¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Aún recuerdo aquella Navidad, de niña. Refugiada en la oscuridad del descansillo escuchaba su risa grave al otro lado de la puerta de enfrente. El frío atravesaba los agujeros de mis zapatillas mientras pensaba en su rostro de apariencia afable, mirada dulce y mejillas sonrosadas. Le había pedido un trabajo para papá y un pintalabios para mamá. Para dibujarle una sonrisa.
Pero ese año tampoco pasaría por casa. Fue lo último que pensé antes de arrancar el cartel de la pared y reducirlo a una pelota arrugada en mi bolsillo.
Todos se sobresaltaron cuando aquella madrugada del veinticinco de diciembre un eco de campanillas y un ruido sordo retumbaron ocho pisos más abajo. El orondo cuerpo del señor de traje rojo y barba blanca se había precipitado al vacío. Junto a su cráneo roto, las piezas faciales de un juguete con forma de patata aparecían dispersas por el suelo, confundiéndose con las propias.
Desde entonces, la imagen dantesca de cachivaches, purpurina y huesos rotos sigue apareciendo ante mí cada vez que hojeo las páginas del viejo libro de cuentos de Poe. Entre ellas asoman los restos de un magullado papel donde se lee: “Peligro. Ascensor fuera de servicio”.
Papá dice que el Papa dijo que los reyes magos no vienen de oriente. ¿De dónde vienen entonces? De Tartessos. ¿Dónde está Tartessos? Esto era Tartessos.
Ahora que sé que los reyes Magos son andaluces y que la mula y el buey no estaban en el portal, se me ocurre un cuento muy gracioso.
Andaban por el desierto María y José -andaban, porque no había mula- camino de Belén. Se detuvieron en el portal porque María rompió aguas. No había bueyes a la vista para calentar al niño cuando naciera, así que José hizo una candela con rastrojos y un poco de leña. El niño nació, pero José y María no sabían que nombre ponerle.
Melchor dijo al entrar: ¡La virgen, que frío! Cuando entró Gaspar y escuchó los estornudos de Melchor, dijo: ¡Jesú! Ese nombre me gusta, replicó María. Y le pusieron Jesús.
Sujetando dos sogas atadas al cuello de sendos animales apareció Baltasar. Melchor dijo: ¿Que traes ahí, miarma? Gaspar añadió: Yo me los crucé, picha, pero iban que se las pelaban. Baltasar sentenció: “Cuando los vi pensé: ¡no-ni-ná, quillo! Diga lo que diga er papa, cuando lo diga, la mula y el buey se vienen pal portá.
Cuando ya de madrugada y achispado por el vino mi abuelo se enfundaba su traje de Papá Noel para repartir regalos entre los niños del barrio, yo me debatía entre creer en su agnosticismo declarado o simplemente en su buen corazón.
La repipi de Ceci y el suavón del Pomposo eran dos cuervos. Venían a casa en Navidad y se suponía que éramos primos.
Aquella Nochebuena, cuando nos mandaron a la salita para que no enredáramos en la cocina, Ceci dijo que papá era un vago, que llevaba un año en paro, y que el suyo nos iba a echar a la calle. El Pomposo añadió que era una vergüenza que mamá trabajara fuera de casa. Mi hermano temblaba de rabia, pero yo sujetaba su mano.
Señalé el patio:
-Mi bici es mejor que la tuya.
La muy tonta picó, y tan pronto salió al patio cerré la puerta y la dejé fuera bramando y tiritando, para que probara el frío de los que no tenían techo. El Pomposo se puso a gritar y le derramé sobre el pantalón una jarra de ponche. Como su madre temió que se resfriara, pasó la velada vestido con una falda y unas bragas. Fueron las mejores navidades de nuestra vida.
Ganamos aquella batalla, pero no la guerra.
Hoy Ceci dirige un banco que echa a la gente de sus casas, y el Pomposo es tertuliano en una cadena de televisión. Siempre lo supimos.
Me envuelven palabras lejanas, unos leves acordes y la oscuridad. Un silencio me transporta a mi niñez. Hace frío y nieva más allá de la ventana. A mi espalda parpadean las luces de un adornado abeto y cuelgan de la apagada chimenea, unos motivos navideños cargados de dulces. Un grito me estremece. Proviene de la habitación de mis padres. El reno esconde su sonrisa. Un sollozo me devuelve a la oscuridad. Suena una canción inmortal. No hay regalos en el árbol. Mi padre surge de la habitación escupiendo palabras oscuras. Me insulta. Mi madre, tumbada sobre la cama, yace maltrecha. Pienso en la sopa caliente, en los turrones y en el jodido champán. Tengo ocho años y ya odio estas fiestas. Mis hijos me leen unas palabras entrecortadamente,con la emotividad que sólo te permite la pérdida de un ser querido. No puedo escucharlos del todo bien. El recuerdo del bofetón de mi padre esa noche lo evita. Me veo llorar y saliendo por la puerta de casa. Corro y escucho el grito apagado de mi madre. No hay vuelta atrás. La imagen de la huida me devuelve al presente y al chirriar de unas ruedas al desplazarse sobre el suelo.
Mamá olía a turrón y, cuando nos sentábamos a cenar en la mesa del comedor la Nochebuena, yo le escarbaba el bolsillo en busca de algún trocito de mazapán que traía de la fábrica. El abuelo afinaba la botella de anís a cada trago que le daba mientras mamá servía el pollo. A mi hermana le daba pataditas bajo la mesa para chincharla. Son algunos recuerdos que me marcaron aquella Navidad. Ver a mi padre borracho intentando trepar por el árbol de Navidad para levantarse y posteriormente sentarse en la mesa insultándonos y pegando a mi madre y a mi hermana…
Siempre he querido inmortalizar aquella escena, aquella última Navidad que pasé con mi padre. Pero ya no es lo mismo. El abuelo, sus cenizas las tengo metidas en la botella de anís que nunca llegó a afinar. Mi hermana sigue pateando, amordazada, queriendo gritar, intentando decir que estoy loco, pero no lo estoy, con los ojos rojos como cuando lloraba al darle un puntapié fuerte bajo la mesa. Y mamá ya no tiene turrón en su mandil, ya no huele a yema tostada ni a mazapán. Es difícil ponerla erguida en la silla, tal vez hubiera sido mejor incinerarla a su muerte como al abuelo. Entonces, cuando todos callan, junto las manos y rezo para bendecir la mesa; y grito, como cuando era pequeño, que las Navidades sin papá, si son posibles.
Vas a ser la peladilla que se queda en la bandeja de los dulces.
De tanto escucharla, esta sentencia se convirtió en una especie de mantra del desprecio. Pero unas Navidades, no recuerdo el año, ya no pude contener aquél impulso. Al terminar la cena, tras la volatilización de los polvorones, mantecados, turrones incomibles y de los otros, contemplé aquellos corpúsculos blancos que yacían sobre la plata apagada. Lentamente fui llevándome a la boca a cada uno de esos mártires, no dejaría a ninguno en la estacada. Los invitados me miraban extrañados desde la lejanía de su frialdad. Al terminar me acerqué al corrillo donde él se encontraba, con la bandeja de plata sobre las manos, y pronuncié un feliz navidad apenas audible que por el silencio de las circunstancias pareció ser un grito. Sus ojos se licuaron de un modo desconocido entonces para mi, y por efecto del frío que emanaba de su rictus las gotas que resbalaron por su rostro fueron convirtiéndose en copos de nieve, los mismos copos de nieve que ahora observo junto a él tras la ventana, mientras detrás nuestro, en la chimenea, crepita la leña del ayer.
“¿Cómo que no van a venir los Reyes?”, espeté a mi madre, provocando un llanto que ya resultaba recurrente. Tiritando y sin estufa seguí con el ritual. Encendí las velas utilizando cerillas y abrí una botella de vino, derramando tres cuartos sobre cada una de las copas, como en otras ocasiones. Desde que mi padre se había ido, hacía un mes, a ayudar a los pajes de los Reyes, yo era el hombre de la casa y, aunque me daba pena su ausencia, alguien tenía que poner orden. Pero mi madre con sus chifladuras, estropeando las fiestas. Que me olvide de regalos… todo el año portándome bien; sacando buenas notas; ayudando a Lola, la del tercero, a subir la compra… para que Melchor, Gaspar y Baltasar me recompensaran. Nada,… ¿qué mosca le habrá picado?. Se iba a enterar ella cuando viera el salón lleno de regalos. Ni uno, ni dos… Apagué la luz y cerré los ojos con fuerza, sabiendo que ellos no me fallarían. Al día siguiente me levanté de un salto, fui al salón y… no encontré nada en el suelo, ni… ni en las tres copas… ni en la botella.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









