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Conocí a Luisa en primero de básica, donde juré convertirme en su paladín y defenderla de malvados villanos. Los años pasaron y mi amor creció como mi afan de protección. A mis dieciséis, seguía siendo su paladín… sólo su paladin.
Su llamada me sorprende, desde la desaparición de Antonio no me dirigía la palabra. Su vida ha sido un ir y venir constante. Pienso que simplemente quería huir de mi, pero el destino me ha hecho desplazarme casualmente a los mismos sitios que ella.
La cafetería está concurrida. Dice que no puede seguir, que su vida no es vida. Y no me extraña, Pedro es su sexto novio y en todos sólo había menosprecio y ofensas, falta de amor. Precisamente lo que a mi me sobra. Luisa llora y a mi se me rompe el alma. Le prometo que todo acabará. A nuestra edad creo que ya es hora de que ambos empecemos a ser felices.
Abro el maletero del coche y con cuidado, deposito su cuerpo en el suelo. Sus viajes de ida y vuelta han terminado. La dejo en compañia de Antonio, Juan, Alfonso, José y Alberto. Es lo mejor para ella.
De Pedro… ya me encargaré más tarde.
Lo malo es que siempre quiso ser un caballero, pero no uno de su tiempo, lo que quería era ser uno de armadura en pecho y a ser posible, de lanza y equino. Llevaba tan dentro el sentimiento que se convirtió en la persona más solitaria de su entorno.
De haber tenido la ocasión, habría lanzado una bala incendiada contra el adversario desconocido, desde aquel castillo semiderruido al que se empeñaba en subir cada día por el lado más abrupto de la ladera.
Un día en que su vida le pareció un sinsentido, cansado ya de hacer esfuerzos, decidió bajar por el camino más fácil y en el trayecto se cruzó con unos ojos inmensos, en un rostro armonioso. Pensó que sería bonito gozar del descanso del guerrero al lado de tan agraciada dama.
Hizo un intento de acercarse pero la mujer pasó de largo ignorándolo por completo.
Ella subía cada día para ver si desde la atalaya de aquel ruinoso castillo, divisaba al príncipe que siempre creyó merecer.
Desde tiempos inmemoriales los caballeros cruzaban sus armas en la arena de los duelos. Batallaban sin descanso por el amor de sus damas y portaban como estandarte una cinta oculta colgada en el pecho, dentro de su armadura. Tras sus yelmos se escondían, pues no querían ser reconocidos, unos por la vergüenza de ser derrotados frente a su rival, otros a fin de no asustar a sus enemigos y la mayoría porque el secreto contribuía a la pasión por las justas. Una de las mayores atracciones precisamente era la MASCARADA, en la que quienes creían saber qué se ocultaba detrás de yelmos o avatares lo señalaban.
Su leyenda era proverbial. De todos los países llegaban a lomos de sus cabalgaduras y sus vasallos. En la primera batida se dejaba libre el campo para los mejores. Ronda tras ronda, las embestidas eran cada vez más pavorosas y en cada una, la mitad de los justeros besaba la arena. Hasta que al final, el invicto se llevaba todos los laureles, momento en el cual se quitaban las máscaras y se descubría al mejor microrrelatista de todas las microjustas. Ya que en vez de lanzas se cruzaban micros de cincuenta palabras. Actualmente, existen.
He dado mil vueltas por la casa. Se acerca la hora y no sé qué hacer; todos los míos, familiares y amigos han venido para no dejarnos solos. Juan les prepara un café en la cocina, huelo su aroma y me embarga la nostalgia. Cuántas risas y lágrimas han visto estas paredes…
Un nudo aprieta ahora mi garganta. Han llegado los de la televisión y Juan los recibe. Quieren hablar también conmigo, pero ahora no puedo atenderlos. Huyo a la habitación en un intento de no mostrar mi debilidad para mantener mi dignidad. Veo las cajas apiladas en el suelo. Me fijo en una abierta bajo el título “Mis libros”. Quiero cerrarla y los títulos me asaltan. Veo Don Quijote, El último templario, Amadís de Gaula… Son obras que hablan de caballeros; pero ya no quedan caballeros en el mundo…, o sí.
Oigo gritos desde la calle; me asomo a la ventana y los veo. Se enfrentan a la comisión de desahucio pero no llevan lanzas ni espadas, solo sus pancartas y sus manos en alto unidos en un único lema: “sí se puede”.
La primera vez que la vi me llamó la atención con su pelo rojo, largo y por encima de los hombros, con su gorro, de pie, en la parte alta de la ciudad cerca de la muralla donde antaño caballeros de pulidas armaduras hacían las rondas vigilando la llanura. Tenía la mirada fija, a lo lejos, y los brazos extendidos como queriendo sentir el aire, todo el aire del lugar. Quizá esperaba, quizá sólo contemplaba, nos contemplaba. No la dije nada, no quise interrumpir sus pensamientos, pero su cabellera roja me fascinó.
Al día siguiente la volví a encontrar. Esta vez estaba tumbada en la hierba, cerca de la estación, mirándonos al pasar. Entonces descubrí el hechizo de sus ojos verdes.
¿Qué haces aquí? –le dije.
Esperando la noche, esperando al último tren –me contestó.
¿Te irás en él? –pregunté.
Sí, pero mañana, al amanecer, volveré.
Continué mi camino y no la volví a ver.
Ahora sé que algún día regresaré al mismo lugar, a aquella estación, y la buscaré para contemplar de nuevo sus ojos verdes y su pelo rojo.
Las carreras en moto hasta los molinos de viento fueron divertidas, pasando luego por debajo de las aspas como si sortearan una puerta giratoria. Casi tanto como saltar entre grandes globos llenos de tinto y empaparse al reventarlos en el castillo hinchable. Incluso la huída del rebaño de ovejas, perseguidos por un mastín más fiero que su pastor.
Las vacaciones eran estupendas hasta que se les acabó el cristal y comenzaron a mantearlos los dueños del albergue.
La luna asoma ya por el horizonte acompañada de las primeras estrellas cuando el caballero se dirige hacía el balcón de su amada princesa. Allí, rodeado de rosas y jazmines aclara la garganta antes de comenzar la serenata. Recita poemas al aire que a los oídos de su querida llegan y a los de las luciérnagas que iluminan el escenario. La dama sonrojada sonríe al cantante inesperado que interrumpe el silencio. Tras el concierto de amor no hay aplausos, tan sólo un pañuelo bordado por ella misma, que sus labios rozan en un sutil beso, es lanzado hacía abajo. El caballero lo recoge con un palpitar acelerado en su corazón enamorado y lo guarda como el mejor tesoro jamás conquistado. La victoria en la batalla del amor ha llegado aunque esa noche no puede dormir, demasiado alterado se halla su corazón. A la mañana siguiente en el encuentro frente a su dama una mirada, una sonrisa y un susurro “nos vemos esta noche”.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado. Así la madre cierra el libro, lo posa en la mesilla, le besa la frente a su hija y con el mayor de los amores le dice buenas noches.
Laura estaba frente al espejo, observaba el resultado del esmerado trabajo realizado por los miembros femeninos de su familia, pero no se reconocía.
Durante su adolescencia había soñado muchas veces con un esplendido vestido, con una iglesia llena de flores y ventanales que iluminaran su paso y sobre todo con el radiante marido que la desposaría. Sería un hombre apuesto y valiente como los caballeros de las novelas que tanto le gustaban, luciría un bigote fino y perilla y un cuerpo fuerte y torneado por mil batallas ganadas. Pero lo más importante sería su pasión por la vida y por ella, su amante compañera, por la que siempre lucharía y daría la vida si fuera necesario, lo haría todo por su amor.
-¡Así sería el hombre con el que se casara!
Le pusieron la tiara y el velo, mientras las damas sonreían bobaliconamente, orgullosas de su obra. Nadie notó su semblante ausente, ni la determinación en su mirada.
Los concurrentes sentados, admiraban la decoración de la sala, la música sonaba y un padre se encontraba frente la puerta esperando a la hija que debía acompañar.
Una novia marchaba en un taxi sin rumbo, en su bolso: novelas de caballería.
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