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Preferiría no hacerlo, pero al final lo hice, me arrepentí en el mismo momento que la sangre empapaba mis manos, abriendo hueco a la desdicha, haciéndose notar en cada poro. Ahí estaba el charco que el amor había dejado, ya sólo quedaba la huella del recuerdo de lo que un día fue ese sentimiento tan perverso que penetraba en mí doliendo, sin ningún derecho a hacerlo, sé que él preferiría no haberme herido, pero también lo ha hecho. Adiós amor, ya nunca más me volverás a doler.
La multitud agolpada en el muelle se dispersó dejando un estrecho pasillo para que pudiera pasar. Se hizo un silencio más y más denso a cada paso que daba. Subí a la pasarela y avancé tembloroso hacia el barco. Había llegado de madrugada, con las velas de cruz rasgadas y el mascarón de proa enmohecido. Llevábamos meses sin tener noticias del galeón, así que la gente había empezado a inventar historias sobre su naufragio o su captura por parte de los piratas. Pero ninguna de esas leyendas se acercaba a la realidad.
Tuve que taparme la nariz, el olor era nauseabundo. Olía a muerte. Subí y miré alrededor. Los cuerpos en estado de putrefacción, lamidos por el sol y la sal, se amontonaban por toda la cubierta. Sus rostros estaban carcomidos y sus ropas deshilachadas. Seguí avanzando hacia la popa. Entonces empezó a cantar. Parecía una canción popular para arrullar a los bebés. Subí las escaleras y la vi bajo el mástil de mesana. La niña pareció no advertir mi presencia. Arrodillada en el suelo, con el cuerpo de una mujer en sus brazos, seguía cantando su nana de la muerte mientras cepillaba los cabellos del cadáver.
Blog: @MicroRadon
» ¿ Te cuento un secreto ?
La semana pasada maté a Dios.
Sin anestesia.
Simplemente extirpé de mi alma el trozo infecto que había convertido en su hogar, y lo arrojé a los cerdos.
No, hijo mío, no me arrepiento.
Jamás le pedí nada, pero ¿ Qué ocurrió cuando lo necesité de verdad?
Me dio la espalda como una rata.
¡ No le defiendas !. Es un soberbio. Un maldito trilero que juega con cartas marcadas.
Sí. Ahora nos falta la luz.
Pero un día, no muy lejano, llegará la primavera. Y me pondré, de nuevo, mi vestido de flores. Y volveremos a sonreír. Te lo prometo, mi niño.
Ahora te cantaré una nana, aunque preferiría no hacerlo pues me duele muchísimo la garganta, pero comienza a anochecer y tú tienes que dormir.«
La mujer canta dulcemente.
Poco a poco apaga su voz, hasta convertirla en un susurro.
Después se incorpora y, caminando de puntillas para no hacer ruido, sale del cementerio.
He venido -siguió contándole al agente- tolerando su compañía como se acepta la imposición natural de las cosas; como el frío invernal o los dolores del parto. Era una especie de apéndice difuminado, una presencia muda que tras desaparecer cada tarde al vencerse el sol, regresaba sin embargo con los mismos arrestos empecinados con la amanecida, siguiéndome a cada paso e imitando como un simio enseñado cualquiera de mis gestos. Aunque lo intenté, jamás me acostumbré a ella.
Y es que soy hija única, huérfana y además me he hecho a estar sola, con lo que era inevitable que al final su impertinente constancia terminara resultándome insufrible. Así que le pedí que se marchara. Fue en vano. Si mil veces le rogué, otras tantas se mostró flemática, llenando con la grisura de su mirada su desafiante silencio.
Hasta que ayer no pude más y la maté. Hubiera preferido no hacerlo, lo juro, pero hágase cargo… Y enmudeció entre sollozos.
El policía le acercó entonces un pañuelo y le posó una mano conciliadora en el hombro. Cálmate, mujer, y dime qué has hecho con su cadáver. Se lo preguntó con ese tono amable y paternal del que parece entender las razones.
_Los caminos por donde deambulan nuestros pasos están llenos de polvo,lo que hace pensar que los recuerdos que siembran esas huellas son pasto del olvido.
Así comenzaba la carta que Don Segismundo Bloz le mandó a la doncella Blanca Liz la cual acababa de desflorar la noche anterior.
A continuación seguía:
_De todas formas hermosa joven aún podemos volver sobre nuestros pasos y recuperar alguno de esos recuerdos.
La respuesta de la joven doncella no se hizo esperar y rezaba así:
_Siento mucho decepcionarle señor,pero este manjar que es mi cuerpo no volverá a ser catado por vos.
Don Segismundo Bloz encolerizado por la respuesta de la joven lanzó su flecha envenenada y le recordó lo acaecido diciendo:
-«Preferiría no hacerlo» pero si vos no accedéis a mi petición «colgaré» en Youtube todo lo sucedido en el pajar entre nosotros y entonces veremos la reaccion de toda la corte a la que pertence vuestra familia.
La joven escandalizada por los argumentos expuestos y viendo peligrar su honra accedió a la petición y recuperaron alguno de los pasos ocultos por el polvo del camino y de esos escarceos nació el amor tan denostado por ambos.
Era una sucursal pequeña, solo 4 trabajadores, llevaban muchos años juntos y a pesar de sus pequeñas diferencias habían aprendido a trabajar con respeto y alegría.
Todos los días habían rumores, eran solo eso rumores, y así un año tras otro.
Esta semana el director esta de muy mal humor, no para de hablar por teléfono.
Desde fuera se le oye decir “PREFERIRÍA NO HACERLO”.
No hacer ¿Qué?
Él sabe que aunque preferiría no hacerlo, no hay elección, el informe lo necesitan antes de final de mes. Ha escrito en un folio una especie de test, ¿Quién está más preparado para buscar un nuevo trabajo? ¿Quién tiene más cargas familiares? ¿Quién puede adaptarse mejor a otro tipo de trabajo? …
Sabe que haga lo que haga nunca sabrá si era lo adecuado, lo más conveniente. Perderá a un amigo, también a muchos clientes que lo considerarán injusto. Él no tiene la culpa pero tiene que hacerlo, él necesita el trabajo y tiene que seguir aunque otro caiga, pero ¿Quién? ¿Cómo?
La presión es muy fuerte.
¡Por favor ayúdenme!, no tengo elección, yo también tengo familia.
Ahí estaba otra vez. Tenía que darle esquinazo. Cada vez era más insistente y ni en sueños lo abandonaba. Al principio era un murmullo apenas audible, pero había ido creciendo y adoptado un tono intimidatorio con un deje burlón bastante irritante. Probó a plantarle cara con otra más firme y grave que le replicara cuanto adujera, pero era peor, ahora ambas voces pujaban por llevar la razón y no cesaban en su duelo por alzarse con ella. Una insistía con su machacón: “gallina, no hay huevos” y la otra contestaba: “es humillante, preferiría no hacerlo”. Tenía que acallarlas o acabarían con la poca cordura que aún conservaba. En mitad de estas cavilaciones una tercera voz reclamó su atención: la de su mujer, que sin miramientos y con un tono firme y seguro le decía: “toma el teléfono, marca el número y di que NO, que por mucho que peligre tu empleo no estás dispuesto además de hacer diez horas al día en la oficina, a salir los sábados disfrazado para publicitar el producto. Que se busquen otro pollo”.
Cada día me siento en el banco de piedra frente al rio. En la otra orilla, los ábsides erguidos y las ménsulas de la cornisa en canecillos esculpidos de la iglesia románica, me acompañan. El lugar es tan tranquilo. El sonido constante de la bravura del agua me hace imaginar el sinfín de gotas apresuradas, como si unas y otras, en espuma blanca, sobresaltadas por encima de las rocas, quisieran llegar cuanto antes al mar abierto para liberarse. Aquí leo, me relajo, reflexiono. Me invento el eco del campanario de espadaña que dejó de repicar. Me acaricia la brisa fresca que baja de las altas montañas. Miro la tierra que acoge bajo su suelo, epitafios in memoriam de antepasados y afirmo que es un paraje ideal para descansar eternamente, pero…prefiero no hacerlo.
Preferiría no hacerlo, pero no hay vuelta atrás, esta vez sí que me voy. Con la mochila a mi espalda colgada me dirijo sin rumbo fijo a donde mis pies quieran conducirme. No seguiré planos ni cartas de navegación, tan sólo mi corazón. Me guiaré por las estrellas en la noche y acompañaré al sol durante el día. ¿Descansar?, sí, cuando mis pies no quieran seguir dejando huellas en el barro. Conversaré con las gentes que encuentre aquí y allá, saludaré a los que adelante por el camino y hablaré con algún forastero que vea perdido.
Preferiría no hacerlo, pero esta vez sí que te dejo. Quédate con tu casa, con tu coche y tus sueños que no son sino pesadillas enjauladas que se repiten. Quédate esperando a que algún hada te toque con su varita mágica o que la fortuna llame a tu puerta como el vendedor ambulante. Sigue sentado en el mullido sofá que tienes de compañero inseparable y sigue hablándole de tus sueños e inquietudes que se diluyen en el agua del vaso que bebes.
Preferiría no hacerlo, pero ahora sí que te abandono.
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