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Museos hogar de las Musas.
Museos, gineceos de las musas, donde pesan igual cetros y cayados.
¡Aquellas musas del Parnaso!:
Calíope de la épica, Clío de las epopeyas, Erato de la lírica, Euterpe de las flautas, Melpóneme de la tragedia, Polimia de los himnos, Talía de la bucólica, Terpsícore de la danza, Urania de las ciencias…
—Pero, ¿dónde estabas tú, musa de la pintura?
—Te inventaron los pintores en cada mujer modelo.
Tantas horas de contemplación, tantos soles reflejados y partidos por sus cabellos, acabaron, muchas veces, nublando el seso del artista.
Joanna Hifferman, musa irlandesa del pintor James Whistler a quien con su hermosura, inteligencia y simpatía sedujo, también atrapó a Courbert. Sus atezados cabellos lo hechizaron. Ya altiva, ya sensual, reposa sugerente en sus obras.
Solo una vez no pintó su rostro, o si lo pintó luego lo cercenó.
En el Museo de Orsay de París expuesta intermitentemente, en pos de la moral imperante en cada tiempo, la tenéis. Su lúbrica indolencia escandaliza a algunos, aunque a todos vigoriza.
Su cobrizo vello vela el “origen del mundo”.
Perdido en un olvidado almacén, un escorzo de rostro de cabellos color castaño, buscó durante años su perdido cuerpo.
—Parece que hoy, ya lo ha encontrado.
No se conocían ni siquiera de otra vida, como solía bromear Joaquín. Aunque desde hace un tiempo ,coincidían vigilando el museo cuando los visitantes abandonaban sus pasillos y el silencio invadía las salas. El horario nocturno, a los tres les resultaba inmensamente aburrido. En uno de sus encuentros, Francisco propuso convertir la noche en una divertida velada. Al dar las doce fue él quien dio el primer paso; frente al cuadro de Las Meninas, alzó un pincel, y convirtió a Margarita de Austria en una fiel servidora, cambiando los papeles entre ella y sus camareras. La respuesta fue rápida y Diego, con firme decisión ,dio a los chicos de la playa unas compañeras, no podía ser que los chiquillos estuvieran faltos de compañía femenina para jugar con las olas. Joaquín sin ser menos en aquella nocturna travesura, recogió el pincel y convirtió las bayonetas del fusilamiento del tres de mayo en guirnaldas de claveles. Tras las risas por este gesto tan pacifista, firmaron sobre las autenticas rúbricas, las obras modificadas. Así Las Meninas pasaron a ser de Goya y sucesivamente Velázquez, y Sorolla dejaron constancia de quien vigilaba el Prado.
Coincidieron en una gran exposición y ya no pudieron apartar sus miradas. No hicieron falta palabras, permanecer juntos fue suficiente. Los que les veían, notaban algo diferente, «han cambiado la luz», decían unos, «se ven radiantes», comentaban otros, y así pasaron los días.
Una tarde llegaron sin previo aviso. El contemplo’ atónito la escena, «la descolgaban, se la llevaban». No pudieron hacer nada por evitarlo. En el último instante, sus pensamientos se cruzaron, «nos veremos de nuevo, aquí mismo, o en otra pared».
Al final de la hora de Historia se me acercó el guapetón de la clase. Haciéndome alabanzas me propuso encontrarnos en el Prado para que le ayudase a preparar el examen sobre la pintura del XVI… también me insinuó que después le gustaría compartir conmigo otro “prado” y “otras bellezas”…
Llegué a la hora prevista… llamó diciendo que le había surgido un imprevisto… la verdad es que me daba igual: hacía mis apuntes y disfrutaba.
En un momento dado, vi que Paula, la empollona de la clase, estaba sentada en una de las banquetas llorando… me acerqué… descargó su corazón…
¡El muy cabrón la había dado cita como a mí utilizando los mismos argumentos! …Pero la pobre estaba “colada” por él…
En un relámpago me asalto la duda de si Estela, que también andaba por la sala, estaba por la misma razón… las tres reunidas comprobamos cuan inocentes éramos…
El día del examen oral, el guaperas espetó confiado:
“El Greco, seudónimo de El Bosco, pintaba con colores muy vivos, mujerzuelas, chihuahuas y naufragios”…
Toda la clase estalló en carcajadas…
…Entre risas habíamos urdido nuestra venganza, sabiendo que el muy tonto no comprobaría nuestros apuntes…
El mensaje decía claramente: “Te espero en la sala de Biología del Museo de Ciencias Naturales el sábado a las 17:30h. Firmado: tu enamorado anónimo.”
Expectante se preparó y acudió a la cita. Cuando llegó, descubrió perpleja que la puerta del museo estaba cerrada, en ella un cartel anunciaba: “Estamos de obras. Perdonen las molestias.”
Apenada, dio media vuelta y regresó a su casa caminando con su andar de oca y sus ciento veinte kilos tambaleándose. Se preguntó: “¿Quién habrá sido el bromista?”
CSI BILBAO
José Mari Urionakortaiturribidegoikoetxeberria –alias Txemuri- era, cuando no estaba chiquiteando ni en el futbol, el mejor detective de Bilbao. Su amigo el alcalde Azkuna le había llamado muy alterado. Puppy, el pequeño gran cachorro del Guggenheim, había desaparecido. La ciudad ya tenía bastante con San Mamés a medio construir y la Basílica de Begoña sin bodas. Debían encontrar al perrito sí o sí, antes de que se desatase el caos en el Botxo.
La ertzaintza había encontrado entre las raíces un cable adsl, por lo demás, ninguna pista. Txemuri, famoso por sus conjeturas extravagantes -provocados seguramente por el exceso de txikitos- pidió el listado de las últimas conexiones a internet.
Todo normal: Jardinerías online, AmigosdePuppy.com… ¿y esto? viajes en globo, niñas clonadas, glaciares con cadáveres, tesoros infantiles…
Temió que Puppy se hubiera perdido, o hubiese elegido, el mundo virtual. De pronto un post llamó su atención, consultó su reloj y sonrió.
-No se preocupen- dijo a las autoridades y policías congregados -Puppy está viniendo.
Allí los dejó con la boca abierta. Se encaminó hacia el Casco Viejo a desayunar unos pinchos, sabiendo que Puppy es una verdadera señorita de Bilbao, que se arregla con esmero cuando recibe visitas ilustres.
VENTANAS
El niño de cinco años salía de su primera visita al museo muy impresionado. Le dio la mano a sus padres y comenzaron a caminar rumbo al hogar. Los padres preguntaron al chiquillo si le había gustado el museo, el crío respondió que sí, y lo que más, que era muy grande y el montón de “ventanas” que tenía…
– ¿Ventanas?, pero hijo, no tenía ventanas.
El niño siguió hablando ensimismado.
– …A partir de ahora, haré más deberes de caligrafía y muchas cuentas de sumar, porque quiero estudiar para sacarme la carrera de “rico” y comprarme una casa, como esa que llamáis “museo”, y llenaré las paredes de ventanas y me asomaré cada día a una diferente. Así vería todo el rato lo que quisiera, como los relojes doblados en su país descolorido, me asomaría para intentar escuchar al hombre de la boca abierta que llamaban “El grito”, porque vosotros no me habéis dado tiempo porque teníais prisa, como siempre…
Eso es lo que voy a hacer.
EL RESTAURADOR
El doctor Morán medita en el asiento del vagón sobre las citas de los últimos meses: las salidas intempestivas del hospital, las disparatadas excusas al cirujano jefe… Tiene que parar esta locura cuanto antes, no debe arriesgar así su reputación.
Se baja del metro en Atocha y se encamina a toda prisa al museo. Tras identificarse en la entrada se dirige a la sala de restauración. «¡¡¡”La maja desnuda” preñada otra vez!!!». Indiferente a los lamentos del personal abre el maletín y dispone sus bártulos. Sin temblarle el pulso practica una incisión horizontal en el abdomen y extrae un feto chorreante de pintura. «Lo que habría que evitar a toda costa», se dice muy serio, «es un cuarto aborto; la tela no resistirá tantas puntadas».
Un rato después en el lavabo se aclara las manos teñidas de bermellón y se ajusta al cuello una pajarita que saca del bolsillo. Mira el reloj, todavía llega a tiempo al cóctel de esta noche. Da un lingotazo a su petaca de ginebra y decide que es el último favor que le hace a su amigo el director del museo. Hoy a más tardar le sugerirá que cambie a «Los borrachos» a otra sala.
RELATO GANADOR DE LA KEDADA
Son las 13 horas, 5 minutos, y poco a poco vamos formando un grupo frente al museo Guggenheim. Mua, mua ¿Qué tal? Nos reencontramos los conocidos y, mua mua ¿Así que tú eres fulanito/a?, saludamos al resto. Transcurren 10 minutos más y Jams, el organizador de todo esto no aparece.
Los servicios secretos de EE.UU., Reino Unido, Canadá e Israel alertados de nuestra cita envían a un agente de la ertzaintza para pedirnos la documentación.
Mel, en su papel de anfitriona, saca pecho y contraataca con su inequívoco acento euskaldún: “¿Qué pasa, pues? ¿Es que no estamos en un país libre, o qué?”
El ertzainza le dedica una mirada de condescendiente desdén. Relaxin relaxin, murmura y exige examinar los papeles que hemos atado con globitos. Casualmente saca éste mismo, y al leer el relato de todo lo que va sucediendo, presupone que se encuentra ante un comando de extraterrestres de mente superior que, por fin, han decidido personarse en el centro del mundo en lugar de en los EE.UU. como acostumbran. Simpatizando por ello con nosotros, resuelve dejarnos libres tras requerirnos no atacar el museo ni su insigne mascota.
Seguimos sin noticias de Jams.
Estamos planificando 2014… o algo así…
No sabemos aún si continuaremos ni cómo lo haremos, pero queremos agotar todas las posibilidades. Tenemos alguna propuesta y nos interesa valorarlas antes de tomar una decisión… aún estamos a tiempo.
Ya sabéis que nos gusta enredaros… No somos una web, somos un blog, y eso significa que la participación de tod@s es su fundamento, por eso queremos que participéis en todo esto con vuestras ideas e inquietudes.
Hace ya unos meses que me mudé a Stherling con la esperanza de rehacer mi vida. Sin embargo, cualquier intento por conseguirlo ha resultado esthéril. Todo me recuerda a ella. Por las noches duermo sobre su estherilla de playa. Veo una y otra vez aquellas películas con las que nos desthernillábamos de risa. Me sigo poniendo el jersey de poliésther que tanto le gustaba. Y por si fuera poco, he acabado cayendo en sus mismas adicciones. Ahora me fumo dos paquetes de Chesther al día y como sin ningún control. Me he abandonado totalmente. Apenas salgo de este esthercolero en el que se ha convertido mi casa. Ya no sé qué hacer. Ayer fui al médico para ver si me podía ayudar. Me dijo que vigilara el colestherol y me recetó unos estheroides para el asma. Además, me ha aconsejado que cambie mis hábitos y emplee el tiempo en otros menestheres. Lo he intentado, pero no puedo quitármela de la cabeza. Creo que ha llegado el momento de volver a encontrarme con ella,
pienso mientras me coloco el cuchillo a la altura del esthernón, dispuesto a escuchar, por última vez, los esthertores de la muerte.
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