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Mientras pedía un cortado y ojeaba distraídamente el retrato del general Millán-Astray del bar del Congreso, Matías (diputado de un partido no de izquierdas) empezó a rumiar sobre la creación del Universo, los planetas, la Tierra, el origen de la vida y todo eso. Resumió mentalmente todo aquello que la Ciencia había podido explicar hasta ahora. Y se emocionó solo, al verse inmerso dentro de esta maquinaria biológica tan perfecta.
Poco después, le echaba la gran bronca al joven camarero porque no le había traido el azucarillo.
Su retrato nació amparado en la melancolía que desprendía aquella frágil muchacha.
La encontré una noche de lluvia. Las calles vacías. Oscuridad. Sin estrellas ni luna en el cielo azabache; sólo alguna solitaria farola aportaba a la escena una trémula luz tan triste como ella. Y lloraba, como el resto del mundo, lágrimas de lluvia.
No había niños jugando, ni apenas gente; sólo coches que salpicaban sin piedad, con el barro que arrojaban sus neumáticos, a los dos únicos transeúntes a la vista: ella y yo.
Entonces, pensando en la melancolía de aquella frágil muchacha…
Nació su retrato.
Delante de mi retrato, recién acabado, ¡pensaba en ti y recordaba tus palabras! Me alerté. Respire, y dejé de cavilar. El pintor me inmortalizaba en Esfumato en un lugar hermosísimo. Un rio de aguas torcidas y serpenteantes miraba al Este. Regaba, a su paso, frondosos manzanos, perales y naranjos. Después, se dividía para formar cuatro ríos y atravesar un bosque de trigo salvaje. Me atraía ese sitio suavizado por colinas que me circundaba.
Agiles gacelas y multitud de pájaros viajeros ascendían y descendían por el cielo. Bellos animales reunidos en un huerto natural jugaban en sus lagos celestes. Al fondo, un querubín con flameante espada, custodiaba dos árboles frondosos. Podía respirar los frutos y el frescor del agua. El lienzo rezumaba perfumes a fruta madura… Eso me alarmó. También mi sonrisa. Escondida en ese paisaje idílico alentaba los movimientos sinuosos de un reptil. Recordé, y tus palabras hablaron. Las escuche de nuevo. –“Si no puedes darle días a tu vida, dales vida”.- Sentía escalofríos Adán. Llena de dudas fotografié el cuadro. Te envié las fotos por el móvil y enseguida me llegó tu mensaje.
–Sí, ahí vivíamos. Sin pecado ni muerte; solo jardín y delicias ¡Qué tiempos Eva! –
Las luces de la feria comienzan a iluminarse, todo un mundo de ilusión ante sus ojos. Ha estado preparando este momento toda la tarde, delante del retrato que le hizo Enrique el año pasado. A través de él puede ir renovando su alegría, pues tiene impregnado en sus ojos un brillo de plata único. Hace días la llegada de la feria le podía haber parecido una cruel monotonía, pero a través de su retrato todo cobraba sentido. Enrique, la alegría, el brillo en los ojos.
En el momento de entrar a las calles iluminadas, recuerda el momento en que el retrato surgió. Todo maravilla, tener para siempre el recuerdo de Enrique a través de su arte, su inspiración.
-Ana -le dijo Enrique-, te dejo el retrato, pero piensa que solo es una pequeña sombra de toda la alegría que me has dado.
Ahora, aunque ya no puede ver a Enrique, el retrato le estimula, le alienta, le da vida. La feria vuelve a ser una alegría, el olor a churros con chocolate, el calor de los niños al montar en las atracciones.
Se vio en el espejo pero no se reconoció. Esa mujer de rostro ajado, de mirada cansada y de grandes surcos sobre la piel no podía ser ella.
Se puso un sujetador que realzaba sus pechos. Dejó caer desde su cabeza un nuevo vestido de Carolina Herrera, se ceñía a su cuerpo como un guante. Un cinturón de piel con las letras D&G puso la guinda. Se colocó los pendientes de oro blanco a juego con la gargantilla, el anillo de casada y una gran pulsera en la que estaba grabado el nombre de su hijo. Se arregló el cabello recogiéndolo en una coleta. No olvidó el ligero maquillaje que estilizaba sus pómulos, el lápiz de labios color rojo pasión, ni el toque de rímel.
Se miró de nuevo, se paseó y se recreó en lo que veía. Ahora sí se reconocía. Ahora sí que veía a la mujer que todos elogiaban, e incluso admiraban. Esa de la que todos esperaban algo. Esa mujer de rostro aterciopelado, de piel tersa y de mirada…cansada.
La exposición ya estaba colgada y no quedaban eventos promocionales que le ahogaran el tiempo. Ahora podía dedicarse al retrato que sentía que le debía a su madre y que comenzaba a urgir. El velero que surcó los mares de la consciencia, con tanta destreza, empezaba a navegar entre ocultas lagunas.
Preparó un lienzo de 90×60 y comenzó a pintar de memoria. Ya el primer día estaba el bosquejo completo. En dos días concluido el retrato. Había sido tan fácil como entrañable, pero algo le causaba desazón: ¡La mirada! Era demasiado triste y cansada. No podía dejarla así, y a pesar de sus capacidades, se gastó una semana entre toques y retoques hasta estar satisfecho y conseguir que sus verdes ojos fueran como una visión de las selvas amazónicas donde perderse.
Eufórico, llamó a su hermana para asegurarse de que estaban en casa y llevarlo inmediatamente. Clara le dio la vuelta al calcetín en apenas unos segundos. Según ella, “mamá”, parecía haber perdido la vista en apenas una semana. Dorian colgó el auricular con una mano sudorosa mientras la otra ya alcanzaba los pinceles.
Un humeante café, dos vueltas con la cuchara al azúcar que nunca añado y el cigarro que arrojo hacia la pared que me impide ver la luz. En breves instantes siento el calor y el crepitar de unas cortinas que se deshacen más rápido que la última calada. Bob Dylan dispara un ¿Qué se siente? que se clava directo al corazón. Le respondo que no sé si son mis sueños desparramados por el suelo, besos fugitivos o el retrato de la envidiable pareja de Freewheelin los que me han impulsado a mandarlo todo al traste. Sé que me escucha pero insiste repitiendo la misma pregunta.
Contemplo la escena con unos ojos que lloran vencidos al humo. Pinto mis labios, me suelto el pelo y bailo al compás de las llamas frente al espejo. Le reto con mis cánticos y movimientos desinhibidos. He perdido el reflejo de esa niña para encontrarme una mujer en ropa interior, subyugada al ritmo de la vida.
Seis minutos de éxtasis interrumpidos por el revuelo de vecinos que golpean la puerta. Selectiva, sólo invito a la fiesta a unos apuestos bomberos que seducidos por la música me cantan a coro: “NENA, estás LIKE A ROLLING STONE”.
Fue un matrimonio pactado. El noviazgo epistolar. No se conocerían hasta el enlace. Una de las cartas incluyó, por expresa petición de ella, un retrato. Esto tornó su sereno conformar en ilusión desmedida.
No se trataba de una pintura, sino de una novedosa fotografía en color. El hombre posaba, según rezaba la anotación al dorso, en junio de 1919 en una de las encaladas calles de Granada.
Alto, apuesto, rubio, con unos ojos que se adivinaban claros, podrían ser azules, si no lo eran, a ella le parecieron el mar donde naufragar el resto de su vida.
Se casaron. Consumaron el matrimonio.
Volvió a mirar el retrato, buscando algún rasgo que la reconciliase con las ilusiones que hasta la noche anterior había mantenido, con la vida que había soñado junto a él, entonces se dio cuenta, demasiado tarde, que aquel hermoso joven no proyectaba ninguna sombra.
Se giró sobre la almohada y lloró. Lo hizo en silencio. Para que a su lado él, no despertase.
¡Ahí está!, embutida en un traje corto y generoso de escote. Y él con la mirada en su culo.
Mi Manolo me quería. Cuando fallecí, sacó mi fotografía y la puso sobre el televisor. Desde aquí veo la mesa, el sillón y, encima, el Sagrado Corazón en su vitrina. He sufrido al verlo padecer con el Betis y cenar sardinas en lata.
Una noche bajó la vecina que tendía la ropa chorreando. Se desabrochó tres botones de la blusa y al poco apareció él con el salero.
Sólo habían pasado siete años cuando Manolo empezó a salir los domingos. No se lo reprocho, yo me encuentro más ajada y él tan fresco, pero esta mañana me extrañó que limpiara por primera vez el polvo, sacase la imagen de la vitrina, la colocara mirando hacia la pared (cuando sabe que así se puede vencer), y que pusiera la mantelería de Lagartera.
Ahí están, comiéndose un pollo frito. No paran de reír, pero… ¡Será golfa!, pues no va y se tumba despatarrada en el sillón, ¡cacho pendón! y… ¡Ah!, ¿pero qué haces Manolo?, ¿adónde me llevas? ¡No!, ¡otra vez al cajón de la cubertería, no!
¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!
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