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Asió con determinación la empuñadura, tiró de la espada y la extrajo del pecho del rey. La apoyó sobre la alfombra y descansó en ella. Contempló, con exultante satisfacción, la mirada vacua del moribundo, antes de que éste exhalara el último suspiro, tendido encima del cadáver del mastín. Un cruento espectáculo. Toda esa sangre. La del anciano soberano, la de los demás, confundidas en un mismo charco oscuro y viscoso. La que teñía sus guanteletes, la sangre que, en un acto reflejo, trató de eliminar frotándolos contra el peto metálico.
Recuperado el aliento, bajó la visera del yelmo y regresó sobre sus pasos. Apartó a puntapiés los miembros cercenados del príncipe y los de los infantes. La armadura volvió a ocupar su lugar, trabajosamente, junto a la chimenea de piedra. Convencida de que ya nadie, nunca más, volvería a arrojar colillas en su interior.
Todos a una como fuente ovejuna gritaron, los caballeros de la Reina.
-Dijo el, mi Reina no tengáis miedo, no penséis que vuestra vida corre peligro. Mientras mis caballeros y yo, estemos en palacio, no dejaremos que el dragón queme vuestra hermosa cara.
La Reina cogiendo su espada –Dijo,… si tú estás en palacio sé que no he de temer nada, pero si de lo contrario aceptas el traslado, que el Rey te ofreció… todo cambiará.
Debes de estar tranquila mi Reina, porque aún no llegaron los papeles del traslado.
EL Dijo, he de decirle que no me iré, no podré estar lejos de usted mi Reina. La Reina sorprendida le dice… ¿De veras? ÉL dijo pues claro, mi Reina.
Cerrar las puertas, ventanas, y balcones, se oye el rugir del dragón gritaban los caballeros, al oír las voces él –Dijo, por favor quedaos en vuestra habitación allí estaréis a salvo. Cerró la puerta, y corriendo por los pasillos del castillo se reunió con los demás caballeros.
El dragón ya había llegado al castillo, abriendo su boca llena de fuego, devastando todo a su alrededor.
-Querido Sancho, ¿ha olfateado el olor de las casas dónde la muerte está presente? Es diferente al resto. Es rancio, oscuro, húmedo. En ellas no hay vida, ni recuerdos de ella. Por muy fermosas que por fuera sean, la podredumbre del abandono se apodera de sus paredes, de sus muebles y de los que en ellas se guarecen. Mi amada Dulcinea debe ser salvada de lugares así. Nosotros mismos, mi querido Sancho debemos recuperar las para la vida.
-Pero mi señor… no se ha fijado en las letras que ahí se anuncian….
-Sancho, apreciado escudero, la cercanía de la muerte, le acongoja el alma y se apodera de su mente. Su cara me recuerda a la de los gigantes que nos vencieron en el pasado. Debe ser valiente y enfrentarse a ella, antes de que haga perecer a sus seres queridos. Ellos se lo agradecerán. Sí, he leído las letras que ahí se escriben. La Parca se encuentra entre ellas Entremos y derrotemos la por nuestros seres amados. Y ella no debe envolver un lugar como éste.
Hidalgo y escudero, seguidos por otros héroes, entraron en la Biblioteca a gritos de:“ Por la vida y la literatura”.
¡Es usted un joven imbécil! —gritó el policía, empezando a encolerizarse otra vez—. ¡Es usted un asno y un imbécil! Si ha tenido la suerte de ganar una suma de dinero tan grande como ésa y quiere regalarla, ¡no la arroje por la ventana!
—¿Por qué no? —preguntó Henry, sonriendo—. Es un procedimiento tan bueno como cualquier otro para librarme de ella.
—¡Es una solemne majadería! —exclamó el agente—. ¿Por qué no la ha donado allí donde pueda hacer el bien? ¿Un hospital, por ejemplo? ¿O un orfanato? ¡El país está lleno de orfanatos que no tienen dinero ni siquiera para comprarles regalos de Navidad a los pequeños! Y entonces sale un imbécil como usted, que jamás ha sabido lo que representa ser pobre, ¡y se pone a tirar el dinero a la calle! ¡De veras me pone furioso!
—¿Un orfanato? —dijo Henry.
—¡Sí, un orfanato! —exclamó el policía—. ¡A mí me criaron en uno, de modo que sé muy bien lo que me digo! —y, así diciendo, el policía giró sobre sus talones y bajó rápidamente a la calle.
Henry no se movió. Las palabras del policía, y más especialmente la furia sincera con que las había pronunciado, golpearon a nuestro héroe justo entre los ojos.
—¿Un orfanato? —dijo en voz alta—. Es una buena idea. Pero, ¿por qué un solo orfanato? ¿Por qué no montones de orfanatos?
Y entonces, muy rápidamente, empezó a concebir la idea grande y maravillosa que iba a cambiarlo todo.
–Disculpe, caballero, ¿qué va a ser?
–Lo de siempre, mi querido Sancho, gracias.
–¿Lo de siempre?.. ¡Vamos, lo que viene siendo el vasito de agua y el aperitivo de la casa!.. Cada día lo mismo, don Anselmo, que no se afloja usted el bolsillo ni aunque le aspen. Mucho porte, mucho porte y vacío el monedero…
–¡Pardiez, criatura ingrata! Toma mi cuello, cercénalo con tu guadaña y quítame la vida pues ya me has despojado de mi honor y sin honra, nada soy… Mancillas mi linaje, mi fiel Sancho, mas recojo el guante que me lanzas con traición y ahora tan sólo resta resarcir mi nobleza en duelo, como exige el manual…
–¡Venga, no se ponga usted así, don Anselmo, que ya sabe cómo soy de bruto!
–Acepto tus disculpas, amigo Sancho, que también es de caballeros el perdonar, si bien tamaña felonía expelida por tan insidiosa boca me trajo de nuevo el brío y las ganas de almorzar…
–¿Menú del día o prefiere la carta?..
–Hoy elegiré la carta, a ver si una pequeña alegría me ayuda a asentar el estómago, que advierto turbio, tras tu anterior afrenta.
–¿Le apetecería leer el periódico mientras espera?
–Nada me complacería más.
» Ponga un caballero en su vida» era el eslogan de una marca de slip para ellos.
Ella decidió hacer caso del anuncio y compró uno, se lo dió a él, y esperó acontecimientos.
Dias despues y a pesar de llevarlo puesto, nada había cambiado.Su marido seguía siendo un energúmeno.
Contrariada decidió denunciar a la empresa por publicidad engañosa.
Las tres viuditas, hartas ya de tener que encontrar marido en las viejas canciones, de guardar ausencias y de los caballeros siempre lejos de sus hogares, desaparecieron una noche del castillo del Conde Laurel, donde ya llevaban más de mil años recluidas, muy pero que muy aburridas junto a los patéticos bufones que no lograban que asomaran las sonrisas a sus bocas y partieron juntas a recorrer el mundo. Ansiaban conocer la famosa Ruta 66, de la que tantas noticias les llegaban por boca de los juglares. Eran otros tiempos y querían conocerlos. Llevaban sus baúles vacíos para llenarlos de nuevas experiencias. Sustituyeron la carroza por un escarabajo de cuatro ruedas, se soltaron las trenzas doradas y cambiaron sus largas vestimentas por otras más cortas y cómodas. Y así, contentas y aventureras, se fueron a escribir la otra canción más divertida de sus vidas.
Soplaban aires de guerra cuando nació.
Al cumplir la edad fue nombrado caballero.
Se arrodilló ante su rey y besó su anillo en señal de obediencia.
Partió a las cruzadas. En su escudo: la rosa blanca de la casa de York.
Cruz, espada y emblema.
Mató a gentes de otras lenguas y razas. No eran hombres, eran bestias.
Su piel se curtió, el yelmo aprisionó sus pensamientos, y su corazón se marchitó dentro de la armadura.
Su alma se petrificó.
En el desfiladero de Hattin, una lluvia de flechas le ahogó en un mar de sangre.
Bienaventurado: lugar santo de tierra santa.
El rocío y la sal hicieron el milagro.
Unas manos canelas lo recogieron y cuidaron.
Su cuerpo floreció.
Su piel sanó, su mente despertó al mundo y sintió un pálpito dentro de sí.
Allí vivió, con gentes de otros idiomas y culturas. Eran diferentes y eran personas.
Sol, arena y estrellas.
Se quedó para siempre. En su alma: la rosa del desierto.
Se arrodilló ante su dama color henna, y la besó como símbolo de amor eterno.
Cuando se cumplió su tiempo, fue llorado por sus amigos.
Su último suspiro murió en paz.
La espada había sido entregada a su nueva dueña, la línea de sangre continuaba, su anterior poseedor había caído en el campo de batalla defendiendo su hogar de un enemigo más poderoso. Ahora esa gran responsabilidad recae en unas manos jóvenes y fuertes para sostener la pesada carga física y moral, para ello cuenta con el apoyo de todos aquellos que siguen a la causa, están a su disposición para obedecer sus órdenes.
No hay tiempo para lamentos, estos vendrán cuando ella y sus caballeros venzan al enemigo y la paz vuelva a prevalecer sobre la guerra en su hogar.
Ahora es momento de empuñar la espada y alzarla para dejarla caer con fuerza sobre aquellos que perturban sus vidas.
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