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RELATOS SELECCIONADOS (orden numérico)
Los relatos que tienen premio de finalistas, son candidatos al premio final y se aseguran aparecer en la publicación de la 3ª Edición son:
MAR17. MALA VISIÓN, de Mercedes Jiménez Rueda
Las miradas, tensas, se mantienen a la espera de la flaqueza del contrario, de un mal gesto que les convierta en presa fácil. Mientras, los puños apretados canalizan los nervios del momento previo al asalto final, tras una batalla encarnizada en la que las dos fuerzas se han medido de igual a igual. Gran batalla. Afuera suena el griterío habitual a esas horas de la tarde, pero eso no importa ante el silencio que invade el espacio entre Sant Jordi y el dragón.
– Ha llegado tu hora final, dragón asqueroso. Prepárate para morir…
La lanza, de madera y punta redondeada, aprieta con fuerza en el estómago del reptil, quien, de manera asombrosa, continúa defendiéndose y buscando el punto débil de ataque.
– Oye Pablo, que te he matado…
– ¿No estás en mi casa, y has merendado en mi cocina y has jugado con mis juguetes?
– Sí…
– Pues como le dice mi papá a mi mamá: “yo traigo el dinero a casa, yo mando”.
Y esa tarde el dragón se cargó a Sant Jordi.
-¿Cómo es que últimamente vienes tan a menudo a verme? ¿Ya no tienes trabajo?
-La verdad es que no -contestó Rocinante a su amada-. Desde que Dulcinea aceptó casarse con él, mi amo ya no es quien era. Ha dejado de perseguir sueños.
-Ciertamente, -relinchó la yegua- ya no quedan caballeros…
El fiel Matías con su paso cansado por los años, empujó las pesadas y macizas puertas del salón principal del palacete. Y mientras las dejaba abiertas de par en par anunciaba con su voz aún firme y grave:
– La señorita Dulce- y se hacía a un lado para dar paso a una muchacha de arrolladora belleza y desbordante vitalidad.
Lentamente, saboreando el efecto que sabía provocaba en cuantos varones posaban sus ojos en ella, y entre el remolino de sedas y encajes que desataba el vaivén de sus caderas, se dirigió hasta el centro del magnífico salón.
– Mi querida hija Dulce, que sorpresa!
– Mi querido Señor, que no padre, no me llame más querida, ni mucho menos hija. Ni soy hija suya ni de su esposa, de sobra sabe quien me trajo a este mundo, de ella llevo su nombre, Dulce, o Dulcinea o mejor aún Aldonza, y padre para mi aflicción, solo puedo llamárselo a aquél caballero del que solo oímos noticias de su triste figura y aún más tristes andanzas…
Quiere cambiar el mundo aunque tenga que hacerlo acompañado tan solo de su inseparable amigo. No está loco. Ni sabe qué significa ser utópico. Solo que a veces grita desde su altura… ¡no es justo!
Hoy, es siempre el día más hermoso de su vida, porque es el que está disfrutando. Ha olvidado lo que pudo ocurrir ayer y poco le importa lo que pasará mañana.
Se va haciendo fuerte venciendo sus dudas, sus indecisiones, el gran enemigo que es él mismo.
Se equivoca constantemente. Tiene todavía casi todo por aprender.
No entiende la utilidad de la mentira ni el sentido del egoísmo.
Nunca se da por vencido, cada batalla, propia o ajena, la libra como si fuera la única, como si fuera la última.
Y sobre todo, se esfuerza por hacer el bien, para ser mejor, hasta llegar a ser el perfecto caballero que en realidad ya es. Se llama Miguel y tiene siete años.
Querido diario
Hoy hemos estado muy ajetreados ayudando a la tía Anna para adecentar la casa.
En efecto el abuelo tenia de ir a buscar a la estación de la ciudad vecina a la tía Henriette hermana de la difunta abuela.
Ya nada más llegar la tía se empeño en meterse con los chicos:
“¡ya no existen caballeros! Vamos Thierry ¡ya tienes edad para aguantarme las puertas! Y tú Antoine: ¡cogeme este maletín!… ¡sin arrastrarle!… Ah no Christine ¡no se te ocurra ayudarle! Recuérdate que eres una damisela… a pesar de que… a decir verdad… ¡una tabla de planchar!… ¡y estas greñas!…”
La odio… ¡la odio!… ¡¡la odio!!…
Hasta se metió con la tía Anna:
“¿Que tal anda su crianza de arañas querida?”
¡Meterse con la hada de esta casa!… ¡Que víbora!… ¡¡Que bruja!!
Al pasar a la mesa más de lo mismo:
“A ver gamberros ¿Quién me arrima esta silla?… a vuestra edad mis hermanos eran ya auténticos caballeros”
¡¿Cuando se ha visto Lancelot aguantar una puerta o una silla como un mayordomo?!…
Los caballeros aguantaban las riendas del caballo y el estribo de las damiselas como… como…
¡¡Ah no!!… ¡no me gusta esta imagen de caballeros serviles!…
“Dulce mi dama.
De sus labios anhelo,
vida, llamas.”
Tres versos en una tarjeta sin firma acompañando dos docenas de rosas rojas.
Sonrío y las coloco en agua.
La primera vez que le defendí conseguí que saliera muy bien parado. Multa de 800 euros y treinta horas de trabajos comunitarios. Minimicé el impacto de los daños causados en la central eólica y conseguí que no admitieran el vídeo de las cámaras de seguridad como prueba. “No eran molinos. Eran gigantes” me dijo, guiñándome un ojo. Hasta nuestro tercer juicio no me percaté de que realmente lo había dicho en serio.
Nucleares. Corrupción. Desahucios. Preferentes. Mil y una causas perdidas. Desórdenes, desobediencia, desacato. He perdido la cuenta de nuestras idas y venidas a los juzgados. De momento la suerte, mi pericia y su encanto le han ido librando de males mayores.
Una vez estuve a punto de sucumbir a sus desmanes y galanterías.
No resultó. Aún recuerdo el terror en su mirada, cuerda por un instante, ante la inminente amenaza de un amor real.
Así que, muy a mi pesar, me limito a recibir sus rosas.
De las costas se hace cargo su familia.
Hidalga, pero rica.
Afortunadamente.
El rey Arturo empieza a estar harto de ir a trabajar cada día a su oficina de la Tabla Redonda:
Tiene que aguantar que su esposa, Ginebra, no pare de tontear con su socio, el caballero Lancelot que sólo piensa en el buen yacer y el buen yantar.
Tiene que a aguantar que su Secretario personal, Merlín el mentalista, nunca esté cuando lo necesita.
Y que además, uno de sus ayudantes, el ínclito y puro caballero Galaad, haya perdido en una sola sesión bursátil todos los activos financieros de sus dos empresas: los dos magníficos parques temáticos de Camelot y Avalon.
Hace muchos siglos fui un caballero de los de la Tabla Redonda. Me quemaron en la hoguera por mis convicciones contra el misticismo, la reencarnación y mi ateísmo…: eran tiempos difíciles.
Un día desperté en una inmensa sala circular de brillantes baldosas bicolores, repleta de gentes calladas y de extraños y diferentes ropajes. Todos, movidos por una extraña fuerza, nos precipitábamos hacia uno de los lados de la gran sala de donde partían dos grandes cajas metálicas en direcciones opuestas.
En la puerta de una de ellas había un letrero que informaba: “al cielo”, y en la otra, un cartel similar que rezaba: “al infierno”. En medio de las dos había una placa dorada con instrucciones para tomar uno u otro de los extraños artefactos: se dejaba al libre albedrío la decisión del viajero según su propia conciencia; aunque con letras brillantes y luminosas se advertía del castigo eterno, en caso de una elección errónea.
Sin dudarlo elegí el infierno.
El Caballero Blanco preside la mesa cuadrada. A su alrededor, el resto de los caballeros recién nombrados asisten a su primera reunión. Sus miradas, antes de comenzar a hablar, se dirigen hacia el asiento vacío.
— Ayer — dice el Caballero Blanco — nuestro querido hermano, el Caballero del Halcón, cayó abatido en una terrible emboscada.
Los Caballeros permanecen cabizbajos un instante.
— Sus restos quedaron diseminados por la llanura.
— ¡Venganza¡ — gritan los Caballeros.
Y un griterío de júbilo inunda la sala.
— Al anochecer — dice el Caballero Blanco — saldremos en formación para culminar nuestra venganza. Renata, ese terrible animal feroz, pagará con su sangre por haber acabado con la vida de nuestro hermano.
En un rincón, Renata alza las orejas al escuchar su nombre. Observa la escena, resopla y vuelve a agacharlas para seguir dormitando.
Una voz femenina, surgida de las entrañas del castillo, llama al Caballero Blanco.
— Despeja la mesa, cariño, que es hora de cenar. Y recoge los trocitos del muñeco antes de que se los coma la perra.
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