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Lo mejor de Martín Alvarado no era su fascinante capacidad para la memoria, sino el don (que sus amigos consideraríamos mágico) de poseer todos los recuerdos, de haber vivido infinitas vidas.
Cuando cada noche de viernes nos reuníamos para degustar aquellos relatos imposibles, Martín nos regalaba los detalles y las anécdotas de aquellas vidas, sus otras vidas, demostrando que sin ningún género de duda había pasado en primera persona por todas esas existencias.
Fue así como nos admirados de su estancia con Cervantes en la cárcel sevillana de la calle de las Sierpes, donde como compañero de celda pudo asistir a los primeros bocetos que Don Miguel trazaba de Alonso Quijano y su imperecedera obra maestra.
Cuando nos narró que en la hostería de San Felipe y entre jarras de vino Don Francisco le confió que, hastiado por la decadencia moral de España, había soltado por Madrid una letrilla satírica en la que calificaba al dinero de “poderoso caballero”, hubimos de reír hasta las lágrimas.
Sobre las verdaderas causas de las muertes de Julieta e Isabel de Segura nuestro amigo nunca nos habló, porque Martín Alvarado era ante todo un caballero.
Es extraño. La imagen se formó en mi mente justo antes de que yo mismo actuara pero eso no me detuvo. Supe, antes de moverme, que ese cuchillo se llevaría mi vida.
Mi vida… mis seres queridos… no puedo despedirme. Mis alegrías, mis fracasos. Deseos, sueños, culpas y remordimientos… lamento tantas cosas.
Creo que fue la mirada del niño. Sí, eso fue. Su mirada horrorizada hacia el hombre que amenazaba brutalmente a su madre. Su sorpresa infinita empapada de un terror que solo los niños de su edad pueden sentir, pues ya distinguen el bien del mal pero aún desconocen el abismo de oscuridad que el hombre es capaz de desplegar. Una mezcla de horror, incomprensión e irrealidad, con la que solo los ojos de un niño son capaces de golpear en la más entumecida de las almas y hacerla reaccionar. Eso fue lo que ocurrió. Espoleado en mi interior por esa mirada, no tuve más remedio que actuar.
Ella intentaba protegerle con su cuerpo, mientras una súplica por su hijo moría sin llegar a salir de sus labios. En ese instante me abalancé sobre él, sabiendo que me vería antes de alcanzarle y que no dudaría en acuchillarme.
Dos molinos gigantes desafían las densas nubes con sus destellos plateados, de pronto se desmoronan rasgados por lanzas voladoras que tiñen de sinrazón y escombros miles de cuerpos que caen desmanejados. Rotos como muñecos viejos. Desarmados. La confusión mezclada con el polvo ciega los ojos y atora los sentidos rompiendo el hilo que cosía realidad y cordura. Abajo se activa un engranaje humano, miles de caballeros acuden al rescate. Parecen hormigas rebuscando entre los restos de un gigante que aún respira, que aún puede despertar y devorarlos.
Transitando sobre los últimos destellos de la tarde, bella y elástica se desliza por la acera.
Desde las alturas él la observa, espera sentado con su mejor traje, perfumado con la colonia que nunca le ha fallado. Mientras se dirige para abrir la puerta, nota como se excita recordando la figura que ha visto por la ventana, suave, rotunda, hermosa.
La imagen de sus zapatos le aturden, por supuesto, tacón de aguja. ¿Cómo será su voz?
Un cálido hormigueo le recorre el cuerpo mientras apura de un trago el vaso de bourbon que descansa en la mesita del salón.
Arranca el ascensor anunciando su llegada, se atusa los cabellos, se ajusta la corbata.
Se enciende la luz de la escalera, escucha los pasos indecisos.
– Hola, ¡ que caballero ! Nunca habían salido a recibirme.
Besándola en la mejilla le susurra que hay cosas que es mejor no hacer sólo, sonriendo se separa mientras un reflejo acerado rebana de un solo tajo su propio cuello.
La dama enmudecida aplasta su espalda contra la pared, se parten los tacones, las piernas se desmoronan, mientras los muslos temblorosos intentan evitar la espesa mancha que se acerca.
Esta preciosidad de escultura compuesta de letras y viento ha llegado con otra preciosidad a modo de presentación… os la pego completa… y luego, ya sabéis, a adivinar…
L.I.O:
Tras estrechar las manos, el uno se fue a su casa mientras el otro cerró con llave su despacho. Bajo el escritorio escondía una bolsa de deportes, y en su interior guardaba un pasamontañas y unos guantes de látex. Una vez puestos, abrió con elegancia la primera carpeta y cogió la estilográfica negra. Sobre la ostentosa silla de cuero empezó a ejecutar las firmas y uno a uno despachó todos los folios. Luego introdujo el archivo en su carpeta y ésta en la caja que ponía: Luis del Monte. Telefoneó al susodicho, del que se acababa de despedir y su lengua empezó a articular movimientos automáticos mientras su cerebro enlazaba frases inconexas: “un iluso más…”; “parecía noble…”; “fue firme el apretón de manos…”;… Al colgar, procedió a quitarse los guantes y el pasamontañas, e hicieron, como tantas otras veces, el camino de vuelta a la mochila de la que habían surgido. Cuando se disponía a salir de su oficina, tropezó con un reguero de sangre. Se agachó, arrugando el lustroso traje y vio como ésta emanaba tímidamente del archivador que acababa de guardar, en cuyo frontal se podía leer: “Préstamo Hipotecario”.
Recorre junto al paladín el sendero flanqueado por almendros bajo la atenta mirada de la guardia real. Una nube oscurece la tarde de verano cuando el Rey comienza a hablar.
“Hace varios días encontramos los cuerpos sin vida de los guardias del templo” hizo una prudente pausa para analizar su rostro. “¿Sabes algo de estos asesinatos?”
“Sí, mi Rey” sintió un leve ardor en la herida de su mejilla. “Yo maté a los guardias y profané el templo. Quería destruir el Oráculo, no soportaba la idea de que ella fuera sacrificada. Pero el templo estaba vacío, allí no había nadie.”
“No se puede acabar con lo que no existe” le dijo el Rey en tono paternal. “Envidio tu arrojo y tu valentía, pero no puedes parar un río tú solo.”
El caballero de la Luna Negra sopesó sus palabras.
“¿Para qué sirven entonces los sacrificios, majestad?
“Es el precio a pagar por mantener la paz y el orden en nuestro reino. El miedo es la muralla más alta que podemos construir. Es la única lección sabia que aprendimos de los antiguos pobladores de estas tierras. Creo que tu pueblo los conoce como los hombres del Segundo Milenio.”
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