¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


¡Feliz Año Nuevo, queridos conciudadanos!. A continuación, su Amado y Supremo Presidente, a través de las ondas de Radio Difusión Interestatal Universal, procederá a pronunciar su tradicional discurso de entrada de año:
“¡Felicitaciones, conciudadanos! Por fin hemos alcanzado el año 2084, a pesar de las voces agoreras que, en diferentes ocasiones, pronosticaron el fin del mundo. Hemos superado crisis, guerras y bancarrotas. Hemos tenido que caer y levantarnos nuevamente. Reconstruir ciudades y edificios. Reformar leyes y reglamentos. Derruir y construir barreras y fronteras. Pero todos los escenarios recorridos nos han hecho ver que la verdadera esencia de la Paz Social se encuentra en la Igualdad entre congéneres.
Por eso podemos decir, queridos y apreciados conciudadanos, sin miedo a errar, que por fin, en el año 2084, hemos conseguido la Igualdad. Hoy podemos decir, sin miedo a errar, que \»todos los ciudadanos son iguales, pero algunos ciudadanos son más iguales que otros\». ¡Feliz año nuevo!”
Situado en perfecta posición paralela a la parada del autobús, el largo ciempiés que dibuja una treintena de pares de pequeñas piernas comienza a desplazarse de manera ordenada al acercarse el vehículo escolar. Uno, dos; uno dos… los niños se dejan engullir por las fauces del gigante de metal y se van colocando en su asiento… niño, niño; niña, niña… El autobús despega con sus pequeños pasajeros a bordo y en menos de lo que se tarda en enviar un whatsApp, la nave llega a su destino, un lugar llamado “Museo”. Los niños abren sus focos interrogantes examinando el edificio, tocan el rugoso material de su fachada: “Es piedra”, explica el profesor. Traspasan, asombrados, una puerta de apertura manual. En una sala varios niños se arremolinan ante unos cuadros: “Es como el fondo de escritorio de mi ordenador”, reconoce uno. La última sala está presidida por un atril. “Es un libro”, aclara el guía del museo. “Es como pasar de una pantalla a otra”, añade, moviendo aquel extraño y fino material llamado papel, plagado de letras y números. El guía pregunta por qué se extinguieron: “Porque tiene más de 140 caracteres… y eso está prohibido”, responden al unísono los niños.
Miró su reloj, casi desgastado por la vista, había tardado 9 horas en cruzar el atlántico; cuando llego a tierra firme eran las 12.35 , recorrió el pasillo interminable, contando los pasos, unos 2084, mostró los papelitos que acreditan un sueño, se fue a la correa, sumando las reales y las imaginarias, contaría unas 2084, pero se aseguró que la suya cargara más paroxismo que indumentaria, a la 1: 09, lo vio, con su camisa marrón, con el número 5 en el lado derecho, 2084 segundos en tierra firme habían transcurrido, 2084 segundos, para encontrarse con: 20 lunares repartidos en su espalda, 8 puntos de una antigua cicatriz en su rodilla derecha y 4 cojines en el sofá de aquel salón, que ya esbozaba una mueca.
Cada vez que oía hablar del numero 2084, un sudor frío me recorría la espalda. No era el matón al uso, no, era más bien de complexión pequeña, aunque de extremidades largas y desmadejadas, como añadidas a posteriori a aquel cuerpo enjuto, de rostro ratonil ;pero su mirada acerada y su pasado delictivo ,era más que suficiente para hacernos bajar la vista.
En la penitenciaría se hablaba de sus abusos y en el comedor se contaban anécdotas perversas, para los menos épicas, que mostraban a pie juntillas la catadura moral del individuo.
Un aciago día quiso la casualidad o el destino que nos juntaran en el grupo de talleres. Sentí que me agarraban por el hombro, para descubrir, a aquel personaje de mirada cínica tendiéndome su mano . Mientras manejábamos la canteadora y con una sonrisa siniestra, empezó a hablarme sobre la vida en su barrio (que era el mío ) y de su infancia, para terminar identificándose como “El Rata”, sí, aquél del que nos mofábamos al salir de clase, al que hacíamos toda suerte de perrerías y al que yo personalmente había apodado así.
Sólo era cuestión de tiempo y de eso teníamos de sobra.
Deja caer pesadamente el manoseado volumen de «2084 hechizos» sobre la mesa de la cocina y se levanta una polvareda que le hace estornudar. Se restriega la nariz y con los dedos pringosos empieza a pasar páginas: a ver, a veeer, «Encantamientos», no; «Conjuros de muerte», tampoco; «Sortilegios»… ¡Ah, aquí está! «Filtros de amor». Y con una risotada se entrega a la tarea.
«Un chorretón generoso de sangre de murciélago». Vaya, con la que está cayendo ahí fuera como para salir ahora de casa. Se acerca al cuervo y, mientras le rebana el pescuezo, continúa leyendo: «una pata de conejo machacada». ¡Pero si estarán todos escondidos en sus madrigueras! Y esgrimiendo un hacha sujeta al gato que se relame el hocico lleno de plumas.
Pese a la improvisación, el mejunje va tomando consistencia al fuego, aunque falta una cosa que nunca podrá conseguir.
Tijera en mano recorta tres rizos de su pubis, doncellas no quedan ya. Bueno, nadie se dará cuenta, ¿quién cree en brujerías?
Se atusa las greñas, oculta torpemente la verruga, barre el suelo para comprobar el estado de la escoba: hoy es el día de la entrega en palacio.
Pero aquel rey nunca lograría asegurar el trono.
1885, otoño; montes burgaleses, a 20 leguas del hogar; anochecía. Los padres subían agua del río.
-Simonaaa…, Balbinaaaa…
Y las pequeñas respondían desde el umbral de la rústica cabaña.
-Mamáaa…
No podían ver más allá del fuego de las hogueras encendidas a cada lado del chozo, para ahuyentar a los lobos.
De día la familia trajinaba ramas y palos de encina, que Juan y su esposa Laureana, troceaban.
Luego, había que preparar la carbonera. Un entramado de ramas mantenía enhiesto el “perico”, palo sobre el que se irían apoyando, ordenadamente, las sucesivas capas de “tastes” de encina, gruesos y delgados. Finalmente se quitaba el “perico”, dejando su vacío una chimenea central. Se introducían brasas por ese tubo y se tapaba, apelmazando con tierra, la bóveda externa del montículo. Privada de oxígeno, la cocción de la madera a 400º, comenzaba. Era necesario examinar frecuentemente la pira, tapando agujeros con tierra, so pena de echar a perder todo el trabajo.
Un descuido podía convertir aquel liviano humo blanquecino, en un infierno incontrolable.
Extinguida la hoguera, el carbón se troceaba, ensacaba, y sobre carretas se llevaban al mercado los casi 2.084 kilos, que producía cada montículo.
¡Honor a mis tatarabuelos carboneros, “montaneros ceviqueños”!
– Cuando de elegir se trata prefiero los hombres verdes. Son tan elegantes y frescos. Tan fuertes y salvajes.
Tal vez es porque una vez me enamoré perdidamente de uno. Fue el primero. Diría que casi el único.
Ahora viajo por la galaxia y al primer hombre que miro es al verde. Automáticamente llama mi atención aunque vaya acompañado de un hombre azul que es el color más codiciado.
Dicen que el mito del atractivo de los hombres azules quedó porque hace 60 años existía una leyenda de un tal “príncipe azul”, que era un espécimen llamado hombre de la era planetaria, con dos brazos y una cabeza.
En esa época sólo había hombres blancos, negros y ocres… dicen que se mezclaban y salían hijos tornasolados.
-¡Se mezclaban!
– Si, no eran hermafroditas como nosotros. Vos no estudiaste nada me parece.
– Bueno, la cosa es que eran muy feos. Igual hacían concursos de belleza y ganaban los entes que tenían más inflados los globos… no sé que le veían de interesante. Pero todo eso fue hace como 70 años. Ese mundo desapareció ¿te acordás que en el colegio nos enseñaron que fue en una explosión?
-Si, me acuerdo, la explosión del “Big Mac”.
Cuando solo faltan dos días para tu boda, cuando todo son nervios, preparativos e incluso discusiones con tus padres para ver dónde vas a sentar a tu primo, él del pueblo, al cual no ves desde hace veinte años. Después de haber encargado 2084 flores para adornar la iglesia por una manía de tu pareja, esta se presenta en tu casa tras una relación de ocho años, para decirte \»que no se va a casar contigo\». En ese momento todo se derrumba a tu alrededor, sientes como te apuñala en lo más hondo de tu ser, miras como inmóvil en la puerta, disfruta mientras te vas desplomando hacía el suelo sin mover ni un solo dedo para evitarlo, con ojos llorosos, ves como se acerca para susurrarte al oído: «Esto es lo mismo que yo sentí cuando me entere que me habías engañado cuatro meses con otra persona, cuatro meses ¿pensaste que no me acabaría enterando?»
Le miras a los ojos y en ellos solo encuentras desprecio, ves como se levanta y saca del bolsillo el anillo para arrojarlo junto a ti, entonces comprendes que todo ha terminado y no habrá esperanza para el perdón.
«No se ve el mar. Te dije que quería una habitación que se viera el mar. Pero cuándo has atendido cualquier cosa que me haga bien… ¿Me escuchas, María? Estúpida mujerzuela, soberbia y obstinada. Voy a cumplir mi palabra; te advertí que si volvías a disgustarme iba a hacerte mucho daño, y me da igual que te escondas en un sitio apartado como este y que me pongas cara de afectada y arrepentimiento. Has dejado un hogar destrozado, y a mis tres hijos sin madre. Si sigues sin contestarme voy a entrar al baño a buscarte para destrozarte la cara contra el espejo.
He olvidado el neceser. Y tendría que haberme traído un bañador para la playa, y las tijeras de pedicura, pero con la medicación me tiembla mucho el pulso. ¿Me estás escuchando, loca de los cojones?»
Todo sería distinto si la habitación 101 fuese la de un hotel, y si las palabras de María no estuviesen rebotando, asustadas, en un cuarto vacío.
RELATO, POR SUPUESTO, FUERA DE CONCURSO
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









