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Cuando me despierto, me rodea el silencio. Me levanto, me visto, llevo el desayuno al salón, y a medida que me acerco al sofá, comienzo a oír unas campanillas lejanas. Me siento y el sonido alcanza su máxima intensidad. Mientras desayuno, las campanillas parecen sonar justo sobre mi cabeza, a escasos centímetros. Suenan como de cristal y tintinean a intervalos irregulares. La primera vez que las oí miré sobre mi cabeza, luego a mi alrededor, buscando el dichoso instrumento. Nada.
Un día, harto y desesperado, compré un pico y comencé a picar sobre el sofá, en busca del cacharro. Sólo ví el dormitorio a través del agujero. Después, ataqué el suelo sin compasión hasta hacer un boquete de un metro, y sólo encontré cemento y hormigón. Ni rastro de ningún aparato emisor. Sudando y temblándome los brazos, miré hacia arriba. Con la taladradora y la broca más gorda, empecé a horadar el techo. A los diez minutos, mi vecino llamó a la puerta.
– ¿Qué demonios está haciendo?
Me apartó y entró en el salón. Miró pasmado los diversos boquetes. Luego su expresión cambió, y me dijo sonriendo:
– Qué campanillas más lindas …
Cuando despertó la ansiedad no había desaparecido, su pulso estaba a mil, por su frente se deslizaba unas gotas de sudor frio, los ojos fuera de las orbitas y las manos en el pecho. Estaba desorientada, no reconocía la sala en la que estaba, era una sala muy grande de color blanco sin ventanas, no llegaba a vislumbrar el techo. De repente se percató de que no estaba sola, a su alrededor un montón de personas se iban incorporando con la misma expresión en sus rostros.
Entonces empezó a recordar eran las personas que viajaban con ella. ¿Dónde demonios estaba?
Cuando despertó tuvo el momento más placentero de su vida. Cuando despertó recordó lo que era soñar, rememoró jugar con las sábanas mientras se estiraba y contempló la claridad con lagañas en sus ojos.
Eran noches y días infinitos, personas que van y vienen, luces que parpadean, sonidos repetitivos. La comida no sabía a nada y la vida no era más que una simple monotonía. Pasaban los días y nada, pasaban las noches y ni uno de sus párpados decían basta ni hacían atisbo de cansancio. Lo intentó con el deporte, lo intentó con el sexo, lo intentó con calmantes y nada. Hasta que un día le conoció. Él recorrió con sus dedos aquellas ojeras interminables y sin saberse cómo, la besó. Y como si de un cuento de hadas al revés, del beso al sueño.
No podía dormir. Me levanté en la noche y, sin encender la luz, me dirigí al balcón. Habían florecido las palabras que planté en las macetas. Por ejemplo el verbo gritar. Las palabras solo sirven para atenuar el dolor. El dolor no sirve para nada. Las recogí y las lancé sobre el asfalto, una detrás de otra, como una lluvia de confetis. He contemplado a los niños mientras dormían. He intentado conciliar el sueño. También pensar en una historia tonta: si eres una oveja y tienes insomnio, ni siquiera puedes contar ovejas. Sería un sinsentido. Da igual que seas una oveja blanca o una oveja negra. No hay distinción. Las horas fluyen y el tic-tac sigue prisionero en su esfera. Tal vez la sombra del lobo se esconda detrás de las manecillas. Florecieron las palabras, eso fue lo que ocurrió. He podido escuchar tu respiración entrecortada, he acariciado el contorno de tu cara en la almohada. Entonces me he despertado y no estabas a mi lado. Luego he visto los armarios vacíos y una grieta en el comedor que supuraba tu ausencia. Las palabras germinaron con espinas. Por ejemplo la palabra miedo. También el verbo llorar.
Cuando despertó, el aire estaba denso y enrarecido, le costaba respirar. No había luz y apenas podía moverse. ¿Dónde demonios estaba? Un escalofrío recorrió su cuerpo. De pronto recordó levemente aquella cara, se encontraba en los servicios de la empresa de su padre, cuando la había agarrado por los brazos en contra de su voluntad. Ella en un gesto inútil había intentado liberarse y en cuestión de segundos el desconocido había apretado contra su boca un pañuelo con un olor desagradable. El calor era sofocante. Como pudo se echó mano al bolsillo y se alegró por primera vez de no haber dejado de fumar. Sacó un mechero, lo encendió y su grito quedó ahogado por el pánico, dándose cuenta de la gravedad de la situación. Se hallaba encerrada dentro de la caja fuerte del despacho de su padre. Era viernes tarde, el espacio minúsculo y en unas horas se acabaría el aire. El socio de su padre era el culpable, comprendió. Él y su cómplice pedirían a su progenitor una considerable suma de dinero por liberarla y cuando la encontraran, ellos estarían fuera del país y ella, muerta.
Cuando mi madre despertó, yo ya era otro. Me miró y no supo reconocerme. Ni siquiera mis ojos le eran habituales. Tampoco el roce de mis manos, ni mis palabras, ni nada de lo que yo había sido. Un amargo trance bajó en picado hacía mi garganta, sin poder tragar la saliva hice por sonreír. Ella me miraba cual extraño dentro de su paisaje de recuerdos, sin verme, sin oírme, sin olerme. Caminé alrededor de la cama, y cogí el muñeco que aun guardaba en la estantería. Ese pequeño recuerdo le llevó a adentrarse en su mundo, borroso, difuso. ¿Quiere algo?, le pregunté. Nada, me dijo. Entonces le sonreí diciéndole, soy yo madre. Miró a su alrededor y un sabor agridulce recorrió la habitación, deshojando la maleta que había encima de la silla, y que tantas sorpresas llevaba guardadas de tantos años de recorrido. Más muerta que viva miró hacía la ventana. Mi Ángel, me dijo. Soy Pedro, contesté. Me senté a su lado y le cogí de la mano. Ella volvió a sonreír, diciéndome que estaba preparada, que ya no tenía más fuerzas para luchar. La cogí entre mis brazos y expiró su último aliento. Lloré amargamente su despertar.
Cuando despertó, sintió el vientre pesado y extrañas sensaciones en la cabeza.
Había dormido con la boca abierta. Se levantó para tomar un vaso de agua y aliviar su sequedad. Sin fuerzas y angustioso intentó alcanzar la ventana y el reloj. -Las nueve.- Le sorprendió el silencio del dormitorio y las voces viniendo de fuera -¿Estoy solo? Dónde está la niña.- Recordaba con que gracia le preguntaba al mediodía por su extraño aspecto mientras jugaron a los disfraces -¡Vaya explicaciones!, no callaba.- Le disgustaba que ahora no estuviera allí.
Recordando las preguntas que le hizo la pequeña abrió el armario. –Tampoco está.- Murmuró agotado. -Me gustan sus ojos despiertos, miran de arriba abajo; aunque es pequeña sabe mucho. Cuando la observaba entre los árboles enseguida llamé su atención.- La buscaba muy intranquilo. -No parece haber nadie ¿Pudo marcharse mientras pasé al otro lado de la cama para hacerle sitio? No me gusta esto.- Recorrió la casa regañándole hasta que no pudo soportar el dolor y cayó al suelo. A pesar de su visión nublada observo manchas en su camisa; la desabrochó con dificultad, se pegaba a una cicatriz reciente que sangraba. Al fin recordó; tenía el estomago lleno de piedras.
Cuando despertó la chiquilla deseo que todo lo que le avisaba dentro de si fuera una confusión. Un sudor que no alcanzada a hacerse gota la sorprendió y un nuevo miedo la asusto ,ya eran las cinco y no quería salir, jalo la sabana , tendió la cama nuevamente y ya no había nada que hacer .El anciano en la cocina, se ha levantado temprano para nada, Doña Tovita duerme, ¿por qué habrá envejecido tanto?. Saludo y fue mas amable intentando persuadir, tal vez buscando compasión o pretendiendo que la vieran mayor, fuerte y se detuviera , apenas dos ,tres frases ,se precipito sobre ella, la tiro a la cama, la beso, a como pudo lo empujo y escapo , salió corriendo sin mirar atrás, limpio con fuerza su boca con el puño de su saco y la calle completamente sola y oscura, la camino sin darse cuenta, llego a comprar su pasaje y subió al camión , corazón asustado y mente confundida, cerró los ojos y deseo que nada fuera cierto. Ha vuelto a casa y nunca mas volverá, han pasado diez años y hoy sintió alivio de saber que ayer ha muerto. Han pasado quince años y hoy siento alivio de contarlo.
Entre nubes tenues de color rosa, Magdalena se movía lentamente sin poder acelerar su marcha. Los pies le pesaban, las piernas no le respondían y ya casi se resignaba a no llegar hasta el amplio balcón con macetones de florecillas azules y petunias rojas, donde su abuela tejía al atardecer. De repente una brisa fresca onduló sobre su cara y se sintió mejor; a tal punto que logró asirse de la baranda de madera de su destino final. Cuando se asomó al vacío, divisó el mar azul, ése que tanto amaba y que le engullera su esperanza adolescente. Volaría hasta él. Pero un zamarreo en su hombro la hizo reaccionar. Cuando despertó, su abuela había abierto el ventanal y regañándola, la invitaba a levantarse.
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