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Hacía frío y una insolente penumbra empastaba perfectamente con el ambiente. Elisa, no recordaba ese lugar, tras un ávido vistazo, comprobó que era un espacio sin recuerdo.
Árboles de hojas bailonas asomaban por las ventanas semidesnudas, comprobó con extrañeza que el paisaje se alteraba en cada golpe de mirada. No reconoció sus manos cuando las llevó hasta la cara para desperezar unos ojos legañosos…
¿Qué estaba ocurriendo?
Al incorporarse, sintió un dolor agudo en la pierna derecha, por la parte de atrás del muslo hasta el glúteo… Sus pies estaban descalzos. El pelo, largo, enmarañado y de un color indefinido.
Se acercó al espejo que simulaba levitar sobre el aparador, se atusó el pelo en un atisbo de reconocer la imagen que proyectaba.
¿Quién era esa mujer? ¿Por qué estaba tan sola?
Elisa, en ningún momento sintió miedo, pensó que las respuestas dormitaban en su interior, serena, viajó hasta el fondo de su mente ¡Nada! Infinidad de cajones cerrados con llave y algún fragmento de vida sin conectar…
Volvió a recostar su ajeno cuerpo en el sofá del que había amanecido y entornó los ojos. Cuando despertó, sintió una sonrisa de alivio entre los labios.
Las luces del puerto me han hecho recordar que hubo un tiempo en que todo nos lo quisimos dar.
Hoy mi corazón está a punto de reventar y monstruos acechan en la oscuridad. Resuenan lejanas en mi mente palabras de amor que como barcos fantasmas en el mar se perderán.
Los recuerdos pesan como plomos al andar cuando me acerco a este lugar donde todo comenzó. Juntos los dos, con el mundo esperando para vernos triunfar.
Que ingenuos éramos tú y yo. Creímos en la fuerza del amor y nos entregamos sin miedo a aquella dulce sensación. No nos guardamos nada y nuestra luz se consumió.
Hoy las estrellas ya no lucen igual, porque no te tengo aquí a mi lado para verlas en tus ojos mientras dibujo tu cuerpo desnudo con mis manos.
Esta mañana cuando desperté solo en mi cama con la botella vacía junto a la almohada, la certeza de que nunca volverás me hirió de muerte el alma.
—Inspectora ¿se encuentra bien? Está usted temblando.
¿Acaso conocía al hombre de la carta?
Cientos, miles de hormigas bailaban enloquecidas al son de una imperceptible música. Algunas, cargadas con una enorme letra, trataban de encontrar su sitio, donde permanecerían inmóviles, petrificadas, una vez logrado su objetivo.
Llena de curiosidad, Rut observó atentamente la indeleble hilera negra que aparecía ante sus ojos. Leyó el mensaje:
«ASÍ, RUT, ÁRIDA Y SECA YACES… ¡YA DIRÁ TU RISA…!»
Se despertó sobresaltada. Se levantó. Encaminó sus pasos hacia la cocina; su boca, seca y pastosa, le pedía a gritos un vaso de agua. Bebió despacio, como queriendo extraer de lo insípido una pizca de sabor. Con la mirada perdida en sus recuerdos y la mente enmarañada de sueños… Rut sonrió.
Despierto postrado en esta cama de hospital, mi prisión durante tantos días.
Las últimas horas han resultado harto estresantes.
Al menos ese pitido intermitente que me taladraba el cerebro ha cesado por fin.
Hay demasiada agitación a mi alrededor.
Toda mi familia se encuentra aquí. Unos lloran. Otros sonríen y me tienden la mano. Es muy extraño. Algunos… no deberían estar. No tiene sentido.
Mis abuelos ¡Hacía tanto que no los veía! Mirándoles a los ojos me inunda una agradable sensación de serenidad. Pero mi mujer, mis hijos, mis padres, mis hermanos… No sé. Les noto tristes. Tienen todos los ojos enrojecidos.
Y esa luz…esa cálida y acogedora luz…
Me siento liviano, ligero, como si flotara sobre todos ellos.
Pero ¿Qué es esto? ¡Desde arriba veo mi cuerpo inerte!
¿Qué ocurre?
– No temas – me dice, tranquilizadora, mi abuela como cuando era niño y me despertaba de noche llorando aterrado –
– No tengo miedo, abuela. Pero no quiero irme. Todavía me queda mucho por hacer. Mis hijos, mi mujer…me necesitan.
– ¡Anda zalamero! Vuelve, que todavía no es hora. Nos veremos más adelante.
– Gracias abuela.
De nuevo ese pitido entrecortado. Pero esta vez… no me molesta.
Cuando desperté, yo y el mundo aun estábamos allí. Los agoreros venían pronosticando, hacía meses, el fin de una existencia, pero al cabo, el plazo se había cumplido y había vuelto a amanecer.
Me aseé el rostro con mi lengua, larga y áspera, como cada mañana. Hice los acostumbrados estiramientos para deshacerme de la modorra. Atusé un poco mi lecho de hierba seca (tengo que acordarme de conseguir más, que las piedras ya se me clavan en el costado cuando me remuevo por la noche) y tras rascarme el lomo en las aristas de una Ceiba, me dispuse a iniciar una nueva jornada.
Tenía la costumbre de que después de extasiarse pensando en las musarañas, se quedaba profundamente dormido. Últimamente, durante el intenso sueño estaba alcanzando a ver en el más allá las fuerzas del bien y del mal y hoy, cuando casi logra descifrar del todo las artimañas de ese mundo de fuerzas opuestas, de repente del susto despertó.
Decidió que no volvería a pensar más en esos bichos, ya que para la próxima vez compraría un aparato con dos prototipos, uno que lo avisaría a tiempo de que están merodeando a su alrededor y el otro, invitándolo a cantar como cuando lo hace en la ducha. Tanto ha cambiado el mundo que piensa que se está volviendo loco.
Cuando murieron mis pollitos, me compré un par de huevos nuevos. Crecerán enormemente, me dijo la dependienta, sería mejor que usted viviera en el campo alejada de la gente para cuidarlos en libertad.
Hastiada de una vida carente de emociones, me lancé a la aventura. Vendí todo, abandoné mi trabajo y me compré una casa rural con veinte habitaciones, seis baños y una enorme cocina. Mis huevos dormían en una cesta entre algodones en la repisa de mi habitación abuhardillada. Ansiaba el día que eclosionaran y pudiera estrecharlos entre mis brazos. Acariciaba la tersura de sus envoltorios y les cantaba mis canciones preferidas. Ellos respondían con movimientos oscilantes y suaves gruñidos.
Un buen día se rasgaron sus vestimentas y pude admirar los milagros de la genética invertida: cuerpos escamosos, garras ganchudas, colores verdes oliva y cabezas apepinadas. Creo que me sonrieron al exhibir sus colmillos afilados. Cuando eran pequeños fueron el reclamo perfecto para mi negocio. Los paseaba con una correa doble mientras los fotografiaban. Cuando crecieron, cada día al despertar miraba a ver si seguían allí. Un día desperté y sólo encontré la caja mortuoria de mis pollitos fallecidos y un silencio abrumador en las diecinueve habitaciones.
Esa mañana se encontraron y los ojos de ella no le dejaron ya ver su interior. Se habían convertido en un espejo en el que sus sonrisas se reflejaban sin más junto a otras. Como prueba ofreció sus caricias y no las quiso. ¿Mudaste de piel? – se preguntó desconcertado mientras despertó del sueño en el que había estado sumido. Toma aire y carga con quien ahora es tras haberse perdido entre besos, caricias y monólogos ajenos de verdades que duelen. Se impone distancia. «Eso ayuda«, aconseja una voz amiga. A la deriva todavía desea con todas sus fuerzas que se apaguen su intenso aroma y las sensaciones ahora inalcanzables cuando despierte, otra vez.
Cuando era más niña, al despertar en la oscuridad de la noche, la paralizaba el terror de descubrir un desconocido agazapado bajo su cama. Desde que la casaron sabe que la peor de las pesadillas es amanecer cada día con el mismo viejo conocido entre las sábanas.
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