Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA MÚSICA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

Bienvenid@s a ENTC 2020 En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un relato que esté inspirado en LA MÚSICA... Bienvenid@
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24 DE SEPTIEMBRE

Relatos

428. EL DUENDE CUCUDRULU, de La Liebre

Cuando ves por primera vez un duende: el mecanismo de defensa física se te dispara automáticamente, calculando los riesgos posibles, con objeto de adelantarse a los acontecimientos y tratando de que sean lo menos dañinos posible. Es lógico que el cerebro ponga a todo el organismo en situación y prevención de soportar un acto peligroso o de riesgo, -cualquier prevención es poca- ante un riesgo, del que no sabemos calcular la intensidad de sus consecuencias vitales.   Dice el refrán: es preferible prevenir que curar…, o toda prevención es poca…   En definitiva te vuelves un autómata y es que todo tu cuerpo está en peligro y por ello dirigido automáticamente por tu Sistema Nervioso. Eres dirigido desde lo más profundo de tu ser y las defensas se preparan automáticamente para un posible riesgo o asalto. No podía distinguir quién era. Algo en mi interior me instaba a entablar un diálogo abierto con este ser desconocido. No veía nada que pudiera aclararme lo ignorado pero notaba en sus palabras un deseo de entendimiento, que jamás –posiblemente- había experimentado. Me trataba de igual, pero pronto desapareció entre la espesura del bosque al ver  a otro humano.                                            

428. EL CRIMEN, de Musgo 4

En el espléndido sol de la mañana, el gigante se hallaba dormitando plácidamente absorviendo la tibieza de sus rayos. Sus mil brazos parecían querer estrecharse para recibir el máximo de luz posible. Su sangre blanquecina fluía libremente, nutriendo todo ese cuerpo enorme.
A su alrededor, inmóviles compañeros de otras especies, también se dejaban bañar, indolentes, con gratitud por los haces dorados. Ninguno de ellos, sin embargo, podía emparejar su inponente altura.
El día transcurría lenta, apaciblemente, como lo habían hecho miles de otros días, semanas, meses y estaciones, por centurias.
Un persistente ronroneo distante, sacó al coloso de su letargo matinal. El crujido lejano de la madera al quebrarse lo puso en pasivo alerta.
Luego de un tiempo interminable por la angustia, vió finalmente emerger de la espesura al vehículo todo terreno con los sicarios ocupantes y sus máquinas.
El formidable roble se estremeció al ver que los asesinos lo señalaban entre el vasto grupo de árboles que habían crecido en aquel sector del bosque.
Supo que ese sería su fin, pero no llegó a comprender el motivo. El áspero sonido de las sierras lo hizo estremecer, dejando caer algunas hojas sobre el pastizal que pronto sería su lecho.

427. LA FIESTA, de Musgo 4

En un claro, en medio de aquel frondoso bosque al pie de las montañas, esa tarde era todo baile, risa y celebración. Los gnomos danzaban en círculos, dando saltitos a gran velocidad. Los duendes jugaban a las escondidas, riendo contínua y contagiosamente, mientras corrían a ocultarse por todos lados. Las hadas más jóvenes cantaban hermosas canciones agrupadas bajo un gran roble, en un coro celestial. Y las hadas madrinas estaban muy ocupadas sirviendo comida y bebida a los demás habitantes de aquel vergel.
Todo era cordialidad y festejo. Aquella comunidad no conocía el egoísmo o la envidia. Nadie tenía que sobresalir, pues absolutamente todo se compartía en forma ecuánime y cada uno cumplía una tarea indispensable para sí mismo y los demás.
De repente se escuchó un agudo silbido proveniente de las copas más altas de los árboles. En apenas unos instantes, todo fue prolijamente desbaratado y los festejantes desaparecieron en la espesura cercana. Ningún rastro indicaba que allí había tenido lugar una fiesta.
Un momento después, los dos caminantes aventureros aparecieron por uno de los bordes del claro. Se mostraban ansiosos y agotados. Contemplaron el lugar con sorpresa y satisfacción. Dejaron caer sus mochilas, decidiendo unánimemente acampar allí  mismo.

426. LLUVIA VERDE, de Musgo 4

Mientras el narrador hablaba, Pepe se abstrajo unos segundos para poder contemplar mejor su entorno. La tibia fogata danzaba en el centro de aquel anillo de caras anhelantes, la negrura de la noche lo envolvía todo, y el cielo de verano, en todo su esplendor, parecía gotear diamantes encendidos. Satisfecho, volvió su atencion hacia el relato.
– …Piensen que en esos tiempos, una gran parte de nuestro planeta estaba cubierta por hermosos bosques. Bosques de gran espesura en su suelo e imponentes árboles inmensos. Por eso, a nadie le extrañaba ver algun gnomo de vez en cuando, pués aunque son muy elusivos, eran tantos en cantidad, que siempre alguno podía ser avistado entre el follaje. Así, cuando los bosques empezaron a desaparecer y los gnomos a morir, no hubo tanto lugar en el cielo para alojar  todas sus almas. Un día de gran tormenta, cayo una lluvia torrencial en todos lados. Esa lluvia, queridos niños, fue de un color verde esmeralda…
Las caras fascinadas de los pequeños escuchas mostraban diferentes emociones. De pronto, Pepe sintio una gota fría caer sobre su hombro y luego otra en su cabeza. Levantó la vista al cielo y se sorprendió al  verlo súbitamente encapotado.

425. LA GUARDIANA DEL BOSQUE, de Jara Sarmiento

Acércate un poquito más, no te haré daño. Quédate en esa piedra. Cierra los ojos muy fuerte. Ábrelos y mira. Arriba se agrupan unas estrellas, y otras, rebeldes como tú, prefieren reinar en su patio de luces, solas. Y ahora abajo. Puntos de luz entre la hierba. Son las luciérnagas. Ya sé que quieres atraparlas, para eso viniste con tu tarro de cristal y tu tapa agujereada. Puedes, sí, pero no debes. Mira lo que ocurrió con el ciervo. Y no me digas que no te dolió. Todo por el cazador y su escopeta. Ya, que tenía hambre. Pero tú no tienes. Tú eres frágil, un cuerpo liviano que mueve las hojas de los árboles y engaña a los niños haciéndoles creer que es el viento. Te puedes alimentar de bayas y de setas. Hace noches que no oigo el ulular del búho. Hace días que no veo a la liebre ni al tejón. Deja ya de molestar a las criaturas, o te mando de vuelta al País de Nunca Jamás, con Peter Pan, para que te dé una buena zurra por haberle robado la mermelada. Te hablo en serio, mi querida Campanilla.

424. NATURALEZA VIRTUAL, de Lobo Blanco

Elías quería jugar a las escondidas en un bosque, en un bosque de antaño donde todo era tan verde y natural. Mágico.
Su cumpleaños se acercaba y les había pedido a sus padres que lo llevaran a uno como regalo. Recordaba la sorpresa que esto les había causado, de seguro pensaban que pediría una consola de video juegos de ultima generación; pero no, Elías quería sentir algo real en un mundo donde todo cada vez era mas virtual.
El día había llegado, sus padres le dijeron que tenían una sorpresa y que lo llevarían a un lugar que le gustaría. Se pusieron barbijos para salir, Elías sabia que en el bosque no lo necesitaría, ahí el aire era puro.
-Llegamos- le avisó su padre. Para decepción de Elías no lo habían llevado a un bosque sino a un museo.
Entre reproches y lloriqueos llevaron al niño a la sección naturaleza y lo hicieron entrar a una sala donde las paredes eran gigantescos televisores que simulaban ser parte de un bosque. Lágrimas mojaron las mejillas de Elías, lagrimas reales en un bosque virtual. Nada mágico.

423. NUESTROS NOMBRES, de Belladona

Fuimos juntos a la salida del colegio, cada uno con su bici, tu una Bh, cada día un parche, te decía yo, la mía una Orbea, siempre se estropea, me contestaste riendo.
Era un bosque más de los que rodeaban el pueblo, pero aquel día parecía distinto, más verde, más brillante, el sol se filtraba entre los árboles y nosotros jugamos a escondernos, una ardilla curiosa nos observó durante unos segundos, luego siguió a lo suyo. Cansados nos sentamos debajo de un enorme pino, y por unos minutos permanecimos en silencio, de repente te levantaste y te vi buscar algo por el suelo, al momento sonriendo volviste y te pusiste a raspar el tronco del árbol, grabaste nuestros nombres en él, para siempre me dijiste y yo no supe que decir, solo mirarte muy seria. El sol empezaba a ponerse y tuvimos que volver, en el camino de vuelta, fui feliz, quizás como nunca después lo he sido.
Ahora en mi puño cerrado, guardo la punta herrumbrosa con que escribiste nuestros nombres, espero, el sol no tardará en caer.

422. EL SUEÑO DEL BOSQUE, de Leming

–           ¡Qué horrible pesadilla, madre!  Anoche soñé que estaba perdido en un bosque negro, tenebroso, de árboles altísimos y muy juntos, entre los que apenas pasaba forcejeando con sus lisas cortezas. El suelo era blando, viscoso, y si lo herías manaba sangre que corría hasta formar un río carmesí. Yo me caía dentro del río, ¡y no podía llegar a la orilla!
–           No tengas miedo, hijo, fue solo un sueño. Nuestro gran Dios, al crearnos la raza superior, nos dotó de poderosos anticoagulantes que detienen la sangre de nuestro alimento; por eso nosotros, los piojos,  viviremos por siempre felices sin temer el ahogo ni el hambre. Y ahora, a seguir comiendo…

421. FUMAR MATA, de Coto de Caza

La estampida de las fieras al crepitar las ramas, la confusión de aleteos y plumas en el aire… Nada de eso llega a tus oídos. Apenas percibes un remoto olor a madera y follaje quemados. Si mirases por el retrovisor, divisarías a lo lejos una nube de humo y cenizas —te recordaría a esa niebla que arruina tus batidas de caza— que envuelve el tapiz de ocres y naranjas hasta cubrirlo por completo.
Indiferente, sigues con tu rutina. Elevas el volumen de la música, pisas a fondo el acelerador y enciendes otro cigarrillo.

420. DESESPERANZA, de Gato Montés 3

Dicen que uno está irremediablemente muerto en el mismo momento en que se percata de que ya no es un niño, de que nunca volverá a serlo.
En ese mismo instante, nuestro bosque desaparece, deja de ser ese lugar maravilloso en el que esconderse; el espacio protector que se extendía a lo largo y ancho de todo el barrio y donde las madres, oteando desde la atalaya de una ventana,a grito pelado reunían a sus crías para la merienda reparadora…
El muchacho inocente que soñaba con un beso de su compañera de 4º d EGB, ahora es incapaz de encontrar la vereda para llegar al bosque; se mira en el lago del cristal y sólo alzanza a ver reflejado en él, a un animal herido por el tiempo:
La espesa bruma de la mediocritud nos arrebató el arte de navegar en los charcos.
Para paliar sus efectos descorazonadores, le hablamos a un dios en el que ni siquiera creemos porque no hay nadie más a quien suplicar que vuelva a salir el sol; porque no hay nadie al otro lado del teléfono que pueda arrancar de nuestra piel el acre olor a eterna deseperanza.
Estamos solos.

419. POR UNA SONRISA, de Trasgo

Le devolvió la sonrisa. Jamás hubiera pensado que aquel bichejo asqueroso pudiera despertar en él un sentimiento tan profundo. Y volvió a sonreír, para comprobar que realmente su corazón no le estaba engañando. No lo hacía.
Dumdum abandonó la casa y se dirigió a lo más recóndito del bosque. Allí se encontraba su hogar, entre ramas de arbustos. El trasgo se echó a descansar sobre una enorme seta roja. Y volvió a pensar en ella. Su carita redonda, su pelo dorado, sus grandes ojos verdes, tan verdes como los suyos, y esos dientes, blancos como el nácar… La imagen le resultaba horrorosa, pero la sonrisa le siguió pareciendo sincera.
Hacía muchos años que día tras día, al atardecer, el pequeño duende regresaba a aquella casa para hacer de las suyas: ruiditos a medianoche, cambios del lugar de las cosas, insoportables goteos de grifos. Pero esta noche era distinta. Dumdum volvería cuando anocheciera sólo para ver dormir a aquel ser. Sus papás siempre le habían advertido de los humanos, pero pensó que quizá ella fuese distinta…

418. BRAVOS Y BRILLANTES, de Hayedo66

Teníamos la costumbre de subir a sentarnos en el adarve del muro que rodeaba la huerta de los padres de Martín. Allá, dominando ese pequeño mundo con nuestra mirada, solíamos compartir a menudo unos chorizos crudos con algo de pan que Chino sustraía hábilmente de la cocina de su casa.
Exceptuando al sonido del aire hilvanando vibrante las ramas del hayedo que se extendía ante nosotros, nada  se oía desde esas alturas. Ni siquiera a nosotros masticar aquellos manjares con la boca tan llena que no cabía más en ella. Nos mirábamos, asentíamos con la cabeza señalando los chorizos y seguíamos disfrutándolos mientras nuestra atención se perdía a lo lejos, más allá de donde alcanzaba la vista.
El aire llegaba templado, tan confortable que invitaba a adormecer los sentidos, a cerrar los ojos y perderse en aquella placentera sensación: atronaba el viento a nuestros oídos, y nos parecía estar cubiertos entre sus brazos; no existía el tiempo, pues era tan extenso como aquél bosque que teníamos ante nosotros; ¿para qué medir y preocuparse de lo que tanto teníamos?
Nuestro pelo se agitaba bravo y brillante, iluminado por el reflejo dorado de todo aquello que veíamos eterno…