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La tentación me viene de mi primera grave crisis mental, a través de la ventana de la habitación del frenopático, en el que me hallaba recluído por voluntad propia, que parecía instigarme a dar un salto en el vacío, a una salida hacia la nada.
Sufro, desde entonces, esa atracción imperiosa hacia el abismo. Ante la inminencia de cualquier adversidad, me siento entonces zarandeado y removido en zigzag, sumido en la espiral de un remolino que me sumerge en un embudo inexorable de perdición y de vacío, del salto sin red hacia la más radiante y temible de las transparencias.
Hoy 28 de diciembre, mientras un desamparado perro perece entre mis brazos, sé que existe otro mundo al margen de éste.
No puedo soportar una vida forjada sobre tu ausencia. Abandonaré todo futuro para poder soñar y te esperaré. Siempre te esperaré.
Túneles.
Oscuridad.
Túneles….»en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío«.
Cuando creo despertar, tu mirada triste, como este poema ponzoñoso escrito con vidrios rotos, atraviesa el semicírculo perfecto que nos separa.
Cuando despertó Alonso Fernández de Avellaneda portaba su peto, una lanza, y en la cabeza la bacía. “Parece que vas de aventuras”, dijo Franz Kafka con voz ininteligible; porque se había convertido en un insecto monstruoso y grande en la habitación contigua. A lo que Alonso contestó con la mayor naturalidad después de observarle: “He pasado mucho tiempo leyendo en la cama”.
Y los dos estuvieron tiempo indefinido reconociéndose. Hasta que José María Merino llegó a poner orden en los Cien libros esparcidos por la estancia.
Cuando despertó, sola otra vez, su vida volvía a ser una escala de grises. Una vez incorporada, encaminó con desgana su cuerpo semidesnudo hacia el ventanal; fuera, el invierno también vestía la calle y los árboles del mismo color. Ya en el baño, frente al espejo, cerró los ojos. Los colores del recuerdo de la noche pasada tiñeron de arrebol sus mejillas, de avellana sus iris y de azul sus venas. Parpadeó con fuerza, y entonces descubrió en el reflejo triste de su imagen, un diminuto punto de luz en medio de su vientre. Intentó sonreír al recordar que en su familia había varios casos de gemelos y uno de trillizos.
Por las rendijas de la persiana veía al tendero dubitativo.
En la ventana de Emilia se movieron los visillos.
Todos expectantes.
“Pero yo podré” se decía.
Le contaron que el pastor también pensó en que podría, hasta el último momento, aunque el lobo había llegado.
Decían que no lloró nunca más, ni por sus ovejas ni por su perro, el único valiente pero impotente. ¿Por qué no les hizo caso?
Los gestores del Banco Miendo, que le agasajaron años atrás, giraban sus sillas, no miraban de frente. Hacía tres meses que el tal Genaro no le invitaba a café como tenía por costumbre.
Cuando despertó… habían derribado su puerta.
Solo pudo gritar:
Qué puedo hacer si el ayuntamiento no me paga los trabajos que les hice!!!
Y al final el desahucio.
En la calle, Genaro seguía gritando: ¡¡El lobo se ha ido!! ¡¡Volved!!
Cuando despertó, nada a su alrededor era igual. Contuvo la respiración sin apercibirse del extraño lecho en que yacía. Intentó darse la vuelta, pero una tapa acolchada, suave al tacto, impedía el más mínimo movimiento. Gritó y la tierra apagó su voz, lloró y la suave tela enjugó se desesperado llanto. Comenzaron las convulsiones, los espasmos no cesaron, sucumbió su voluntad y el futuro fue pasado.
Cuando despertó, continuaba en el centro con los menores que compartían su habitación. Llevaba en él tres años y nada había cambiado desde entonces. Los mismos miedos, esa rabia interior que aún no había desaparecido y la idéntica fragilidad de cuando vivía con su madre. ¡Ay, su madre! Una vez al mes le parecía insuficiente, pero no tenía más. Los putos servicios sociales no querían hablar con ella y por eso continuaba en el centro. La rabia crecía en su interior, convirtiéndose en gritos y golpes a su alrededor sin importar el daño que le pudieran causar. El educador de turno entró en la habitación y él le arrojó un taburete. ¡Ya no podía más!
Cuando despertaron, el educador contenía físicamente a su compañero de habitación mientras gritaba que llamaran al ciento doce.
Cuando despertó, la madre miró a su amante ocasional con dulzura. Recordó un instante de la cena, la misma pregunta de siempre al enseñar la foto de su hijo y respondió como lo había hecho hasta ahora: “Vive en un internado privado donde le enseñan y educan. Es lo mejor para él”. Lo acarició antes de volverlo a besar, guardando su fotografía en el bolsillo.
Cuando se despertó, trozos de si flotaban alrededor.
Le dio tiempo a mirarse en sus ojos y cómo, una de sus manos, exangües, le decía adiós.
Cuando mamá ha despertado hoy, no ha encontrado otra opción. Usará la vieja escopeta del abuelo aunque esté muy lejos de sus preceptos.
Ya ha intentado razonar con ellos innumerables veces, pero ellos tienen un lomo inmenso y un hambre inusitada por aplicar sus graníticas y supuestamente clarividentes sentencias.
Hubiera aguantado mucho más si solo se tratara de sus rosales, pero ayer uno de ellos lastimó a Clara de un coletazo –voluntario y prepotente- entre las risotadas de sus compinches.
Mamá ha querido darle esperanza a la noche, pero esta mañana los dinosaurios seguían en nuestro jardín.
Siempre soñaba lo mismo. Me seducía con su risa, con esa mirada provocativa, y me dejaba llevar por el movimiento de sus caderas. Cada noche anhelaba meterme entre las sábanas para disfrutar de su compañía. La playa era nuestro lugar preferido pero, a veces, ella aparecía en un bar, en el parque o incluso en mi oficina. Todos los días soñaba lo mismo. Hasta ayer. Tras pasar una noche completamente en negro, me desperté sobresaltado. Sentí un escalofrío, abrí los ojos y la encontré a mi lado. Volví a tumbarse esforzándome por no despertarla. Cerré de nuevo los ojos y, entonces, apareciste con tu risa, esa mirada…
Cuando desperté, no lo tenía. No noté su ausencia de inmediato, pero cuando fui al baño y, medio dormido todavía, quise orinar, descubrí que ya no me colgaba entre las piernas. No es que no me haya sorprendido, nadie en mi lugar lo hubiera tomado con naturalidad, pero ¿asustarme? no. Lo que a cualquiera lo hubiera perturbado profundamente a mí no me pareció gran cosa. Lo más curioso es que ni rastro. Sólo un pequeño orificio por donde empezó a salir el pis. Tuve que sentarme para no mojarme las piernas y, una vez sentado, empecé a recordar.
Nos habíamos acostado juntos. Vos, por enésima vez, te habías dormido enseguida, decepcionada, refunfuñando. ¿Fuiste vos? ¿Te atreviste a…? Pero no sentí nada, no hay manchas en las sábanas, ningún indicio; más bien parece haber desaparecido por arte de magia.
Fue entonces que volvió a mi mente aquella bruja que se te parecía tanto, el caldero que hervía y esperaba el último ingrediente, el frío del acero… Regresé a la cama a toda prisa, cerré los ojos y, temiendo que fuese demasiado tarde, rogué porque aún no lo hubieras arrojado en el que creías que sería tu más eficaz brebaje.
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