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Se desperezó. Su cuerpo crujió como una carraca. Quizás había pasado demasiado tiempo tumbado. Quiso ver cómo iba el mundo y orientó la antena para ver si conseguía una buena señal. No le hicieron falta más de treinta minutos para concluir que todo permanecía igual. Que la pobreza se esparcía desordenada, imparable y más cruel cada día. Que la riqueza, adicta a su particular régimen, seguía adelgazando en extensión mientras aumentaba en estatura. Que el poder no dejaba de apestar a podrido. Que el futuro te esquivaba la mirada y la esperanza callaba tacaña. Que el cielo dolía y que el suelo, inclemente y obstinado, atraía por igual los objetos y las miradas.
Le estaba costando aceptar que todo permaneciera igual por tantos años. Era absurdo. Inexplicable. Odiaba en extremo ser testigo permanente de aquel terrible cáncer. Y comenzó a considerar si, en el fondo, la muerte no sería una brillante invención. Irritado, volvió a acostarse y se dijo: la siguiente vez sí, la decimotercera tiene que ser la vencida! Y decidió que esta vez serían por lo menos 50. O mejor, 80 años. Puso el despertador para el año 2010 y, tras un inédito acceso de hipo, se durmió.
Trató de dormir pero…
Como siempre, el insomnio, el recuerdo torturando aún después de tanto tiempo.
Entonces, la vio, blanca, etérea, irradiando paz, en silencio con una sonrisa.
Se enderezo en la cama sorprendido, los ojos desmesuradamente abiertos, sus labios musitaron;
-¿Volviste? Pero si vos…
Recordó aquel momento, el intenso dolor, cuando quiso retenerla no pudo. Debió dejarla partir, ya nada podía hacer. Como en trance con un hilo de voz susurró:
-Sabias que te amaba, que aún lo hago, quise irme contigo, no me dejaron, quedé llorando tu partida. Cerraba mis ojos y los tuyos tristes me susurraban un adiós.
Aunque ha pasado tanto tiempo, no ha menguado mi dolor, ahora estas aquí, vuelvo a sentir tu presencia, dándome paz.
Lo envuelve una rara letanía.
Siente que algo suavemente lo recuesta mientras va perdiendo conciencia hasta quedar dormido.
Cuando despertó, ella no estaba allí, el sol asomaba por los intersticios de las cortinas, pronunció su nombre y se sintió feliz.
Desde la pared la imagen fotográfica deteriorada por el paso de los años aún le sonreía.
Emma intentaba alcanzar los peces de colores con las manos una y otra vez, pero siempre se le acababan escurriendo entre los dedos. Estuvo muy cerca de atrapar uno verde, achatado y con cara simpática, que fue el más grande de cuantos su imaginación acertó a inventarse en las últimas semanas. A decir verdad, ella no tenía mucho sentido del tiempo. Sus amigos del agua le acompañaban en sus juegos diarios mientras allá, en la lejanía, sentía voces, canciones y susurros que comenzaban a sonarle familiares…¿serán a mi?
Un día cayó envuelta en una extraña y desconocida espiral. Tanto torbellino terminó por abrumarla, no podía identificar esa sensación de vértigo, de abismo, de oscuridad…¿y los peces? ¿dónde están?
Cuando despertó, su pequeño universo había cambiado sensiblemente. Descubrió que las voces, ahora ya cercanas, sí que se dirigían a ella. Y sí, habían vuelto los peces de colores dispuestos a atrapar sus sueños en lo alto de su cuna y en la oscuridad de las noches.
Bienvenida al mundo, pequeña Emma.
Una mañana cuando despertó, Frank noto que un libro estaba fuera de lugar de su pequeña biblioteca personal. Intrigado lo tomó, miró el título “La metamorfosis” y lo acomodo en donde debería de estar.
Esto sucedió en varias ocasiones, hasta que un día el ejemplar apareció tirado en el piso. Cuando se acercó a recogerlo observó atónito que una especie de coleóptero se escondía debajo del librero. Sentir que lo miraba fijamente fue patético. Aunque más patética fue su locura al pensar que se trataba del joven Gregorio Samsa.
Por días le proporciono alimento y agua antes de irse a trabajar. Cuando regresaba, el enorme escarabajo se asomaba, lo miraba con agradecimiento y se volvía a ocultar. Pero una noche, al llegar de su jornada laboral, no se asomó. Lo buscó por todos lados sin encontrarlo. Había desaparecido, al igual que la obra de Kafka.
Trató de ser realista y razonable. Pensó que se trataba de un caso de psiquiatría, pero al día siguiente al salir de su hogar, se le acercó un joven de aspecto raro. Le entrego su libro y le agradeció su tolerancia y relativismo. Para después alejarse agitando, para despedirse, uno de sus cuatro brazos…
El joven se despertó con la camiseta empapada. No era por el sudor, sino por la humedad intensa del ambiente. Se incorporó y al levantarse resbaló sobre el suelo. Posó las manos sintiendo la inestabilidad de la superficie rugosa y llena de charcos. Aquel lugar parecía más orgánico que artificial.
¿Y ese hedor? El ambiente estaba cargado de un fuerte olor que no sabía identificar. La oscuridad tampoco le ayudaba a concretar el aspecto de aquella caverna. No conseguía recordar dónde había terminado horas antes de dormirse.
Buscó el mechero en su bolsillo, lo extrajo y prendió una leve llama que iluminaba las paredes irregulares de color burdeos. Súbitamente la estancia se abrió al frente igual que una ventana para dejar paso a la luz, perfilando unas piedras puntiagudas clavadas al piso, iguales que el marfil, aunque sucias. El suelo comenzó a temblar y se plegó formando una ola que le empujó hasta el fondo, seguido por chorros de un líquido denso, como la saliva. Perdió el equilibrio y cayó por un pozo en el que aumentaba el calor y la peste. Desmayado, se hundió en el foso.
Entonces el dinosaurio cerró la boca y siguió soñando.
Hacía dos meses que había dejado de soñar. Ni siquiera era capaz de soñar despierto. Su vida se había convertido en un infierno. Para estimular su imaginación decidió emprender un largo viaje por todo el mundo. Atravesó el desierto en camello. Visitó países exóticos y conoció lugares maravillosos. Durmió al aire libre contemplando las estrellas. Leyó toda clase de libros, de aventuras, libros infantiles, cuentos de indios, de piratas, de buscadores de fortuna. Todo fue inútil.
Como último recurso, solo le quedaba ir a ver a un personaje un tanto extravagante que le habían recomendado. Según le informaron, esa persona era capaz de hacerle soñar con lo que él quería por medio del hipnotismo.
Se sentía demasiado cansado para conducir, así que cogió el tren de cercanías. Buscó asiento en un solitario vagón donde nadie pudiera molestarlo, se sentó y apoyó la cabeza sobre su brazo derecho, cerró los ojos y se dejó arrullar por el traqueteo del tren.
Le despertó el revisor diciéndole:
— ¡Señor, señor!, despierte, el tren ha llegado a su término
Cuando despertó recordó el sueño que había tenido. ¡Qué angustia!, menos mal que sólo fue una pesadilla. Soñó que había perdido la capacidad de soñar.
A lo largo del año, cada mes, buscaremos inspiración en un libro o autor de Literatura Universal, que nos permita. además, proponer diferentes ocasiones para la práctica de géneros muy distintos.
Estos serán los temas propuestos y sus correspondiente homenajes para 2013.
ENERO: Cuando despertó… Augusto Monterroso
FEBRERO: El retrato… Oscar Wilde
MARZO: 2084… George Orwell
ABRIL: Caballeros… El Quijote
MAYO: … qué le pasa a la princesa… Ruben Darío y literatura fantástica/romántica
JUNIO: En el espejo… Alicia, de Lewis Carroll
JULIO: Preferiría no hacerlo… Bartleby el escribiente, Melville
AGOSTO: Insectos… La metamorfosis, Kafka
SEPTIEMBRE. Volver… La Odisea
OCTUBRE: Cita con la muerte… Agata Christye y género suspense/policiacio
NOVIEMBRE: Inventa una palabra… Julio Cortazar
DICIEMBRE: … apareció por Navidad… Charles Dickens
Cuando despertó todo seguía igual, Ahab permanecía con una rabia inacabable atado a su lomo. Jamás la dejaría marchar, durante eones navegarían sin descanso unidos por ese odio que consumía el alma negra del capitán del Pequod.
Moby Dick estaba cansada, cansada de bogar en los mares de la infinitud sin encontrar la paz. Cansada de estar sola con la única compañía del hombre que quería su destrucción incluso al precio de su propia locura.
Todos los días rezaba al dios Melville con la esperanza de ser escuchada, le suplicaba perdón aún sin entender que crimen había cometido para arrastrar semejante castigo. Él fue quién la imaginó, quién la hizo diferente, tanto que azuzó la ira de Ahab hasta el punto que éste eligió ser su matador, uniéndose así a su destino por toda la eternidad. Pero hacía mucho tiempo que su autor no respondía a sus ruegos y estaba exhausta.
Decidió dormir de nuevo, tal vez cuando volviera a despertar algún dios benévolo hubiera puesto fin a su dolor.
Cuando despertó tenía todas las tareas domésticas hechas. Silenciosa se acurrucó entre las sábanas y volvió a su duermevela. No quería que el sueño acabase.
Despierta,
ya verás, que te están esperando,
paciendo en el portal una reata de pegasos
para cruzar el cielo tras la estrella del vencido
y hacerse las preguntas que exigen estar aún vivo.
Despierta,
has de pintar nuevas constelaciones
para que navegantes extraviados en la noche
encuentren el camino que les acerca al mañana
en el que Prometeo burla al dios y trae la llama.
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