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Un arrebato interno, minúsculo e insignificante, se había apoderado de sus venas, y como un fluido oculto y palpitante, había ido a parar a sus pupilas, que comenzaban ya a dar muestras de cierto agobio y decaimiento. Habíale colmado de tal modo la impotencia que no tuvo otra opción que aquella de bajar resueltamente los ojos, claudicando así al intento de explicar, no lo que sus palabras habían dado a entender , sino lo que en realidad querían decir. Acudió para ello en ayuda del gesto, de las manos, que formando en el aire un invisible ovillo, no contribuyeron sino a confirmar aquel curioso enjambre que en su interior había comenzado a enmadejarse. Podía haberle ayudado. Sabía cómo hacerlo, pero por no delimitar sus palabras, de forma que no encontrasen lindes ni fronteras, dispuse entre sus ojos y los míos como un cordel imaginario, tan cierto y tan presente, que pensé por un momento que podía verlo. Yo me senté a su lado y esperé. Él, con una voz incierta, sólo acertó a decir: “Yo no quería, yo…….simplemente, lo hice”. Y se marchó
Cuatro niños tocaban sus pitos al compás de un concertista invisible. Sabían de antemano cada sonido, cada entonación y cada ritmo. Se les podría acompañar con más instrumentos y de seguro sería el grupo de ángeles más hermosos jamás escuchado y visto. Pero lo único que querían era parar el desalojo, a trompetazos, como el cuento que les relató mamá.
Sólo cumplo órdenes, debo acabar la misión-me grita- elegí estar dentro de la trinchera, quiero dejar de ser un hombre sin identidad, un lobo solitario. Quiero convertirme en un mártir capaz de realizar gloriosos episodios de activismo. Suéltame-. Y salpica de saliva el estrecho visor de mi casco.
No podemos abortar, he seguido escrupulosamente el protocolo y revisado las reglas tácticas una y otra vez: el suicida está inmovilizado, tumbado en un espacio abierto donde, en caso de explosión, los daños serán menores.
Estamos él y yo. Ahora, la mano me tiembla lo justo para mantener el pulso, llegado este momento siempre pienso que preferiría no hacerlo.
“Azul”, e imagino la mar, la vida creciente y los ojos de mi esposa.
“Rojo” y sólo veo sangre, fanatismo, el alma desactivada.
“Azul” y percibo en él, la mirada de la ballena, del traidor, la muerte y la detonación.
“Rojo” y me asalta la pasión, el deseo, un amanecer y los zapatos de baile de mi hija.
En mi hoja de servicios nunca tuvo lugar la duda ni el fracaso, en gran parte de eso dependía mi vida.
“Azul” y ahora siento como mi cabeza apartada del cuerpo vuela y vuela.
Aunque aún no había llegado el momento, en mi cabeza ya estaba dando vueltas aquella idea. Algo sangrante, pero era la solución. El día menos pensado será.
Amigos de la infancia siempre juntos; compartiendo todo menos la chica de mis sueños. Siempre cenábamos los tres, sus ojos fijos no paraban de mirarme.
Día y noche necesitaba estar más cerca de Ana. Aquella mañana nos despedíamos de ella, su rostro reflejaba pánico; sabiendo que el día se podría tornar de color gris.
Vestidos de camuflaje, y con las escopetas en sus fundas, nos pusimos andar hacía el monte. Tras caminar varias horas por senderos y barrancos, allí estaba bebiendo agua en el rio el tan preciado ciervo.
Entonces supe que era mi momento, desenfundé mi escopeta poniendo el dedo en el gatillo, a la vez que susurré: preferiría no hacerlo. Ana es la mujer de mi vida y quiero pasar el resto de mis días con ella.
El ruido del cartucho dejó mi mente en blanco.
– ¡Arponéala de una maldita vez! –gritó, enloquecido, Ahab.
– Preferiría no hacerlo –contestó Bartleby con tranquilidad pasmosa y sin intención de abandonar el remo.
– ¡Manda al infierno a ese condenado demonio! –rugió el anciano, golpeando con su pata astillada el fondo del bote.
– Preferiría no hacerlo –repitió Bartleby con su proverbial apatía, sosteniendo el brillo diabólico y demente en la mirada del capitán cuya obstinación los había llevado a tan crítica situación.
La tripulación vitoreó al marinero cuando volvió a escucharse, elevándose por encima del rugido del mar embravecido, su celebrado “prefería no hacerlo” para luego, ya a bordo del Pequod, remojarlo en ron.
Cuando Moby Dick escuchó aquel “Preferiría no hacerlo” de labios del capitán Ahab, la blancura de su piel de cetáceo se transmutó en un color ceniciento. ¿Desde cuándo el circunspecto lobo de mar se daba por vencido con tanta facilidad? ¿Acaso había tal abundancia de cachalotes blancos en los siete mares como para renunciar tan a la ligera a su persecución? Si el capitán del Pequod prefería no seguir navegando en su busca, toda la tripulación se quedaría sin trabajo y regresaría a Nantucket. ¿Y qué sería de Ismael? ¿Quién le llamaría por su nombre cuando la melancolía terrestre le atrajese hacia la parte acuática del mundo? ¿Y qué le ocurriría al vigía de turno? ¿Se quedaría sin su doblón de oro y vería acallado en su garganta el grito de “¡Por allí sopla!”?
P.D.: Estimado señor Melville:
Creo más apropiado que utilice la susodicha frase en el relato que está preparando sobre el escribiente, y cuyas primeras páginas ha tenido la bondad de dejarme leer en primicia. Realmente, no veo la gracia de incluirla en el diálogo de mi “antagonista”, a menos que desee alterar profundamente la estructura de la novela.
Su seguro Leviatán, M.D.
Sintió cómo su cuerpo y su mente eran sacudidos de forma contundente, hasta el punto de dejarlo flotando entre las nubes. Nubes blancas, azules, grises, naranjas… Vapor de letras que descargaban sobre un mundo lleno de paraguas y tejados.
Cerró el libro.
– Entra que te vas a empapar.
– Preferiría no hacerlo, le respondió a su mujer.
Y voló.
Se concentraron como tantas otras veces.
En el centro, amigas, Gloria, Mariana, Desireé…
En los laterales, el resto. Caras de preocupación, gestos de preocupación, pensamientos de preocupación: cuándo acabará este goteo.
Y el sol en medio, como una bestia solidificada en lo alto. Habría salido temprano, sí, pero ahí seguía implacable, como un apósito de verano, hasta la correa del reloj chinchaba. ¡Qué horror!, llegaremos a 43, hay que beber agua, dicen.
— Pobrecilla, dependencia afectiva, no podía dejarle —comenta Ángel, gerente de la conservera.
—Sí, es como dejar el crack, imposible —remata Juan, el contable.
En la esquina Mariana se desgañita: ¡Sí se puede, sí se puede, sí…!
—Calla, chica, no ves que sólo se te oye a ti. Además eso no toca hoy. Haber traído flores —grita Desi, desde atrás.
—Cómo que no. A Domi le han sugerido perejil si quiere seguir embotando —desafía Mariana—, y a Lauri la han botado.
Suena el cuarto en el reloj de la iglesia. Mientras resoplan el final del homenaje hacen visera con la mano y miran rabiosos al sol, como si fuera el culpable de no saben qué.
Pero él sigue su curso implacable aunque, a veces, preferiría no hacerlo.
– ¿Sabe Doctor? Me gustaría dejarlo; de verdad, olvidarme de todo y dedicarme a otra labor que consiguiera llenar el vacío que en muchas ocasiones me deja este trabajo.
– Hablemos de ello; ¿Saben en su empresa como mejorar las condiciones de su puesto aplicando los principios de la ergonomía?
– Mucho me temo que solo están interesados en la producción.
– Entiendo. Dígame en que trabaja para poder tener un punto de vista más próximo.
– Está bien Doctor; aunque ésta es la parte que mas me desagrada iré al grano. Mi labor consiste en llevarme las almas de este mundo; lo llevo haciendo desde que los hombres existen y salvo en contadas ocasiones, le puedo asegurar que el mío no es un trabajo que levante demasiadas alegrías entre ustedes.
– Tengo que confesarle que no es usted el tipo de paciente que recibo habitualmente, pero aún así trataré de ayudarle.
– Lo entiendo y se lo agradezco Doctor; pero también debo reconocerle antes de que siga con su dictamen que hoy no he venido a verle solo por terapia.
– Comprendo. Verá; después de escucharle mi obligación sería seguir aplicando mi código deontológico, pero entre usted y yo, y si me lo permite, preferiría no hacerlo.
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