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Con el honor bordado en el uniforme, con el orgullo en su maltrecha frente y sin más arma que su testimonio de valor, se presentó en la ventanilla doce.
Como en las ocasiones anteriores, presentó uno a uno cada documento que hacía constancia de su participación en los años más turbios del país, explicando con encomiable paciencia su desempeño en batalla y sus experiencias más amargas en campaña.
El funcionario de la ventanilla escuchaba al Capitán fingiendo interés en su relato, pero al finalizar su encuentro le dio una cita para que presentara su documentación ante un militar de mayor rango, sugiriéndole que llevara algún testigo de su ejercicio militar, como si quedaran tantos vivos por ahí.
Con las rodillas temblorosas, el Capitán se levantó sin dar las gracias y maldiciendo entre dientes. Maldito burócrata y sus trámites, maldito sistema, maldito país que no reconoce el valor, maldita revolución que no dejó más que cicatrices…no, maldito él que se había convertido en un méndigo, no volvería para pelear contra molinos de viento.
Y esa es la razón por la que mi abuelo jamás recibió una pensión como veterano de guerra.
exactamente en Los Isidros, el rincón preferido de Elena Casero en Valencia
Fuiste caballero sin armadura que buscaba su verdad, desprotegido ante el mundo… ante el tiempo.
Vagabundo entre mentiras que confundían a tus certezas, acabaste en un mundo sin reinos, con dragones sin fuego y princesas sin problemas.
La única maldad que puedes perseguir, hilvana telarañas en tu propia conciencia y tus sueños se ven obligados a inventar conjuros que te hagan olvidar lo inútil de tus hazañas. A la caza de méritos prestados que adornen tu estandarte y abanderen tu lucha contra monstruos imaginarios que pueblan tus noches de sueños sin reinos.
La armadura, olvidada de respetos, enmohece a oscuras sin valentías que la reclamen, sin necesidades que la apremien.
Sólo el silencio pregunta por ti.
Sólo la soledad responde a tu reclamo.
Olvidado del mundo… caballero sin batallas que librar, sin causas por las que luchar, nombre sin gestas por las que ser recordado… olvidado por el mundo, olvidado por el tiempo.
El pueblo tocaba a rebato. Juan se encontraba con su hijo adolescente, Isidro, dirigió su mirada hacia la mar y vio una nave que se acercaba.
-¡Son piratas!. Poned a salvo a mujeres y a niños. Gritó.
Cuando se quisieron dar cuenta ya estaban en el pueblo.
Isidro contemplaba a su padre admirado, todos le obedecían. Su padre salía de casa armado con cota de malla y casco de hierro, la ballesta y su espada. Su madre angustiada portaba en sus brazos a su hermanita de pecho y a su lado su hermana Maria.
-No les bastará la comida que tenemos guardada para el invierno y los enseres de las casas, quieren esclavas para vender y galeotes para que remen, ese es el botín.- Decía Juan a los hombres.
Isidro, vio caer en la batalla a su padre desde la colina, echo a correr hacía él. Cuando llegó se arrodilló y le acunó en sus brazos. Miró hacia la playa y vio un grupo de prisioneros, entre ellos a su madre y hermanas. Con lágrimas en los ojos vio hacia el monte a “Caballeros” con hombres del pueblo vecino, sin hacer nada. ¡Malditos sean! Pudieron evitarlo.
En una calle de Carabanchel, de cuyo nombre desconozco, —lo siento nunca estuve allí— vivía un joven poeta que se ganaba la vida como jardinero. El cuidador de rosas, como buen trovador, se enamoró de un imposible. Doy fe. Y como no quiero ni puedo extenderme como Cervantes, les mostraré la escena que resume esta historia particular y que bien podría servir para cerrarla o dar inicio a una narración más extensa.
—¡Oh, bella dama de mis desvelos! Permítame que mis ojos se deleiten con su hermosura.
—¿Otra vez tú?
—Acceda a que le recite unos versos nacidos en mi corazón…
—Mira, si no te marchas y me dejas en paz, llamo a la policía. ¡No trato con gente de tu clase!
—Pues ha de saber emperatriz del Barrio de Salamanca que parto en busca de posibles y que regresaré para colmarla con las atenciones que se merece.
Y se despidió, dejando el poema firmado con su nombre completo, para unirse al final de la calle a un rechoncho individuo.
Pasado el tiempo, gracias a las averiguaciones que he realizado sobre él, sueño que cumpla su palabra y me extraiga de mis labores de la casa de los Mirañar.
RELATOS SELECCIONADOS (orden numérico)
Los relatos que tienen premio de finalistas, son candidatos al premio final y se aseguran aparecer en la publicación de la 3ª Edición son:
MAR17. MALA VISIÓN, de Mercedes Jiménez Rueda
Las miradas, tensas, se mantienen a la espera de la flaqueza del contrario, de un mal gesto que les convierta en presa fácil. Mientras, los puños apretados canalizan los nervios del momento previo al asalto final, tras una batalla encarnizada en la que las dos fuerzas se han medido de igual a igual. Gran batalla. Afuera suena el griterío habitual a esas horas de la tarde, pero eso no importa ante el silencio que invade el espacio entre Sant Jordi y el dragón.
– Ha llegado tu hora final, dragón asqueroso. Prepárate para morir…
La lanza, de madera y punta redondeada, aprieta con fuerza en el estómago del reptil, quien, de manera asombrosa, continúa defendiéndose y buscando el punto débil de ataque.
– Oye Pablo, que te he matado…
– ¿No estás en mi casa, y has merendado en mi cocina y has jugado con mis juguetes?
– Sí…
– Pues como le dice mi papá a mi mamá: “yo traigo el dinero a casa, yo mando”.
Y esa tarde el dragón se cargó a Sant Jordi.
-¿Cómo es que últimamente vienes tan a menudo a verme? ¿Ya no tienes trabajo?
-La verdad es que no -contestó Rocinante a su amada-. Desde que Dulcinea aceptó casarse con él, mi amo ya no es quien era. Ha dejado de perseguir sueños.
-Ciertamente, -relinchó la yegua- ya no quedan caballeros…
El fiel Matías con su paso cansado por los años, empujó las pesadas y macizas puertas del salón principal del palacete. Y mientras las dejaba abiertas de par en par anunciaba con su voz aún firme y grave:
– La señorita Dulce- y se hacía a un lado para dar paso a una muchacha de arrolladora belleza y desbordante vitalidad.
Lentamente, saboreando el efecto que sabía provocaba en cuantos varones posaban sus ojos en ella, y entre el remolino de sedas y encajes que desataba el vaivén de sus caderas, se dirigió hasta el centro del magnífico salón.
– Mi querida hija Dulce, que sorpresa!
– Mi querido Señor, que no padre, no me llame más querida, ni mucho menos hija. Ni soy hija suya ni de su esposa, de sobra sabe quien me trajo a este mundo, de ella llevo su nombre, Dulce, o Dulcinea o mejor aún Aldonza, y padre para mi aflicción, solo puedo llamárselo a aquél caballero del que solo oímos noticias de su triste figura y aún más tristes andanzas…
Quiere cambiar el mundo aunque tenga que hacerlo acompañado tan solo de su inseparable amigo. No está loco. Ni sabe qué significa ser utópico. Solo que a veces grita desde su altura… ¡no es justo!
Hoy, es siempre el día más hermoso de su vida, porque es el que está disfrutando. Ha olvidado lo que pudo ocurrir ayer y poco le importa lo que pasará mañana.
Se va haciendo fuerte venciendo sus dudas, sus indecisiones, el gran enemigo que es él mismo.
Se equivoca constantemente. Tiene todavía casi todo por aprender.
No entiende la utilidad de la mentira ni el sentido del egoísmo.
Nunca se da por vencido, cada batalla, propia o ajena, la libra como si fuera la única, como si fuera la última.
Y sobre todo, se esfuerza por hacer el bien, para ser mejor, hasta llegar a ser el perfecto caballero que en realidad ya es. Se llama Miguel y tiene siete años.
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