¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


El mensaje decía claramente: “Te espero en la sala de Biología del Museo de Ciencias Naturales el sábado a las 17:30h. Firmado: tu enamorado anónimo.”
Expectante se preparó y acudió a la cita. Cuando llegó, descubrió perpleja que la puerta del museo estaba cerrada, en ella un cartel anunciaba: “Estamos de obras. Perdonen las molestias.”
Apenada, dio media vuelta y regresó a su casa caminando con su andar de oca y sus ciento veinte kilos tambaleándose. Se preguntó: “¿Quién habrá sido el bromista?”
CSI BILBAO
José Mari Urionakortaiturribidegoikoetxeberria –alias Txemuri- era, cuando no estaba chiquiteando ni en el futbol, el mejor detective de Bilbao. Su amigo el alcalde Azkuna le había llamado muy alterado. Puppy, el pequeño gran cachorro del Guggenheim, había desaparecido. La ciudad ya tenía bastante con San Mamés a medio construir y la Basílica de Begoña sin bodas. Debían encontrar al perrito sí o sí, antes de que se desatase el caos en el Botxo.
La ertzaintza había encontrado entre las raíces un cable adsl, por lo demás, ninguna pista. Txemuri, famoso por sus conjeturas extravagantes -provocados seguramente por el exceso de txikitos- pidió el listado de las últimas conexiones a internet.
Todo normal: Jardinerías online, AmigosdePuppy.com… ¿y esto? viajes en globo, niñas clonadas, glaciares con cadáveres, tesoros infantiles…
Temió que Puppy se hubiera perdido, o hubiese elegido, el mundo virtual. De pronto un post llamó su atención, consultó su reloj y sonrió.
-No se preocupen- dijo a las autoridades y policías congregados -Puppy está viniendo.
Allí los dejó con la boca abierta. Se encaminó hacia el Casco Viejo a desayunar unos pinchos, sabiendo que Puppy es una verdadera señorita de Bilbao, que se arregla con esmero cuando recibe visitas ilustres.
VENTANAS
El niño de cinco años salía de su primera visita al museo muy impresionado. Le dio la mano a sus padres y comenzaron a caminar rumbo al hogar. Los padres preguntaron al chiquillo si le había gustado el museo, el crío respondió que sí, y lo que más, que era muy grande y el montón de “ventanas” que tenía…
– ¿Ventanas?, pero hijo, no tenía ventanas.
El niño siguió hablando ensimismado.
– …A partir de ahora, haré más deberes de caligrafía y muchas cuentas de sumar, porque quiero estudiar para sacarme la carrera de “rico” y comprarme una casa, como esa que llamáis “museo”, y llenaré las paredes de ventanas y me asomaré cada día a una diferente. Así vería todo el rato lo que quisiera, como los relojes doblados en su país descolorido, me asomaría para intentar escuchar al hombre de la boca abierta que llamaban “El grito”, porque vosotros no me habéis dado tiempo porque teníais prisa, como siempre…
Eso es lo que voy a hacer.
EL RESTAURADOR
El doctor Morán medita en el asiento del vagón sobre las citas de los últimos meses: las salidas intempestivas del hospital, las disparatadas excusas al cirujano jefe… Tiene que parar esta locura cuanto antes, no debe arriesgar así su reputación.
Se baja del metro en Atocha y se encamina a toda prisa al museo. Tras identificarse en la entrada se dirige a la sala de restauración. «¡¡¡”La maja desnuda” preñada otra vez!!!». Indiferente a los lamentos del personal abre el maletín y dispone sus bártulos. Sin temblarle el pulso practica una incisión horizontal en el abdomen y extrae un feto chorreante de pintura. «Lo que habría que evitar a toda costa», se dice muy serio, «es un cuarto aborto; la tela no resistirá tantas puntadas».
Un rato después en el lavabo se aclara las manos teñidas de bermellón y se ajusta al cuello una pajarita que saca del bolsillo. Mira el reloj, todavía llega a tiempo al cóctel de esta noche. Da un lingotazo a su petaca de ginebra y decide que es el último favor que le hace a su amigo el director del museo. Hoy a más tardar le sugerirá que cambie a «Los borrachos» a otra sala.
RELATO GANADOR DE LA KEDADA
Son las 13 horas, 5 minutos, y poco a poco vamos formando un grupo frente al museo Guggenheim. Mua, mua ¿Qué tal? Nos reencontramos los conocidos y, mua mua ¿Así que tú eres fulanito/a?, saludamos al resto. Transcurren 10 minutos más y Jams, el organizador de todo esto no aparece.
Los servicios secretos de EE.UU., Reino Unido, Canadá e Israel alertados de nuestra cita envían a un agente de la ertzaintza para pedirnos la documentación.
Mel, en su papel de anfitriona, saca pecho y contraataca con su inequívoco acento euskaldún: “¿Qué pasa, pues? ¿Es que no estamos en un país libre, o qué?”
El ertzainza le dedica una mirada de condescendiente desdén. Relaxin relaxin, murmura y exige examinar los papeles que hemos atado con globitos. Casualmente saca éste mismo, y al leer el relato de todo lo que va sucediendo, presupone que se encuentra ante un comando de extraterrestres de mente superior que, por fin, han decidido personarse en el centro del mundo en lugar de en los EE.UU. como acostumbran. Simpatizando por ello con nosotros, resuelve dejarnos libres tras requerirnos no atacar el museo ni su insigne mascota.
Seguimos sin noticias de Jams.
Estamos planificando 2014… o algo así…
No sabemos aún si continuaremos ni cómo lo haremos, pero queremos agotar todas las posibilidades. Tenemos alguna propuesta y nos interesa valorarlas antes de tomar una decisión… aún estamos a tiempo.
Ya sabéis que nos gusta enredaros… No somos una web, somos un blog, y eso significa que la participación de tod@s es su fundamento, por eso queremos que participéis en todo esto con vuestras ideas e inquietudes.
Hace ya unos meses que me mudé a Stherling con la esperanza de rehacer mi vida. Sin embargo, cualquier intento por conseguirlo ha resultado esthéril. Todo me recuerda a ella. Por las noches duermo sobre su estherilla de playa. Veo una y otra vez aquellas películas con las que nos desthernillábamos de risa. Me sigo poniendo el jersey de poliésther que tanto le gustaba. Y por si fuera poco, he acabado cayendo en sus mismas adicciones. Ahora me fumo dos paquetes de Chesther al día y como sin ningún control. Me he abandonado totalmente. Apenas salgo de este esthercolero en el que se ha convertido mi casa. Ya no sé qué hacer. Ayer fui al médico para ver si me podía ayudar. Me dijo que vigilara el colestherol y me recetó unos estheroides para el asma. Además, me ha aconsejado que cambie mis hábitos y emplee el tiempo en otros menestheres. Lo he intentado, pero no puedo quitármela de la cabeza. Creo que ha llegado el momento de volver a encontrarme con ella,
pienso mientras me coloco el cuchillo a la altura del esthernón, dispuesto a escuchar, por última vez, los esthertores de la muerte.
Se anuda las zapatillas. Se ajusta la música a su brazo izquierdo. Sale por el portal y comienza a correr. La respiración se acompasa al ritmo de sus zancadas. No pensar. Escapar de uno mismo y de los pensamientos que azotan y atormentan. Por eso fija la atención en todo: el vecino y su ademán de saludo; pájaros que picotean migas de pan en la acera; el reflejo de sol en un escaparate (no mira la imagen que de él es devuelta por el cristal); la chica que chupa un helado en el parque.
El hombre como paradoja del tiempo. El tiempo. Alguien le ha dicho que es la medicina del alma. Empieza a no creerlo. No cura, ni arregla. Los días son solo una sucesión lógica porque al lunes le sigue el martes y a éste el miércoles. ¿Quién inventó ese orden? Pero él sigue herido y el tiempo no le cicatriza.
Está corriendo. Corre. Mañana también lo hará. Y cada vez al acabar, exhausto y derrotado comprobará que por más que corra y olvide ella no va a volver. Lo que resbala por su mejilla no sabe si es llanto o sudor.
Cuando papá y mamá se conocieron, ella era sacerdotisa en un templo de su pueblo natal en Japón. Recién casados, papá aceptó el puesto de director de una de las oficinas regionales en Latinoamérica de la multinacional donde laboraba. Al finalizar su contrato de trabajo, ambos acordaron radicarse en el país donde nacimos mi hermano mayor y yo.
Hace cinco años mamá murió. Papá estaba devastado y deprimido. Su soledad se acentuaba más debido a que mi hermano y yo, luego de trabajar en los negocios de la familia durante el día, asistíamos a la universidad en la noche, regresando muy tarde.
Papá insistía en que no sentía la presencia de mamá ni en la casa, ni en su tumba. Aseguraba que mamá había regresado al templo, que de joven, ella había abandonado por él. Papá necesitaba estar cerca de mamá, así que volvió al pueblo de ella, para estar en su compañía. Allí la siente en el viento, en cada campanada del templo, en cada árbol que florece, en cada ave que canta.
Mi hermano y yo decidimos volver al único lugar que conocemos como hogar, al lugar en donde nuestros recuerdos sienten la presencia de mamá.
Caminaba. Qué casualidad, siempre terminaba en la vieja esquina. Muchas fueron las veces que al llegar me daba vuelta, por temor a encontrarlo. Era mi lucha de querer y no poder. Esa tarde esperé frente al garaje. Cuando vi su figura caminando hacia mí, me escondí para que no me viera. Siempre quise enfrentarlo, confesarle cuanto había perdido, pero no me atrevía. Sabía que aquello que le negué antes ahora se lo daría sin cuestionamientos. Pero era tarde, el tiempo había volado y si antes temí las consecuencias, hoy el temor era vergüenza. Estaba igual, alto, delgado, la cabeza le brillaba, tenía hilos de plata. Esperé que el auto saliera y me dejé ver. Me miró con los ojos de aquel ayer que no podríamos olvidar. Lo saludé con la mano, él trató de arrimarse a la vereda. Como antes corrí, desaparecí dando vuelta la esquina y como siempre, lloré.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









