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Cuando despertó, nada a su alrededor era igual. Contuvo la respiración sin apercibirse del extraño lecho en que yacía. Intentó darse la vuelta, pero una tapa acolchada, suave al tacto, impedía el más mínimo movimiento. Gritó y la tierra apagó su voz, lloró y la suave tela enjugó se desesperado llanto. Comenzaron las convulsiones, los espasmos no cesaron, sucumbió su voluntad y el futuro fue pasado.
Cuando despertó, continuaba en el centro con los menores que compartían su habitación. Llevaba en él tres años y nada había cambiado desde entonces. Los mismos miedos, esa rabia interior que aún no había desaparecido y la idéntica fragilidad de cuando vivía con su madre. ¡Ay, su madre! Una vez al mes le parecía insuficiente, pero no tenía más. Los putos servicios sociales no querían hablar con ella y por eso continuaba en el centro. La rabia crecía en su interior, convirtiéndose en gritos y golpes a su alrededor sin importar el daño que le pudieran causar. El educador de turno entró en la habitación y él le arrojó un taburete. ¡Ya no podía más!
Cuando despertaron, el educador contenía físicamente a su compañero de habitación mientras gritaba que llamaran al ciento doce.
Cuando despertó, la madre miró a su amante ocasional con dulzura. Recordó un instante de la cena, la misma pregunta de siempre al enseñar la foto de su hijo y respondió como lo había hecho hasta ahora: “Vive en un internado privado donde le enseñan y educan. Es lo mejor para él”. Lo acarició antes de volverlo a besar, guardando su fotografía en el bolsillo.
Cuando se despertó, trozos de si flotaban alrededor.
Le dio tiempo a mirarse en sus ojos y cómo, una de sus manos, exangües, le decía adiós.
Cuando mamá ha despertado hoy, no ha encontrado otra opción. Usará la vieja escopeta del abuelo aunque esté muy lejos de sus preceptos.
Ya ha intentado razonar con ellos innumerables veces, pero ellos tienen un lomo inmenso y un hambre inusitada por aplicar sus graníticas y supuestamente clarividentes sentencias.
Hubiera aguantado mucho más si solo se tratara de sus rosales, pero ayer uno de ellos lastimó a Clara de un coletazo –voluntario y prepotente- entre las risotadas de sus compinches.
Mamá ha querido darle esperanza a la noche, pero esta mañana los dinosaurios seguían en nuestro jardín.
Siempre soñaba lo mismo. Me seducía con su risa, con esa mirada provocativa, y me dejaba llevar por el movimiento de sus caderas. Cada noche anhelaba meterme entre las sábanas para disfrutar de su compañía. La playa era nuestro lugar preferido pero, a veces, ella aparecía en un bar, en el parque o incluso en mi oficina. Todos los días soñaba lo mismo. Hasta ayer. Tras pasar una noche completamente en negro, me desperté sobresaltado. Sentí un escalofrío, abrí los ojos y la encontré a mi lado. Volví a tumbarse esforzándome por no despertarla. Cerré de nuevo los ojos y, entonces, apareciste con tu risa, esa mirada…
Cuando desperté, no lo tenía. No noté su ausencia de inmediato, pero cuando fui al baño y, medio dormido todavía, quise orinar, descubrí que ya no me colgaba entre las piernas. No es que no me haya sorprendido, nadie en mi lugar lo hubiera tomado con naturalidad, pero ¿asustarme? no. Lo que a cualquiera lo hubiera perturbado profundamente a mí no me pareció gran cosa. Lo más curioso es que ni rastro. Sólo un pequeño orificio por donde empezó a salir el pis. Tuve que sentarme para no mojarme las piernas y, una vez sentado, empecé a recordar.
Nos habíamos acostado juntos. Vos, por enésima vez, te habías dormido enseguida, decepcionada, refunfuñando. ¿Fuiste vos? ¿Te atreviste a…? Pero no sentí nada, no hay manchas en las sábanas, ningún indicio; más bien parece haber desaparecido por arte de magia.
Fue entonces que volvió a mi mente aquella bruja que se te parecía tanto, el caldero que hervía y esperaba el último ingrediente, el frío del acero… Regresé a la cama a toda prisa, cerré los ojos y, temiendo que fuese demasiado tarde, rogué porque aún no lo hubieras arrojado en el que creías que sería tu más eficaz brebaje.
Me sudan las manos, la cabeza me estalla y el interior de la boca me arde.
Doy vueltas por el apartamento, las paredes me comen, poco a poco, como una animal se come a su presa.
La sangre de mis venas arañan mis arterias, se hinchan y las veo moradas casi negras como el carbón.
Quiero darme cabezazos contra la pared, esta angustia me está matando. Tengo sed. Esas malditas reuniones no me sirven.
Todas las mañanas cuando despierto, pienso en una cosa. Bebo un trago y esas cuatro paredes se ensanchan de repente y puedo respirar. Por las ventanas entra el sol y la sangre corre por mis venas.
Creo estar lúcido y veo con claridad.
Recupero mi vida, que es así como quiero vivir.
Ana se estremeció al entrar en aquel cuarto semi-oscuro, con solo una pequeña luz en una esquina de la estancia y que apenas dejaba entrever «aquello».
― ¿Cuándo despertó, Pablo?
― ¿Por qué me preguntas que cuándo despertó?…
«Cómo se le puede llamar a “eso” estar despierto».
Estaba con él el día del accidente, y me maldeciré mientras viva por ello.
¿Cómo no lo evité? ¿Por qué no se lo impedí? Me lo echo en cara y pregunto tantas veces… ―Estabas borracho… ―Murmuró Ana.
― ¿Y qué? ¡Debí impedir que subiera a aquel coche!
¡Maldita perra! Lo dejó destrozado aquella noche…
Míralo… ¿qué es “eso”? ¿Qué queda en ese ser de mi hermano?
Desde que «despertó» solo abre su boca para comer. Una comida especial que yo mismo le consigo. Aunque sienta asco y pavor… aunque se me desgarre el corazón cada vez que mato por conseguirla.
Lo siento Ana, Pablo tiene que comer, es la hora de su comida.
Ana no tuvo ni tiempo de sorprenderse, el cuchillo se hundió hábilmente en su pecho, sin apenas producir sonido alguno salvo un ligero siseo.
Segundos más tarde Pablo, abría la boca y saciaba de nuevo sus ansias. Mientras Andrés, a su cabecera lloraba…
Una nube blanquecina fue lo primero que vio cuando despertó. Desde hacía algunos días escuchaba voces en la distancia: saludos, risas, llantos alguna que otra vez…, aunque hasta hoy no había podido abrir sus ojos.
Como pudo intentó mirar a su alrededor, pero no podía mover su cabeza. Tampoco podía hablar, sólo mirar el techo de aquella habitación de hospital —al que le habían llevado no recordaba cuando y donde se sentía como en un cementerio de elefantes— y escuchar voces en la distancia; junto a su cama sólo habían estado las enfermeras que le cuidaban.
Solo; se sentía solo, tal y como había vivido siempre; alejado de los demás, sin compartir su tiempo, egoístamente dedicado al trabajo y a su hobby de coleccionista. Una lágrima recorrió una de sus mejillas al pensar que nadie le había echado de menos. Ya era tarde para volver atrás. Quizás en ese instante fue cuando verdaderamente… despertó.
Por hoy hemos terminado la sesión, puede vestirse.
¡Eh, despierte!
“Es la mejor modelo que he contratado; incluso dormida sigue posando”
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