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Cogió el martillo y golpeó con cuidado. Con el mismo cuidado con el que vivía. Cuidado de no enfadar a papá, de no provocar una queja en clase, de no molestar a los vecinos —sus impecables trenzas y su dulce mirada se reflejaban receptivas—. Cuidado en el trabajo, en el matrimonio: mejor callar que dar un escándalo —sus labios rojos y su espalda recta reverberaban complacencia—. Cuidado durante el embarazo, por la salud del bebé —dejó de trabajar, de quedar con las amigas…, engordando sola ante el espejo— ¡Cuidado cómo vistes, cuidado con lo que haces y dices!… Golpeó más fuerte, sin modales. ¡A cara descubierta, con su legítima sonrisa! Otro martillazo, otro y otro. ¡Rompiendo aquella imagen! Con fuerza, sin cuidado. Hasta que el pasado aprendido se quebró en un espejimo de esquirlas.
Hastiada de la realidad, atravesé el espejo con la esperanza de encontrar un mundo mejor que el mío. Encontré en él una réplica exacta de mi habitación, pero simétrica. Mi reflejo me recibió con alegría: “Te estaba esperando, verás cómo esto te gustará”. Sin darme tiempo a reaccionar, salió fuera del espejo y me dijo adiós con la mano; yo le respondí como una autómata. Desde entonces solo existo cuando ella se encuentra en el dormitorio. Esclava de sus caprichos, por la mañana he de maquillarme con esa nueva barra de labios que ha comprado y me pintarrajeo con sombras de ojos chillonas, vulgares. Abre la puerta y desaparece tras ella, e instantáneamente, me desintegro en la nada. Cuando cada noche regresa y se acerca a mirarme con sonrisa triunfal, cómo le envidio esa vida que yo no supe saborear. Me acuesto cuando me contagia sus bostezos, aunque yo no tenga ni pizca de sueño. Ayer volvió con los ojos enamorados y no lo pude resistir más. Le pregunté a qué sabían los besos. Se acercó a mis labios y los besó. Yo solo sentí el frío del cristal y un estremecimiento de soledad y rabia rompió el espejo.
No soporta ver su escuálida figura reflejada en el espejo. Ya no se arregla, se muestra descuidada y huidiza en el trabajo. Todos los días recorre los pasillos del hospital arrastrando los pies y los pacientes ni siquiera levantan la vista para verla pasar. Se dirige como siempre a la sección de neonatos, del mismo modo que un adicto acude a por sus dosis. Se acurruca en una esquina y observa durante horas a los recién nacidos. No se atreve a tocarlos, ni siquiera se acerca a ellos. Simplemente observa sus movimientos, el ruido de su respiración, el alegre sonido de sus primeros gorjeos…. Y siente un escalofrío de vitalidad que le recorre todo el cuerpo.
Sale de allí mareada, confusa. Se mezcla entre el gentío de la abarrotaba ciudad y vuelve a casa sin fijarse en el camino que toma. Se desploma en su sillón favorito y se cubre con un manto de silencio. En un rincón reposa su oxidada guadaña.
Su relación estaba condenada al fracaso. Él no la trataba bien, siempre se reía de ella sin motivo aparente y disfrutaba menospreciándola, por las mañanas sobre todo, y al acostarse, sin proporcionarle una tregua, su único propósito era mofarse de las pintas con las que se enfilaba a la cama. Ella, tan susceptible, sucumbió a sus artimañas y empezó a evitarlo. Dejó de vestirse para él: abandonó sus alegres prendas floreadas que la distinguían como la hija de la primavera y se instaló en la oscuridad del invierno; rehuyó su desnudez y la escondió para sí, avergonzada por esos kilos de más que se adquieren por la buena vida y los efectos naturales del paso del tiempo. ¡Qué tonta con lo hermosa que tú eres!, le replicaba cuando se desahogaba y compartía conmigo su pesar. Y como la quiero tanto y sus lágrimas son mi cruz, decidí poner el punto final a su tormento. Me presenté ante él, me lo cargué al hombro y lo bajé a la calle para que el primer camión de recogidas de escombros hiciese mi trabajo. Desde entonces, no más espejos que se interpongan en nuestra felicidad.
Como una reina de corazones se sabe bella y presume como una duquesa en sus fiestas de anfitriona. Acaricia al gato, compañero en sus largas noches de soledad, donde triste añora las que tuvo de pasión desbordando el río del amor. Un conejo blanco aparece por detrás invitándola a seguirle. Duda, no sabe qué hacer. Va tras él. Se pierde en túneles de asfalto donde suena la música de algún garito sórdido. Una puerta se abre y sale un sombrerero quien con un guiño levanta su chistera y una explosión de color a modo de confites inunda el escenario como si de un mago se tratase. Edificios grises adornan las calles vacías donde la naturaleza asoma en forma de desnudas ramas de famélicos árboles que danzan abrazados con el viento. El rey de la noche sale a su paso ofreciéndola un vaso de aguardiente que le quema la garganta. Se queda muda, un grito se ahoga en su interior. Quiere gritar más fuerte, no puede. El gato salta de sus brazos en busca de un mejor refugio. Se mira al espejo y comprueba que todo sueño ha sido.
A saber qué lío se traen las plañideras con el niñato imberbe, que si esta es tu madre, que si este es tu hijo, si lo sabrá él.
…uff, lo peor es lo del cuello.
…el tolosabe me llama ladrón, pero él es un fiasco, mírenlo ahora.
…jamás bebí sangre de niños.
…el soldadito ha ganado la túnica, tres seises en los teserae.
…debe de ser la hora sexta, veo perfectamente mi sombra, han debido de ponerme algo en la cabeza, como una cornamenta, beee.
…vaya tormenta que ha caído.
Cuando todos se han ido, vienen unos muchachos invertidos y me bajan. Dicen que me darán instrucciones. ADios. Recojo los dados medio derretidos por el sol, se me quedan grabados en la mano. Qué cruz.
El «estudio diáfano, céntrico» del anuncio resultó ser una antigua carbonera rehabilitada con una ventanita encima del fregadero; eso sí, orientada al sur. Para dividir espacios hice instalar un tabique hasta el techo, con espejos por ambos lados. Daba tal sensación de amplitud que decidí colgar otro detrás del cabecero. El viernes, para la inauguración, descorché unas botellas de sidra con los amigos. Cuando ya nos despedíamos, Diego insistió en que no podía conducir, que veía doble, y se quedó en casa. En mi cama. No me dejó dormir en todo el fin de semana. Insaciable, practicaba todo tipo de posturas, excitado con nuestras imágenes reflejadas. El lunes ni nos levantamos; el martes se acabaron las provisiones de la nevera; así que el miércoles, en el despacho…
Allí estaba yo, vacía de mi misma, mirándome en el espejo, escudriñado cada palmo de mi fisonomía. No quería quedarme en lo superficial, necesitaba traspasarme ver si desde mi interior existía alguna posibilidad de volver a inventarme. Estaba perdida en esa profundidad, sintiendo la levedad de mi ser.
Al verla lo vi claro, era el diablo. Labios rojos, vestido marcando sus lunares y un perfume que enseguida te enmorcillonaba. Me acerqué y le dije, mire usted, quisiera venderle mi alma. No, no estoy loco, pero no tengo novia, ni creo que ya la tenga. Así que, lo mejor es que usted me lleve, y que haga conmigo lo que quiera. No quiero morir sin más. Sí, esto que ve es lo que parece. Es cosa de su colonia. Por lo visto es muy buena. Ahí sonrió. Cogiéndome de la pechera, me sacó por la puerta de atrás. Entonces, descubrí su rabo. Me lo arrancó todo. Todo. Feliz, quise darle las gracias. Pero no pude; por donde me vació de alma, me había sorbido también la voz.
Nunca alcancé el lago en mitad del desierto. Cuanto más caminaba aquella senda polvorienta y más quemaba el sol, más se alejaban aquellas acacias reflejadas en la orilla, espejo vibrante en el horizonte. Inalcanzable horizonte. Añoré las nubes, añoré la lluvia y el barro. Soñé soltar los plomos que atenazaban mis tobillos y poder volar, ligero, volar hasta el mar. Caminar más allá de la realidad.
| JAMS, Sotirios Moutsanas, Jesús Redondo Lavín, Susana Revuelta, Saly, Nuria Casado y Javier Ximens |
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