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Cuando era más niña, al despertar en la oscuridad de la noche, la paralizaba el terror de descubrir un desconocido agazapado bajo su cama. Desde que la casaron sabe que la peor de las pesadillas es amanecer cada día con el mismo viejo conocido entre las sábanas.
Yo ya llevo un rato despierta. No es mi pijama y tampoco mi almohada. Te oigo respirar detrás de mí, son más bien como ronquidos suaves, pero no me molestan. “Hace más calor en la cama con dos cuerpos, normalmente tengo más frío … pero no me puedo quedar, no tiene sentido”. Pero tampoco puedo moverme, me tienes cogida como si supieras que iba a querer salir de puntillas mientras dormías.
“Vale, calma. ¿Dónde está mi móvil? A estas les va a dar un infarto cuando les que cuente que …”. Me muevo, cambias el ritmo de tus respiraciones. “Quieta, quieta … no, no, no … aun no te despiertes … tengo que pensar si ha sido un exceso de ginebra o he sido yo”.
Pero te mueves un poco y me coges más fuerte. “Mierda, ahora ya voy a ningún sitio .. pero es tan agradable”. Me abrazas huyendo del pijama, buscando la piel. “¡Basta!”
. .
Cuando despertó, me di la vuelta. Es difícil no mirar a los ojos a quien te abraza a dos centímetros de su cara. Me besó y empezó todo.
Cuando despertó había dejado de ser el otro, ese que le obligaba a salir por las noches para satisfacer sus más bajos instintos, dejando chicas degolladas por los rincones oscuros de la ciudad. Al llegar a la cocina para preparar el café ya tenía un plan para deshacerse de él y liberarse de su control. Encendió la radio y con la taza humeante en su mano se asomó al balcón y miró hacia la calle, a esa hora de la mañana se observaban pocos transeúntes en camino hacia sus rutinas. Tomó un último sorbo y maldijo a su otro yo, colocó la taza en la mesita donde se trepó para subir al borde, de donde saltó al vacío. Los curiosos se arremolinaron alrededor del cuerpo en el pavimento y pocos vecinos reconocieron al tipo agorafobico del quinto piso, donde la radio informaba que la policía seguía unas pistas que le llevarían a resolver, en las próximas horas, los asesinatos de las chicas encontradas en los callejones. Ya tenían un sospechoso.
La tentación me viene de mi primera grave crisis mental, a través de la ventana de la habitación del frenopático, en el que me hallaba recluído por voluntad propia, que parecía instigarme a dar un salto en el vacío, a una salida hacia la nada.
Sufro, desde entonces, esa atracción imperiosa hacia el abismo. Ante la inminencia de cualquier adversidad, me siento entonces zarandeado y removido en zigzag, sumido en la espiral de un remolino que me sumerge en un embudo inexorable de perdición y de vacío, del salto sin red hacia la más radiante y temible de las transparencias.
Hoy 28 de diciembre, mientras un desamparado perro perece entre mis brazos, sé que existe otro mundo al margen de éste.
No puedo soportar una vida forjada sobre tu ausencia. Abandonaré todo futuro para poder soñar y te esperaré. Siempre te esperaré.
Túneles.
Oscuridad.
Túneles….»en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío«.
Cuando creo despertar, tu mirada triste, como este poema ponzoñoso escrito con vidrios rotos, atraviesa el semicírculo perfecto que nos separa.
Cuando despertó Alonso Fernández de Avellaneda portaba su peto, una lanza, y en la cabeza la bacía. “Parece que vas de aventuras”, dijo Franz Kafka con voz ininteligible; porque se había convertido en un insecto monstruoso y grande en la habitación contigua. A lo que Alonso contestó con la mayor naturalidad después de observarle: “He pasado mucho tiempo leyendo en la cama”.
Y los dos estuvieron tiempo indefinido reconociéndose. Hasta que José María Merino llegó a poner orden en los Cien libros esparcidos por la estancia.
Cuando despertó, sola otra vez, su vida volvía a ser una escala de grises. Una vez incorporada, encaminó con desgana su cuerpo semidesnudo hacia el ventanal; fuera, el invierno también vestía la calle y los árboles del mismo color. Ya en el baño, frente al espejo, cerró los ojos. Los colores del recuerdo de la noche pasada tiñeron de arrebol sus mejillas, de avellana sus iris y de azul sus venas. Parpadeó con fuerza, y entonces descubrió en el reflejo triste de su imagen, un diminuto punto de luz en medio de su vientre. Intentó sonreír al recordar que en su familia había varios casos de gemelos y uno de trillizos.
Por las rendijas de la persiana veía al tendero dubitativo.
En la ventana de Emilia se movieron los visillos.
Todos expectantes.
“Pero yo podré” se decía.
Le contaron que el pastor también pensó en que podría, hasta el último momento, aunque el lobo había llegado.
Decían que no lloró nunca más, ni por sus ovejas ni por su perro, el único valiente pero impotente. ¿Por qué no les hizo caso?
Los gestores del Banco Miendo, que le agasajaron años atrás, giraban sus sillas, no miraban de frente. Hacía tres meses que el tal Genaro no le invitaba a café como tenía por costumbre.
Cuando despertó… habían derribado su puerta.
Solo pudo gritar:
Qué puedo hacer si el ayuntamiento no me paga los trabajos que les hice!!!
Y al final el desahucio.
En la calle, Genaro seguía gritando: ¡¡El lobo se ha ido!! ¡¡Volved!!
Cuando despertó, nada a su alrededor era igual. Contuvo la respiración sin apercibirse del extraño lecho en que yacía. Intentó darse la vuelta, pero una tapa acolchada, suave al tacto, impedía el más mínimo movimiento. Gritó y la tierra apagó su voz, lloró y la suave tela enjugó se desesperado llanto. Comenzaron las convulsiones, los espasmos no cesaron, sucumbió su voluntad y el futuro fue pasado.
Cuando despertó, continuaba en el centro con los menores que compartían su habitación. Llevaba en él tres años y nada había cambiado desde entonces. Los mismos miedos, esa rabia interior que aún no había desaparecido y la idéntica fragilidad de cuando vivía con su madre. ¡Ay, su madre! Una vez al mes le parecía insuficiente, pero no tenía más. Los putos servicios sociales no querían hablar con ella y por eso continuaba en el centro. La rabia crecía en su interior, convirtiéndose en gritos y golpes a su alrededor sin importar el daño que le pudieran causar. El educador de turno entró en la habitación y él le arrojó un taburete. ¡Ya no podía más!
Cuando despertaron, el educador contenía físicamente a su compañero de habitación mientras gritaba que llamaran al ciento doce.
Cuando despertó, la madre miró a su amante ocasional con dulzura. Recordó un instante de la cena, la misma pregunta de siempre al enseñar la foto de su hijo y respondió como lo había hecho hasta ahora: “Vive en un internado privado donde le enseñan y educan. Es lo mejor para él”. Lo acarició antes de volverlo a besar, guardando su fotografía en el bolsillo.
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