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Hubo juicio en el bosque. La expectación era máxima. Las mariposas agitaron fuertemente sus alas para aliviar al personal del sofocante calor mientras que las luciérnagas proporcionaban iluminación al tribunal. El Juez, el respetable escarabajo pelotero, abrió la sesión y expuso los cargos. Existió una gran controversia y el jurado mantuvo largas deliberaciones. Saltamontes y cucarachas se decantaban por una condena mientras que mariquitas y libélulas estaban a favor de la absolución. Poco a poco, los adeptos a la ejecución fueron aumentando. El bello alegato final del abogado grillo, que apeló al respeto a la naturaleza de cada ser y que hubiera emocionado hasta al gusano más rastrero, no surtió efecto. La mantis religiosa fue condenada por parricidio y sería ejecutada por la mañana. Las hormigas se frotaban las antenas.
Nok Suphavadeprasit siente que algo extraño le sucede. Se ha quedado en la oficina terminando el trabajo pendiente, pues no puede permitirse que el señor Chakrabongse, su jefe, le despida: toda la familia Suphavadeprasit depende del sueldo de Nok.
Permanece concentrado mirando la pantalla del ordenador cuando advierte que algo le pasa a sus dedos. Al mirarse la mano sólo ve una especie de palo negro cubierto de pelos. “Estoy agotado”, piensa, por lo que se levanta y abandona la oficina. Cuando pasa junto a Lawan, el portero, éste le mira de forma rara. Ya en la calle, unos chiquillos gritones le persiguen. Descubre aliviado que su nueva configuración anatómica le permite escalar paredes y muros.
No puede abrir la puerta de su casa, por lo que da unos golpes. Su hermanita grita cuando le ve. Entonces aparece su padre y le mete dentro. Nok trata de explicar lo que ha sucedido, pero sólo puede emitir sonidos ininteligibles. Su padre no deja de observarle.
–Creo que en el mercado de insectos nos darán 2.500 bahts por él –dice.
Cuando Nok Suphavadeprasit se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.
Días atrás capturó una hormiga soldado. La guarda en un pastillero de nácar que le cogió a su madre. Una mañana, mientras se supone que estudia, la suelta sobre la página 165 del libro de Biología. En esa página aparece una lámina de un ser humano sin piel, con las tripas abiertas. La hormiga entra por su pie izquierdo. Esa misma tarde, durante las clases particulares, dejará caer un lápiz al suelo y rozará con su mano el pie izquierdo de su profesora adolescente. Cada día repite el juego. Una mañana la hormiga perfora la página. Se mete dentro de la cabeza de la figura desollada. Por la tarde, interrumpiendo a destiempo sus explicaciones, el niño le dice a su profesora que se ha enamorado.
La hormiga muere. En el pastillero hay un punto negro y quieto. Es la madre de la chica la que llama para decirle que no vuelva, que a su hija le ha surgido un imponderable. El niño busca en el diccionario la palabra Imponderable: “Que no puede pesarse”, lee. Y sin embargo él siente que se hunde de tanto peso. Hace un agujero y entierra el pastillero de nácar. Con la hormiga soldado dentro.
La mujer que se iluminaba por dentro caminaba siempre desnuda y envuelta en una nube de polillas. Había sido una muchachita normal, pero un día, sin saberse cómo ni porqué, amaneció emitiendo aquella luz intensa que atraía a los insectos y quemaba los tejidos. Con los años se había acostumbrado a vivir sin pudor y hasta sin palabra, pues en cuanto abría la boca se atragantaba con sus mariposillas. Así, con su mudez impuesta, la desdichada pasaba las noches insomne a causa de su propia claridad, y los días buscando sin que nadie supiese lo que buscaba. Abría y cerraba los cajones. Entraba en la iglesia y en el ayuntamiento. Subía a los árboles para husmear en los nidos de los pájaros. Jamás descansaba.
Aquella noche me la encontré registrando mi jardín. En medio del silencio y los insectos se podía escuchar cómo sollozaba quedito. Entonces se me ocurrió la feliz idea: extendí el dedo índice, pulsé con firmeza en su ombligo, y con un leve ¡clic! la mujer se apagó de inmediato.
—¡Lo has encontrado! —exclamó alborozada. Y me besó muchas veces sin quemarme, como cuando éramos novios, mientras las polillas huían revoloteando hacia las farolas del pueblo.
Cada hora que pasa el calor es más asfixiante. Los insectos revolotean alrededor de los cadáveres como una jauría de lobos hambrientos. El hedor es irrespirable y el sol parece un soplete. Cada vez somos menos y hace días que se han terminado todos los víveres. En el grupo comienzan a aflorar las fricciones. Iñaki, sin avisar, se ha bebido el agua de la única cantimplora. María no se fía de nadie y se aleja unos metros hasta una duna que se alza en el horizonte como un peñasco gigante. Aitor, con su rostro demacrado y su asma, parece el más débil. Tal vez no llegue a mañana. Un buitre se acaba de posar junto al cuerpo de Mamen. Algunas puertas nunca deberían abrirse. El responsable de recursos humanos de la empresa lo dejó muy claro: para el puesto de auxiliar administrativo sólo podía quedar uno.
Cuando comenzó su vuelo aquella mariposa tenía sus alas transparentes, de color azul cielo. Volaba por los jardines saludando a las flores más bellas, era cálida, dulce, romántica. Con el paso de los años todavía vuela por el jardín, pero ahora de vez en cuando tiene que refugiarse entre los matorrales porque algunos insectos, la persiguen con su aguijón para clavárselo haciéndole daño. Sus alas se han tupido, perdiendo el color, su vuelo ya no es tan alto. Oprimida se siente. Pasó de ser una mariposa a una libélula y en un estanque se quedó.
La carta llevaba una mariposa como sello. Sin abrirla liberó al insecto. Luego quemó el estorbo y dejó volar su imaginación.
http://unamariposacomosello.blogspot.com.es/ –http://maresdepeces.blogspot.com.es/
Hubo muchos. De complexión atlética y músculos hercúleos. De aspecto aniñado y fragilidad infantil. Descarados. Tiernos. Apasionados. Canallas. No podía evitar el impulso de hacerlos suyos, cada uno tenía un atractivo, un punto diferente, algo misterioso, ella acudía a la llamada de sus instintos y hasta que no los tenía entre las sábanas no hallaba la paz. Empezaron los rumores. Los silencios a su paso. Se corrió la voz y el tiempo desde su última conquista ganaba casillas en el calendario. Todos la rehuían. Hasta que llegó aquel joven espigado y vigoroso con aire bohemio y algo despistado; con dificultad por el idioma consiguió explicar que estaba de paso; pero se quedó, se rindió a ella fascinado. No llegó a saber que la apodaban Mantis.
Le esperaba. Lleva todo el día rondándome con su timidez, aprovechando la más mínima ocasión para cruzarse conmigo, para tocarme. Finjo estar dormida mientras escucho como se desliza de forma sigilosa por la oscura habitación. Siento un sudor frío que refresca como un riachuelo cada una de mis vértebras.
Él también está nervioso, indeciso. Roza la tersura de mis muslos a través de la sábana, luego mi vientre. Pero no se decide. Noto que se distancia de mí por un breve instante que se me hace eterno.
Vuelve. Esta vez se acerca con todo su aplomo, seguro de sí mismo. Me acaricia el brazo. Se detiene. Yo ya no puedo contenerme más. Abro los ojos. Le miro fijamente. Me abalanzo con el brazo que me queda libre hacia él.
No puedo evitar esbozar una pérfida sonrisa de satisfacción al ver cómo ha caído rendido a mis encantos. Una mujer sabe muy bien cómo debe usar sus armas. Sobre todo el matamoscas.
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