30. Si he perdido la vida, si he perdido la voz, me queda la palabra
Cierra la puerta, sin su sonrisa, y emprende el camino con las fuerzas mermadas. Sabe que puede cambiar el rumbo e intentar desvanecerse. No es opción.
Se sube a la tarima y observa un aula con demasiados pupitres vacíos. La tristeza y el temor solo son aplacados por esas miradas inocentes que le dan vigor para comenzar la clase. Tan solo minutos después entran los uniformados. Sin llamar. Groseramente.
Pensaban llevársela sin más, pero lo que leen tras ella escrito con tiza los encoleriza. Es evidente que no es una letra adulta. Cuando le preguntan quién lo ha escrito, ella mira con ternura a sus alumnos y luego confiesa que ella misma. El culatazo que hace crujir su mandíbula no obtiene otra respuesta. Se la llevan ignorando los llantos que el futuro recordará.
Cuando la suben a un camión, el rugir del motor no consigue aplacar una aguda y clara voz infantil.
Su eco provoca que todos los reunidos dirijan sus rostros hacia la escuela. La pizarra borrada con saña ha comenzado a gritar mientras se reescribe…
Libertad

