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Son las 13 horas, 5 minutos, y poco a poco vamos formando un grupo frente al museo Guggenheim. Mua, mua ¿Qué tal? Nos reencontramos los conocidos y, mua mua ¿Así que tú eres fulanito/a?, saludamos al resto. Transcurren 10 minutos más y Jams, el organizador de todo esto no aparece.
Los servicios secretos de EE.UU., Reino Unido, Canadá e Israel alertados de nuestra cita envían a un agente de la ertzaintza para pedirnos la documentación.
Mel, en su papel de anfitriona, saca pecho y contraataca con su inequívoco acento euskaldún: “¿Qué pasa, pues? ¿Es que no estamos en un país libre, o qué?”
El ertzainza le dedica una mirada de condescendiente desdén. Relaxin relaxin, murmura y exige examinar los papeles que hemos atado con globitos. Casualmente saca éste mismo, y al leer el relato de todo lo que va sucediendo, presupone que se encuentra ante un comando de extraterrestres de mente superior que, por fin, han decidido personarse en el centro del mundo en lugar de en los EE.UU. como acostumbran. Simpatizando por ello con nosotros, resuelve dejarnos libres tras requerirnos no atacar el museo ni su insigne mascota.
Seguimos sin noticias de Jams.
Estamos planificando 2014… o algo así…
No sabemos aún si continuaremos ni cómo lo haremos, pero queremos agotar todas las posibilidades. Tenemos alguna propuesta y nos interesa valorarlas antes de tomar una decisión… aún estamos a tiempo.
Ya sabéis que nos gusta enredaros… No somos una web, somos un blog, y eso significa que la participación de tod@s es su fundamento, por eso queremos que participéis en todo esto con vuestras ideas e inquietudes.
Hace ya unos meses que me mudé a Stherling con la esperanza de rehacer mi vida. Sin embargo, cualquier intento por conseguirlo ha resultado esthéril. Todo me recuerda a ella. Por las noches duermo sobre su estherilla de playa. Veo una y otra vez aquellas películas con las que nos desthernillábamos de risa. Me sigo poniendo el jersey de poliésther que tanto le gustaba. Y por si fuera poco, he acabado cayendo en sus mismas adicciones. Ahora me fumo dos paquetes de Chesther al día y como sin ningún control. Me he abandonado totalmente. Apenas salgo de este esthercolero en el que se ha convertido mi casa. Ya no sé qué hacer. Ayer fui al médico para ver si me podía ayudar. Me dijo que vigilara el colestherol y me recetó unos estheroides para el asma. Además, me ha aconsejado que cambie mis hábitos y emplee el tiempo en otros menestheres. Lo he intentado, pero no puedo quitármela de la cabeza. Creo que ha llegado el momento de volver a encontrarme con ella,
pienso mientras me coloco el cuchillo a la altura del esthernón, dispuesto a escuchar, por última vez, los esthertores de la muerte.
Se anuda las zapatillas. Se ajusta la música a su brazo izquierdo. Sale por el portal y comienza a correr. La respiración se acompasa al ritmo de sus zancadas. No pensar. Escapar de uno mismo y de los pensamientos que azotan y atormentan. Por eso fija la atención en todo: el vecino y su ademán de saludo; pájaros que picotean migas de pan en la acera; el reflejo de sol en un escaparate (no mira la imagen que de él es devuelta por el cristal); la chica que chupa un helado en el parque.
El hombre como paradoja del tiempo. El tiempo. Alguien le ha dicho que es la medicina del alma. Empieza a no creerlo. No cura, ni arregla. Los días son solo una sucesión lógica porque al lunes le sigue el martes y a éste el miércoles. ¿Quién inventó ese orden? Pero él sigue herido y el tiempo no le cicatriza.
Está corriendo. Corre. Mañana también lo hará. Y cada vez al acabar, exhausto y derrotado comprobará que por más que corra y olvide ella no va a volver. Lo que resbala por su mejilla no sabe si es llanto o sudor.
Cuando papá y mamá se conocieron, ella era sacerdotisa en un templo de su pueblo natal en Japón. Recién casados, papá aceptó el puesto de director de una de las oficinas regionales en Latinoamérica de la multinacional donde laboraba. Al finalizar su contrato de trabajo, ambos acordaron radicarse en el país donde nacimos mi hermano mayor y yo.
Hace cinco años mamá murió. Papá estaba devastado y deprimido. Su soledad se acentuaba más debido a que mi hermano y yo, luego de trabajar en los negocios de la familia durante el día, asistíamos a la universidad en la noche, regresando muy tarde.
Papá insistía en que no sentía la presencia de mamá ni en la casa, ni en su tumba. Aseguraba que mamá había regresado al templo, que de joven, ella había abandonado por él. Papá necesitaba estar cerca de mamá, así que volvió al pueblo de ella, para estar en su compañía. Allí la siente en el viento, en cada campanada del templo, en cada árbol que florece, en cada ave que canta.
Mi hermano y yo decidimos volver al único lugar que conocemos como hogar, al lugar en donde nuestros recuerdos sienten la presencia de mamá.
Caminaba. Qué casualidad, siempre terminaba en la vieja esquina. Muchas fueron las veces que al llegar me daba vuelta, por temor a encontrarlo. Era mi lucha de querer y no poder. Esa tarde esperé frente al garaje. Cuando vi su figura caminando hacia mí, me escondí para que no me viera. Siempre quise enfrentarlo, confesarle cuanto había perdido, pero no me atrevía. Sabía que aquello que le negué antes ahora se lo daría sin cuestionamientos. Pero era tarde, el tiempo había volado y si antes temí las consecuencias, hoy el temor era vergüenza. Estaba igual, alto, delgado, la cabeza le brillaba, tenía hilos de plata. Esperé que el auto saliera y me dejé ver. Me miró con los ojos de aquel ayer que no podríamos olvidar. Lo saludé con la mano, él trató de arrimarse a la vereda. Como antes corrí, desaparecí dando vuelta la esquina y como siempre, lloré.
… y decidió por fin quitarse el maquillaje para volver a ser la persona que había sido y que aquel que ya le parecía un extraño, había moldeado a su antojo sin apenas ella ser consciente de ello. Había confiado, había amado, había luchado y ofrecido todo. A cambió fue limada, esculpida, maquillada y cambiada por una escultura que para sobrevivir, tuvo que guardar su cálido corazón en el arcón congelador, para enfriarlo y conservarlo de todo aquello que la rodeaba y no entendía, para protegerse de esa envoltura que la hacía añicos. Pero ahora había decidido volver a calentarse bajo los rayos del sol, costase lo que costase. Volver significaba comenzar de nuevo y los comienzos, siempre le hicieron ilusión.
Una mañana de otoño y bajo unas nubes que amenazaban lluvia, cerró tras de sí la puerta para marchar lejos. Con paso firme y el alma henchida emprendió la bajada del sendero.
Alargó la vista a ambos lados del camino, las sombras de terciopelo y el susurro helador de los ramajes la envolvieron. Su ímpetu se difuminó con el frío y su silueta se fue languideciendo, encorvando, desdibujando, desplomando.
Antes de llegar al repecho, desde donde se avistaba el horizonte, paró. Dejó caer la pesada bolsa de lona en el suelo mientras las lágrimas rodaban por su cara.
La asió, dio media vuelta y subió de nuevo la cuesta sabiendo que en ese preciso momento su corazón había dejado de pertenecerle; al emprender él el camino y ella regresar.
Hoy he vuelto a la montaña para disfrutar de la naturaleza. El sendero comienza en la ladera sin dificultad, el olor aromatizado por jaras y tomillo lleva aire húmedo. El suelo bajo la arboleda se encuentra mullido, esponjoso y sobre él es fácil ver helechos y hongos, que como todos los años se hacen visibles y abren la puerta de un mundo mágico. El camino se va endureciendo y sobre los arroyos que han dejado de estar secos corre agua graciosamente regalando a mis oídos la musicalidad de su paso. Hago una parada junto a una roca que empieza a estar cubierta de musgo y desde allí observo como pequeñas nubes pasan impasibles, lentamente como avanzadilla de otras más poderosas que poco a poco llegarán. Sigo mi camino y voy ascendiendo hasta un gran mirador en donde desde la altura el valle se muestra coqueto y espectacular, en donde los tonos rojizos y amarillos destacan sobre los demás. El otoño como todos los años a su vuelta ha transformado en el bosque su verdor habitual en un estallido de color como el horizonte lo hace en su puesta de sol.
Una mañana cualquiera de su monótona vida, Gregorio desayunó frente al televisor, pero sin prestar atención a las noticias sobre sucesos y economía que estaban retransmitiendo.
Minutos después, delante del espejo, se aseguraba de que todo estaba perfecto:
Llevaba su mejor traje, los zapatos pulcramente limpios y se había afeitado para la ocasión.
El anuncio de trabajo del periódico parecía estar hecho para él:
SE BUSCA HOMBRE CON BUENA PRESENCIA, QUE DOMINE VARIOS IDIOMAS, CON DISPONIBILIDAD PARA VIAJAR Y SIN CARGAS FAMILIARES. OFRECEMOS TRABAJO FIJO EN UN SECTOR QUE NO CONOCE LA CRISIS.
Fue una suerte haberlo encontrado por casualidad, cuando después de tres años en el paro, rozaba el límite de la desesperación.
La dirección correspondía a una fábrica enorme en el centro de la ciudad, que parecía abandonada, pero de dónde no dejaba de entrar y salir gente.
El entrevistador, un hombre de aspecto siniestro, comenzó enumerándole las bondades del trabajo, tales como que viajaría por todo el mundo y conocería mucha gente.
Todo cobró un terrible sentido al abrir su nueva taquilla y encontrar una enorme guadaña dentro.
— ¿Es que no ha visto las noticias?, usted se suicidó ayer —susurró una voz detrás de él.
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