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El columpio todavía se movía, arrastrado por una fuerza invisible, cuando llegamos a casa. Una leve sombra cruzó la frente de mamá, mientras abría la puerta. El árbol de Navidad brillaba en la oscuridad. En la chimenea dos leños se abrazaban consumidos por el fuego. Hacía un calor insoportable y otra vez las fotos descoloridas estaban esparcidas por el sofá. Mamá las recogió cuidadosamente y ya iba a guardarlas en su caja cuando cayó una. La de siempre. Esa en la que papá no dejaba de sonreír.
Bernardo tiene siete años y una tiza de color rojo sin estrenar. La encontró a la salida del colegio; quizá era parte del botín de alguno de los mayores que escriben con colores en la pizarra.
El único sitio donde Bernardo puede dibujar es en el camino asfaltado que lleva de la verja a la puerta del garaje. Hoy no puede entrar en casa porque se le olvidó la llave. Así que durante toda la tarde se dedica a trazar sobre el cemento, gastando la tiza lentamente.
Casi anochece cuando llega el coche de su madre. Los faros iluminan un instante el menudo cuerpo recostado en el suelo, antes de detenerse. Bernardo está dormido, encogido como un erizo.
Ella baja del coche con una sonrisa cansada, y se detiene junto al niño. Sólo entonces ve el dibujo: una pecera gigante donde nada un cardumen de diminutos peces rojos y, en el fondo, una caracola en cuyo interior se esconde ovillado el cuerpo de su hijo.
El sanguinario capitán Morgan jamás sintió piedad. Tras el abordaje y saqueo del galeón capturado, los hombres fueron pasados por la quilla hasta morir. Las mujeres, ultrajadas, heridas, arrojadas al océano pasto de los tiburones. Sólo quedó una niña pequeña a quien incluso las leyes piratas respetaban. Pero no Morgan. Ordenó atarla con cabos a la proa, a la suerte de la espuma de mar.
El rey Neptuno, conmovido por la crueldad pirata, acudió en su auxilio pero fue tarde. Desató entonces su furia arremolinando los mares, engullendo madera y sangre. La marea sólo devolvió a tierra el cadáver infantil cuajado de algas y estrellas de mar, mortaja regalo de las profundidades.
El Dios Eolo, ofendido por la ruptura del pacto de no interferencia, exigió como tributo a la más pequeña de las hijas del rey del mar. Desde entonces, los hombres tallan mujeres amuleto en la proa de los navíos, y los delfines siguen eternamente patrullando las olas, por si ella regresa.
El lugar permanece exactamente igual que hace cincuenta años. Aquí conjugamos su ansiedad y mis deseos, firmando un documento que nos ha mantenido unidos por el hilo invisible de mi juramento. Parece que fue ayer. Recuerdo perfectamente aquel día en el que, sin volver la vista atrás, huí atesorando en mis manos los secretos de la eterna juventud y la felicidad plena. Confiando en mi promesa de entrega eterna, el pobre diablo se sumergió en las profundidades de un averno oscuro que acerté a vislumbrar detrás de sus pupilas.
Mereció la pena.
He alcanzado la fama y el reconocimiento. He saboreado el poder y la gloria. He navegado por cuerpos hermosos, alcanzando cotas de placer indescriptibles. He adorado mi perfecta imagen, incorrupta y bella a partes iguales. Por ello, ni un sólo día de mi vida me he arrepentido de lo que hice.
Él no podrá decir lo mismo.
Aquí le espero.
He vuelto, como le prometí, dispuesta a cumplir mi parte.
Sin embargo, cuando su satánica majestad asome al abismo de mis entrañas comprenderá que no tengo nada que ofrecerle.
A fin de cuentas, es de todos sabido que soy una auténtica y completa desalmada.
«Los 32 es una buena edad sí. La fuerza de la juventud todavía domina la vida, además los sueños son amplios, como el horizonte«
Ernesto sigue buscando la documentación y el bolígrafo azul.
-¿Dónde pondría los malditos papeles?
«A los 41 la seguridad va ganando terreno. Sabes lo que quieres, el cuerpo se mantiene razonablemente hermoso y deseante«
– » La documentación está aquí, a mi derecha, por fin la tengo a mano\»
Ernesto intuye , por fin,una leve sonrisa en su cara.
«Los 17, volver a los 17 se quedaría en un puro acto romántico. Demasiada inquietud, tantas dudas. Esa edad la dejo para la canción, sería un craso error«
Ernesto sigue sin encontrar el boli, la caja estrecha, aunque cómoda y limpia tendría que facilitarle la búsqueda.
Ahora no siente necesidades, antes del amanecer debe firmar el contrato. Recuerda que antes de la firma debe pactar las condiciones. Después sólo le queda VOLVER.
Después de dos siglos desde que se dio por perdido el mercante «Willian Penn», el mascarón de proa que representaba al indio Tamanend fue hallado en una playa de Filadelfia. Con métodos avanzados, un grupo de científicos hemos estado restaurando la figura. La talla ha recuperado su esplendor original y el habla. En el lenguaje de los indios «Delaware» nos ha narrado cómo se fueron a pique.
«Nos aproximábamos a las costas de Noruega cuando vimos acercarse una polvareda de agua que me recordó las estampidas de los búfalos, me sentía cabalgando a lomos de mi caballo sobre la pradera, la espuma de las olas en mi rostro eran como crines al viento. Mas de pronto, el mar se encabritó, se formó un huracán y caímos en un inmenso remolino, un acantilado de agua girando a mucha velocidad por cuyo vórtice se veía el lecho marino».
Cuenta que murieron todos los marineros y que solo él se salvó al desprenderse del casco. Dice que durante estos años se mantuvo a flote por su cuerpo de roble y que ha surcado los mares arrastrado por las corrientes hasta regresar a su tierra.
Los científicos no le hemos creído.
El cielo amaga esa cerrazón tan propia del final del verano, tan de playas desiertas, tan de ánimos hueros. Así que el salón, expuesto a través de un par de ventanas, permanece sin embargo casi en penumbra a esta hora temprana de la tarde.
Ninguno de los dos ha querido levantarse a encender siquiera una lamparilla que pueda servirles de faro en esta travesía que recién comienza. Bajo esos visos septembrinos, se ocultan avergonzados. Ella desde una esquinita del sofá, con la costura entre las manos, y él desde el borde inquieto de una silla, se miran furtivos -con ese inocente rencor de los enamorados- cuando adivinan que el otro no está mirando. Poco tienen ya que decirse. Mientras ella le ha implorado mil veces que no se vaya, otras tantas ha tratado él de convencerla de que es la única posibilidad para evitar el desahucio. Ambos entre lágrimas.
Junto a la puerta, un par de maletas llenas de miedo.
En cuanto suene el timbre, Ulises la abrazará, susurrará tres veces que la quiere y jurará llamarla en cuanto llegue a Francia y se instale.
Ya se huele el otoño. Hay más nubes que ayer y una brisa más fresca.
María, “la Lirio” volvió en el tren de las cinco de la tarde a su pueblo, desprovista de su estrella dorada y de los aplausos en los teatros abarrotados. Para la ocasión, lució un vestido negro de Chanel y un chiguagua a juego. De esa guisa y sin equipaje, se apeó en la estación abandonada y, por un instante, recordó la despedida que tuvo cincuenta años antes. Sus padres, el alcalde, la banda de música, el pueblo entero, y hasta el sol, no fueron avisados de su presencia. Con lágrimas en los ojos y el can atado a una correa, inició el lento caminar a sus orígenes. En las primeras calles empedradas, no se percató de que su vestido se coloreó de flores vivas, Lulú se transformó en una cabrita silenciosa y su figura anciana se rejuveneció. En la fuente seca, sin ninguna alma que pudiera reconocerla, ya pasó velozmente y canturreando coplillas como la pequeña Antoñita Luján que fue. E, irremediablemente y para su regocijo, a su casa llegó convertida en una dulce brisa del sur, para incrustarse, entre llantos de alegría, en el retrato olvidado de familia, mientras en la iglesia las campanas repicaban a muerto ilustre
La escasa luz y la soledad hicieron que me sintiese actuando ante una congregación de fantasmas que en aquel momento estuviesen aplaudiendo mi aparición. Por un momento creí ver a alguien cruzando la entrada que yo atravesé una vez, pero me sobresaltó una sirena lejana que parecía estar presentando mi número a gritos. A pesar de todo me reconfortó el sonido familiar.
El local estaba cerrado, ni siquiera el eco de mi presencia habitaba allí. Una sensación a lugar muerto me oprimía, pero solo podía esperar a que abriesen.
Me pregunté sonriendo qué pensaría Rosa cuando aquel mago me hizo desaparecer.
A.B.S. comenzó su carrera siendo apenas un barbilampiño chaval.
Tantas horas vivió en la calle que sabía reconocer, aún con los ojos cerrados, en qué esquina, plaza o calle se encontraba.
Supermercados, farmacias, bares, joyerías, coches… Cualquier lugar era bueno.
Fue sumando penas hasta convertirse en el preso con más condenas de su galería.
Y así, consumiendo vida, logró saldar su cuenta.
Cuando escuchó el cierre de la verja a sus espaldas se imbuyó del fresco aroma de la libertad. Pero ahora la ciudad era otra. Marchó despacio observándolo todo… Hombres y mujeres caminando, mecánicamente, por fríos carriles imaginarios en uno y otro sentido, deprisa, sin mirarse apenas las caras.
Por primera vez, en mucho tiempo, se sintió perdido…
Semanas después, un hombre que respondía a las siglas A.B.S., fue detenido cuando se disponía a atracar una Caja Rural. Un policía de paisano se percató del incidente y redujo al anciano, que no opuso resistencia.
Con sus antecedentes fue devuelto de inmediato a su celda.
Regresó feliz mientras, esposado, recorría los trillados corredores girando el cuello y reclamando las miradas cómplices de sus amigos, su gran familia, a los que saludaba elevando sus cejas en un gesto de arraigado cariño.
– Mamá…
– Dime hijo.
-¿Qué es volver?, mañana lo daremos en clase.
– Es regresar de donde partes.
– ¿Papá volverá?
– No cariño.
– ¿Por qué?
– Porque está en el fondo del mar y no hay camino de vuelta.
– Ya. Cuando se fue su barco, la estela que dejaba era el camino que desaparecía…
¿Por eso no puede regresar?
– Sí hijo, por eso.
– Mamá, ¿estás llorando para hacer un camino de lágrimas hasta papá?
– ¡…!
– No lo hagas mamá, secaré tus lágrimas porque si no…, tampoco podrías volver.
No quiero regresar. Y me aferro con fuerza a sus brazos. No es mi madre, pero quisiera que lo fuera. No es mi país, pero aquí podría ser feliz. No vería más la guerra, el dolor, la miseria y la huida.
Tengo que volver, no hay otra solución. Debo agradecer mi suerte pero no puedo. Odio a todos, a los unos por destrozar mi infancia, y a los otros, por enseñarme que hay otra forma de vida, que difícilmente tendré.
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