viaje. Mientras sube la escarpada colina entre violentos espasmos sanguinolentos, va despojándose de los momentos y vivencias que han marcado su dilatada vida. Ve con claridad la miseria de sus primeros años de maletilla, el arrojo en las plazas cuyo reflejo quedó en su cuerpo marcado de cicatrices, y las heridas que no se ven, las heridas del alma. Recuerda como los escasos momentos de gloria fueron catapultados por el alcohol y los excesos. Una nube cruza su rostro al ver nítidamente la imagen de la mujer que amaba, la que tanto le cuidó y a la que dejó marchar, el desencadenante que propició el vertiginoso descenso a los infiernos.
Por fin llega a su destino, puntual a la cita. De pronto, el aullido del viento se transforma en vítores, el graznido de las aves en aplausos. Con gesto concentrado se ajusta la montera, separa las piernas, adelanta el mentón desafiante, despliega su capote con garbo torero dispuesto a ejecutar una verónica y a enfrentarse a Ella con honor, a una muerte segura, el último lance. A las cinco de la tarde.
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