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El joven se despertó con la camiseta empapada. No era por el sudor, sino por la humedad intensa del ambiente. Se incorporó y al levantarse resbaló sobre el suelo. Posó las manos sintiendo la inestabilidad de la superficie rugosa y llena de charcos. Aquel lugar parecía más orgánico que artificial.
¿Y ese hedor? El ambiente estaba cargado de un fuerte olor que no sabía identificar. La oscuridad tampoco le ayudaba a concretar el aspecto de aquella caverna. No conseguía recordar dónde había terminado horas antes de dormirse.
Buscó el mechero en su bolsillo, lo extrajo y prendió una leve llama que iluminaba las paredes irregulares de color burdeos. Súbitamente la estancia se abrió al frente igual que una ventana para dejar paso a la luz, perfilando unas piedras puntiagudas clavadas al piso, iguales que el marfil, aunque sucias. El suelo comenzó a temblar y se plegó formando una ola que le empujó hasta el fondo, seguido por chorros de un líquido denso, como la saliva. Perdió el equilibrio y cayó por un pozo en el que aumentaba el calor y la peste. Desmayado, se hundió en el foso.
Entonces el dinosaurio cerró la boca y siguió soñando.
Hacía dos meses que había dejado de soñar. Ni siquiera era capaz de soñar despierto. Su vida se había convertido en un infierno. Para estimular su imaginación decidió emprender un largo viaje por todo el mundo. Atravesó el desierto en camello. Visitó países exóticos y conoció lugares maravillosos. Durmió al aire libre contemplando las estrellas. Leyó toda clase de libros, de aventuras, libros infantiles, cuentos de indios, de piratas, de buscadores de fortuna. Todo fue inútil.
Como último recurso, solo le quedaba ir a ver a un personaje un tanto extravagante que le habían recomendado. Según le informaron, esa persona era capaz de hacerle soñar con lo que él quería por medio del hipnotismo.
Se sentía demasiado cansado para conducir, así que cogió el tren de cercanías. Buscó asiento en un solitario vagón donde nadie pudiera molestarlo, se sentó y apoyó la cabeza sobre su brazo derecho, cerró los ojos y se dejó arrullar por el traqueteo del tren.
Le despertó el revisor diciéndole:
— ¡Señor, señor!, despierte, el tren ha llegado a su término
Cuando despertó recordó el sueño que había tenido. ¡Qué angustia!, menos mal que sólo fue una pesadilla. Soñó que había perdido la capacidad de soñar.
A lo largo del año, cada mes, buscaremos inspiración en un libro o autor de Literatura Universal, que nos permita. además, proponer diferentes ocasiones para la práctica de géneros muy distintos.
Estos serán los temas propuestos y sus correspondiente homenajes para 2013.
ENERO: Cuando despertó… Augusto Monterroso
FEBRERO: El retrato… Oscar Wilde
MARZO: 2084… George Orwell
ABRIL: Caballeros… El Quijote
MAYO: … qué le pasa a la princesa… Ruben Darío y literatura fantástica/romántica
JUNIO: En el espejo… Alicia, de Lewis Carroll
JULIO: Preferiría no hacerlo… Bartleby el escribiente, Melville
AGOSTO: Insectos… La metamorfosis, Kafka
SEPTIEMBRE. Volver… La Odisea
OCTUBRE: Cita con la muerte… Agata Christye y género suspense/policiacio
NOVIEMBRE: Inventa una palabra… Julio Cortazar
DICIEMBRE: … apareció por Navidad… Charles Dickens
Cuando despertó todo seguía igual, Ahab permanecía con una rabia inacabable atado a su lomo. Jamás la dejaría marchar, durante eones navegarían sin descanso unidos por ese odio que consumía el alma negra del capitán del Pequod.
Moby Dick estaba cansada, cansada de bogar en los mares de la infinitud sin encontrar la paz. Cansada de estar sola con la única compañía del hombre que quería su destrucción incluso al precio de su propia locura.
Todos los días rezaba al dios Melville con la esperanza de ser escuchada, le suplicaba perdón aún sin entender que crimen había cometido para arrastrar semejante castigo. Él fue quién la imaginó, quién la hizo diferente, tanto que azuzó la ira de Ahab hasta el punto que éste eligió ser su matador, uniéndose así a su destino por toda la eternidad. Pero hacía mucho tiempo que su autor no respondía a sus ruegos y estaba exhausta.
Decidió dormir de nuevo, tal vez cuando volviera a despertar algún dios benévolo hubiera puesto fin a su dolor.
Cuando despertó tenía todas las tareas domésticas hechas. Silenciosa se acurrucó entre las sábanas y volvió a su duermevela. No quería que el sueño acabase.
Despierta,
ya verás, que te están esperando,
paciendo en el portal una reata de pegasos
para cruzar el cielo tras la estrella del vencido
y hacerse las preguntas que exigen estar aún vivo.
Despierta,
has de pintar nuevas constelaciones
para que navegantes extraviados en la noche
encuentren el camino que les acerca al mañana
en el que Prometeo burla al dios y trae la llama.
Un grito se coló entre las rendijas de mi sueño, y me despertó. Aún sin plena consciencia, encendí la luz. Ramón, mi marido, estaba sentado en la cama. Pálido, sudoroso, temblando, con las manos al frente.
– ¿Qué tienes?, ¿Un mal sueño?-le pregunté.
“Tienen navajas….se quieren matar….”, balbuceaba, mientras se giró a mirarme, con ojos perdidos.”…No puedo separarlos…”
E inmediatamente, cayó hacia atrás, la boca abierta en un intento vano por seguir hablando.
Y entonces, entonces grité yo.
Ayer le enterraron. Los médicos dijeron que fue un infarto. No quise contradecirles.
Caperucita había cogido la cesta con la comida que mamá le preparó y se puso en camino a casa de la abuela. Mamá le recomendó que fuera por el atajo en vez de adentrarse en el bosque, porque ya era temporada de tala y los leñadores andaban con sus sierras eléctricas, sin mirar quién iba o venía por los caminos que proporcionaban sombra a los caminantes. Ellos solo sabían que tenían que cortar mucha madera para cobrar el jornal y después, ir a la taberna a beber cerveza.
La idea la contrarió porque le gustaba encontrar en el recodo de la roca rosada, al viejo lobo y echar una partidita de dominó con él, mientras se relamían una de las tortas que llevaba para la abuela y de paso, comentar las cosas raras que hacían los mayores y que a ella le costaba entender. Con el lobo era agradable charlar, ya que la escuchaba atento con sus enormes orejas, mientras la miraba fijamente y le guiñaba un ojo de complicidad, así que decidió arriesgarse y buscar a su amigo, cuando se despertó al lado del que ya era un extraño y olía demasiado a cerveza.
A menudo ella se deja morir. Su cuerpo yace sobre la rígida superficie de la solapa del libro, en un intento fracasado de amoldar su figura cada vez que paso la hoja. No dejo de mirarla, escondido tras la lectura, disimulando que ando perdido en mis historias, cuando ella intenta alzar la vista para comprobar que continúo sentado a su lado. Con el corazón en vilo cuento su frágil y lenta respiración. No es consciente de que nunca he querido abandonarla, que sigo sus pasos sin descanso, sin pausa, sin tregua. Intranquila, cambia de postura frecuentemente, pese a la escasez de sus fuerzas azotada por la albura de la página en blanco. Yo proyecto su silueta entre líneas de tinta, con el temor de que su extrema palidez consiga hacerla desaparecer. Me consuela saber que ella también me necesita cuando derrama su mano para encontrar la mía. Pero desconoce que cuando despierte de su letargo, yo sólo seré un recuerdo.
Cuando despertó él estaba allí, la noche anterior había sido una pesadilla y él no había muerto, seguía a su lado, roncando como siempre, con un hilo de baba que le caía por la barbilla. Esa sensación que después de 40 años de casados había llegado a odiar, pero que ahora, después del sueño era como si hubiera echado de menos. Ella sonríe, no podía hacer otra cosa. Va a por su bata que está al pie de la cama y se levanta apoyando ambos pies en las zapatillas que él la había regalado en su último aniversario. Se queda mirándole perpleja durante un rato, él abre los ojos y sonríe diciendo “buenos días”, pero enseguida se vuelve a quedar dormido, ella se agacha para darle un beso, le toca la frente con los labios que tantas veces ha besado y está helado… Entonces despierta entre chillidos secos que oyen hasta en la mismísima luna y se encuentra allí, sola, con el hueco que su marido ha dejado en la cama sólo una noche atrás, bañada en lágrimas y evocando el recuerdo que la va a hacer llorar todos los días de su vida.
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