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Alonso Quijano, el célebre caballero andante don Quijote, harto de permanecer oculto entre las páginas amarillentas de uno de los viejos volúmenes de una antigua biblioteca, aprovechando la soledad y el silencio de la noche y cerciorándose antes de que Sancho estaba sumergido en un profundo sueño, decidió salir en busca de nuevas aventuras y abandonar por unas horas su particular universo de papel.
La tarea no resultó sencilla, ya que, en previsión de lo que pudiese acontecer, se empeñó en llevar consigo la oxidada armadura y una de sus lanzas.
Gracias a la luz de la luna que iluminaba parcialmente la estancia, pudo observar que se hallaba rodeado de libros y lleno de júbilo se propuso encontrar alguna novela de caballería y, ayudado por su lanza a modo de pértiga, fue descolgándose por los estantes hasta topar con un libro nuevo y reluciente cuyo título llamó poderosamente su atención: “Los hombres que no amaban a las mujeres”. ¿Cómo serían aquellos hombres en cuyo corazón no había sitio para ninguna Dulcinea? Tal vez necesitaban consejo de un auténtico caballero como él. Sin pensarlo un instante, se coló dentro. Quizás la mayor aventura todavía le estaba esperando.
La primavera te ha alterado. Tu cerebro sucumbe ante las feromonas. Necesitas aplacar los ardores que te consumen y tiras de agenda. Encuentras su teléfono. Ella no te defraudará. Esa fortaleza no es inexpugnable pero has de desplegar toda tu sutileza para tomarla.
Quinta Mahou mientras esperas en el restaurante acordado. Entra por la puerta apretada y primorosa. Aunque te lo saltarías, el preámbulo de la cena garantiza tu éxito.
Impreciso por los vapores alcohólicos golpeas sus mejillas con tus labios al saludarla. Le dices algo sugerente al oído. Se te escapa un eructo mientras ensalzas su belleza. Asqueada aparta la cara. Tú interpretas timidez. Sonríes seguro de tu encanto y pides una botella de vino de la casa para romper el hielo. Un hilillo de baba se te escapa de la boca.
Sentado frente a ella te envalentonas y atacas. Te descalzas un pie y lo lanzas, con mucha clase, hacia su entrepierna. Te arriesgas a vencer…o a morir. Pero la que parece morir es ella. Tu calcetín, húmedo del sudor de varios días hiede como un perro muerto. Ella se levanta descoordinada, tambaleándose. Cuando consigue rehacerse te corona furiosa con la ensaladera.
¡Merecido honor para tan avezado caballero!
Que sea negro. Piensa. Y apoyado en el alféizar del escaparate de un negocio en traspaso, acera de por medio, ve circular vehículos rojos, blancos y azules. Ahora también uno amarillo. Y otro verde manzana. Pero ninguno del color pretendido.
Por firme que sea, su decisión ni le aparta del miedo ni le ausenta una última duda teñida de esperanza. Y si volviese a hablar con los del banco. Se pregunta en retórico silencio sabiendo que es inútil, que no hay vuelta atrás, que está decidido que haya de ser negro -como la muerte- el coche que se lo lleve por delante.
Y de repente, el corazón se le agita desbocado al ver como calle abajo se aproxima un auto zaino. Así que se incorpora de un brinco, tensa los puños y determina irrumpir en la calzada sin darle tiempo al conductor para que frene. Será rápido. Masculla. Luego anda hasta el bordillo, se aposta tembloroso entre dos coches, y…
Disculpe, caballero. Le dice un anciano enjuto, tocado con perilla, agarrándole del hombro con firmeza. Pero ese taxi es mío. Y al detenerse el vehículo, el viejo se sube y se despide cortés, llevándose la mano al ala del sombrero.
–¿Qué lobos os espantan, amigo Sancho?, ¿acaso teméis que vuestro señor no dé lanza merecida a aquellos enemigos que sin duda hallaremos en nuestro caminar?
– A fe que no es ese el motivo de mi destemplanza, señor, sino el olvido, que ruego sepa disculpar vuestra merced, de una alforja que quedó, en aquel lugar de La Mancha del que no queremos acordarnos.
–Disculpado quedáis, hermano Panza, no hacen falta tantas alforjas para este viaje, o ¿tan importante era el contenido de la olvidada?
–Dice bien vuestra merced, pues de suma importancia era lo de la alforja dejada, como demostrará el devenir del tiempo. Ha de saber también que de no haber cometido semejante descuido este simplón escudero, que con honra sirve a tan grande caballero, se hubiesen evitado tamañas discusiones, diferencias, malentendidos y aún majaderías futuras sobre cuál fue o no nuestro camino andado, al que las gentes del tiempo venidero llamarán ruta.
–Bien se me alcanza a entender por tu perífrasis, Panza amigo, que trátase de ese extraño artefacto al que los licenciados y otros sabios llaman gepese.
–No anda errado vuestra merced.
–Tengo el convencimiento, amigo Sancho, que haremos bien no volviendo a por la alforja.
Cuando el batallón número tres de Caballería alcanzó la cumbre de Monte Oliva, llevaba a sus espaldas largas jornadas de sangrientas batallas. No había ni rastro del enemigo salvo los que habían muerto en combate.
– ¡Capitán todo despejado! ¡Parece que han huido!
Los hombres bajaron de sus caballos, incrédulos de que esta absurda batalla llegara a su fin. Después de mirar al horizonte y asegurarse de que no había ni enemigos, ni cañones, ni disparos, clavaron su bandera tricolor ondeando al viento cálido del sur en señal de victoria.
El correo ensilló de nuevo su caballo, cabalgaría noche y día para llevar la tan ansiada nueva al Rey.
La nueva será, que han perdido más de la mitad de sus hombres y muchos más el bando contrario. Que han conquistado una tierra árida y abrupta que nunca nadie visitará y donde nunca lloverá, la única lluvia que conocerá será la sangre derramada por hombres inocentes.
El tramo del bulevar Hollywood que va desde la calle Orange hasta la avenida Highland es, probablemente, el más transitado de toda el área de Los Ángeles, especialmente por las tardes. Y precisamente allí, por donde a diario desfilan turistas, gente extrañísima, individuos disfrazados de superhéroes y personajes, fue donde lo vimos por primera y única vez. Con un marcado acento español nos dijo que se llamaba Alfonso o Alonso, el dato resulta incierto. Por su barba y melena blancas calculamos que rondaría los 60 años de edad, pero sus ojos parecían aún más pretéritos. No llevaba lanza ni escudo, ni escarpes, ni hombreras; solo portaba un casco con visera oxidada y un peto reluciente a la altura del corazón, y, sin embargo, aseguraba ser un caballero. Después de habernos fotografiado con él le dimos algún dinero y él, a su vez, nos sonrió benignamente. Luego se encaminó por un callejón oscuro donde su jamelgo le esperaba. Lo vimos montarlo y alejarse a paso lento mientras el sol se ponía. Y casi cuando le perdíamos de vista, a la distancia nos pareció ver una segunda figura, baja y rechoncha, que se unía a ese caminar cargado de siglos.
Sonido lejano de tambores.
Los últimos rayos del sol luchan por no morir tras las montañas.
Arrodillado junto a una tumba, un caballero de ostentosa armadura, derrama lágrimas amargas recordando las últimas palabras que pronunció su amor en su lecho de muerte.
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Su corcel, que parece intuir su profundo dolor, lame su rostro cuando él acude a su encuentro.
Después de una jornada de viaje, por fin los dos ejércitos se encuentran cara a cara. La batalla está presta de comenzar. El rey desenfunda su espada, y montando a lomos de su fiel yegua, da la orden de avanzar encabezando a sus hombres contra el enemigo campo a través.
—Vuela como el viento pequeña —le susurra al animal en el oído.
De pronto, el silbido de una lanza acercándose, rompe el aire en el mismo instante en que el corcel se alza sobre sus patas de atrás. Entonces, jinete y caballo terminan en el suelo embarrado.
La lanza ha atravesado el corazón de la yegua hiriéndola de muerte.
A su regreso, el rey descubre horrorizado que en la tumba de su esposa la lápida se ha teñido de sangre.
Hacía tiempo que ya no estaban de moda los caballeros ni sus damas.
Ahora, en vez de la lucha para apoyar al más débil, se había impuesto otro” caballero”, bastante más fuerte, cruel y poderoso, “Don Dinero”, que arrasaba con todo lo que se le ponía por delante.
Hartos ya de su poder omnímodo, los más débiles empezaron a unirse para intentar vencerlo en movimientos sociales como el 15-M, las mareas blancas y verdes, o en el incesante “Sí se puede, pero no quieren”.
Para reclamar los derechos que le habían sido arrebatados, en nombre de la tan cacareada austeridad, utilizaron únicamente su capacidad para indignarse.
Sólo con ese arma osaron oponerse a la injusticia, los recortes y los abusos perpetrados por los poderosos mercados, los intocables bancos y los omnipresentes políticos.
Intentaban así elevar su voz con toda la fuerza que les concedía la razón para intentar evitar así que la población fuera empujada hacia la pobreza y la exclusión social.
-¡Ay, si nuestro buen Don Quijote levantara la cabeza¡ Arremetería,sin dudarlo, con su flaco rocinante y su lanza justiciera contra aquellos bellacos que osaban oprimir al más débil!
…y una perta gorda para Miguel Pereira
Con el honor bordado en el uniforme, con el orgullo en su maltrecha frente y sin más arma que su testimonio de valor, se presentó en la ventanilla doce.
Como en las ocasiones anteriores, presentó uno a uno cada documento que hacía constancia de su participación en los años más turbios del país, explicando con encomiable paciencia su desempeño en batalla y sus experiencias más amargas en campaña.
El funcionario de la ventanilla escuchaba al Capitán fingiendo interés en su relato, pero al finalizar su encuentro le dio una cita para que presentara su documentación ante un militar de mayor rango, sugiriéndole que llevara algún testigo de su ejercicio militar, como si quedaran tantos vivos por ahí.
Con las rodillas temblorosas, el Capitán se levantó sin dar las gracias y maldiciendo entre dientes. Maldito burócrata y sus trámites, maldito sistema, maldito país que no reconoce el valor, maldita revolución que no dejó más que cicatrices…no, maldito él que se había convertido en un méndigo, no volvería para pelear contra molinos de viento.
Y esa es la razón por la que mi abuelo jamás recibió una pensión como veterano de guerra.
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