Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

32. El chatarrero

Todas las tardes sale a callejear la ciudad y recoge cosas del suelo. No recoge todas las que ve, claro, solo aquellas que por algún motivo inexplicable siente que tiene que recoger. Puede ser un dedal, un tornillo oxidado, una sota de bastos solitaria y marcada por el tiempo o cualquier otro pequeño objeto que llame su atención. Una vez de vuelta en su casa, coloca todos aquellos mínimos tesoros sobre una vieja bandeja de latón que también ha recogido en la calle y los observa detenidamente. Después cierra los ojos, toma entre sus manos uno cualquiera, y con el tacto de la yema de sus dedos viaja por él; recorre sus sinuosidades, sus recovecos, su singular geografía; siente su textura y su consistencia, y vive las vidas de quienes los han poseído.

31. ESPERMIOGRAMA – EPI

Hace años me mandaron una prueba sobre fertilidad.
Miré en mi libro de Gine, cómo llevar el producto. Había que perforar un condón para que no se quitara la posibilidad de embarazo. Implicaba el hacer uso del matrimonio y desistí.
Ya en el hospital acudí a la sala de extracciones y analíticas. Fantaseé un poco con las extracciones, pero me lo quitó de un plumazo la señora con bigote que me dio el frasco.
La sala estaba a reventar de madres con niños. Olía fatal y el baño estaba muy sucio.
A pesar del griterío de fuera, me puse a ello.
Me canso.
Cambio de mano.
Me doy cuenta de que el espejo tiene una grapa y recuerdo los jarrones de Japón súper valorados por tener reparaciones.
Miro hacia abajo y nada dura para siempre.
Vuelta a empezar y la cosa parece que promete.
Preparo el frasco y un golpe brutal en la puerta hace que se organice un desastre y parte se vaya por el sumidero.
Nada está completo.
Sudo a mares y al salir toda la sala me mira.
La del bigote eleva el frasco y lo evalúa y sonríe.
Nada es perfecto, digo.

30. De la magdalena de Proust a la fotografía en el periódico

Al abrir el periódico María identificó la fotografía que aparecía en primera plana. Entonces, mientras revolvía el azúcar en el café, el remolino la engulló transportándola al jardín de la casa.

Con su pequeña Orbea azul recorrió el camino que la bordeaba y que tan bien conocía. Pasó delante de los rosales, hortensias y gladiolos. Se paró a beber de la fuente, tiró de las ramas del

sauce que ahora estaba más llorón que nunca. Al entrar en la casa subió corriendo las escaleras hasta llegar al desván, allí donde empezó a fumar bisontes con su hermana, y donde descubrieron

los juguetes escondidos para el día de Reyes.

Estuvo tentada en compartir sus emociones con José, el joven camarero, pero no lo hizo. ¿O acaso a alguien le iba a importar que aquella casa con su finca iba a ser derruida para convertirse en

un bloque de edificios?

29. Estrías

Me despierto con la primera luz de día, la que parece decirnos que amanece igual que ayer, pero no, eso es imposible. Y esa luz me permite ver por primera vez tu cuerpo desnudo con claridad, tumbado a mi lado,  suave, fresco, liberado de los sudores efervescentes de nuestra amistosa contienda sexual. Esa claridad me muestra tu vida, y observo complacido los pliegues esculpidos en tu piel a juego con las sábanas, alguna cicatriz con su propio recuerdo escondido, varios tatuajes con historias grafiadas, a saber cuáles son sus significados, y estrías entre lunares que nada tienen que contar.

Justo ahora te despiertas y tímida sonríes, buenos días me deseas y te levantas para ir al baño cubriéndote tus pechos caídos. Yo disimulo la cojera que produce mi maltrecha cadera cuando voy a mirarme frente al espejo y contemplo las canas de mi incipiente barba.

Noto que tengo hambre y en ese justo momento, desde el baño, una voz que ya empieza a gustarme interroga:

—¿Quieres desayunar…mmmm? ¿Cómo te llamabas? —Y resuenan nuestras carcajadas al unísono.

28. Espalda como papel de arroz

La primera vez que vio mi espalda dijo que contenía mundos, y nunca se ha cansado de traerlos a la luz con pulcritud de artista. Por las noches la convierte en pliego de papel de arroz, y la tinta transforma un costurón en arroyo crecido por el deshielo o en joven bambú arqueado por el viento. O reinterpreta mis cicatrices en caligrafías imposibles, que por la mañana se diluyen en el agua del baño, tiñéndola como las hojas del té tiñen el agua hirviendo.

El dolor fue lo primero en desaparecer, casi no lo recuerdo, hace ya tantos años… El resentimiento lo borró la pericia de sus manos. La tristeza, sin embargo, todavía alienta a veces cuando miro el cielo de verano, tan parecido a aquel otro cielo, y cada seis de agosto vuela hecha grulla al oír la campana del Parque de la Paz. Y también cada seis de agosto prende en mí un destello de agradecimiento por haber renacido del horror con una espalda capaz de alumbrar mundos. Un destello efímero, sí, pero tan hermoso como el pétalo recién desprendido de una flor de sakura.

27. DILEMA (Edita)

Toda la vida acomplejada por sus curvas excesivas. Sufría estrecheces para costearse cada nuevo modelo de faja extrema o sostén reductor. Soñaba con un trabajo que le permitiese entrar en quirófano y soltar bridas opresivas. Cuando, al fin, lo consiguió y pudo ahorrar la cantidad suficiente, se pusieron de moda pechos y  culos más exuberantes que los suyos. Ahora ya no sabe si cortar, pegar o encargar una corona de crisantemos.

26. EN PROFUNDIDAD (A. BARCELÓ)

Tanto tiempo cruzándose con él en las escaleras de la oficina y nunca lo había visto de esa forma. No entiende por qué no puede quitárselo de la cabeza. Le sorprende recordar tantos detalles suyos cuando no lo tiene delante. Quizá no ha sido completamente consciente de cuánto llamaba su atención, pero si llegó a calificarlo de horroroso y, mira tú por dónde, ahora, lo describiría misterioso, hasta se atrevería a añadir apasionante. Ha llegado a pensar que le ha estado lanzando mensajes subliminales desde el principio: «Todo es cuestión de perspectiva», le ha estado diciendo. Sin duda, todo esto no puede ser más que una apreciación subjetiva, probablemente nacida de la situación anímica tan inestable que ha venido atravesando últimamente. Sea como fuere, tiene clara una cosa: a partir de ahora, se lo pensará dos veces antes de criticar un cuadro abstracto, sobre todo, conociendo a su autor.

25. Ideas circulando por calles cortadas

La soledad es una mierda le repetía alguna parte de su mente, un virus que te va matando desde dentro, que se toma su tiempo para hacerte sufrir. No es cierto, no lo creas le pareció leer en un cartel al otro lado de la calle. En el semáforo el señor de verde comenzó a reírse de él. Qué importancia podía tener ahora, sabía que lo peor no era estar solo sino rodeado de gente que te ignora. De qué servía tener las manos llenas si cuando cerrabas los puños no quedaba nada. Sacó las monedas del bote y las guardó, mañana al menos tendría para comer. ¿Mañana? Parecía tan lejos. ¿Cómo pudo vivir mirando a ese horizonte? Tan difuso, tan inalcanzable.

Una ráfaga de aire le contestó llevándose uno de sus cartones. Agarró la manta con fuerza y dejó que sus pensamientos se difuminaran con el sueño.

24. Estrella (fuera de concurso)

Nació en verano, una noche de luna llena. Su madre necesitó que le abrieran las entrañas para que pudiera salir, porque tenía los bracitos largos, las piernas cortas y un cuello como de tortuga acuática. Su simetría asteroidea inspiró su hermoso nombre, pero le acarreó un estigma difícil de superar.  Más allá de conseguir una inigualable voltereta lateral y ser capaz de hacer cálculos infinitesimales de cabeza, la criatura resultaba bastante torpe, lo que, sumado a su figura desgarbada, la convertía en blanco fácil para las burlas y el rechazo.

A mí me fascinaban su armonía matemática, su fragilidad y el  misterioso capricho que la cruel naturaleza había perpetrado con su cuerpo. Consciente de que jamás encontraría a nadie como ella, invertí tiempo en convencerla de que era alguien especial que merecía mucho amor: el mío.

Y la amé. Durante años. Hasta que cambió. O cambié. Hasta que su anatomía pentamérica dejó de parecerme extraordinaria y su habilidad aritmética terminó por irritarme. Hasta que ella se fue encogiendo y la expulsé de mi galaxia. Hasta que una noche de invierno sin luna se volvió fugaz, atravesó una ventana  y aterrizó sobre un suelo azul celeste, más estrellada que nunca.

23 La cicatriz

Cuando me abro la camisa ante el espejo puedo contemplar una enorme cicatriz en mitad de mi pecho. La repaso y la palpo una y otra vez, desplazando arriba y abajo la yema de mi dedo: es la línea que me identifica y define. Luego cierro los ojos y en apenas unos instantes recuerdo aquellos dos faros que me deslumbraron, mis manos aferradas al volante intentando apartarme, un golpe seco que hunde la chapa, dar vueltas rodando mientras caigo por una ladera, el sonido de sirenas, los bomberos, la ambulancia, el hospital y de nuevos unas luces sobre mi rostro hasta que pierdo la conciencia y me duermo…

La cicatriz de mi pecho, lejos de hacerme imperfecto me devuelve una nueva imagen de mí mismo reparado y a salvo, convertido en un nuevo ser. Es por eso que cuando me abro la camisa ante el espejo, acaricio agradecido esa línea inconfundible que me devolvió la vida.

21. Autorretrato (fuera de concurso)

Soy el peor verso de Bukowski atrapado en la última frontera, los girasoles secos de un lienzo regado con la sangre vertida por la oreja de Van Gogh. Soy la lluvia que interpreta sobre las alcantarillas una pieza de Michael Nyman, las gotas que golpean la basura como teclas de piano. Soy el David de Miguel Ángel exhibiendo el miembro excesivo de Príapo, la fruta pequeña y madura que se aparta en las cosechas. Soy el niño que llora el primer día de colegio, al que le arrebatan el bocadillo en el recreo, el que pierde a la chica de sus sueños por no atreverse a decirle que la quiere. Soy el niño que abandonan sus hijos en una gasolinera del barrio de Hortaleza y que muere, años más tarde, en un banco recién pintado de un parque solitario. Soy, y siempre he sido, el muerto en un bautizo, la novia en un entierro, el recién nacido en la boda forzada de dos adolescentes. Soy el que siempre llega tarde a la hora de la cena, el último en aprender a amarrarse los zapatos. Soy un lagarto sin camisa, despanzurrado otra vez,  en el asfalto caliente de una carretera comarcal.

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