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Era una sucursal pequeña, solo 4 trabajadores, llevaban muchos años juntos y a pesar de sus pequeñas diferencias habían aprendido a trabajar con respeto y alegría.
Todos los días habían rumores, eran solo eso rumores, y así un año tras otro.
Esta semana el director esta de muy mal humor, no para de hablar por teléfono.
Desde fuera se le oye decir “PREFERIRÍA NO HACERLO”.
No hacer ¿Qué?
Él sabe que aunque preferiría no hacerlo, no hay elección, el informe lo necesitan antes de final de mes. Ha escrito en un folio una especie de test, ¿Quién está más preparado para buscar un nuevo trabajo? ¿Quién tiene más cargas familiares? ¿Quién puede adaptarse mejor a otro tipo de trabajo? …
Sabe que haga lo que haga nunca sabrá si era lo adecuado, lo más conveniente. Perderá a un amigo, también a muchos clientes que lo considerarán injusto. Él no tiene la culpa pero tiene que hacerlo, él necesita el trabajo y tiene que seguir aunque otro caiga, pero ¿Quién? ¿Cómo?
La presión es muy fuerte.
¡Por favor ayúdenme!, no tengo elección, yo también tengo familia.
Ahí estaba otra vez. Tenía que darle esquinazo. Cada vez era más insistente y ni en sueños lo abandonaba. Al principio era un murmullo apenas audible, pero había ido creciendo y adoptado un tono intimidatorio con un deje burlón bastante irritante. Probó a plantarle cara con otra más firme y grave que le replicara cuanto adujera, pero era peor, ahora ambas voces pujaban por llevar la razón y no cesaban en su duelo por alzarse con ella. Una insistía con su machacón: “gallina, no hay huevos” y la otra contestaba: “es humillante, preferiría no hacerlo”. Tenía que acallarlas o acabarían con la poca cordura que aún conservaba. En mitad de estas cavilaciones una tercera voz reclamó su atención: la de su mujer, que sin miramientos y con un tono firme y seguro le decía: “toma el teléfono, marca el número y di que NO, que por mucho que peligre tu empleo no estás dispuesto además de hacer diez horas al día en la oficina, a salir los sábados disfrazado para publicitar el producto. Que se busquen otro pollo”.
Cada día me siento en el banco de piedra frente al rio. En la otra orilla, los ábsides erguidos y las ménsulas de la cornisa en canecillos esculpidos de la iglesia románica, me acompañan. El lugar es tan tranquilo. El sonido constante de la bravura del agua me hace imaginar el sinfín de gotas apresuradas, como si unas y otras, en espuma blanca, sobresaltadas por encima de las rocas, quisieran llegar cuanto antes al mar abierto para liberarse. Aquí leo, me relajo, reflexiono. Me invento el eco del campanario de espadaña que dejó de repicar. Me acaricia la brisa fresca que baja de las altas montañas. Miro la tierra que acoge bajo su suelo, epitafios in memoriam de antepasados y afirmo que es un paraje ideal para descansar eternamente, pero…prefiero no hacerlo.
Preferiría no hacerlo, pero no hay vuelta atrás, esta vez sí que me voy. Con la mochila a mi espalda colgada me dirijo sin rumbo fijo a donde mis pies quieran conducirme. No seguiré planos ni cartas de navegación, tan sólo mi corazón. Me guiaré por las estrellas en la noche y acompañaré al sol durante el día. ¿Descansar?, sí, cuando mis pies no quieran seguir dejando huellas en el barro. Conversaré con las gentes que encuentre aquí y allá, saludaré a los que adelante por el camino y hablaré con algún forastero que vea perdido.
Preferiría no hacerlo, pero esta vez sí que te dejo. Quédate con tu casa, con tu coche y tus sueños que no son sino pesadillas enjauladas que se repiten. Quédate esperando a que algún hada te toque con su varita mágica o que la fortuna llame a tu puerta como el vendedor ambulante. Sigue sentado en el mullido sofá que tienes de compañero inseparable y sigue hablándole de tus sueños e inquietudes que se diluyen en el agua del vaso que bebes.
Preferiría no hacerlo, pero ahora sí que te abandono.
—Sí, si me la recuerda…— contesté a Luis mientras paseábamos, excitados por el parecido, junto a la orilla del rio. Observamos mejor a la mujer; igual forma cansina de andar, hombro derecho claramente caído, misma pierna izquierda delgada por la polio, ese extraño pandeo de brazos… “Es nuestra hija, es Elisa”, soltamos sin reservas. “Si está en prisión solo cabe pensar que ha escapado”, espetó Luis nervioso.
Hubiera preferido no hacerlo hoy, pero… no pasaba gente y quise asegurarme. Mi marido, temeroso, prefirió no hacerlo y tuvo la ocurrencia de marcharse; me abstuve de razonarle; reuní fuerzas y grité — ¡Elisa!— Ella giró bruscamente su corpulencia dejándome ver su nariz chata y el flequillo descuidado. Me observó como si todo le diera igual. Titubee ante sus pasos desequilibrados; sorbía o lamia algo sobre un papel de plata que lanzó al viento. Al tenerla cerca vi su bigote y el pantalón ceñido; ¡le marcaba bulto de paquete! Me pasmé del sobresalto y con la saliva indigestada vomité.
Aunque el asco solivianta, por fin le hable. Me abofeteaba cuando tres policías vocearon en la altura del puente. “Quietas… ¡No lo hagas Elisa!”; mis manos no la sujetaron; aprovechó para suicidarse y huyo.
El día que nací, mis padres no estaban presentes. Él promocionaba su primera novela firmando autógrafos en unos grandes almacenes. Mamá insistió en acudir al acontecimiento pese a que papá quería que diese a luz normalmente. Ella dijo que preferiría no hacerlo alegando que ya llegarían más hijos, y lo de publicar más libros estaba por ver…
En fin, que vine al mundo sólo. Pero no me desanimé, tenía toda la vida por delante para compartirla con ellos. Error. Mi padre logró fama y nos abandonó por una tal “botella”; en esa época me enseñó a gatear…
Mamá se apuntó a unos cursos de autoayuda para superar la situación, encuéntrate a ti mismo o algo así, lo malo es que no le gustó lo que vio y se perdió del todo. Otra vez más estaba solo, pero me vino bien, empecé a contar estas cosas y la gente me pedía más y más anécdotas de mi vida, preferiría no hacerlo, pero me pagan una pasta, hasta me han ofrecido un contrato indefinido, ¿cómo humorista?, no hombre no, que ruina… escribo discursos para los políticos.
― Venga Juanito levántate, tienes que ir al colegio.
― Mamá, preferiría no hacerlo.
― Mira, Juan, o estudias o te pones a trabajar, pero así no podemos seguir.
― Madre, preferiría no tener que decidirlo.
― Cariño, ya no aguanto más: o nos casamos, o nos vamos a vivir juntos, pero esto de vivir con los padres ya me sobrepasa.
― Preferiría no moverme.
―Oiga, Juan, tiene usted que decidir: si quiere dedicarse a la empresa de cuerpo y alma o quedarse en casa.
― Gracias, Don Cosme, pero preferiría no tener que escoger.
― Yo me casé para, entre otras cosas tener hijos, y ahora tú pareces evadirte.
― No sé, Cari, aunque preferiría no tenerlos.
― No es nada personal, créame, pero o paga usted al banco o tengo que desalojarle de la casa.
― Me hago cargo, agente, pero preferiría no irme
― Lo siento, Don Juan, pero tiene usted que comprenderlo: con 90 años la medicina no puede hacer mucho más.
― Gracias, doctor, pero prefiero irme ya.
Todo empezó cuando Ezequiel nos exigió que le compráramos un coche de gama alta. Mi mujer y yo siempre le hemos dado todo lo que ha pedido para que su existencia sea lo más placentera posible pues nosotros, que venimos de familias humildes, sabemos lo que es padecer carencias de todo tipo en esta vida. Al poco de nacer ya le colmamos de atenciones, le dimos la mejor educación posible y le comprábamos lo mejor de lo solicitado. Es posible que su nivel de exigencia haya aumentado en los últimos meses, pero antes se conformaba con necesidades o caprichos más mundanos. Y nuestra desesperación ha hecho que tomemos una drástica determinación: a raíz de su última petición hemos decidido matarlo. Es insoportable el ruido que causa entre el vecindario desde que mostramos nuestra reiterada negativa a complacerle, además come compulsivamente y aunque siempre ha hecho sus necesidades donde ha querido, ahora las esparce con el pico, sacándolas de la jaula. Sí, hemos decido eliminar a nuestro papagayo aunque, sinceramente, preferiría no tener que hacerlo.
Enredos de emociones danzan en su memoria. Confinada a un mundo de fantasías donde la luna es la reina de su «palacio».
«La loca del cencerro» —la llaman—. «Benita, la hija del churrero» camina sola por el sendero del «olivar viejo», en su mano izquierda porta una campana y en la derecha un ramillete de margaritas.
Dando brincos hace sonar la esquila —quizá la oiga— Entona canciones infantiles, sonríe a pajarillos, juega con conejos imaginarios, deshoja pétalos: «volverá, no volverá, volverá, no volverá —canturrea— mientras anochece. »
Benita escuchó a sus padres, discutir por última vez, la madrugada del 19 de agosto de 1980. Genaro amaneció con la cara hundida en el perol de los churros. Flora, —su madre—se las ingenió para ocultarle la verdad.
— ¿Ha ido a rescatar a alguna dama?— inquirió con la voz quebrada, Benita. Flora, asintió sin más. «Preferiría no hacerlo… —musitó— con los ojos llorosos. » Genaro, incansable narrador de cuentos, inventaba para ella, mil historias: escuderos, bufones, reyes, dama, templarios… protagonizaban sus aventuras.
Tal vez, Benita decidió esperarle. La princesa Anastasia aún permanece encerrada en el castillo del brujo…
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