Rigor de método
Afronté mi cargo de técnico de campo con la misión principal de poner orden en “El bosque de la diversidad”. Era el elemento más valioso del Jardín Botánico y estaba compuesto por árboles procedentes de muy dispares puntos del planeta, centenarios en su mayoría y adaptados de forma admirable a nuestro clima. Su estado, sin embargo, había ido degenerando en las últimas décadas —fruto del abandono administrativo— hasta acabar convertido en una auténtica jungla.
Una vez que mi equipo hubo retirado la maleza, me encargué yo mismo del resto.
Calculé primero la antigüedad de cada ejemplar, incorporando luego el dato a unas fichas que detallaban su género y especie, nombre común, familia botánica y otros elementos taxonómicos; describían el tipo y la forma de sus hojas, la textura y el color de la corteza, la clase de sus flores y los frutos a que estas daban lugar; señalaban su región geográfica de origen, hábitat y mapa de distribución; y acababan indicando su código único y ubicación dentro del recinto. Encontré indispensable, por otro lado, añadir un colofón con particularidades tales como el perímetro del tronco, el diámetro de la copa o su altura antes de ser realizada la primera comprobación.

