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Yo no lo miré primero, fue él quien clavó sus ojos en los míos como su bandera al llegar a nuestra costa. Me agarró del brazo con firmeza y de un tirón me montó a la grupa de su caballo. No negaré que sentí temor, pero también orgullo de ser la elegida. Por aquel entonces yo era pura furia e instinto, viento y juventud. Él era como un dios; con sus ojos transparentes y su piel tan blanca, parecía hijo de la luna. Tomó de mí todo lo que quiso y yo me entregué sin más. Acudía a verme todas las noches a la tienda que destinó para mí, al otro lado del campamento. Pequeño gran hombre, poderoso entre los suyos, pero débil y casi inexistente entre mis brazos. Quizás por eso nunca me afectó su desdén al llegar la mañana, ni ver su actitud galante hacia esa mujer pálida y lechosa aun con el sol quemándole las mejillas. A ella sí la miraba a los ojos delante de sus soldados, pero eso tampoco me importaba. Por las noches, era él el vasallo.
Aquí estoy, frente a frente al causante de mi desgracia. Sí, él fue, él se llevó lo que más amaba en esta vida… y con ella se llevó mis ilusiones, esperanzas y… la vida entera.
Ahora me toca a mí robarle la vida o mejor, ¡aniquilarla! Él no se irá al infierno sin antes no haber probado su propia sangre. En mi mano izquierda, un saco conserva parte de lo que fue su propia vida, él entenderá por qué lo hice, su hijo… por mi esposa, buen intercambio.
No lo odiaba, sin embargo… tuve que hacerlo. Él me lo quitó todo, ¡TODO!! ¡Maldito sea! Por su culpa la perdí para siempre y… me convertí en un asesino. Me mira con desprecio desde la distancia, él no sabe… no, ni imagina que él, también lo acaba de perder todo. Enfila su caballo hacia mí, su brillante espada en alto, el gran Sir Balan, caballero de recia y blanca armadura. El furioso galope de su caballo me saca de mis pensamientos y aún me dio tiempo, antes de sentir como el hierro frío de su espada se hundía en mi pecho, atravesando limpiamente mi corazón, a vaciar el saco ante sus salvajes ojos inyectados en sangre. Lo último que escuché fue su grito de dolor, rabia e impotencia… moría feliz, mi venganza estaba cumplida.
Me seguía pareciendo a veces una estupidez, porque yo no le había dado mucha importancia nunca. Sin embargo, a través de tu espejo veo cómo aquél pacto entre caballeros, como tú le llamaste, se ha ido convirtiendo en algo irrenunciable.
La cuestión es sencilla, cada veinte de mayo, desde hace treinta años, reunirse en la laguna, contarnos nuestra vida, volver a revivir. Menos mal que, tras petición compartida, como algunas fiestas patronales, podemos trasladar la cita al fin de semana más cercano. Con el correr de los años, este pacto se fue transformando en uno de los hitos de mi vida. Ahora lo reconozco, pero creo que de lo menos práctico de mí he ido configurando lo más importante a cumplir. Me sigo preguntando cómo es posible que de lo más pequeño hagamos lo más imprescindible. Este pacto es un refugio en el infierno. Este año no sé cómo podré escapar a todo y viajar a Ruidera al encuentro. Pero me siento un guerrero espartano en lucha contra la muerte. Volveré, nos veremos, lo hemos pactado. Mi palabra, lo mejor que nos hemos dado, no se romperá.
Alonso Quijano, el célebre caballero andante don Quijote, harto de permanecer oculto entre las páginas amarillentas de uno de los viejos volúmenes de una antigua biblioteca, aprovechando la soledad y el silencio de la noche y cerciorándose antes de que Sancho estaba sumergido en un profundo sueño, decidió salir en busca de nuevas aventuras y abandonar por unas horas su particular universo de papel.
La tarea no resultó sencilla, ya que, en previsión de lo que pudiese acontecer, se empeñó en llevar consigo la oxidada armadura y una de sus lanzas.
Gracias a la luz de la luna que iluminaba parcialmente la estancia, pudo observar que se hallaba rodeado de libros y lleno de júbilo se propuso encontrar alguna novela de caballería y, ayudado por su lanza a modo de pértiga, fue descolgándose por los estantes hasta topar con un libro nuevo y reluciente cuyo título llamó poderosamente su atención: “Los hombres que no amaban a las mujeres”. ¿Cómo serían aquellos hombres en cuyo corazón no había sitio para ninguna Dulcinea? Tal vez necesitaban consejo de un auténtico caballero como él. Sin pensarlo un instante, se coló dentro. Quizás la mayor aventura todavía le estaba esperando.
La primavera te ha alterado. Tu cerebro sucumbe ante las feromonas. Necesitas aplacar los ardores que te consumen y tiras de agenda. Encuentras su teléfono. Ella no te defraudará. Esa fortaleza no es inexpugnable pero has de desplegar toda tu sutileza para tomarla.
Quinta Mahou mientras esperas en el restaurante acordado. Entra por la puerta apretada y primorosa. Aunque te lo saltarías, el preámbulo de la cena garantiza tu éxito.
Impreciso por los vapores alcohólicos golpeas sus mejillas con tus labios al saludarla. Le dices algo sugerente al oído. Se te escapa un eructo mientras ensalzas su belleza. Asqueada aparta la cara. Tú interpretas timidez. Sonríes seguro de tu encanto y pides una botella de vino de la casa para romper el hielo. Un hilillo de baba se te escapa de la boca.
Sentado frente a ella te envalentonas y atacas. Te descalzas un pie y lo lanzas, con mucha clase, hacia su entrepierna. Te arriesgas a vencer…o a morir. Pero la que parece morir es ella. Tu calcetín, húmedo del sudor de varios días hiede como un perro muerto. Ella se levanta descoordinada, tambaleándose. Cuando consigue rehacerse te corona furiosa con la ensaladera.
¡Merecido honor para tan avezado caballero!
Que sea negro. Piensa. Y apoyado en el alféizar del escaparate de un negocio en traspaso, acera de por medio, ve circular vehículos rojos, blancos y azules. Ahora también uno amarillo. Y otro verde manzana. Pero ninguno del color pretendido.
Por firme que sea, su decisión ni le aparta del miedo ni le ausenta una última duda teñida de esperanza. Y si volviese a hablar con los del banco. Se pregunta en retórico silencio sabiendo que es inútil, que no hay vuelta atrás, que está decidido que haya de ser negro -como la muerte- el coche que se lo lleve por delante.
Y de repente, el corazón se le agita desbocado al ver como calle abajo se aproxima un auto zaino. Así que se incorpora de un brinco, tensa los puños y determina irrumpir en la calzada sin darle tiempo al conductor para que frene. Será rápido. Masculla. Luego anda hasta el bordillo, se aposta tembloroso entre dos coches, y…
Disculpe, caballero. Le dice un anciano enjuto, tocado con perilla, agarrándole del hombro con firmeza. Pero ese taxi es mío. Y al detenerse el vehículo, el viejo se sube y se despide cortés, llevándose la mano al ala del sombrero.
–¿Qué lobos os espantan, amigo Sancho?, ¿acaso teméis que vuestro señor no dé lanza merecida a aquellos enemigos que sin duda hallaremos en nuestro caminar?
– A fe que no es ese el motivo de mi destemplanza, señor, sino el olvido, que ruego sepa disculpar vuestra merced, de una alforja que quedó, en aquel lugar de La Mancha del que no queremos acordarnos.
–Disculpado quedáis, hermano Panza, no hacen falta tantas alforjas para este viaje, o ¿tan importante era el contenido de la olvidada?
–Dice bien vuestra merced, pues de suma importancia era lo de la alforja dejada, como demostrará el devenir del tiempo. Ha de saber también que de no haber cometido semejante descuido este simplón escudero, que con honra sirve a tan grande caballero, se hubiesen evitado tamañas discusiones, diferencias, malentendidos y aún majaderías futuras sobre cuál fue o no nuestro camino andado, al que las gentes del tiempo venidero llamarán ruta.
–Bien se me alcanza a entender por tu perífrasis, Panza amigo, que trátase de ese extraño artefacto al que los licenciados y otros sabios llaman gepese.
–No anda errado vuestra merced.
–Tengo el convencimiento, amigo Sancho, que haremos bien no volviendo a por la alforja.
Cuando el batallón número tres de Caballería alcanzó la cumbre de Monte Oliva, llevaba a sus espaldas largas jornadas de sangrientas batallas. No había ni rastro del enemigo salvo los que habían muerto en combate.
– ¡Capitán todo despejado! ¡Parece que han huido!
Los hombres bajaron de sus caballos, incrédulos de que esta absurda batalla llegara a su fin. Después de mirar al horizonte y asegurarse de que no había ni enemigos, ni cañones, ni disparos, clavaron su bandera tricolor ondeando al viento cálido del sur en señal de victoria.
El correo ensilló de nuevo su caballo, cabalgaría noche y día para llevar la tan ansiada nueva al Rey.
La nueva será, que han perdido más de la mitad de sus hombres y muchos más el bando contrario. Que han conquistado una tierra árida y abrupta que nunca nadie visitará y donde nunca lloverá, la única lluvia que conocerá será la sangre derramada por hombres inocentes.
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