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Desde hacía tres meses y con la llegada de la primavera Pablo decidió sacarle partido a su faceta de pintor . No disponía de un lugar fijo para trabajar, aunque las dos últimas semanas la plaza de Olavide era su escenario favorito y hoy no iba a ser distinto. Allí los niños correteaban jugando al escondite mientras los adultos charlaban. Le gustaba ese lugar porque estaba cargado de humanidad, voces, gritos, empujones, risas, chismorreos. Cada vez que retrataba a alguien sentía como si todo lo externo a él proviniese de otra realidad, tenía que centrarse mucho los primeros minutos para envolverse ante la persona que estaba a su frente.
Cada retrato representaba un gesto, una actitud, un alma ante la vida.
Nací entre manglares, pronto aprendí a caminar sobre las aguas, nadie me enseño a hacerlo sobre la tierra pero cuando la bruma cubre la laguna camino también sobre las nubes. Solo una vez vi una sirena, hace tanto tiempo, sin embargo todos los días me acuerdo de ella y pensativo miro a lo lejos, por ver si vuelve. No se si es hermosa, nunca tuve elementos de comparación, para mi lo feo es hermoso, y lo hermoso es hermoso. A veces intento verme a mi mismo reflejado en las aguas, pero las ondas que produzco en mi caminar impiden toda claridad al respecto. Creo que ha llegado el momento de buscar otro lugar en el mundo.
Ayer evidenciaban instantes de felicidad, pequeñas teselas de los últimos años vividos en el grupo: el cumpleaños de Javier en el que tuviste un encuentro furtivo con su hermana, la fiesta de Halloween, con todos ubriacos, como decía aquel italiano tan gracioso que se nos acopló sin conocerle nadie, el descenso del Sella compartiendo petaca y risas con propios y extraños.
Hoy, la alegría obscena de esas fotos, contrasta con las caras largas de los que te conocimos; desde estos malditos sillones de escay me pierdo en tu retrato, y a ratos me preguntó por qué motivo hemos sido tan idiotas. Sin despegarse de él, tu madre busca entre nosotros a quién poder subir a su cadalso, y el parpadeo del fluorescente nos ofrece una tregua violeta, permitiendo que más imágenes vuelvan a la memoria.
No tardará en aparecer alguno en la sala reconviniendo que, de vez en cuando, tienen que pasar estas cosas para que los demás aprendan. Que pudimos ser cualquiera. Que hay que cambiar y tirar para adelante.
Y yo digo que quién sabe al final lo que es lo correcto. Que éramos iguales. Que nunca se sabe. Y que qué feliz fuiste, vaya.
Cada noche de fin de semana, Carmelo volvía a altas horas de la noche y pretendía que sus padres no percibieran su tardío regreso. La casa, que era una herencia familiar, no era inmensa, mas si confortable y muy bien adornada. Solo un detalle no armonizaba en la sala principal: en la pequeña pared situada a la izquierda de la puerta de acceso estaba centrado un gigantesco retrato con una figura desconocida. Carmelo procuraba ignorar el cuadro cuando ingresaba a la cómoda morada. Solo algunas veces era pillado por su padre.
– ¿Cuántas veces he repetido que éstas no son horas de regresar a tu hogar? ¿Acaso es un secreto lo peligroso que se ha tornado el vecindario? –le reprendía el señor Alberto.
–Lo sé papi, la próxima estaré aquí más temprano –contestaba el joven de 18 años.
–La próxima me las arreglaré para que no salgas.
Sin embargo, Carmelo continuó con sus escapadas de fin de semana y extremó las medidas para que su entrada pasara desapercibida. En ocasiones pensaba: “nadie notó mi regreso”, pero recordaba los ojos del retrato que parecían fijos en él, por muy silenciosos que fueran sus pasos.
La boda fue fastuosa: portadas en revistas, programas del corazón. Ella era joven y bella, él, rico y poderoso podía haber sido su padre
Llamaron al retratista Era el pintor más renombrado de la provincia. Captaba el espíritu de las personas, su interior, su idiosincrasia.
Quedaron plasmados de la manera más perfecta. Parecían una copia viviente, casi se les veía respirar.
Al tiempo el retrato se fue transformando. A ella le empezaron a aumentar los pechos, a marcársele más los pómulos, su nariz se hizo más perfecta. A él, si se le miraba con detenimiento, empezaban a brotarle en las sienes unas protuberancias blancas, que recordaban los cuernos de un becerro
Peldaño a peldaño creí estar escalando puestos en tu corazón. Día a día me fijaba en cada uno de tus movimientos; tus palabras y deseos los hacía míos para conseguir que todo fuera perfecto. Desde tus ojos miraba los colores que te hacían vibrar, los paisajes que te emocionaban y las personas que te parecían importantes o sensatas. Desde tus labios besaba, sentía, acariciaba. Desde tus manos aprendí a modelar el mundo; tu piel era mi piel, tus negros cabellos formaban parte también del conjunto en el que me había transformado.
Aquel retrato antiguo fue todo lo que me dejaste, tan manoseado que casi era invisible, pero en mi espejo te veía reflejado cada mañana. Y tu sonrisa se dibujaba en mi cara. Dejé de verme, de sentirme, anulé todo mi ser para formar parte de ti. Ahora ya no estás. Sola, me pregunto ¿Qué hice mal? El espejo me devuelve una imagen desfigurada, por más que la miro no consigo reconocer en ella los rasgos que te hicieron mío.
Sentado en aquella incómoda silla el tiempo parecía estar detenido. Me dio por pensar en lo aburrido que resultaría ser modelo, inmóvil y examinando tus pensamientos, cómo hacía yo ahora, sin parar de darle vueltas a mí complicada situación. Sabía por qué estaba allí, pero no si ellos sospechaban la verdad. Mientras soportaba la dureza de mi asiento, que me hacía mantener la espalda en una postura poco natural, no dejaba de repasar los hechos ni de preguntarme si habría sido tan pulcro como acostumbraba o si por el contrario algún imperceptible descuido habría proporcionado un maldito indicio que me señalara. La fría sala se llenó de gente y me sentí a disgusto, alguien colgó de mi cuello una especie de pizarra con algo escrito que fui incapaz de leer entonces. –Sujete la pizarra con ambas manos y mire al frente-, me dijeron de muy malos modos. Un primer fogonazo me cegó por completo y quedé algo aturdido. –Mire hacia su izquierda. Más, más aún, quieto ahí-, un segundo fogonazo me hizo comprender qué aquella imagen se perpetuaría en el tiempo y no tuve más remedio qué entristecerme, mi lado bueno es el derecho.
Mi cuerpo de madera está envuelto por el azul de los secretos del mar expresado en muchos ojos; por el amarillo de las alas del gran pájaro de los pensamientos, por el malva de la aurora boreal del talento y el verde selvático de las ilusiones que mi pintor ha plasmado en tantos rasgos. El rojo pasión que me viste, asoma en los labios gastados a besos y el gris ceniciento de las pieles desencantadas cuelga de mi borde, sujetado por el amarillo rosáceo de la frescura de la juventud.
Compartimos esta sala retratos, caballete, los colores que me envuelven y los miles de personas que nos visitan todos los días.
Eras tan hermosa, aún te recuerdo, y han pasado ya… no se cuantos años. Te lloré, no me avergüenzo, eras mi compañera, siempre fiel, siempre atenta a mis deseos.
Sentir tu calidez en una tarde de invierno, sentir tu aliento en mi rostro, tus caricias, tu mirada tierna. Pero ya no estas, no puedo dejar de recordar aquel momento del adiós, mi llanto y tu dolor, la impotencia, el tener que dejarte ir, apretar mis puños y mi corazón.
Llovía cuando nos presentaron, tu pelo chorreaba, nos miramos y fue amor a primera vista, eras pequeña, alegre, le diste vida a mi entorno y yo te ame.
Desde el retrato me miras, estamos abrazados, mi rostro es de felicidad. Cuando diste a luz a ese ser que me acompaña no pensé que te podía perder, nunca me lo imaginaba, hoy observo la foto con nostalgia.
¿Sabes? Se parece tanto a ti, pero aún es muy pequeño y sigue destrozando cosas, pero ya me acostumbré, es como si estuvieras, aunque nada te reemplaza, fuiste la compañera de mis mejores y peores momentos.
Tu cachorro me mira y no entiende mis lágrimas.
– ¿Cómo lo quiere, de frente o de perfil?
– ¿El qué?
– Qué va a ser, el retrato, ¿no quiere usted un retrato?
– Pues no, yo venía por lo del anuncio
– Ah, ¿es usted cocinera?
– La mejor
– Y ¿cómo dice que se llama?
– Me llamo Lisa, para servirle, ¿y usted?
– Leonardo, pero siéntese, siéntese un momento y déjeme que la observe.
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